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Kant en llamas: la paz perpetua ante el mundo en guerra

A fines del siglo XVIII, el filósofo Immanuel Kant (1724–1804) reflexionó sobre las condiciones de una «paz perpetua». Su pensamiento, que fue fundamental para el derecho internacional, sigue vivo. Arroja luz sobre la dinámica de la guerra, los dilemas de seguridad, los estancamientos diplomáticos y los trágicos reveses que caracterizan nuestro tiempo.
El ensayo filosófico-político La paz perpetua, escrito hace casi dos siglos y medio, parece todavía tener plena actualidad si consideramos lo que sucede en la escena internacional: en Ucrania, en Gaza, pero también en el Caribe. Didáctico y de lectura accesible, el texto pone de relieve la dialéctica entre la naturaleza humana —profundamente egoísta— y la razón —potencialmente moral—. Kant sostiene que existe una disposición moral que duerme en el hombre, aunque este sea manifiestamente egoísta. Y no hay actividad humana que no se inscriba entre estos dos polos, que modelan la historia. Bueno y malo simultáneamente en religión y en economía, el hombre lo es también en política. Así, cuando dirige el Estado, no logra emanciparse de sus condicionamientos patológicos.
Kant subraya que los Estados se comportan como individuos que buscan de forma permanente el poder: para dominar, pero también para resistir la dominación. La política evolucionó bajo la forma del Estado-nación que, a través del monopolio del ejercicio de la violencia, protege la paz civil mediante la coacción y la ley dentro de fronteras definidas. Pero en el plano internacional no existe ninguna instancia superior a los Estados que les imponga respetar el derecho. Los Estados no reconocen ninguna autoridad superior a la suya, lo que instala la escena mundial en un sistema acéfalo regulado por la fuerza: una situación anárquica de no-derecho en la cual la resistencia es la única respuesta a la tentación hegemónica de las potencias imperiales.
Kant habla de una libertad bárbara de los Estados, los cuales, al igual que el individuo particular, son belicosos y están llenos de hostilidad y de un apetito insaciable de poder. Pero existe, dice, «un mecanismo de la naturaleza para dirigir el antagonismo de las disposiciones hostiles de manera tal que los hombres —o los Estados— se obliguen mutuamente a someterse a leyes de coacción que producen, necesariamente, el estado de paz en el que las leyes disponen de la fuerza».

«Que el poder vuelva a la ley»

Al someterse voluntariamente a lo que podríamos llamar el «derecho internacional», los Estados constituyen un espacio jurídico mundial garante de la paz entre los pueblos. La idea de Kant es que ese derecho no es expresión de la bondad de los hombres de Estado, sino de la disuasión mutua: hasta los países más débiles tienen recursos potenciales de resistencia. Los imperios coloniales se derrumbaron porque, tras la Segunda Guerra Mundial, el precio político de la dominación de los pueblos colonizados se había vuelto demasiado alto.
El poder militar no alcanza para garantizar la dominación de un Estado sobre otro. El de Estados Unidos no le garantizó la victoria ni en Vietnam, ni en Irak, ni en Afganistán. Pese a sus capacidades, los estadounidenses debieron retirarse de los países que habían invadido porque la resistencia local les resultaba insoportable en vidas humanas y en cargas financieras. Esto no es privativo de ellos: todos los Estados son susceptibles de caer en la tentación expansionista, pero lo que los disuade es el precio a pagar. Kant ve en ello la mano de la naturaleza que viene en ayuda de la voluntad universal. «La naturaleza quiere de manera irresistible que el poder supremo vuelva, finalmente, al derecho.»
Por otra parte, ningún Estado —por más poderoso que sea— es capaz de imponer un gobierno mundial que garantice la paz internacional. La naturaleza, dice Kant, se opone a esa perspectiva valiéndose de dos procedimientos: la diversidad de lenguas y de religiones, que impiden la fusión de los pueblos. De un lado, la imposibilidad de un Estado mundial; del otro, el carácter belicoso de los Estados que buscan siempre más poder. La rivalidad no cesa y puede degenerar en conflicto armado en cualquier momento. La única salida es la construcción permanente de un derecho internacional promulgado por una organización interestatal basada en una carta a la cual los Estados adhieran y cuya vocación sea impedir la guerra.
Desde este punto de vista, Kant es el padre espiritual de la Organización de las Naciones Unidas, que al ser fundada en 1945 prohibió la guerra. Instruidos por dos guerras mundiales, los Estados habían comprendido la importancia de la paz para el devenir de la civilización.
Pero, por indispensable que sea, la ONU fue —y es— incapaz de garantizar la paz perpetua anhelada por Kant. En efecto, se les prohibió la guerra a todos los Estados excepto a las cinco potencias con escaño permanente en el Consejo de Seguridad, donde disponen de un derecho de veto capaz de bloquear cualquier resolución que no sirva a sus intereses. El derecho internacional, en consecuencia, no es universal: una anomalía flagrante desde el punto de vista jurídico. Imaginemos una comunidad de doscientas personas dirigida por un «consejo de sabios» que prohíbe el uso de la violencia pero se la concede a cinco de sus miembros, que se comportan entonces como señores de la guerra. Mediante juegos de alianzas, esos cinco miembros permanentes comercian con ese privilegio concediéndoselo a Estados vasallos que se benefician de su protección diplomática.
Así fue como la ONU y las organizaciones de la sociedad civil mundial no tuvieron capacidad de impedir el primer genocidio del siglo XXI, ocurrido en Gaza. Miembro de la ONU, Israel llevó adelante una guerra de exterminio bajo la protección diplomática de Estados Unidos. Uno de los cinco señores de la guerra llegó incluso a sancionar a los jueces de la Corte Penal Internacional que condenaron al primer ministro israelí y a su ministro de Defensa. Estados Unidos reconoce el derecho internacional únicamente cuando le resulta favorable.

El dilema de la seguridad

Kant es hostil a la existencia de ejércitos formados por individuos a quienes se les paga para matar o morir. Sin embargo, reconoce que los Estados necesitan fuerzas armadas para proteger a sus poblaciones contra el riesgo de invasiones. El ejército es necesario si su vocación es defender al país contra vecinos belicosos. Pero, para Kant, debe ser pensado como un instrumento que preserva la paz, no como un medio de vulnerarla.
Este es el dilema de la seguridad: un Estado refuerza su ejército creyendo protegerse; el Estado vecino lo percibe como amenaza y se prepara para un ataque; el primero responde con más armamento; y así, en espiral, todos se acercan peligrosamente a la guerra. La percepción de la amenaza —fundada o no— es un elemento estructurante de las políticas de seguridad. Los Estados forman alianzas militares, lo que atemoriza a los adversarios potenciales, que a su vez forman otras alianzas.
Dentro de esta lógica, la OTAN, por su propia existencia, incita involuntariamente a Rusia y a China a una coalición militar, desde el momento en que la perciben como una amenaza. Al final de la Guerra Fría, la OTAN debería haber sido disuelta, o puesta bajo la autoridad de la ONU. Pero el lobby del armamento impulsó que se sostuviera y ampliara para seguir vendiendo armas pagadas con impuestos de los contribuyentes.

Odios pasados y futuros

La invasión de Ucrania por parte de Rusia es resultado de un doble miedo: el de los gobiernos europeos, que quieren contener a una Rusia sospechada de expansionismo, y el de la propia Rusia, que percibe la ampliación de la OTAN como una tentativa de encierro e intimidación. Ambos bandos se amenazan mutuamente sin cruzar el Rubicón: las armas nucleares hacen improbable la guerra directa entre la OTAN y Rusia, mientras la paz sigue siendo imposible, según la célebre fórmula de Raymond Aron.
La Segunda Guerra Mundial fue el escenario del mayor genocidio del siglo XX. Los nazis se propusieron exterminar a los judíos, considerados indignos de pertenecer a la especie humana: la expresión del mal absoluto del que es capaz el hombre. Apenas terminada esa guerra, los judíos fueron considerados, con razón, víctimas de una injusticia innombrable. Su sufrimiento otorgó a los sionistas un capital de simpatía que utilizaron para crear un Estado ocupando las tierras de los palestinos, que fueron expulsados de sus hogares. Sostenido militar, financiera y diplomáticamente, el Estado de Israel se volvió poderoso modelándose según una lógica bélica y de opresión colonial. En pocas décadas, el judío mártir —o más bien sus hijos— se convirtió en el verdugo de los palestinos oprimidos en su propio país. «Incluso en el hombre oprimido duerme un opresor», diría Kant.
La historia es un encadenamiento de causas. Lo que ocurre en Gaza terminará fortaleciendo el odio de las futuras generaciones de palestinos, que buscarán vengarse. Si la relación de fuerzas internacional —hoy favorable a Israel— cambia, el porvenir de ese Estado será incierto. En un futuro no tan lejano, Arabia Saudita y probablemente Egipto accederán al poder nuclear. Israel ya no se beneficiará de su supremacía en ese terreno frente a sus vecinos. Para evitar el derrumbe —tras un probable éxodo de población hacia Occidente— Israel deberá elegir entre un Estado binacional con plenos derechos cívicos para todos sus ciudadanos, o el reconocimiento de un Estado palestino cuya memoria no olvidará lo que sufrió.
Convertida en impotente por el veto de los cinco señores planetarios de la guerra, la ONU no logró imponer el derecho internacional, y con ello fracasó la paz universal esperada por Kant. El riesgo de una tercera guerra mundial es hoy más alto que nunca: el 17 de julio de 2025, el general estadounidense Chris Donahue, jefe militar de la OTAN, mencionó a Kaliningrado como uno de los posibles detonadores. Este antiguo bastión prusiano —cedido a la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial, hoy uno de los puntos más militarizados de Europa— alberga la flota rusa del mar Báltico, una base aérea y, según fuentes occidentales, misiles nucleares tácticos.
La ironía de la historia es perfecta: Kaliningrado es Königsberg. La ciudad donde nació y vivió Kant hasta su muerte.

Resumen del libro: La paz perpetua (1795)

Immanuel Kant

Publicado en 1795, en plena efervescencia de las guerras napoleónicas, La paz perpetua es un ensayo breve pero de una densidad filosófica y política extraordinaria. Kant lo presentó con la forma irónica de un «tratado» entre naciones —imitando el lenguaje diplomático de la época— dividido en artículos preliminares, artículos definitivos y suplementos.
Los seis artículos preliminares establecen las condiciones mínimas sin las cuales ninguna paz es posible: ningún tratado puede contener cláusulas secretas que siembren la semilla de una guerra futura; ningún Estado puede ser adquirido por otro mediante herencia, permuta o compra; los ejércitos permanentes deben ser progresivamente abolidos; ningún Estado debe contraer deudas con fines bélicos; ningún Estado puede inmiscuirse por la fuerza en la constitución o el gobierno de otro; y en tiempos de guerra no deben emplearse medios que hagan imposible la confianza mutua en una paz futura (como el uso de asesinos o la incitación a la traición).
Los tres artículos definitivos son el núcleo del proyecto kantiano. El primero exige que la constitución civil de cada Estado sea republicana —es decir, que separe los poderes y garantice la libertad de los ciudadanos—, porque los ciudadanos que deben soportar las consecuencias de la guerra difícilmente votarán a favor de declararla. El segundo propone que el derecho internacional se funde en una federación de Estados libres, no en un superestado mundial —que Kant rechaza por considerarlo una tiranía potencial—, sino en una liga que garantice la paz entre naciones soberanas. El tercero consagra el derecho cosmopolita: todo ser humano tiene derecho a ser recibido con hospitalidad en cualquier territorio, fundamento filosófico de lo que hoy llamamos derechos humanos universales.
El suplemento sobre la garantía de la naturaleza es quizás la parte más original del libro. Kant sostiene que, aunque los hombres sean egoístas y belicosos por naturaleza, esa misma naturaleza —a través del comercio, la interdependencia económica y el costo creciente de la guerra— los empuja inexorablemente hacia la paz. No se trata de una garantía moral sino mecánica: la naturaleza utiliza el antagonismo humano como palanca para producir, a largo plazo, el orden que la razón exige. En otras palabras, incluso sin virtud, los hombres pueden llegar a la paz por puro interés.
Kant no es ingenuo. Sabe que la paz perpetua no es un estado que se alcanza de una vez y para siempre, sino una tarea histórica que cada generación debe retomar. El derecho, la razón y la naturaleza convergen —lentamente, con retrocesos— hacia ese horizonte. Dos siglos y medio después, su diagnóstico sigue siendo devastadoramente exacto: la paz no es un don, sino una construcción permanente. Y nadie la construye por nosotros.

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