Vandalismo, Sonrisa, Repudio y Condena
la Portada de L’Espresso, cruel realidad
La foto de L’Espresso no cayó del cielo ni nació de la nada. Es el fotograma más visible de una película larguísima, repetida, metódica, que lleva décadas proyectándose sobre las colinas de Cisjordania. El colono israelí que sonríe mientras graba con su teléfono a Meead Abu al‑Rub —abogada palestina, 35 años, agotada, rodeada de olivos y de hombres armados— no es un personaje aislado, ni un monstruo excepcional, ni un error del sistema: es el sistema hecho carne.
El 12 de octubre de 2025, en la zona de Suba, cerca de Idhna, al oeste de Hebrón, Meead no estaba “en el lugar equivocado en el momento equivocado”. Estaba donde tenía que estar: en tierras palestinas amenazadas de confiscación, acompañando a familias y activistas durante la cosecha de aceitunas, en una escena que se repite cada otoño desde hace generaciones. Lo que interrumpe esa continuidad no es la guerra, ni un enfrentamiento entre dos ejércitos, ni un estallido espontáneo de violencia: es la llegada de un grupo de colonos armados, algunos con uniforme militar, escoltados por soldados, que impiden la cosecha, insultan, amenazan, empujan, graban, se ríen.
La portada de L’Espresso captura el instante en que esa asimetría se vuelve imposible de negar: un hombre armado, protegido por el Estado, riéndose de una mujer desarmada que solo intenta sostener una práctica agrícola ancestral. Él sostiene el teléfono como un arma más, como una extensión de su poder; ella sostiene su cuerpo entero como si fuera el último muro entre su vida y el despojo. La revista titula “L’Abuso” y, por una vez, el lenguaje no exagera.
La reacción israelí es inmediata. El embajador en Roma, Jonathan Peled, acusa a la revista de manipulación, de distorsionar la “compleja realidad”, de promover odio. Habla de responsabilidad mediática, de equilibrio, de corrección. Pero la foto ya está circulando por todas partes, y la respuesta de los usuarios en redes sociales no se limita a opinar: aportan contexto, comparan, rastrean, encuentran al mismo colono en otras imágenes, en otros videos, en otras escenas captadas por fotógrafos como Hazem Bader de AFP y por periodistas internacionales que documentaron el mismo patrón de abuso durante la cosecha de 2025.
Cuando Middle East Eye entrevista a Meead, ella no habla como una víctima ocasional de un incidente aislado. Habla como alguien que conoce la gramática completa de la ocupación. Recuerda cómo los colonos llegaron armados, cómo amenazaron con matarlos, cómo los soldados colaboraban con ellos, cómo la presencia militar no era un freno sino un respaldo. “Estaban listos para matarnos”, dice. Y no suena a hipérbole: suena a diagnóstico.
La foto de Masturzo se vuelve viral porque condensa algo que miles de palestinos llevan años describiendo: la violencia de los colonos no es un exceso, es una política. No es un desborde, es una herramienta. No es un problema de “extremistas”, es el modo en que se administra el territorio ocupado. Desde hace años, organizaciones de derechos humanos palestinas e israelíes documentan ataques de colonos contra agricultores durante la cosecha de aceitunas: árboles arrancados, quemados, talados; cosechas robadas; familias expulsadas de sus tierras bajo amenaza de muerte; soldados presentes que no intervienen o que, directamente, protegen a los agresores. Hebrón, Nablus, las colinas del sur de Hebrón, Masafer Yatta: el mapa de la violencia se superpone con el mapa de la expansión de asentamientos.
La cosecha de aceitunas, que en otro tiempo era un momento de comunidad, de trabajo colectivo, de transmisión de memoria, se ha convertido en una temporada de miedo. Cada año, organizaciones como B’Tselem, Yesh Din o Rabbis for Human Rights publican informes sobre ataques de colonos durante la cosecha: golpes, disparos, incendios, destrucción de árboles centenarios. Cada año, las cifras se acumulan, los testimonios se repiten, las denuncias se archivan. La violencia no es un accidente: es un método de presión para forzar el abandono de la tierra, para convertir la vida cotidiana en una carga insoportable, para transformar el arraigo en riesgo.
En ese contexto, la sonrisa del colono de la portada no es un gesto espontáneo. Es una coreografía aprendida. La violencia colonial siempre ha tenido una dimensión performativa: no basta con dominar, hay que mostrar el dominio. En Argelia, en Sudáfrica, en Kenia, en el sur segregado de Estados Unidos, las fotografías de colonos, policías o supremacistas posando junto a cuerpos humillados, linchados o sometidos cumplen la misma función: enviar un mensaje al grupo dominado (“esto es lo que podemos hacerte”) y al grupo dominante (“esto es lo que somos, esto es lo que defendemos”). La sonrisa no es alegría: es la marca de la impunidad.
En la foto de Masturzo, el teléfono del colono es parte del ritual. Él graba a Meead como si fuera un animal, imitando los sonidos con los que ella suele arrear a su rebaño, según relató el propio fotógrafo. La burla no es solo verbal: es ontológica. El colono se coloca en el lugar del pastor; la mujer palestina, en el lugar del ganado. La ideología del “Gran Israel” —la idea de una tierra destinada divinamente a los judíos, desde el río hasta el mar, sin palestinos— se condensa en ese gesto: el otro no es un sujeto político, ni un ciudadano, ni siquiera un enemigo digno; es un obstáculo, un ruido, una presencia que debe ser administrada, desplazada, reducida.
La historia de la violencia de colonos contra palestinos está llena de escenas que podrían haber sido portada de L’Espresso si alguien hubiera estado allí con una cámara y si un medio europeo hubiera decidido publicarlas. En las colinas del sur de Hebrón, en comunidades como Masafer Yatta, los colonos han atacado repetidamente a pasLa historia de la violencia de colonos contra palestinos está llena de escenas que podrían haber sido portada de L’Espresso si alguien hubiera estado allí con una cámara y si un medio europeo hubiera decidido publicarlas. En las colinas del sur de Hebrón, en comunidades como Masafer Yatta, los colonos han atacado repetidamente a pastores, destruido cisternas de agua, arrancado viñedos y olivos, bloqueado caminos, con la presencia constante de soldados que rara vez intervienen. En Nablus y sus alrededores, colonos de asentamientos como Yitzhar han incendiado campos, apedreado casas, disparado contra aldeas, en ocasiones con resultado de muerte. En muchos casos, los ataques se producen después de decisiones judiciales o administrativas que favorecen la expansión de asentamientos o la demolición de viviendas palestinas: la violencia “privada” acompaña y refuerza la violencia “oficial”. tores, destruido cisternas de agua, arrancado viñedos y olivos, bloqueado caminos, con la presencia constante de soldados que rara vez intervienen. En Nablus y sus alrededores, colonos de asentamientos como Yitzhar han incendiado campos, apedreado casas, disparado contra aldeas, en ocasiones con resultado de muerte. En muchos casos, los ataques se producen después de decisiones judiciales o administrativas que favorecen la expansión de asentamientos o la demolición de viviendas palestinas: la violencia “privada” acompaña y refuerza la violencia “oficial”.
Desde el inicio de la guerra en Gaza en octubre de 2023, la intensidad de estos ataques se disparó. Según cifras palestinas citadas por medios internacionales, más de mil palestinos fueron asesinados en Cisjordania por el ejército y por colonos entre finales de 2023 y 2026, con miles de heridos y decenas de miles de detenciones. La frontera entre soldado y colono se volvió aún más difusa: muchos colonos sirven en unidades de reserva, muchos soldados viven en asentamientos, muchos ataques se producen con la presencia simultánea de ambos. La ocupación se vuelve un ecosistema donde la violencia estatal y la violencia civil se alimentan mutuamente.
En julio de 2024, la Corte Internacional de Justicia emitió una opinión consultiva declarando ilegal la ocupación israelí de los territorios palestinos y exigiendo el desmantelamiento de los asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Este. Sobre el terreno, sin embargo, la realidad siguió otra lógica: más puestos avanzados, más carreteras de uso exclusivo para colonos, más restricciones de movimiento para palestinos, más ataques durante la cosecha, más sonrisas como la de la portada. La distancia entre el derecho internacional y la práctica cotidiana se mide en árboles arrancados, en hectáreas confiscadas, en familias desplazadas.
La portada de L’Espresso se vuelve entonces algo más que una imagen polémica: se convierte en un punto de condensación de todas esas capas. Por eso la reacción israelí es tan desproporcionada. No se trata solo de una batalla por una foto, sino por el control del relato. Durante décadas, Israel logró imponer en buena parte de Occidente un marco narrativo en el que su violencia aparecía siempre como respuesta, como defensa, como reacción a una amenaza. La ocupación era presentada como “compleja”, los asentamientos como “disputados”, los colonos como “población civil vulnerable”. La foto de Masturzo rompe ese marco en un solo golpe: no hay amenaza, no hay ataque palestino, no hay contexto bélico inmediato. Hay un hombre armado riéndose de una mujer desarmada.
En Italia, el impacto es doble. Por un lado, porque el país mantiene estrechos vínculos militares y tecnológicos con Israel, reforzados bajo el gobierno de Giorgia Meloni. Por otro, porque la sociedad italiana lleva meses movilizada por Gaza: protestas, ocupaciones universitarias, bloqueos de puertos, huelgas en empresas de armamento como Leonardo. La llamada “Generación Gaza” no consume la narrativa oficial a través de comunicados diplomáticos, sino a través de videos, fotos, transmisiones en directo desde Rafah, Khan Younis, Jenin, Hebrón. La portada de L’Espresso no crea esa sensibilidad, pero la cristaliza. La sonrisa del colono se convierte en símbolo de algo que muchos jóvenes ya intuían: que la violencia no es un accidente, sino la forma normal de funcionamiento de la ocupación.
La decisión del gobierno italiano de suspender —aunque sea parcialmente y de forma reversible— su memorando de cooperación militar con Israel no puede entenderse sin esa presión desde abajo. No es un gesto de ruptura total, ni un cambio de alineamiento estratégico, pero sí es una grieta en un muro que parecía sólido. Por primera vez en años, un gobierno europeo de derecha radical se ve obligado a tomar distancia, aunque mínima, de Israel por el costo político interno de mantener la complicidad sin matices. La portada de L’Espresso funciona como catalizador: pone un rostro, una sonrisa, un cuerpo, a una estructura que hasta entonces podía seguir escondiéndose detrás de palabras como “seguridad”, “complejidad”, “equilibrio”.
Mientras tanto, sobre el terreno, la vida sigue bajo el mismo régimen. Meead Abu al‑Rub, convertida en símbolo involuntario, sigue trabajando como abogada en la Comisión de Colonización y Resistencia al Muro, acompañando casos de confiscación de tierras, demoliciones, ataques de colonos. Las familias de Idhna siguen cosechando cuando pueden, bajo la mirada de soldados y colonos. En Masafer Yatta, comunidades enteras siguen bajo amenaza de expulsión en nombre de “zonas de tiro” militares. En Nablus, los agricultores siguen bajando a sus campos con miedo a ser atacados. La foto de L’Espresso no detiene nada de eso. Pero sí altera algo en otro plano: hace visible, en el centro de Europa, la cara cotidiana de una ocupación que durante demasiado tiempo se presentó como abstracción.
La historia de los abusos de colonos contra palestinos podría escribirse como un catálogo interminable de incidentes: nombres de aldeas, fechas, número de árboles destruidos, heridos, muertos. Pero lo que la portada de L’Espresso consigue —y lo que la reacción furiosa del aparato israelí confirma— es que, por una vez, la violencia no aparece como una suma de casos, sino como una lógica. La sonrisa del colono no es un error que deba corregirse: es el resultado coherente de un sistema que combina ideología religiosa, supremacía étnica, militarización y desposesión económica. La mujer palestina no es una figura trágica aislada: es la encarnación de una resistencia que se expresa en seguir cosechando, en seguir viviendo, en seguir reclamando una tierra que el derecho internacional reconoce como ocupada pero que, en la práctica, se trata como botín.
El fotógrafo Pietro Masturzo publicó el video del momento exacto de la captura para demostrar que no usó IA. Masturzo explicó el contexto de la escena.
La fotografía fue capturada el 12 de octubre en la aldea de Idhna, Cisjordania, en la época de cosecha de aceitunas.
En el lugar se encontraban presentes diversas familias palestinas, activistas internacionales y periodistas del New York Times, quienes fungieron como testigos del evento.
Según el fotógrafo, la escena ocurrió cuando un grupo de colonos llegó para interrumpir la cosecha, en ese momento, el hombre de la imagen fue captado imitando el sonido de un pastor arreando ganado, con la aparente intención de tratar a los palestinos como si fueran animales.
La imagen desaparecerá de las portadas, como desaparecieron tantas otras. Será reemplazada por nuevas crisis, nuevas guerras, nuevas polémicas. Pero seguirá circulando en redes, en archivos, en informes, en la memoria de quienes la vieron y entendieron que no estaban ante un “abuso” puntual, sino ante la radiografía de un régimen. Los olivos seguirán allí, tercos, antiguos, testigos de un crimen que se repite cada temporada. Los colonos seguirán sonriendo. Los palestinos seguirán cosechando. Y mientras esa ecuación no cambie, cada imagen que logre escapar del cerco propagandístico será una acusación más contra un sistema que solo puede sostenerse si el mundo mira hacia otro lado.
