Carl Schmitt y
el corazón oscuro
de lo político
En 1927 un jurista católico escribió en la República de Weimar agonizante que la política se reduce a una sola distinción: amigo y enemigo. Noventa años después, sus ideas explican Trump, Orbán, Bolsonaro y Netanyahu mejor que la mayoría de los análisis contemporáneos. Eso es lo perturbador de Carl Schmitt: tenía razón en lo que describía, aunque sus conclusiones fueran monstruosas.
Berlín, 1927. La República de Weimar agoniza mientras comunistas y nazis se enfrentan en las calles y el parlamento demuestra ser incapaz de gobernar. En ese caos, un jurista católico y conservador publica un ensayo breve pero demoledor que pretende responder a una pregunta aparentemente simple: ¿Qué es lo político? Su respuesta cambió la filosofía política del siglo XX — y sigue siendo incómodamente relevante en el siglo XXI.
Carl Schmitt: el jurista que sobrevivió a todo
Carl Schmitt nació en 1888 en Plettenberg, Westfalia, en el seno de una familia católica conservadora. Estudió derecho, enseñó en Münster, Berlín y Friburgo. Era brillante, oscuro y profundamente reaccionario. Murió en 1985 a los 96 años, habiendo sobrevivido la República de Weimar, el nazismo, la Segunda Guerra Mundial, la posguerra y el surgimiento de la democracia liberal que tanto despreciaba — y habiendo visto su nombre rehabilitado lentamente por pensadores de izquierda que encontraron en su diagnóstico algo que no podían ignorar.
Su momento crucial fue Berlín entre 1919 y 1933. La República de Weimar es el laboratorio donde desarrolló su pensamiento. Una democracia liberal que nació derrotada — la «democracia de los vencidos» de la Primera Guerra Mundial — donde las facciones se radicalizaban violentamente, donde el parlamento era incapaz de gobernar, donde el estado de excepción se volvía rutinario. Schmitt no era un observador distante. Era un participante angustiado que veía la democracia desintegrarse en tiempo real y sacaba conclusiones radicales de esa experiencia.
Lo que escribió allí — «El concepto de lo político» (1927, revisado en 1932), «Teología política» (1922), «La crisis de la democracia parlamentaria» (1923) — sigue siendo leído hoy por razones que van más allá del interés histórico. Lo leemos porque describe algo que sigue ocurriendo.
Amigo y enemigo — el criterio irreducible de lo político
La tesis central de «El concepto de lo político» es engañosamente simple. Cada esfera de la vida humana tiene su propio criterio distintivo. Lo económico se organiza en torno a lo rentable y lo no rentable. Lo moral alrededor de lo bueno y lo malo. Lo estético según lo bello y lo feo.
Lo político, sostiene Schmitt, tiene su propio criterio autónomo e irreducible — que no puede derivarse de ninguno de los otros: la distinción entre amigo y enemigo.
El enemigo político no es el competidor económico ni el adversario privado que nos desagrada personalmente. El enemigo, en el sentido político, es el otro público — el extraño que representa una amenaza existencial para nuestra forma de vida. Es aquel conjunto de seres humanos que, en el caso extremo del conflicto real, podríamos tener que combatir físicamente. La política, en su núcleo más esencial, es la posibilidad siempre presente de esta confrontación.
Schmitt insiste: esto no es una celebración de la guerra. No es un llamado a la violencia. Es un reconocimiento sobrio de la naturaleza última de lo político. El criterio amigo-enemigo no exige que siempre haya conflicto, pero señala que mientras exista la posibilidad real de agruparse en función de esta distinción, lo político permanece vivo.
Esto explica una paradoja que observamos constantemente: ¿por qué la política resiste ser reducida a administración técnica? ¿Por qué la promesa de los tecnócratas — gobernar sin ideología, solo con datos y eficiencia — siempre fracasa o genera reacciones violentas? Para Schmitt la respuesta es simple: porque lo político no puede ser domesticado. Cada vez que alguien intenta neutralizarlo, reaparece con mayor intensidad en otra parte.
Por qué el liberalismo no puede entender lo político
La segunda gran tesis de Schmitt es su crítica feroz al liberalismo. Para Schmitt el liberalismo representa un intento sistemático de negar o domesticar lo político — de reducirlo a procedimientos económicos y jurídicos. El liberalismo sueña con un mundo donde los conflictos se resuelven mediante negociaciones comerciales o debates parlamentarios. Pero este sueño, advierte Schmitt, es peligrosamente ingenuo porque ignora la intensidad irreducible del antagonismo político.
El parlamentarismo liberal supone que mediante el debate racional se puede alcanzar la verdad y el consenso. Pero Schmitt observa cínicamente que los parlamentos de Weimar ya no son lugares de deliberación genuina, sino arenas donde las facciones irreconciliables simplemente cuentan votos. La discusión racional presupone un mínimo de homogeneidad — una voluntad compartida de llegar a acuerdos — que se desvanece cuando las diferencias se vuelven existenciales. Cuando el adversario se transforma en enemigo absoluto, el debate parlamentario se revela como una farsa.
Este diagnóstico resuena hoy con una claridad incómoda. ¿Cuántas veces hemos visto parlamentos donde los partidos votan en bloque sin escucharse, donde los debates son performances para las redes sociales, donde la función del parlamento se ha reducido a ratificar decisiones tomadas en otra parte? Schmitt describió eso en 1927. La cuestión es si lo describió o si contribuyó a producirlo.
«Soberano es quien decide sobre el estado de excepción»
Aquí está el concepto más influyente y más peligroso de Schmitt. En «Teología política» (1922) escribe la frase que más se ha citado — y más se ha debatido — de toda la filosofía política del siglo XX:
Soberanía no es el poder de gobernar en condiciones normales — cualquier burócrata puede hacer eso. Soberanía es el poder de decidir cuándo las condiciones normales se han roto y qué medidas extraordinarias se requieren. Esta decisión no puede derivarse de normas preexistentes — porque es precisamente la decisión que determina cuándo las normas ya no aplican. Es un acto de pura voluntad política, una afirmación de autoridad que no se justifica en términos jurídicos sino en la necesidad existencial de preservar la comunidad política.
El estado de excepción — la suspensión temporal del orden jurídico normal en nombre de la emergencia — es para Schmitt el momento donde se revela quién manda realmente. No quien tiene el cargo formal, sino quien tiene el poder de suspender las reglas.
«El estado de excepción no es una dictadura sino un espacio vacío de derecho, una zona de anomia en que todas las determinaciones jurídicas — y por encima de todo la distinción entre público y privado — se desactivan.»
El filósofo italiano Giorgio Agamben llevó esta idea al siglo XXI. Su tesis en «Homo sacer» y «Estado de excepción»: el estado de excepción schmittiano no es una emergencia temporal sino la forma de gobierno normal en las democracias contemporáneas. Los gobiernos normalizan la excepción — la seguridad nacional, el terrorismo, la pandemia — para concentrar poder sin los límites que el orden constitucional impone en tiempos normales.
Cuando en 2020 Agamben criticó las restricciones pandémicas como confirmación de su teoría, generó una controversia enorme. Colegas como Jean-Luc Nancy lo criticaron duramente — no podías equiparar una emergencia de salud pública real con el abuso autoritario del estado de excepción. Pero la pregunta que Agamben hacía era pertinente: ¿quién decide cuándo la excepción termina? ¿quién controla que el poder extraordinario se devuelva? En muchos países, la respuesta fue inquietante.
El nazi que leyeron los de izquierda
En 1933, Schmitt se afilió al Partido Nazi. No fue un afiliado pasivo — fue un intelectual activo que proporcionó legitimación jurídica al régimen de Hitler, particularmente en su concepción del Führer como encarnación de la voluntad del pueblo alemán. Fue apodado «el jurista de la corona del Reich.» En 1936 fue expulsado de su cargo por las SS — irónicamente porque era demasiado católico y poco racialmente puro — pero su colaboración entre 1933 y 1936 fue real y sustancial.
¿Era el nazismo la consecuencia lógica de su teoría? ¿O fue una aplicación perversa de conceptos que podían tener usos más benignos? Este debate nunca se cerró.
Lo paradójico — y perturbador — es que pensadores de izquierda encontraron sus ideas indispensables:
Utilizó la crítica schmittiana al liberalismo para construir su teoría de la «democracia radical.» Para Mouffe, Schmitt tenía razón en que el conflicto es ineliminable — pero se equivocaba en concluir que debía ser entre enemigos que se aniquilan. Propone transformar el antagonismo en agonismo: el adversario deja de ser un enemigo a destruir y se convierte en un oponente cuya existencia es legítima.
Utilizó la distinción amigo-enemigo para construir su teoría del populismo — el «nosotros» y el «ellos» como estructura básica de toda identidad política. Para Laclau, toda política implica la construcción de una frontera que divide el campo social en dos campos antagónicos. Schmitt sin el autoritarismo.
Usó el estado de excepción schmittiano para analizar el poder en las democracias contemporáneas. Su obra «Homo sacer» — el ser humano reducido a «nuda vida», despojado de derechos, que el soberano puede matar sin que eso constituya homicidio — es una lectura de Schmitt desde la izquierda crítica.
Dialogó críticamente con Schmitt en sus «Tesis sobre el concepto de historia.» La famosa frase «el estado de excepción en que vivimos es la regla» es una respuesta directa a Schmitt — apropiando el concepto para invertir su significado.
Los schmittianos que nunca lo leyeron
Los analistas contemporáneos describen a Trump, Orbán, Bolsonaro, Erdoğan y Kaczyński como «personajes schmittianos» — aunque varios de ellos probablemente nunca leyeron una página de Schmitt.
Su consejero Steve Bannon sí conocía a Schmitt — y le daba sentido schmittiano a los instintos políticos de Trump. La construcción del «nosotros» (América real, pueblo verdadero) contra el «ellos» (inmigrantes, élites, medios, demócratas) sigue la lógica amigo-enemigo con precisión casi textual. El estado de excepción invocado repetidamente — la invasión de inmigrantes, el fraude electoral, la emergencia nacional — para justificar poderes extraordinarios es Schmitt sin citarlo.
El caso más sistemático. Orbán ha construido metódicamente un régimen que concentra el poder soberano de decisión sobre la excepción — reformas constitucionales en estados de emergencia, control judicial, medios. Su concepto de «democracia iliberal» es schmittianismo aplicado: la voluntad del pueblo soberano por encima de los límites liberales.
El más explícitamente schmittiano. Es abiertamente fan de los escritos de Schmitt — su supervisor doctoral en la Universidad de Varsovia en los años 70 era un estudioso de Schmitt. La política del PiS — la distinción entre la «Polonia real» y la «Polonia liberal» como enemigo interno — es schmittianismo aplicado con consciencia.
Construyen la política israelí exactamente sobre la distinción amigo-enemigo: el enemigo existencial — Hamas, Irán, los árabes israelíes, la izquierda — que justifica cualquier medida extraordinaria. Ben Gvir lleva la lógica al extremo: su existencia política depende de mantener viva la amenaza. Sin enemigo existencial, no hay Ben Gvir.
En América Latina el patrón se repite. Bolsonaro construyó su base exactamente sobre la lógica amigo-enemigo — el enemigo era el PT, el comunismo, las élites progresistas, los medios. El «ellos» definía el «nosotros.» Por eso los movimientos schmittianos necesitan mantener viva la amenaza — real o construida. Cuando el enemigo desaparece o se difumina, el movimiento pierde cohesión.
«Líderes populistas autoritarios como Donald Trump, Xi Jinping, Erdoğan y Orbán son frecuentemente descritos como personajes schmittianos, aunque representan un espectro completo de personalidades populistas: desde el semi-iletrado Trump hasta el internacionalmente educado Orbán. En el caso de Trump: aunque probablemente nunca oyó hablar de Schmitt, sus asesores — como Steve Bannon — sí lo conocían y le daban sentido schmittiano a sus instintos políticos.»
Mouffe: de enemigos a adversarios
La respuesta más sofisticada a Schmitt desde la izquierda viene de Chantal Mouffe. Su propuesta: aceptar el diagnóstico schmittiano — el conflicto es ineliminable — pero rechazar la conclusión. Transformar el antagonismo en agonismo.
En la política agonística de Mouffe, el adversario no es un enemigo existencial a destruir sino un oponente cuya existencia es legítima. Compartimos los principios éticos-políticos de la democracia — libertad e igualdad — pero disentimos sobre su interpretación. El conflicto no desaparece pero se civiliza. Las pasiones políticas se canalizan dentro de marcos que impiden que el desacuerdo derive en aniquilación.
El problema que Mouffe misma reconoce: ¿qué pasa cuando una de las partes no acepta al adversario como legítimo? ¿Qué pasa cuando el otro lado quiere jugar según las reglas schmittianas mientras el tuyo intenta jugar según las agonísticas? La respuesta no está clara. Y esa ambigüedad es el talón de Aquiles de todas las respuestas liberales al desafío schmittiano.
Lo que no podemos evadir
El legado de Schmitt nos confronta con preguntas que no podemos evadir simplemente porque quien las formuló fue alguien moralmente comprometido con uno de los peores regímenes de la historia.
La tarea no es ignorar a Schmitt porque fue nazi. Ignorarlo nos deja sin herramientas conceptuales para entender lo que está pasando — y lo que está pasando hoy en 2026 se parece demasiado a lo que Schmitt describió en 1927 para que podamos darnos ese lujo.
La tarea tampoco es seguirlo. Sus conclusiones — el Führer como encarnación de la voluntad del pueblo, la soberanía sin límites constitucionales, el enemigo existencial que justifica cualquier medida — llevan a donde todos sabemos que llevan.
La tarea es la que el propio documento de Schmitt nos impone sin quererlo: pensar con él y contra él simultáneamente. Aprovechando sus insights críticos sobre la naturaleza ineliminable del conflicto, la imposibilidad de reducir lo político a técnica, la realidad de la soberanía y la excepción — mientras rechazamos sus conclusiones autoritarias.
Porque hay algo peor que leer a Schmitt. Es no hacerse las preguntas que él formuló con mayor claridad que nadie — y encontrarse sin respuestas cuando la historia las vuelve urgentes.
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