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El oro negro y sus guerras: cómo el petróleo sigue reescribiendo el mapa del mundo

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Durante décadas, el petróleo fue el eje invisible sobre el que giró la geopolítica global. Hoy, mientras el mundo habla de transición energética, el crudo sigue detonando alianzas, rupturas y conflictos armados. Esta es la historia de cómo un cartel de productores moldeó el siglo XX — y de por qué su fractura interna está redibujando Oriente Próximo y África en tiempo real.

El cartel que desafió a Occidente

Desde hace más de un siglo, el petróleo es un elemento fundamental en la economía mundial y, por extensión, en su dimensión geopolítica. En ese marco, tanto la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) como los países que la integran se convirtieron en actores de enorme relevancia para entender buena parte del siglo XX y del presente.
La OPEP nació en 1960 bajo el pacto de cinco países: Arabia Saudí, Irán —entonces bajo el gobierno del sah Reza Pahlavi—, Irak, Kuwait y Venezuela. Su creación respondía a un doble propósito: hacer de contrapeso al oligopolio formado por las llamadas Siete Hermanas —siete grandes empresas energéticas occidentales, principalmente estadounidenses y británicas, que dominaban el mercado del crudo— y ganar distancia respecto a los grandes pulsos geopolíticos de la Guerra Fría.
El nombre «Siete Hermanas» se lo dio Enrico Mattei, presidente de la italiana ENI, aludiendo a que operaban como un cártel: se protegían mutuamente y dificultaban la competencia de otras petroleras emergentes. Las siete eran:

  • Standard Oil of New Jersey (Esso): al fusionarse con Mobil formó ExxonMobil.
  • Royal Dutch Shell.
  • Anglo-Iranian Oil Company (AIOC): origen de la actual British Petroleum (BP).
  • Standard Oil of New York: luego conocida como Mobil, hoy parte de ExxonMobil.
  • Standard Oil of California: luego Chevron Corporation.
  • Gulf Oil Corporation: absorbida por Chevron en 1985, aunque pervive como marca.
  • Texaco: absorbida por Chevron en 2001.

Petróleo y Guerra Fría: un recurso con precio político

En el contexto de la Guerra Fría, el petróleo se había convertido en un recurso absolutamente estratégico. La nacionalización del crudo en Irán motivó que en 1953 estadounidenses y británicos ejecutaran un golpe de Estado contra el primer ministro Mossadegh, bajo el argumento de que el país estaba a punto de caer en la órbita soviética. Tener petróleo sin estar alineado con ninguna de las dos superpotencias implicaba el riesgo añadido de ser desestabilizado por Moscú o Washington.
Con todo, los cinco fundadores de la OPEP se encontraban, en mayor o menor medida, más cerca de los intereses estadounidenses. Arabia Saudí, por ejemplo, se había comprometido años antes con Washington en un acuerdo tácito: flujo estable y barato de crudo a cambio de protección militar. Pero el objetivo del club era ganar cierta autonomía: controlar ellos mismos la producción y los precios, sin depender de los vaivenes de las grandes potencias.

Los años setenta: la gran década de la OPEP

En los años siguientes se incorporaron Catar, Indonesia, Libia, Emiratos Árabes Unidos, Argelia, Nigeria y Gabón, entre otros. Pero fue en los setenta cuando la OPEP alcanzó su cénit político y económico.
En octubre de 1973, Egipto y Siria atacaron por sorpresa a Israel durante el Yom Kipur. Ante el apoyo que los países occidentales —encabezados por Estados Unidos— brindaron a Israel, la OPEP respondió con un embargo petrolero sobre Occidente. El precio del crudo se disparó y desencadenó una profunda crisis económica en Europa, Japón y Estados Unidos que se prolongó gran parte de la década, agravada por una segunda crisis en 1979 cuando la Revolución iraní derrocó al sah.
Desde entonces, la OPEP acumuló un poder político considerable. Aunque su propósito original era garantizar un flujo estable de petróleo a precio razonable, sus miembros comprendieron pronto que podían mover los precios del crudo ajustando la producción — y que eso se traducía directamente en ganancias para los socios.

Las grietas del cartel

Sin embargo, el modelo tenía sus fracturas. Las reuniones anuales de la organización implican acordar cuánto petróleo producirá el cartel, qué cuota corresponde a cada miembro y a qué precio se venderá el barril. Si bien eso evita la competencia interna, también ha generado tensiones suficientes como para que cinco miembros hayan terminado por marcharse: Ecuador, Indonesia, Catar, Angola y, más recientemente, Emiratos Árabes Unidos. Otros países productores relevantes, como México, Sudán o varios de la antigua Unión Soviética, nunca llegaron a integrarse.
La salida de Emiratos, en particular, responde a dos factores. Por un lado, la percepción de Abu Dabi de que las decisiones de la organización han favorecido históricamente a Arabia Saudí. Por otro, la creciente rivalidad por la influencia regional. Las diferencias entre ambos países también se reflejan en cómo gestionan la cuestión iraní: mientras Riad apuesta por una salida diplomática, Emiratos prioriza la presión, respaldando las iniciativas estadounidenses para reabrir el Estrecho de Ormuz.
Si la salida emiratí no acarrea costes económicos relevantes, podría empujar a otros miembros a tomar el mismo camino.

Nace la OPEP+: Rusia entra en escena

Más allá de la OPEP, muchos países productores advirtieron la necesidad de cooperar para estabilizar precios y maximizar beneficios. Así nació en 2017 la OPEP+, una versión ampliada del cartel que incorpora a Rusia y otros productores de peso. Desde entonces, el grupo ha coordinado precios y ajustes de producción. Pero los roces entre Arabia Saudí —polo del bloque tradicional— y Rusia han sido frecuentes. La salida de Emiratos suma otra señal de que la geopolítica del petróleo está en plena mutación: mientras la OPEP intenta sostener precios altos conteniendo la oferta, Abu Dabi y Washington buscan exportar al máximo antes de que la demanda se agote.

El divorcio saudí-emiratí: cómo se rompió la gran alianza del Golfo

Hasta hace poco, el tándem Arabia Saudí–Emiratos Árabes Unidos era el eje dominante de Oriente Próximo, unido contra Turquía, Catar y, sobre todo, Irán. Esta alianza se forjó en 2011, cuando las protestas de la Primavera Árabe amenazaron con contagiar a las monarquías del Golfo. El miedo al islam político empujó a ambos regímenes a imponer un bloqueo a Catar en 2017 e intervenir militarmente en Yemen en 2015.
Mientras Abu Dabi perseguía a los integrantes de Al-Islah —la filial yemení de los Hermanos Musulmanes—, Arabia Saudí aprovechaba para disputarle a Irán la hegemonía regional, ejercida a través de los hutíes en Saná. Ambas petromonarquías también apoyaban la reintegración de la Siria de Bashar al Asad en la Liga Árabe.
Pero Riad se fue cansando. En 2019, la destrucción de una instalación de ARAMCO por parte de los hutíes e Irán fue una advertencia que llevó a Mohammed bin Salmán a buscar un enfoque más conciliador. La guerra de Ucrania, por su parte, rehabilitó al príncipe heredero saudí en Occidente — pese al asesinato del periodista Yamal Jashoggi en 2018 — porque una región estabilizada podía abastecer de petróleo y gas árabe al mundo en sustitución del ruso.
En 2022, bin Salmán se reunió con el presidente turco Erdoğan por primera vez en años, firmó una tregua en Yemen y, en 2023, alcanzó un acuerdo con Irán gracias a la mediación china. La nueva prioridad era la Visión Saudí 2030: abrir el país al turismo, imitar el modelo de Dubái y diversificar una economía que sostiene a casi cuarenta millones de habitantes.

Emiratos: el pequeño imperio que no para

Emiratos, en cambio, no estaba dispuesta a frenar. Para Abu Dabi, el intervencionismo no era sólo ideológico o securitario: era la vía para construir un imperio más allá de sus 80.000 kilómetros cuadrados. El oro de Sudán, la isla yemení de Socotra o una base marítima en Somalia eran las nuevas prioridades.
Para conseguirlas, Emiratos financió milicias y señores de la guerra en Libia y Yemen, alentó el separatismo sureño yemení y el de Somalilandia, y respaldó económicamente a los mercenarios rusos del Grupo Wagner en África. Arabia Saudí, que se había aliado con Emiratos para estabilizar la región tras 2011, veía ahora cómo su vecino provocaba guerras civiles y desmembraba Estados de la Liga Árabe.

Trump, Israel y el punto de no retorno

La variable Trump no contribuyó a mejorar las cosas. Desde 2016, el magnate ha gestionado la política exterior como una subasta, fomentando dinámicas de competición entre aliados. Los emiratíes invirtieron millones en su negocio de criptomonedas; los saudíes regaron con dinero la empresa de Jared Kushner, yerno del presidente. Pero el principal escollo es Israel. Emiratos abrazó los Acuerdos de Abraham y aspira a vertebrar un hub tecnológico-industrial desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo, incluyendo la «Riviera de Gaza» soñada por Trump y Netanyahu. Arabia Saudí, en cambio, ve con creciente inquietud cómo las normas internacionales no aplican para Israel — y teme que, después de Palestina, Irán y Turquía, el siguiente en la lista sea el reino.
El punto de no retorno llegó a finales de 2025 en Yemen, cuando los separatistas sureños respaldados por Emiratos intentaron derrocar al gobierno prosaudí que aspira a reunificar el país. Según el New York Times, la maniobra emiratí fue una respuesta a las presiones que Riad ejercía sobre Trump para que impusiera sanciones a Emiratos y sus aliados en Sudán. Arabia Saudí respondió con bombardeos sobre Yemen, logrando en días la desintegración del Consejo Transitorio del Sur, organización que había tardado casi una década en construirse. Su líder, Aidarous al-Zubaidi, se refugia hoy en Emiratos.

Los tres frentes abiertos: Sudán, Libia y Somalia

El enfrentamiento saudí-emiratí se libra ahora en tres tableros simultáneos.
Sudán. Arabia Saudí presiona para hacer colapsar a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), el proxy emiratí que desde Darfur disputa el control del país al gobierno central. Riad cuenta con el respaldo de Egipto —que también reprocha a Emiratos su rol desestabilizador en su frontera— y aprovecha la condena internacional a las RSF por indicios de genocidio contra la población no árabe.
Libia. Arabia Saudí presiona a Jalifa Haftar —otro proxy emiratí en el Magreb— para que cierre la base aérea de Jufra, en el sur de Libia, desde la que Emiratos lleva años armando a las RSF sudanesas.
Somalia. Israel y Emiratos han apoyado la causa independentista de Somalilandia a cambio de bases marítimas en Berbera, en una disputa que Turquía lleva años protagonizando desde su base en Mogadiscio. Arabia Saudí acaba de sumarse a la defensa de Somalia tras firmar un acuerdo de cooperación militar. Mientras tanto, Israel corteja a Etiopía, que aspira a una salida al mar, ya sea a través de una Somalilandia independiente o mediante un conflicto con Eritrea. Emiratos, por su parte, también explora la autonomía de Yubalandia, en el sur somalí.

Un orden en transición

Lo que está ocurriendo en el Golfo, en el Cuerno de África y en las salas de reuniones de la OPEP es parte de un mismo fenómeno: el orden que estructuró Oriente Próximo durante décadas se está resquebrajando. El petróleo, que fue el pegamento de alianzas históricas, es ahora también el catalizador de su ruptura. Arabia Saudí quiere estabilidad para vender su modernización al mundo. Emiratos quiere expansión antes de que el petróleo deje de importar. Y el resto del mundo observa, porque de ese pulso dependen precios, rutas y equilibrios que todavía nos afectan a todos.

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