El 1 de mayo, mientras los cañones seguían sonando sobre Irán, Donald Trump firmó la retirada de 5.000 soldados de las bases estadounidenses en Alemania. Era un gesto calculado. Ese mismo día, el canciller Friedrich Merz declaraba ante el Bundestag que Estados Unidos estaba siendo «humillado» por Irán, y Trump ya amenazaba con medidas similares contra sus bases en España e Italia —dos de los países europeos más críticos con la intervención en Oriente Próximo—. En Washington, nadie lo llamó crisis. En Bruselas, nadie supo bien cómo llamarlo.

Han transcurrido cerca de año y medio desde que Trump regresó a la Casa Blanca, y la Alianza Atlántica atraviesa su momento más delicado en siete décadas de historia. No porque haya estallado una guerra dentro de la OTAN, sino porque el socio que la fundó está desmantelándola con bisturí, desde dentro, aprovechando cada fractura y cada dependencia.

El agravio de Irán y la lógica del chantaje

El escepticismo de Trump hacia la OTAN no es nuevo. Durante su primer mandato ya fue una constante, aunque entonces se quedaba en el terreno retórico. Esta vez es diferente. Desde su regreso, las amenazas de abandonar la alianza se han multiplicado y las críticas por la falta de inversión europea en defensa han adquirido una cadencia casi semanal.

La crisis alcanzó su primer punto de inflexión en enero de 2026, cuando Trump expresó su deseo de adquirir Groenlandia —territorio autónomo de Dinamarca y socio de la OTAN— «de una forma u otra». Pero fue la guerra en Irán la que lo cambió todo. Ante la negativa europea a prestar apoyo militar al operativo liderado por Washington, Trump externalizó su «disgusto» y apuntó, por primera vez de forma explícita, hacia una posible salida de la organización. El argumento de su Administración fue tan simple como revelador: si Europa se niega a actuar de forma recíproca cuando Estados Unidos la defiende, Washington ya no tiene incentivo para permanecer en la alianza.

Hay una lógica transaccional en esa posición. Y hay también, en el fondo, una trampa.

Lo que dice el derecho y lo que hace Trump

El artículo 13 del Tratado del Atlántico Norte lo permite: cualquier miembro puede retirarse con un año de preaviso. Sin embargo, la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) de 2024 añade un freno interno: ningún presidente puede retirar a Estados Unidos de la OTAN sin el consentimiento del Senado o una ley aprobada por el Congreso. Trump sostiene que posee la autoridad para hacerlo de forma unilateral, lo que abriría el camino a una batalla legal y a una crisis constitucional sin precedentes.

The Telegraph (Reino Unido): dijo que la membresía de EE.UU. en la OTAN está “más allá de reconsideración” y llamó a la alianza “un tigre de papel”.

Análisis editorial — Bastión

Pero esperar a que los tribunales resuelvan es subestimar la creatividad destructiva de la Administración. Aunque la salida formal quedara bloqueada, Trump dispone de un arsenal de medidas para desmantelar la alianza desde dentro: recortar la financiación, reducir el contingente militar europeo hasta el mínimo legal, o —el escenario más perturbador— negarse a activar el artículo 5, el compromiso de defensa mutua que es el corazón de la organización. La retirada de miles de soldados de Alemania no es un accidente diplomático. Es la primera señal concreta de que esa estrategia ya está en marcha.

Como advirtió Emmanuel Macron a comienzos de abril: «Si creas una duda diaria sobre tu compromiso, terminas vaciándolo de contenido». Esa duda, hoy, es mayor que nunca.

«Si creas una duda diaria sobre tu compromiso, terminas vaciándolo de contenido»”.

Emmanuel Macron

El pilar que sostiene todo: el peso real de Estados Unidos

Para entender el alcance de lo que está en juego, conviene detenerse en los números. En 2024, Estados Unidos aportó el 15,8% del presupuesto directo de la OTAN. Pero esa cifra es casi anecdótica frente a su peso real: Washington ha mantenido un gasto en defensa superior al 3,25% de su PBI desde 2014, mientras la media de Europa y Canadá no ha superado el 2,3%. La brecha no es solo económica.

El pilar que sostiene todo: el peso real de Estados Unidos

15,8%

Aporte de EE.UU. al presupuesto directo de la OTAN en 2024

3,25%

Gasto en defensa de EE.UU. sobre su PBI desde 2014

1 billón

Costo estimado de sustituir capacidades estadounidenses en 25 años (IISS, 2025)

128.000

Efectivos adicionales que Europa debería reclutar

Estados Unidos es, además, el principal proveedor de inteligencia, vigilancia y tecnología militar de la alianza. Son capacidades que Europa nunca tuvo que desarrollar de forma autónoma precisamente porque Washington las garantizaba. Al confiar en ese paraguas durante décadas, el continente subcontrató su defensa y frenó el desarrollo de su propia autonomía estratégica. Ahora esa decisión histórica pasa factura.

Según un análisis del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) de mayo de 2025, sustituir las capacidades estadounidenses en la OTAN costaría aproximadamente un billón de dólares en 25 años —una cifra comparable al PBI de Suiza, la 21.ª economía del mundo—. Los aliados europeos tendrían que reclutar a 128.000 efectivos adicionales, desarrollar sus propios satélites y sistemas de inteligencia, y reestructurar de arriba abajo el mando y control de la alianza, hoy en manos mayoritariamente de personal estadounidense. El coste humano, tecnológico y político de esa sustitución difícilmente puede estimarse con precisión. Lo que sí es cierto es que llevaría décadas.

La ventaja estratégica de Rusia

Este vaciamiento ocurre en el peor momento geopolítico posible. Una retirada —o incluso una desvinculación progresiva— de Estados Unidos sería percibida por el Kremlin como un síntoma de debilidad doble: la de Washington y la de la propia alianza. Rusia saldría ganando en dos frentes simultáneamente: desaparecería uno de los principales proveedores de capacidad defensiva para Ucrania, y la Europa que quedaría en pie tendría que reconstruir desde cero su arquitectura de seguridad, en un plazo de urgencia que favorece las ambiciones expansionistas rusas en sus fronteras occidentales.

La disuasión no funciona con promesas inciertas. Y la incertidumbre, en este momento, es exactamente lo que Trump está exportando.

Europa despierta, pero tarde

En respuesta a este escenario, varios países han acelerado sus planes de rearme. El caso más llamativo es el de Alemania: un país históricamente reticente a la militarización —por razones que el propio siglo XX explica— que ha anunciado una inversión de 460.000 millones de euros para modernizar sus fuerzas armadas. En los países bálticos y de Europa del Este, donde la proximidad con Rusia convierte este debate en algo existencial, el aumento del gasto militar ya era una tendencia consolidada.

Sin embargo, la inversión no resuelve el problema de fondo. El verdadero obstáculo para una defensa europea unida no es el dinero: es la ausencia de integración política real en materia de seguridad. Ya en 2018, Macron advertía que Europa necesitaba «un verdadero ejército europeo». En 2026, ese ejército sigue siendo una ambición irresuelta. Coordinar las fuerzas armadas de 27 naciones exige cesiones de soberanía que la mayoría de los Estados miembros aún no está dispuesta a asumir.

El primer ministro polaco, Donald Tusk, lo expresó con meridiana claridad: «Nadie se tomaría en serio una Europa dividida y débil». Y tiene razón. Pero declarar la voluntad de unidad es más sencillo que construirla.

Las opciones sobre la mesa son complejas. Una de las más debatidas es la europeización del paraguas nuclear francés y británico para extender la disuasión nuclear al conjunto del continente, aunque ambas potencias siguen siendo, en cierta medida, dependientes de tecnología y acuerdos con Washington. Otra vía pasa por reforzar las alianzas con socios atlánticos más fiables en este momento: el Reino Unido, cuya posición en el conflicto de Irán ha estado alineada con la Unión Europea, y Canadá, que fue el primer país no europeo en asistir a la Cumbre de la Comunidad Política Europea en Armenia, en la primera semana de mayo de 2026. Ambos representan puentes hacia una arquitectura atlántica de cooperación que podría sostenerse incluso si Washington se retira de ella.

«Nadie se tomaría en serio una Europa dividida y débil».

Primer ministro polaco, Donald Tusk

Europa tiene MÁS armas que EEUU … y no puede defenderse

Europa tiene más sistemas de armas que Estados Unidos: más tanques, más helicópteros, más aviones sobre el papel que la mayor potencia militar del planeta. Y sin embargo, cuando llega la hora de la verdad, depende casi por completo de Washington para su propia defensa. ¿Cómo es esto posible? La respuesta revela una de las paradojas más absurdas y peligrosas de la geopolítica contemporánea.

Tiene el dinero, tiene la tecnología, tiene el talento humano. Pero en lugar de construir un ejército, construyó veintisiete. Cada uno con sus propios tanques, sus propios cazas, sus propios submarinos, sus propias fuerzas especiales. Veintisiete sistemas de defensa aérea. Veintisiete centros de mando. Veintisiete burocracias militares.

El resultado es devastador. Mientras Estados Unidos opera con un puñado de modelos estandarizados, Europa acumula más de ciento treinta tipos diferentes de tanques, buques, aviones y helicópteros. Desde el punto de vista logístico, es una pesadilla. Producir repuestos para ciento treinta modelos distintos cuesta exponencialmente más que hacerlo para veinte. Entrenar técnicos para cada sistema multiplica los gastos. Y cuando llega el momento de operar juntos, surge el problema más grave de todos: la interoperabilidad. ¿Pueden comunicarse entre sí estos sistemas? ¿Pueden compartir munición? ¿Pueden coordinar operaciones en tiempo real? En muchos casos, la respuesta es no.

Como lo resume un analista:

“Europa ha creado veintisiete enanos militares, cada uno completo y supuestamente autónomo, pero ninguno realmente relevante.”

La Guerra de las Industrias europeas

El problema se agrava cuando miramos la industria de defensa. Francia tiene a Thales. Italia tiene a Leonardo. Reino Unido tiene a BAE Systems. España tiene a Indra. Alemania tiene a Rheinmetall. Todas son empresas respetables, con tecnología de primer nivel en nichos específicos.

Pero ninguna puede competir en escala con los gigantes estadounidenses. Lockheed Martin, Northrop Grumman, Boeing, General Dynamics. Estas compañías facturan más, invierten más en investigación y desarrollo, y pueden ofrecer productos más baratos gracias a las economías de escala. Cuando un país europeo necesita equiparse rápido, ¿Qué hace? Compra americano.

El caso de Alemania es paradigmático. Es la potencia industrial del continente, tiene a Rheinmetall como líder mundial en blindados, y sin embargo, cuando necesita cazas de última generación, compra F-35 estadounidenses. Cuando necesita defensa antimisiles, compra sistemas Patriot y Arrow israelíes.

Europa ha intentado romper este ciclo de dependencia. El problema es que cada intento tropieza con las mismas piedras.

Era, en esencia, juzgarlos por sus ideas. Por sus palabras. Por los panfletos que habían escrito, por los discursos que habían dado, por las reuniones a las que habían asistido.

El FCAS, el ambicioso programa para desarrollar el caza de sexta generación europeo, reúne a Francia, Alemania y España. Sobre el papel, es exactamente lo que Europa necesita: un proyecto conjunto que desarrolle tecnología propia y reduzca la dependencia de Washington. En la práctica, el programa avanza a paso de tortuga, ahogado por rivalidades industriales entre países, disputas sobre quién lidera qué componente, y costes que se disparan con cada retraso.

Mientras tanto, país tras país sigue comprando F-35.

El programa de drones Euromale, impulsado por las mismas potencias, enfrenta críticas similares. Llega tarde, dicen. Cuando finalmente esté operativo, la tecnología ya habrá avanzado una generación.

El MGS, el tanque franco-alemán que debería reemplazar al Leopard 2 y al Leclerc, lleva casi una década en desarrollo y las disputas entre París y Berlín amenazan con hundirlo. Y para completar el cuadro, Italia y Reino Unido están desarrollando su propio caza de sexta generación, el Tempest, junto con Suecia y Japón. Es decir: Europa ni siquiera es capaz de unirse en un solo proyecto de caza avanzado. Tiene dos, compitiendo entre sí, duplicando esfuerzos y dividiendo recursos.

“Europa tiene más armas que Estados Unidos, pero menos defensa. La diferencia no está en la cantidad, sino en la unidad ”

Bastión

El equilibrista y sus límites

Al frente de la organización, Mark Rutte ha adoptado el papel de equilibrista diplomático: elogiar los avances europeos en gasto de defensa, suavizar el lenguaje ante Washington, evitar la confrontación directa con Trump. La estrategia tiene cierta lógica de gestión de crisis. Pero el apaciguamiento tiene un límite, y Rutte ya lo ha rebasado. El servilismo excesivo no frena las presiones; las legitima. Y los hechos lo confirman: tras la reunión del 8 de abril de 2026, Trump mantuvo intacta su retórica hostil hacia la alianza.

Los esfuerzos europeos de rearme responden, en realidad, a una doble lógica de difícil equilibrio. Por un lado, cumplir con las exigencias de Trump refuerza el pilar europeo y demuestra que el continente puede asumir más responsabilidad —una vía para salir de la crisis dentro del marco actual—. Por otro, esas mismas inversiones son también una preparación silenciosa para el peor escenario: una retirada estadounidense que obligue a Europa a sostenerse sola. Europa, en definitiva, está apostando en dos tableros a la vez: sobrevivir dentro de la OTAN y, si fuera necesario, sobrevivir sin ella.

La técnica de apaciguamiento no sirve

Hasta el momento a cada requisitoria de Donald Trump se le dio todo o parte de lo que pidió. La historia, desde la Edad Antigua está llena de ejemplos de matones que pidieron, se les dio y no por ello dejaron de matar, sino que incluso lo hicieron con más ímpetu.

El ejemplo claro es el de Adolf Hitler y la política de apaciguamiento con la que el Reino Unido y Francia intentaron pararlo en los años treinta. El führer de la Alemania nazi pidió la Renania y se le dio, entonces pidió Austria y se le dio, entonces pidió los Sudetes y se le dieron, y luego pidió Checoslovaquia y se le dio. Sólo cuando pidió Polonia se consideró que la cosa pasaba de castaño oscuro, y el resultado fue la Segunda Guerra Mundial y cincuenta millones de seres humanos menos en el planeta.

El primer ministro británico, Neville Chamberlain, y demás defensores de aquel apaciguamiento no podían alegar que nunca hubiera pasado o que no conocieran ejemplos de apaciguamientos fallidos. La propia Inglaterra tuvo un rey medieval llamado Etelredo, apodado el Indeciso: una mala traducción de la palabra anglosajona unræd, que significaba más bien ‘el Malaconsejado’. Fue él quien aceptó pagar el danegeld, un tributo a los vikingos, para que dejaran de atacar sus costas. Lo que, por supuesto, no hicieron.

Los ataques se sucedieron y el danegeld fue cada vez más cuantioso. El primer pago conocido ascendió a 10.000 libras romanas de plata, en el año 991. Tres años después, los daneses volvieron, asediaron Londres y se les pagó otra vez, nuevamente en 1002 y una vez más en 1007, cuando el arzobispo Elfego de Canterbury compró dos años de paz a los daneses por 36.000 libras. En 1012 pasaron a ser 48.000. Canuto el Grande —así se llamaba— pagó 82.500. El pago total en los años del danegeld se estima en sesenta millones de peniques, y los arqueólogos de ese período los han encontrado más en Suecia que en Inglaterra.

Lo del apaciguamiento es un fracaso sempiterno. Bien decía Antonio Gramsci que la historia da lecciones, mas no tiene alumnos.

Una alianza vaciada de fe

Pero ninguna de estas maniobras resuelve el daño más profundo. La efectividad de la OTAN no descansa en presupuestos ni en batallones: descansa en la certeza de que el artículo 5 se activará cuando sea necesario. Es una promesa que vale lo que vale la confianza que la sostiene. Y esa confianza, hoy, está quebrada.

«No podemos fingir que Trump no está diciendo lo que está diciendo», advirtió el ministro de Exteriores de Polonia, dando a entender que la posibilidad de una retirada estadounidense ya no es una hipótesis de trabajo académico, sino un escenario plausible de política exterior. Cuando los propios aliados empiezan a planificar en torno a esa eventualidad, el chantaje ya ha surtido efecto, aunque la salida formal no se haya producido.

Lo que la Administración Trump parece ignorar —o ignorar deliberadamente— es que la OTAN no es solo un seguro para Europa. Es también la palanca que permite la proyección militar estadounidense en el Ártico, en África y, sobre todo, en Oriente Próximo, a través de un complejo entramado de bases y acuerdos logísticos que Washington no podría replicar fácilmente. Al marcharse, Estados Unidos no solo perdería una estructura militar: sacrificaría la lealtad y el capital político acumulado durante décadas con 31 aliados que han demostrado su compromiso, en un momento en que el tablero geopolítico global es más inestable que en cualquier otro período desde la Guerra Fría.

El precio de la complacencia

La pregunta que merece hacerse ya no es si la OTAN puede sobrevivir sin Estados Unidos. Es más incómoda que eso: ¿puede la seguridad europea estar garantizada bajo el mando de una Washington que instrumentaliza las dependencias de sus aliados como moneda de cambio?

Incluso si Trump no llega a formalizar la salida, el daño ya es estructural. La OTAN puede salir de esta crisis con más batallones y más presupuesto. Pero lo hará con una confianza transatlántica difícilmente recuperable, bajo una presión política permanente que convierte cada cumbre en una negociación de rehenes. Y una alianza que funciona bajo chantaje no es una alianza: es una dependencia administrada.

Europa parece estar empezando a entenderlo. La autonomía estratégica —ese concepto que durante años sonó a abstracción burocrática en los pasillos de Bruselas— ha dejado de ser una ambición política para convertirse en una cuestión de supervivencia. La Unión Europea emerge, casi por defecto, como el único marco capaz de garantizar la seguridad del continente a largo plazo.

El problema es que ese marco todavía no está construido. Y el tiempo que queda para construirlo depende, en parte, de las decisiones que tome un hombre que ha demostrado que las alianzas le importan menos que las palancas.


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