El golpe que Wall Street planeó contra Roosevelt

El golpe que Wall Street planeó contra Roosevelt
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El golpe que Wall Street planeó contra Roosevelt

En 1934, los hombres más ricos de Estados Unidos — Du Pont, Morgan, Hearst, Prescott Bush — planearon una marcha fascista sobre Washington para forzar a Roosevelt a abandonar el New Deal. Lo que lo impidió fue la negativa de un solo general. La historia que los libros de texto americanos prefieren no contar.

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General Smedley Butler

General Smedley Butler — el militar más condecorado de la historia americana y el hombre que detuvo el golpe.

El expresidente de la Cámara de Representantes John W. McCormack lo dijo con una claridad que sus sucesores nunca igualaron: si el general Smedley Butler no hubiera sido un defensor devoto de la democracia, los americanos podrían estar viviendo hoy bajo un Mussolini, un Hitler o un Franco americanos. Lo dijo en 1973. Cuatro décadas después del intento.

El Business Plot — también llamado la Conspiración de Wall Street o el Complot de los Hombres de Negocios — es uno de los episodios más documentados e ignorados de la historia política norteamericana. Documentado porque el Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso lo investigó, lo confirmó y lo registró. Ignorado porque los nombres involucrados eran demasiado poderosos para que la investigación llegara hasta sus consecuencias lógicas.

El contexto: América en llamas

Para entender el complot hay que entender el momento. Estados Unidos en 1932 era un país al borde del colapso. La Gran Depresión había destruido un tercio del PIB en cuatro años. Seis mil de los doce mil bancos del país habían quebrado. Trece millones de personas estaban desempleadas en una época sin seguro de desempleo. El fantasma de la revolución social sobrevolaba un país que nunca había vivido nada parecido.

En ese contexto, los votantes eligieron masivamente a Franklin D. Roosevelt. Y Roosevelt llegó con el New Deal: intervencionismo estatal, subsidios, obras públicas, y — la medida que más aterrorizó a los ricos — la suspensión del patrón oro. Convertir el oro en papel moneda significaba que las fortunas líquidas de los grandes millonarios dejaban de tener el respaldo que las hacía indestructibles.

«El presidente Roosevelt es un traidor a su clase.» — Frase atribuida a varios miembros de la élite empresarial americana, 1933

Para la élite que había dominado la economía americana durante décadas, Roosevelt no era un salvador. Era una amenaza existencial. Y algunas de sus fracciones más radicales decidieron que la amenaza requería una respuesta radical.

Los conspiradores: un quién es quién del poder americano

Los nombres detrás del complot

  • Los hermanos Du Pont — Irénée, Pierre y Lamont — dueños de uno de los mayores emporios industriales del mundo, incluyendo General Motors
  • John Pierpont Morgan — banquero, cabeza del banco más poderoso de Wall Street
  • John Randolph Hearst — editor, dueño de la cadena de periódicos más influyente del país
  • Henry Ford Jr. — heredero del imperio automotriz, conocido admirador de Hitler
  • Prescott Bush — padre y abuelo de dos presidentes de EEUU, director de la Union Banking Corporation que ayudó a financiar a Adolf Hitler y mantuvo negocios con Fritz Thyssen, el principal apoyo empresarial del nazismo
  • John Foster Dulles — abogado corporativo, representante de I.G. Farben, el cartel químico alemán vinculado al régimen nazi. Sería luego Secretario de Estado bajo Eisenhower
  • Douglas MacArthur — general del Ejército, jefe del Estado Mayor, considerado por Roosevelt «el segundo hombre más peligroso de América»

La lista no es una colección de marginales ni de excéntricos. Es el directorio del poder económico, mediático y militar americano de los años 30. Muchos de estos nombres seguirían siendo figuras centrales de la política norteamericana durante décadas después del complot.

Prescott Bush merece una mención especial. Su banco, la Union Banking Corporation, perdió todos sus activos el 20 de octubre de 1942 bajo la Ley de Comercio con el Enemigo — por sus vínculos financieros con la Alemania nazi. Eso no impidió que su hijo George H.W. Bush fuera presidente entre 1989 y 1993, ni que su nieto George W. Bush lo fuera entre 2001 y 2009.

El plan: una Marcha sobre Washington

El modelo explícito de los conspiradores era la Marcha sobre Roma de Mussolini en octubre de 1922, que había llevado al fascismo italiano al poder. La adaptación americana contemplaba movilizar a quinientos mil veteranos de guerra organizados a través de la Legión Americana — una organización que para 1934 había derivado hacia posiciones fuertemente anticomunistas, con vínculos con el Ku Klux Klan y controlada financieramente por banqueros de Wall Street.

El plan tenía tres fases. Primera: la milicia marchaba sobre Washington. Segunda: Roosevelt, presentado como enfermo e incapaz de gobernar — gracias al control que los conspiradores ejercían sobre los medios de comunicación — nombraba al general Hugh Johnson como «supersecretario» con poderes ejecutivos reales. Tercera: si Roosevelt se negaba, sería forzado a dimitir, y dado que el vicepresidente John Nance Garner no quería el cargo, Johnson se convertiría de facto en presidente.

La Legión Americana

El brazo armado del complot

La Legión Americana había sido fundada en 1919 como organización de veteranos de la Primera Guerra Mundial. En los años 30 se había transformado en algo diferente: un lobby con tintes fascistas, vínculos con el KKK y financiamiento de Wall Street.

Su deriva quedó expuesta en 1935 cuando su vicecomandante visitó Italia y condecoró a Mussolini con la insignia de la Legión, haciéndole miembro honorario e invitándole a hablar en la siguiente convención de Chicago. El fascismo no era para estos sectores una amenaza externa — era una admiración confesa.

El arma de los Du Pont sería literal además de figurativa: a través de su empresa armamentística Remington, se encargarían de pertrechar a los legionarios.

El hombre equivocado para el trabajo

Para que el plan funcionara hacía falta un líder que tuviera credibilidad entre los veteranos pero que fuera ajeno al círculo de conspiradores, para que la conexión entre la marcha y el cambio de gobierno no resultara obvia. La persona ideal, decidieron, era el general Smedley Darlington Butler.

La elección era comprensible en papel: Butler era el militar más condecorado de la historia de Estados Unidos hasta ese momento — dos Medallas de Honor, reconocimientos por campañas en Cuba, China, Haití, Nicaragua y la Primera Guerra Mundial. Su prestigio entre los veteranos era incomparable. Y tenía fama de hombre impulsivo y directo, lo que lo hacía parecer manejable.

Lo que los conspiradores no calcularon es que Butler era genuinamente lo que decía ser: un patriota que creía en la democracia. Y que su impulsividad iría en la dirección exactamente opuesta a la que esperaban.

«Si ustedes movilizan quinientos mil hombres para crear un gobierno fascista, yo movilizaré otros quinientos mil para salvar la democracia.»

— General Smedley Butler, a los emisarios del complot, agosto de 1934

Dos emisarios de la Legión — William Doyle y Gerald MacGuire — junto con el empresario Robert Sterling Clark se reunieron varias veces con Butler. Le ofrecieron primero la presidencia de la Legión. Luego le explicaron el plan completo. En agosto de 1934, MacGuire le detalló en el hotel Bellevue de Filadelfia la operación: quinientos mil veteranos marchando sobre Washington, Roosevelt desplazado del poder real, Johnson como supersecretario.

Butler los escuchó hasta el final. Y entonces decidió destruir el complot.

La desarticulación: un testigo, el FBI y el Congreso

Butler sabía que si denunciaba el plan públicamente, su fama de hombre excéntrico haría que nadie le creyera. Necesitaba un testigo. Recurrió a su amigo Paul French, periodista, quien contactó a MacGuire haciéndose pasar por el secretario de Butler y obtuvo una segunda confesión del plan — esta vez documentada.

Con ese respaldo, Butler informó a J. Edgar Hoover, director del FBI. Hoover le dijo que no se comprometía a investigar el caso, pero lo puso en contacto con el Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso. El 20 de noviembre de 1934, el comité comenzó la investigación. Al día siguiente, French publicó los primeros artículos sobre el complot en el Philadelphia Record y el New York Post.

El Business Plot había sido desarticulado. Pero lo que vino después fue igualmente revelador.

Lo que el Congreso no investigó — y por qué

El Comité de Actividades Antiamericanas confirmó la existencia del complot. Sus conclusiones finales reconocieron que «no hay duda de que estos intentos se discutieron, se planearon y podrían haberse llevado a cabo si los financiadores lo hubieran considerado oportuno». El New York Times lo publicó en portada el 16 de febrero de 1935.

Y ahí terminó todo. El mandato del comité expiró ese año y no fue prorrogado. Ninguno de los conspiradores fue procesado. Los Du Pont siguieron dirigiendo sus empresas. Prescott Bush siguió en la banca. John Foster Dulles se convirtió en Secretario de Estado. Douglas MacArthur siguió siendo general y décadas después fue considerado un héroe de guerra.

La razón es tan simple como incómoda: los hombres con suficiente poder para organizar un golpe de Estado tienen también suficiente poder para garantizar que las consecuencias sean mínimas si el golpe fracasa.

El hombre que lo detuvo

Smedley Butler: el militar más honesto de su época

Butler no se conformó con desarticular el complot. En 1935 publicó su ensayo más famoso, War is a Racket — «La guerra es un negocio» — donde denunció que durante su carrera militar había actuado como «un matón al servicio de los intereses empresariales». Describió cómo había protegido los intereses de United Fruit en América Central, de los banqueros en Haití y de los inversores en China.

«Fui un racketeer, un gánster del capitalismo», escribió. El hombre más condecorado del ejército americano era también su crítico más lúcido.

Murió en 1940, relativamente olvidado. Los hombres que intentaron usarlo para dar un golpe de Estado son recordados como pilares del establishment americano.

El legado: la democracia no se defiende sola

El Business Plot no es solo una curiosidad histórica. Es una demostración de algo que las democracias tienden a olvidar en sus momentos de mayor confianza: que los sistemas democráticos no son invulnerables al poder económico organizado, y que su supervivencia a veces depende de la decisión de una sola persona en el momento adecuado.

En 1934, esa persona fue Smedley Butler. Si los conspiradores hubieran elegido a un general más ambicioso, más susceptible a la adulación o simplemente más indiferente a la democracia, la historia de Estados Unidos podría haber tomado un camino radicalmente diferente.

Los mismos sectores económicos que financiaron el intento de golpe — el capital industrial, los medios de comunicación, los banqueros de Wall Street — siguieron siendo actores centrales de la política americana durante décadas. Sus métodos evolucionaron. El lobby reemplazó a la milicia. La financiación de campañas reemplazó a la conspiración abierta. Las puertas giratorias reemplazaron al soborno directo.

Pero la lógica de fondo — que el poder económico puede y debe controlar el poder político cuando sus intereses están amenazados — nunca desapareció. Solo se volvió más sofisticada.



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Fuentes principales: Jules Archer, The Plot to Seize the White House (1973). Smedley Butler, War is a Racket (1935). Informe del Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC), noviembre-diciembre de 1934. New York Times, 16 de febrero de 1935. Sally Denton, The Plots Against the President (2012). Investigación sobre Prescott Bush y la Union Banking Corporation: documentación desclasificada bajo la Ley de Comercio con el Enemigo, 1942.

Este artículo tiene propósito histórico e informativo.

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