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Bolsonaro: El plan secreto que lo llevó a la cárcel

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No llegó al poder con un tanque. Llegó con una Biblia, una pistola y un discurso de orden moral que sedujo a millones de brasileños hartos de la corrupción del PT.
Pero lo que Brasil eligió en octubre de 2018 no era un salvador. Era un proyecto de poder con décadas de historia, con una psicología consistente y con un manual de operaciones que quedó expuesto, punto por punto, durante cuatro años de gobierno.
Hoy Bolsonaro cumple condena de 27 años por intento de golpe de Estado. Pero el golpe es solo la última página de una historia mucho más larga y mucho más oscura.
Lo que sigue no es el retrato pintoresco de un fenómeno de la derecha tropical, como lo trató buena parte de la prensa durante la campaña. Es el análisis de lo que Bolsonaro realmente fue: un autoritario por convicción, no por accidente.

El personaje antes del poder

Para entender a Bolsonaro hay que empezar antes de 2018. Hay que empezar en 1986, cuando era un capitán del ejército con ideas propias sobre cómo debía funcionar el país, y con muy poca paciencia para el orden democrático que Brasil acababa de recuperar.
Ese año publicó en una revista una nota criticando los salarios militares. El ejército lo sancionó. Según algunos reportes, llegó a planear una operación para colocar explosivos en instalaciones militares como protesta. Fue juzgado y absuelto por falta de pruebas. Poco después dejó el ejército y entró a la política.
Durante 28 años fue diputado federal. En ese tiempo presentó menos de dos proyectos de ley que prosperaron. Era un legislador casi invisible en términos de producción. Pero era absolutamente visible en términos de escándalo. Declaró que prefería tener un hijo muerto a un hijo gay. Le dijo a una diputada que no merecía ser violada. Reivindicó la dictadura militar brasileña de 1964 a 1985 en incontables ocasiones. Y en 2016, cuando votó por el impeachment de Dilma Rousseff en el Congreso, dedicó su voto al coronel Carlos Brilhante Ustra, el jefe de la tortura durante la dictadura, torturador confeso de la propia Dilma.
No fue un desliz. Fue una declaración de principios. Bolsonaro no simula admirar a los dictadores. Los reivindica. Y esa convicción, sostenida durante décadas sin costo político, fue exactamente lo que lo llevó al poder en 2018.
Brasil estaba agotado del PT, sacudido por el escándalo del Lava Jato, aterrorizado por niveles históricos de violencia, y buscaba algo radicalmente diferente. Bolsonaro era diferente, sí. Solo que no en el sentido que millones esperaban.

La pandemia: cuando el negacionismo mata

El primer gran test de su gobierno no llegó por elección. Llegó en marzo de 2020, cuando el COVID-19 alcanzó Brasil.
Y Bolsonaro tomó una decisión. No la decisión de un incompetente desbordado. La decisión de alguien que entendía perfectamente lo que estaba pasando y eligió actuar de otra manera.
Llamó al virus «gripezinha», pequeña gripe, mientras los hospitales comenzaban a colapsar. Promovió activamente la hidroxicloroquina y otros tratamientos sin ningún respaldo científico. Apareció en marchas sin barbijo, abrazando gente, en pleno pico de contagios. Se opuso activamente a las medidas de distanciamiento impulsadas por gobernadores y alcaldes.
Mientras tanto, en Manaos, capital del Amazonas, los hospitales se quedaron sin oxígeno. Cientos de personas murieron asfixiadas en camas de hospital. El gobierno federal había sido alertado con semanas de anticipación. No actuó.
Cuando el Senado abrió una comisión de investigación para analizar la gestión de la pandemia, lo que encontró no fue solo negligencia. Encontró corrupción. Hubo indicios sólidos de un esquema para desviar dinero en la compra de vacunas dentro del Ministerio de Salud. Un diputado le avisó personalmente a Bolsonaro de la situación. Bolsonaro no hizo nada.
Al final de la investigación, el informe del Senado acusó a Bolsonaro de crímenes contra la humanidad, epidemia con resultado de muerte, malversación de fondos públicos y charlatanería médica. Brasil llegó a más de 600.000 muertos, convirtiéndose en el segundo país del mundo en cantidad de fallecidos.
Bolsonaro dijo que él y su gobierno no tenían «la culpa de absolutamente nada.»

La Amazonía y los pueblos indígenas

Este es el capítulo más silencioso y quizás el más grave.
Desde el primer día de su gobierno, Bolsonaro desmanteló sistemáticamente las agencias de protección ambiental brasileñas. El IBAMA, el ICMBio, los organismos de control de la deforestación vieron sus presupuestos recortados, sus autoridades reemplazadas, sus multas suspendidas. Las multas por deforestación en la Amazonía cayeron un 93% respecto a los años anteriores. No fue un recorte. Fue una señal.
La señal la recibió quien tenía que recibirla. Los garimpeiros, los mineros ilegales, los madereros, los ganaderos que llevaban décadas presionando sobre los límites de los territorios protegidos. Con Bolsonaro en el poder, las puertas estaban abiertas.
Durante su mandato, la Amazonía perdió unos 10.000 kilómetros cuadrados de bosque por año. El equivalente al territorio completo del Líbano, todos los años, durante cuatro años.
Cuando el Instituto Nacional de Investigación Espacial publicó los datos de deforestación récord de julio de 2019, Bolsonaro respondió despidiendo al director del organismo.
En los territorios indígenas, lo que ocurrió fue directamente un ataque. Comunidades Yanomami, Guaraní, Kaiowá y otras etnias fueron atacadas con armas de fuego por grupos de mineros ilegales que invadieron sus territorios con total impunidad. Ancianos, mujeres y niños. El Estado no solo no los protegió. El Estado miró para otro lado de manera sistemática y deliberada.
Cuando líderes indígenas salieron a denunciar públicamente lo que estaba ocurriendo, el gobierno los citó a declarar ante la policía federal por «difamación.» Usó el aparato del Estado para silenciar a las víctimas.
El cacique Raoni Matuktire llevó el caso a la Corte Penal Internacional pidiendo investigación por crímenes de lesa humanidad. No fue una figura retórica. Era una descripción precisa de lo que estaba pasando.

El anti-corrupto corrupto

Bolsonaro llegó al poder sobre las cenizas del escándalo del Lava Jato y el desgaste del PT. Su discurso era la honestidad, el orden, el fin de la corrupción sistémica brasileña.
Lo que vino después fue revelador.
Su ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, tuvo que renunciar acusado de favorecimiento ilícito y exportación irregular de maderas. No maderas de origen desconocido. Maderas que habían sido confiscadas previamente por la Policía Federal a empresas que realizaron tala ilegal. Salles las devolvió a las mismas empresas. A través de una ordenanza ministerial.
En 2022 surgió el escándalo de las joyas. Bolsonaro había recibido como obsequios oficiales de Estado durante viajes presidenciales un conjunto de joyas de altísimo valor, regalos institucionales que pertenecen al Estado brasileño. Intentó venderlas en Estados Unidos a través de asistentes. Las joyas fueron interceptadas en la aduana.
Hubo indicios de un esquema de corrupción en la compra de vacunas del que Bolsonaro fue informado personalmente y ante el cual no hizo nada. Y la policía registró su residencia por presunta falsificación de su propia cartilla de vacunación contra el COVID.
El hombre que prometió limpiar Brasil estaba manchado en varios flancos simultáneamente.
Pero quizás el símbolo más potente fue la renuncia de Sergio Moro. El mismo juez que había encarcelado a Lula, el ícono del Lava Jato, la figura que Bolsonaro había absorbido como símbolo de su propio discurso anticorrupción, renunció como ministro de Justicia acusando a Bolsonaro de querer interferir políticamente en la Policía Federal para proteger sus propios intereses.

El estado de vigilancia y el plan de asesinato

Dos revelaciones llegaron al final de su gobierno y definen lo que era el núcleo de ese proyecto de poder.
La primera: la ABIN Paralela. Dentro de la Agencia Brasileña de Inteligencia, funcionarios de su gobierno construyeron una estructura de espionaje clandestina, al margen de cualquier control institucional, que usaba software de inteligencia para mapear los movimientos y actividades de individuos específicos. Adversarios políticos, periodistas, jueces. Un servicio secreto dentro del Estado, operando para el beneficio del gobierno de turno.
La segunda: el Plan «Puñal Verde y Amarillo.» Un documento que detallaba un plan para asesinar al presidente Lula, al vicepresidente Alckmin y al juez Alexandre de Moraes. Los métodos contemplados incluían el envenenamiento y el uso de armas. El documento fue impreso en el Palacio de Planalto cuando Bolsonaro estaba presente. No es una acusación abstracta. El documento existe y fue presentado como prueba en el juicio.
Un plan de asesinato de tres personas, redactado en la casa del gobierno, mientras el presidente estaba ahí.

El golpe y el final

El 30 de octubre de 2022, Lula ganó la segunda vuelta por 1,8 puntos porcentuales. Bolsonaro no reconoció formalmente la derrota. Guardó silencio durante días mientras sus seguidores bloqueaban rutas por todo el país exigiendo una intervención militar.
El 30 de diciembre, un día antes de la asunción de Lula, Bolsonaro abandonó Brasil y voló a Estados Unidos, donde se instaló en Orlando. Al día siguiente, sus seguidores asaltaron e invadieron las sedes de los tres poderes en Brasilia. El Congreso, el Palacio de Planalto, el Supremo Tribunal Federal. Destruyeron obras de arte históricas, documentos, equipamiento. Las imágenes dieron la vuelta al mundo.
La investigación posterior determinó que nada de eso fue espontáneo. Fue el resultado de meses de trabajo sistemático de deslegitimación institucional, construcción de una narrativa de fraude sin pruebas y coordinación con sectores militares y civiles.
En septiembre de 2025, la Corte Suprema de Brasil lo condenó a 27 años y tres meses de prisión. Fue el primer expresidente de Brasil condenado por intento de golpe de Estado.

Lo que queda después

La historia de Bolsonaro no es la historia de un político que se corrompió con el poder. Es la historia de alguien que llegó al poder con una idea muy clara de cómo funciona el Estado y para qué sirve: un instrumento de dominación, no de servicio.
La pandemia, los indígenas, el medioambiente, las instituciones. Todo prescindible frente a la lealtad del círculo íntimo, el poder personal y la convicción de que las reglas son para los demás.
Su admiración por la dictadura nunca fue nostalgia. Era su modelo de gobierno. Y cuando las urnas no le dieron la razón, simplemente intentó implementarlo.
Lo más inquietante no es que haya llegado al poder. Es que llegó en democracia, con votos, en un país con instituciones establecidas. Y que estuvo a punto de lograrlo.
Eso debería hacernos pensar. No solo en él. También en los sistemas que lo hicieron posible.

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