Deuda a 25 años: el precio récord de financiar a EEUU

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Análisis · Economía y Geopolítica
Deuda a 25 años:
el precio récord de financiar a EE.UU.

El Tesoro de Estados Unidos pagó esta semana el interés más alto en 25 años por colocar deuda a 30 años. No es un dato suelto: es el punto donde se cruzan la guerra con Irán, un déficit que crece a dos dígitos, y una máquina militar que necesita reponerse a un ritmo cada vez más caro.

5,216%Rendimiento bono a 30 años
$1,17BDéficit fiscal 2026 (billones)
$32BDeuda federal en circulación
25Años desde el último máximo

Lo que pasó esta semana

Este jueves, 13 de agosto, el Tesoro de Estados Unidos salió a colocar 25.000 millones de dólares en bonos a 30 años. La operación se cerró, y en ese sentido «funcionó»: hubo demanda por 59.801 millones de dólares —más del doble de lo ofrecido—, con la propia Reserva Federal comprando 6.323 millones de esa emisión. Pero el número que importa no es si se vendió, sino a qué precio: el rendimiento cerró en 5,216%, frente al 5,058% de la subasta del mes anterior, y es el nivel más alto para este plazo desde 2001. Un cuarto de siglo.

Un día antes, la subasta de bonos a 10 años había dejado otro récord parecido: 42.000 millones colocados a un interés del 4,683%, el más alto para ese plazo desde 2007. No es un fenómeno aislado del bono más largo —es una tendencia que atraviesa toda la curva de deuda estadounidense.

Antes de seguir: cómo funciona esto

¿Qué es una subasta de bonos del Tesoro?

Es la forma en que Estados Unidos se financia. El gobierno gasta más de lo que recauda en impuestos, así que pide prestado emitiendo bonos: papeles que promete pagar en un plazo fijo (2, 10 o 30 años, por ejemplo) a cambio de un interés. Grandes inversores —fondos, bancos, otros gobiernos, y la propia Reserva Federal— compiten por comprar esos bonos en subastas periódicas.

¿Qué es el «rendimiento» (yield) y por qué sube?

Es la tasa de interés real que termina pagando el Tesoro por ese dinero prestado. Cuando los inversores desconfían —de la inflación futura, del riesgo de no cobrar, o simplemente prefieren no atarse a 30 años— exigen un interés más alto para aceptar prestarle al gobierno. Si nadie quiere comprar a la tasa ofrecida, el Tesoro tiene que subirla para atraer compradores. Rendimiento más alto significa, en criollo, que a Estados Unidos le está costando más caro pedir prestado.

¿Por qué importa el plazo (30 años vs. 10 años vs. 2 años)?

Los bonos más largos son más sensibles al miedo. Prestarle a alguien por 30 años implica una apuesta mucho más incierta que prestarle por dos: en tres décadas puede pasar cualquier cosa con la inflación, con la solvencia del deudor, con las tasas de interés futuras. Por eso, cuando los inversores venden específicamente los plazos largos y se refugian en los cortos, es una señal de desconfianza sobre el mediano-largo plazo, no sobre la capacidad inmediata de pago.

¿Qué es el déficit fiscal, y por qué se relaciona con esto?

Es la diferencia entre lo que el gobierno gasta y lo que recauda en un año. Cuanto mayor el déficit, más deuda nueva tiene que emitir el Tesoro para cubrir ese agujero —y más deuda en el mercado presiona los precios (y por lo tanto los rendimientos) hacia arriba, porque hay más oferta de bonos compitiendo por los mismos compradores.

Las tres explicaciones que da el propio mercado

El texto que originó esta nota es preciso en marcar tres motivos posibles, que no se excluyen entre sí: desconfianza en la economía, miedo a la inflación, y una montaña de deuda que ya pesa por sí sola. Vale la pena desarmar cada uno.

Miedo a la inflación, vía el precio del petróleo

Acá está el nexo más directo con todo lo que venimos cubriendo en la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán. El propio mercado lo dice sin vueltas: el rendimiento del bono a 30 años había superado el 5% ya a fines de abril de 2026, por temor a que la suba de precios energéticos derivada del conflicto obligara a la Reserva Federal a sostener tasas altas más tiempo del previsto. Y así fue: la Fed mantuvo su tasa de referencia en el rango 3,50%-3,75% durante toda la primera mitad de 2026, reconociendo explícitamente que la incertidumbre en Oriente Medio y el petróleo caro le impedían bajarla, pese a que la inflación venía cediendo. Cuando la Fed sostiene tasas cortas altas, eso empuja hacia arriba, en cadena, el costo de toda la curva de deuda —incluida la de 30 años.

Una montaña de deuda que ya no da más

Pero la guerra es un acelerador, no la causa raíz. El déficit fiscal de Estados Unidos en lo que va de 2026 llega a 1,17 billones de dólares —un 15% más que en el mismo período de 2025—, según datos de Bloomberg. La deuda total en circulación asciende a 32 billones de dólares; si se suma la deuda que distintos niveles del propio Estado se deben entre sí, la cifra trepa a 39 billones. Es una espiral que se retroalimenta: más deuda genera más intereses a pagar, más intereses amplían el déficit, y un déficit más grande obliga a emitir todavía más deuda.

Señal de desconfianza estructural

John Fath, socio director de BTG Pactual Asset Management, lo resumió sin medias tintas a Bloomberg: «no estamos en un nivel de rendimiento en el que la gente se esté volviendo loca por hacerse con los bonos, y eso debería ser una señal de alerta». Es decir: la subasta se completó, pero sin el entusiasmo que debería mostrar un activo considerado tradicionalmente «libre de riesgo». El propio Tesoro ya está reaccionando: la semana previa había cambiado su hoja de ruta para dejar abierta la puerta a reducir las emisiones de bonos a largo plazo —una señal de que el propio gobierno reconoce la debilidad de la demanda en ese tramo.

La única solución que se me ocurre es que el Gobierno de Estados Unidos ajuste su presupuesto. El truco de mover las emisiones al plazo más corto de la curva solo puede hacerse hasta cierto punto. Entonces, esto es lo que yo llamo una política irresponsable. John Fath, BTG Pactual Asset Management

El otro factor: lo que Estados Unidos tiene que reponer

Hay una pieza que el texto original no desarrolla pero que completa el cuadro: buena parte de ese déficit creciente no es abstracto, es gasto militar concreto y en aumento. Estados Unidos viene sosteniendo simultáneamente el apoyo a Ucrania, años de defensa antiaérea para Israel, y ahora una guerra directa contra Irán con intercambios reales de misiles balísticos —un ritmo de consumo de armamento, especialmente interceptores como los sistemas Patriot, que su propia base industrial de defensa tiene dificultades para reponer al mismo ritmo.

A eso se suma la renovación de la flota de portaaviones de propulsión nuclear, la clase Gerald R. Ford. El plan original de la Marina era que cada buque siguiente a la nave líder (USS Gerald R. Ford, CVN-78) costara menos, no más, porque los costos de investigación y desarrollo de las nuevas tecnologías —catapultas electromagnéticas, ascensores de armamento, radar de próxima generación— ya estarían absorbidos por el primero. El Congreso incluso fijó por ley un techo de gasto de 11.400 millones de dólares para el segundo buque, el USS John F. Kennedy.

BuqueCosto estimadoSituación
USS Gerald R. Ford (CVN-78)US$ 13.300 M2-3 mil M sobre presupuesto; el buque de guerra más caro jamás construido
USS John F. Kennedy (CVN-79)US$ 11.300-12.900 M16 años de construcción; entrega recién en marzo de 2027
USS Doris Miller (CVN-81)US$ 14.000 M (proyectado)Retrasos «en cadena» heredados de los anteriores

La realidad terminó siendo la contraria a la planificada. Según un informe de julio de 2026, el programa completo de la clase Ford acumula unos 120.000 millones de dólares y casi dos décadas de desarrollo. La Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno (GAO) encontró que, durante un tramo de once años, el programa recibió más de 15.000 millones de dólares sin una sola estimación de costos independiente que lo controlara. No es que «puede pasar» como imprevisto aislado: es un patrón sistemático de sobrecostos que se repite buque tras buque, y que se suma, dólar a dólar, al mismo déficit que después hay que financiar emitiendo más deuda a tasas cada vez más altas.

El nudo que se retroalimenta

Puesto todo junto, el mecanismo completo queda así: la guerra con Irán mantiene el petróleo caro y a la Reserva Federal con tasas altas por más tiempo del previsto → eso encarece toda la curva de bonos del Tesoro, incluidos los de largo plazo → al mismo tiempo, el gasto militar real —reposición de armamento consumido en múltiples frentes, más el sobrecosto crónico de proyectos como los portaaviones nucleares— sigue ensanchando un déficit que ya era estructural antes de la guerra → un déficit más grande obliga a emitir más deuda → más deuda en el mercado presiona los rendimientos todavía más al alza → y los intereses de esa deuda, cada vez más cara, se convierten en gasto fijo que agranda el déficit del año siguiente.

Es, literalmente, un país gastando más en todos los frentes a la vez mientras el mercado le cobra cada vez más caro por seguir prestándole. La guerra acelera el proceso, pero —como bien marca Fath— el fondo del problema es presupuestario, no bélico: aunque mañana terminara el conflicto con Irán, el déficit de 1,17 billones de dólares y la deuda de 32 billones no desaparecen. Solo dejarían de tener, por un tiempo, una excusa tan visible.


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