La mayor selva tropical del planeta ya perdió el 18% de su superficie. Un nuevo informe científico advierte que hasta el 47% podría transformarse en sabana para 2050

El Amazonas no es solo la selva más grande del mundo — es un sistema climático que sostiene, literalmente, la lluvia de medio continente. Ocupa 6,7 millones de kilómetros cuadrados repartidos entre nueve países, alberga entre el 10% y el 20% de todas las especies conocidas del planeta, y recicla entre el 30% y el 50% de su propia precipitación a través de lo que los científicos llaman «ríos aéreos» — corrientes de vapor de agua que llegan hasta Norteamérica y Europa. Y según el informe científico más reciente sobre la región, se está acercando a un umbral del que podría no volver.
Un pulmón que también es un río en el cielo
La función climática del Amazonas va mucho más allá de absorber dióxido de carbono. El Informe de Evaluación de la Amazonía 2025, elaborado por el Panel Científico por la Amazonía (SPA) con la participación de decenas de investigadores de la región, describe un sistema de «conectividad» que conecta la atmósfera, la hidrología, el ciclo del carbono, la tierra, la biodiversidad y las sociedades humanas en una sola red interdependiente. La selva exporta humedad hacia los Andes a través de esos ríos aéreos, y los Andes le devuelven caudal, sedimentos y nutrientes — un intercambio bidireccional que sostiene, entre otras cosas, buena parte de la actividad agrícola de Sudamérica.
Sin este sistema, regiones agrícolas clave de Sudamérica y otras partes del mundo enfrentarían sequías severas capaces de afectar la producción de alimentos a escala global. No es una hipérbole ecologista — es la conclusión de investigadores de instituciones como el Centro Nacional de Monitoramento e Alertas de Desastres Naturais de Brasil y el Instituto de Geociencias del Medio Ambiente de Francia, coautores del primer capítulo del informe.
El punto de no retorno, con fecha
Este es el dato más urgente de todo el informe, y el que le da sentido al título.
La deforestación ya provocó la pérdida de aproximadamente el 18% de la superficie total del bioma amazónico, y el 38% de los bosques que todavía quedan en pie están degradados — es decir, dañados aunque técnicamente sigan clasificados como bosque. Los modelos científicos del informe indican que, de no revertirse la tendencia, las transiciones de ecosistema podrían afectar hasta el 47% de la superficie forestal para el año 2050 — un escenario donde partes enteras de selva tropical se convertirían, de forma irreversible, en sabana.
Cuando un bosque tropical se degrada lo suficiente, deja de poder sostener su propio microclima húmedo — un círculo vicioso que se autoalimenta: menos árboles significa menos evapotranspiración, lo que significa menos lluvia, lo que a su vez seca más árboles. Ese es, en esencia, el mecanismo detrás del «punto de no retorno» que los científicos vienen advirtiendo desde hace años, y que este informe confirma con nuevos modelos.
40.000 especies de plantas, y todo lo que sostienen
La escala de biodiversidad amazónica no tiene comparación en ningún otro ecosistema terrestre: se estiman más de 40.000 especies de plantas, 3.000 tipos de peces, 1.300 especies de aves y cerca de 430 de mamíferos — muchos de los cuales no existen en ningún otro punto del planeta. El delfín rosado, el jaguar (el mayor depredador de América), y la victoria regia —un nenúfar gigante cuyas hojas pueden sostener el peso de un niño— son apenas las especies más conocidas de un ecosistema que sigue revelando organismos nuevos cada año.
Uno de los datos más inquietantes sobre la biodiversidad amazónica no tiene que ver con especies ya catalogadas: muchas especies endémicas corren riesgo real de desaparecer antes incluso de ser estudiadas científicamente. Cada hectárea deforestada puede llevarse organismos —posibles fuentes de nuevos fármacos, nuevos alimentos, nuevo conocimiento— que la ciencia nunca llegó a documentar.
Cuatro especies únicas, todas en riesgo
Según la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), varias especies endémicas del Amazonas —que no existen en ningún otro lugar del mundo— ya están formalmente clasificadas en riesgo de extinción.
El manatí más pequeño del mundo, puede pesar hasta media tonelada y vivir 60 años. Se estima una población de entre 8.000 y 30.000 ejemplares. Su mayor amenaza: la caza y la captura de crías con redes de pesca.
Presente en casi todos los países amazónicos, amenazada por la caza para obtener su piel y por la contaminación industrial —maderera y minera— que reduce los peces de los que se alimenta.
Uno de los 24 primates de la familia Atelidae, pero endémico de la selva amazónica. Vive hasta 15 años. La pérdida de hábitat y la caza son su principal amenaza, más allá de sus depredadores naturales.
Protagonista de la leyenda popular del «boto» que se transforma en humano. Puede pesar hasta 207 kilos y vivir 22 años. No existe un recenso oficial de cuántos quedan — su mayor amenaza es la caza furtiva.
Las economías ilegales, «motores sistémicos» de la destrucción
El informe científico no habla de deforestación como un fenómeno aislado — la describe como parte de un sistema criminal interconectado.
Según el capítulo dedicado a la «conectividad disruptiva» de las economías ilegales, el acaparamiento de tierras, la tala ilícita, la minería ilegal de oro, el narcotráfico y el tráfico de especies no son delitos aislados: forman un sistema que fragmenta los bosques, desplaza a comunidades indígenas, y corta las conexiones críticas entre ecosistemas y culturas. Redes de crimen organizado, impulsadas por demanda global y gobernanza débil, reconfiguran el uso de la tierra y concentran poder en manos criminales — a veces con la connivencia directa de estructuras estatales y locales.
La minería ilegal de oro artesanal y a pequeña escala está acelerando la deforestación, alterando sistemas hidrológicos completos y movilizando mercurio tóxico en el agua — contaminando tanto a comunidades indígenas como a la vida acuática. El informe advierte que estos impactos transfronterizos ya superan la capacidad de control y aplicación de la ley convencional en varios países de la región.
Los que mueren por defender el territorio
Un dato del informe resume la magnitud del riesgo humano detrás de todo esto: en 2022, uno de cada cinco asesinatos de defensores ambientales en el mundo entero ocurrió en la Amazonía. Los defensores socioambientales de la región enfrentan tala ilegal, minería, acaparamiento de tierras y narcotráfico, además de políticas que habilitan el despojo — con violencia, criminalización e impunidad como constantes.
Desde 1970, se ha perdido solo en Brasil una superficie forestal más grande que toda Francia.
GreenpeaceLo que el informe propone hacer
El Panel Científico por la Amazonía no se queda solo en el diagnóstico — su informe incluye 31 «Llamados a la Acción» con propuestas específicas: detener la deforestación y los incendios extremos, mejorar la conectividad de las aguas amazónicas, ampliar el financiamiento climático, desmantelar el mercado ilegal de tierras, acabar con la minería ilegal de oro, proteger a los defensores ambientales, y fortalecer las llamadas «sociobioeconomías» — modelos de producción basados en el conocimiento indígena y local que sostienen biodiversidad y economía al mismo tiempo, en contraste directo con los monocultivos extensivos que hoy ocupan la mayoría de las zonas deforestadas.
Uno de los capítulos del informe advierte sobre lo que llama «epistemicidio»: la supresión histórica de las ciencias indígenas y locales, que no solo es una injusticia cultural sino que además acelera el colapso de los propios ecosistemas y facilita la biopiratería. Los pueblos indígenas, afrodescendientes y comunidades locales llevan siglos gestionando sistemas de producción multifuncionales que sostienen biodiversidad, patrimonio cultural y economías locales a la vez — un modelo que los «modelos de desarrollo dominantes» vienen desplazando sistemáticamente en favor del monocultivo y el pastizal.
Un ecosistema que también es una farmacia
Más allá de su valor climático y su biodiversidad, el Amazonas es también un depósito de conocimiento médico acumulado durante siglos. Pueblos indígenas de toda la región usan plantas medicinales amazónicas desde mucho antes de que la ciencia occidental las estudiara, y buena parte de los fármacos modernos derivan de compuestos descubiertos originalmente en esta selva. Cada especie que se extingue antes de ser estudiada es, en ese sentido, un posible tratamiento médico que desaparece sin haber sido descubierto.
El Amazonas no es un paisaje lejano que solo importa por su belleza o su exotismo — es, según la evidencia científica más reciente, la pieza que sostiene buena parte del clima del hemisferio, con efectos que llegan hasta Norteamérica y Europa. El informe de 2025 no habla en términos apocalípticos ni vagos: da cifras exactas, modelos con fecha, y un mapa claro de quién se beneficia con su destrucción. La pregunta que deja planteada no es si el Amazonas puede colapsar — es si el 47% de superficie en riesgo para 2050 se puede evitar todavía, o si ya cruzamos, sin darnos cuenta, la línea desde la que no hay vuelta atrás.
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