estatua horca photogrid

¿Por qué EEUU no celebra el 1° de Mayo?

Spread the love

El oscuro origen que pocos conocen

Cada año, el primero de mayo, millones de personas en todo el mundo salen a la calle. Hay banderas, hay cánticos, hay discursos. En más de 160 países es feriado nacional. Pero si le preguntas a la mayoría de la gente por qué exactamente se celebra ese día y no otro, por qué el primero de mayo y no el quince de marzo o el siete de octubre… pocos saben responder con precisión.

Y lo que es más llamativo todavía: el país donde todo empezó, el país donde nació esta fecha, no la conmemora ese día.

Estados Unidos celebra su Día del Trabajo en septiembre. En septiembre. No en mayo.

¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué hay detrás de esa decisión? ¿Y por qué el resto del mundo eligió el primero de mayo específicamente?

La historia que está detrás de esta fecha no tiene nada que envidiarle a ninguna película de Hollywood. Tiene una bomba. Tiene un juicio armado. Tiene conspiraciones, traiciones, y hombres que subieron al cadalso sabiendo que eran inocentes.

I. El mundo del siglo XIX: el escenario: el escenario

Para entender lo que pasó, primero tenemos que entender el mundo en el que pasó. Estamos en la segunda mitad del siglo XIX. La Revolución Industrial lleva décadas transformando el mundo occidental a una velocidad que la humanidad nunca había visto. Las ciudades crecen de forma explosiva. Las fábricas multiplican su tamaño y su producción. El capitalismo industrial está en su forma más cruda, más brutal, más desregulada.

Las jornadas de trabajo no tenían horario fijo. Doce horas era lo habitual. Catorce, bastante común. Dieciséis horas, no era una rareza. El concepto de «fin de semana» prácticamente no existía para la gran mayoría. Se trabajaba seis días a la semana, a veces siete.

No existían las vacaciones pagas. No existía el seguro de accidente laboral. Si un trabajador se lastimaba en la línea de producción y ya no podía trabajar, simplemente lo reemplazaban. Sin indemnización, sin compensación, sin nada. La familia quedaba en la calle.

Y hablamos de familias enteras metidas en ese sistema. Porque en aquella época, el trabajo infantil era completamente legal y absolutamente masivo. Niños de ocho, nueve, diez años trabajando en fábricas de textiles, en minas de carbón, en fundiciones.

Chicago, en especial, era una bestia. Una ciudad que había crecido a una velocidad brutal. En 1840 tenía cuatro mil habitantes. En 1880 ya tenía medio millón. En cuarenta años multiplicó su población por ciento veinticinco. Y en ese caldo de cultivo, el descontento obrero llevaba años fermentando.

II. El movimiento por las ocho horas

La demanda central que unificaba a los trabajadores organizados en esa época era sorprendentemente simple, casi matemática: ocho horas.

«Eight hours for work, eight hours for rest, eight hours for what we will.»

Ocho horas para trabajar, ocho para descansar, ocho para lo que queramos. Parecía una demanda razonable, incluso modesta. Pero para los grandes industriales de la época, era una amenaza directa a su modelo de negocio.

La Federación Americana del Trabajo, fundada en 1881 y reorganizada en 1886, tomó la iniciativa. Estableció una fecha concreta y simbólica para lanzar una huelga general nacional: el primero de mayo de 1886. ¿Por qué el primero de mayo? Porque en muchos estados de Estados Unidos, esa era la fecha tradicional en que se renovaban los contratos laborales anuales. Era el Año Nuevo del trabajo.

III. El primero de mayo de 1886

Lo que ocurrió ese día superó todas las expectativas, tanto de los organizadores como de las autoridades. En todo Estados Unidos, se calcula que entre trescientas mil y medio millón de trabajadores se declararon en huelga o participaron de manifestaciones. Era una movilización de una escala sin precedentes en la historia del país.

Solo en Chicago, que era el epicentro del movimiento, se calcula que ochenta mil personas salieron a las calles. En una ciudad de medio millón de habitantes, eso es una proporción extraordinaria. Las manifestaciones eran en su gran mayoría pacíficas. Había familias enteras. Había música. Había discursos.

En los días posteriores al primero de mayo, alrededor de doscientas mil trabajadores en todo el país obtuvieron la reducción de su jornada laboral a ocho horas. Pero la patronal más poderosa y los sectores más conservadores del gobierno no estaban dispuestos a dejar que eso se consolidara.


IV. McCormick y el inicio del espiral

En Chicago, una de las fábricas más importantes era la McCormick Harvesting Machine Company, fabricante de maquinaria agrícola. Desde el comienzo de 1886, la fábrica estaba en huelga. McCormick había respondido contratando trabajadores de reemplazo y había pedido protección policial. El ambiente era de una tensión extrema.

El tres de mayo de 1886, mientras se desarrollaba un mitin obrero cerca de la fábrica, los trabajadores en huelga se enfrentaron con los rompehuelgas. La policía intervino con una violencia considerable. Dispararon contra la multitud. Varios trabajadores murieron.

Uno de los oradores en ese mitin era August Spies, un periodista y activista de origen alemán que dirigía un periódico obrero en Chicago. Spies presenció la represión policial, vio a los trabajadores caer. Y esa noche, indignado, escribió y publicó un panfleto urgente convocando a un mitin de protesta para el día siguiente en la Plaza Haymarket.

V. La noche de Haymarket

Cuatro de mayo de 1886. Plaza Haymarket, Chicago. Es una noche fría, con amenaza de lluvia. El mitin convocado por Spies ya lleva varias horas. La multitud, que en algún momento llegó a las mil quinientas personas, se ha ido dispersando. Para cuando termina el último discurso, quedan menos de trescientas personas en la plaza. El propio alcalde de Chicago ha estado ahí y ha determinado que el mitin es pacífico. Se ha ido a su casa.

Y entonces llega la policía. Un inspector llamado John Bonfield, conocido por su brutalidad, llega con casi doscientos agentes y ordena dispersar el mitin.

Y en ese momento, alguien lanza una bomba.

Una bomba de hierro fundido con mecha, que cae entre las filas policiales y explota. El saldo final es de siete u ocho policías muertos y entre cuatro y ocho civiles muertos. Decenas de heridos de ambos lados.

Nadie sabe quién lanzó la bomba. Nadie lo supo en ese momento. Y más de ciento treinta años después, todavía no se sabe con certeza quién fue

VI. El pánico y la caza de brujas

Lo que siguió al atentado de Haymarket fue una tormenta perfecta de pánico, histeria colectiva y oportunismo político. Los diarios de Chicago y de todo el país publicaron portadas incendiarias. Se hablaba de una conspiración anarquista para derrocar al gobierno. Muchos de los líderes obreros más conocidos eran inmigrantes europeos, y eso se usó para pintar al movimiento obrero como algo foráneo, como una amenaza externa a los «verdaderos valores americanos».

Las autoridades necesitaban culpables. Rápidos, visibles, que mandaran un mensaje. Detuvieron a ocho hombres. Ocho líderes del movimiento obrero anarquista de Chicago: August Spies, Albert Parsons, Samuel Fielden, Michael Schwab, George Engel, Adolph Fischer, Louis Lingg y Oscar Neebe.

Ninguno de ellos había lanzado la bomba. De hecho, varios no estaban físicamente en la Plaza Haymarket cuando ocurrió el atentado. Pero eso, en el tribunal que se armó, no iba a importar demasiado.

VII. El juicio

El juicio que se realizó en el verano de 1886 es estudiado hasta el día de hoy en las facultades de derecho como un ejemplo paradigmático de proceso judicial viciado. El jurado fue elegido de forma no aleatoria. De los doce jurados, varios tenían vínculos directos con las víctimas policiales. Uno era empleado de la empresa McCormick, la misma cuya huelga había desencadenado toda la cadena de eventos.

La teoría legal del fiscal fue novedosa y perturbadora: como no podía demostrar que ninguno de los acusados había lanzado la bomba —porque ninguno lo había hecho—, construyó una teoría diferente: que eran moralmente responsables porque sus discursos y escritos habían incitado a quien fuera que lo cometió. Era, en esencia, juzgarlos por sus ideas.

Los ocho acusados fueron declarados culpables. Siete fueron condenados a muerte. El octavo, Oscar Neebe, fue condenado a quince años de trabajos forzados. El veredicto generó una ola de protestas internacional. Desde Europa llegaron peticiones de clemencia firmadas por intelectuales y científicos. No sirvió de mucho.

VIII. Los últimos días

Albert Parsons, el único nacido en Estados Unidos, podría haberse salvado. Estaba en el exterior cuando se produjeron las detenciones. Tuvo tiempo de escapar. En cambio, tomó la decisión de entregarse voluntariamente para ser juzgado junto a sus compañeros. No quiso salvarse a costa de abandonarlos.

Louis Lingg fue el único que no esperó la ejecución. La noche antes, en su celda, consiguió hacer ingresar una pequeña cápsula explosiva y murió de las heridas antes del amanecer. Tenía veintidós años.

El once de noviembre de 1887, Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron llevados al cadalso. Antes de que se abriera la trampilla, Spies gritó sus últimas palabras:

«¡Llegará el momento en que nuestro silencio sea más elocuente que las voces que hoy estrangulais!»

Y entonces los ahorcaron. Los Mártires de Chicago, como pasarían a ser conocidos en la historia del movimiento obrero mundial, habían muerto.


IX. La rehabilitación: la historia hace justicia

En 1893, seis años después de las ejecuciones, asumió como gobernador de Illinois John Peter Altgeld. Revisó el caso en detalle. Leyó las transcripciones del juicio. Y llegó a una conclusión que le costaría su carrera política: el veintisiete de junio de 1893 firmó el indulto de los tres condenados que aún seguían vivos en prisión, y en el texto escribió una de las críticas judiciales más demoledoras de la historia legal estadounidense.

Dijo, con nombre y apellido, que el juicio había sido una farsa. Que el jurado había estado sesgado desde el principio. Que el juez había actuado de manera parcial y arbitraria. Que los acusados habían sido condenados no por lo que habían hecho sino por lo que pensaban.

Los medios de comunicación más poderosos del país lo atacaron ferozmente. Su carrera política nunca se recuperó. Pero tenía razón. Y la historia así lo reconoció. Hoy, en Illinois, la condena a los Mártires de Chicago es reconocida oficialmente como uno de los mayores errores judiciales de la historia del estado.

X. La fecha se vuelve mundial

En 1889, dos años después de las ejecuciones, se reúne el Congreso Internacional Socialista en París. Son representantes de movimientos obreros y socialistas de docenas de países. Y en ese congreso, se toma una decisión histórica: se establece que el primero de mayo de cada año será el Día Internacional de los Trabajadores.

¿Por qué el primero de mayo? En memoria directa de lo ocurrido en Chicago. Los delegados querían que esa fecha quedara grabada en la memoria colectiva del movimiento obrero mundial. La primera conmemoración internacional se realizó el primero de mayo de 1890, y la respuesta superó todas las expectativas. En toda Europa hubo manifestaciones multitudinarias.

La fecha había nacido en Chicago, en una plaza, en una noche de bomba y pólvora, y en el cadalso de una prisión de Illinois. Pero ahora le pertenecía al mundo.

XI. La paradoja estadounidense

Estados Unidos, el país donde nació el primero de mayo, el país donde ocurrió Haymarket, el país donde ejecutaron a los Mártires de Chicago, es también el país que decidió no conmemorar esa fecha ese día. La explicación tiene nombre propio: Grover Cleveland.

Cleveland era presidente en 1894. Quería establecer un Día del Trabajo oficial, pero no quería que fuera el primero de mayo. No quería que tuviera ninguna conexión con los eventos de Chicago de 1886, con los Mártires, con la Segunda Internacional Socialista, con todo ese universo simbólico que para los sectores más conservadores olía a revolución y a subversión.

Así que eligió el primer lunes de septiembre. La separación fue deliberada. Fue una decisión consciente de desconectar la conmemoración laboral estadounidense de su origen real, de borrar la memoria de Haymarket y de los Mártires de Chicago.

El resultado, paradójico y fascinante, es que hoy, si uno camina por las calles de Chicago el primero de mayo, es un día laboral normal. La ciudad donde nació esta fecha no la conmemora ese día.

XII. El primero de mayo en el siglo XX: la Guerra Fría

Con la Revolución Rusa de 1917 y la creación de la Unión Soviética, el primero de mayo adquirió una nueva dimensión. Para el nuevo Estado soviético, la fecha se convirtió en una de las celebraciones más importantes del calendario oficial. Cada primero de mayo, en la Plaza Roja de Moscú, se realizaba un desfile militar y obrero masivo.

A medida que la Guerra Fría fue estructurando la política mundial en dos bloques, el primero de mayo fue quedando asociado en la percepción occidental con el bloque soviético, con el comunismo. En el contexto del macartismo, en los años cincuenta, participar de cualquier conmemoración del primero de mayo podía marcar a una persona como sospechosa de simpatías comunistas.

Sin embargo, incluso en el bloque occidental, la mayoría de los países siguió conmemorando el primero de mayo. Cuando la Unión Soviética se disolvió en 1991, la fecha no desapareció. Siguió siendo conmemorada en la misma cantidad de países. Porque su origen no era soviético. Era anterior. Era americano. Era Chicago, 1886.

XIII. Los personajes: quiénes eran los Mártires


August Spies tenía treinta y un años cuando lo ejecutaron. Había llegado a Estados Unidos desde Alemania a los diecisiete. Era inteligente, brillante con las palabras, con una capacidad notable para comunicar ideas complejas de manera simple.

Albert Parsons tenía treinta y nueve años. Su historia es una de las más extraordinarias. Había nacido en Alabama, luchado del lado confederado en la Guerra Civil siendo casi un adolescente. Después de la guerra, en vez de seguir el camino esperado, se volvió militante de los derechos de los trabajadores y los afroamericanos. Se casó con Lucy González, una mujer de origen mexicano y afroamericano, en una época en que los matrimonios interraciales eran ilegales en Texas. Se mudó a Chicago huyendo de las amenazas.

Eran inmigrantes en su mayoría. Hombres que habían cruzado océanos buscando algo mejor y que habían encontrado una América muy diferente de la que les habían prometido. Que habían decidido, cada uno a su manera, que valía la pena pelear por cambiar eso.

Lo que está fuera de discusión, lo que la historia ha terminado por reconocer, es que no lanzaron ninguna bomba. Y que los mataron de todas formas.

XIV. El memorial y la memoria

En el cementerio de Waldheim, en las afueras de Chicago, hay un monumento. Es una estatua de bronce, oscurecida por el tiempo. Representa a una figura femenina que coloca una corona de laureles sobre la frente de un hombre caído. Fue instalada en 1893, financiada por donaciones del movimiento obrero de todo el mundo.

Durante décadas, cada primero de mayo, trabajadores y activistas de todo el mundo enviaban flores a ese lugar. El monumento fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1997 por el gobierno de Estados Unidos. Ciento diez años después de que ese mismo gobierno los mandara colgar.

«El día llegará en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que hoy estrangulais.» — August Spies, 11 de noviembre de 1887.

Cierre

El primero de mayo es una fecha que tiene el peso de todo esto detrás. Una plaza en Chicago. Una bomba que nadie sabe quién lanzó. Ocho hombres juzgados por sus ideas. Cuatro horcas. Y un monumento en un cementerio que recibe flores desde hace más de cien años de personas que nunca conocieron a los que están enterrados ahí.

La historia no siempre es ordenada ni justa. A veces los culpables nunca son encontrados. A veces los que pagan son los que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. A veces la verdad llega tarde, y cuando llega, los que podrían haberla recibido ya no están.

Lo que queda de esa historia, lo que no se puede borrar aunque se cambie la fecha en el calendario, es que en una noche de noviembre de 1887, cuatro hombres subieron a un cadalso en Chicago sabiendo que no habían hecho lo que se les imputaba. Y que eso, a la justicia de ese momento, no le importó demasiado.

Y que ciento treinta y tantos años después, en más de ciento sesenta países del mundo, la gente conmemora esa historia cada primero de mayo. Aunque muchos no sepan que la están conmemorando.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio