Trump en modo vendaval en Ankara
Trump llegó a la cumbre de la OTAN en Ankara y en menos de 24 horas amenazó con quedarse con Groenlandia, criticó a media Europa, escuchó a Netanyahu quejarse por los F-35 y de paso ya había llamado a Infantino para levantar una sanción en el Mundial. EEUU perdió igual. Todo en un día.
Hay cumbres de la OTAN donde se firman acuerdos históricos, se forjan alianzas y los líderes del mundo libre salen con la foto coordinada y el comunicado conjunto. La cumbre de Ankara no fue una de esas. Trump aterrizó en Turquía y en las primeras horas ya había amenazado con quedarse con Groenlandia, criticado a Italia, Alemania, Francia y el Reino Unido por no ayudarlo en Irán, insinuado que podría retirar los soldados americanos de Europa, escuchado a Netanyahu quejarse una vez más de los F-35 a Turquía y — de paso, porque el hombre es multitasking — ya había llamado al presidente de la FIFA para levantar una sanción en el Mundial que se jugaba en su país. EEUU perdió igual. Hubo días más productivos en la historia de la diplomacia.
Groenlandia vuelve — como si nunca se hubiera ido
A principios de 2026 parecía que el tema Groenlandia había quedado atrás. Los daneses habían dicho que no, los groenlandeses habían dicho que no, el mundo había pasado a otra cosa y Trump tenía suficientes frentes abiertos como para insistir con una isla ártica de 56.000 habitantes.
Parecía.
En la rueda de prensa junto a Erdogan, nada más aterrizar en Ankara, Trump retomó el tema como si fuera la primera vez que lo mencionaba en su vida. Con la misma energía. Con los mismos argumentos. Con la misma certeza de que tiene razón y el resto del mundo todavía no se dio cuenta.
«Groenlandia no beneficia a Dinamarca. Dinamarca no gasta dinero para ayudar realmente a Groenlandia. Pero es una parte importante para Estados Unidos y está rodeada de barcos chinos y barcos rusos. Y eso no va a ocurrir.»
Dinamarca es uno de los países fundadores de la OTAN. Es miembro de la Unión Europea. Es, en todos los sentidos posibles, un aliado de Estados Unidos. Y Trump, en la cumbre de la alianza de la que ambos forman parte, les dijo básicamente que si no le dan Groenlandia, quizás retire los soldados americanos de Europa.
La primera ministra danesa Mette Frederiksen respondió desde Ankara con la paciencia de alguien que lleva año y medio dando la misma respuesta: «Por supuesto que Groenlandia no está en venta. Los groenlandeses no quieren formar parte de Estados Unidos. Ellos mismos lo han dejado claro.» Educada, firme y con la cara de quien ya perdió la cuenta de cuántas veces tuvo que decirlo.
Trump agregó un consejo gratuito para el conjunto de Europa antes de cerrar el capítulo groenlandés: «Será mejor que tengan cuidado con la inmigración y con la energía. Si no tienen cuidado con esas dos cuestiones, ya no habrá una Europa.» Europa tomó nota. Y siguió existiendo.
El pase de facturas: Italia, Alemania, Francia y el Reino Unido
Trump no fue a Ankara solo a hablar de Groenlandia. También fue a cobrar cuentas pendientes. Específicamente, la cuenta de Irán.
Cuando EEUU lanzó su operación militar en Irán, pidió participación a sus aliados europeos. Italia dijo que no. Alemania dijo que no. Francia dijo que no. Reino Unido dijo que no. Y Trump, en la rueda de prensa de Ankara, los nombró uno por uno con la satisfacción de alguien que finalmente puede decirlo en voz alta.
«Italia nos dijo que no. Alemania nos dijo que no. Francia nos dijo que no. ¿Y está bien, pero al fin y al cabo, por qué estamos gastando cientos de miles de millones de dólares si luego ellos no están ahí para nosotros?»
El argumento tiene una lógica interna — si EEUU financia la defensa de Europa y Europa no apoya las operaciones americanas, la ecuación no cierra. El problema es que la operación en Irán era americana, no de la OTAN. Que los aliados europeos decidieran no involucrarse en una guerra unilateral americana no es exactamente lo mismo que no cumplir con sus obligaciones de la Alianza. Pero en el relato de Trump, todo va al mismo saldo deudor.
Con Giorgia Meloni, Trump fue especialmente generoso — en el sentido trumpiano del término.
«Se negó a implicarse, así que eso deterioró un poco mi relación con ella. Pero me cae bien. De hecho, creo que es una buena persona. Sin embargo, pienso que cometió un error.»
Meloni recibió el mayor cumplido disponible en el diccionario diplomático de Trump: «me cae bien» y «creo que es una buena persona.» En el mismo párrafo en que la critica por no haberlo apoyado en una guerra. Es el equivalente a decirle a alguien «sos una gran persona, pero te equivocaste en lo más importante.» Meloni, que pasó meses cultivando la relación con Trump como su principal activo diplomático, tomó nota en silencio.
A España, Trump no la mencionó. Ni para bien ni para mal. El Gobierno español, que también rechazó ceder sus bases para la operación en Irán, optó por interpretar el silencio como algo positivo. «No le damos importancia ni entramos a valorar», dijeron desde Moncloa. Lo cual es exactamente lo que dice quien le da mucha importancia pero prefiere no entrar a valorar.
Netanyahu — el moscardón de tambo que no para
Como si la agenda de Ankara no fuera suficientemente cargada, sobrevolando toda la cumbre estaba Benjamin Netanyahu y su obsesión con los F-35 a Turquía. Después de aparecer dos veces en Fox News en 48 horas antes de la cumbre, Netanyahu llamó a CNN el mismo día de la rueda de prensa de Trump con Erdogan para seguir presionando.
El primer ministro israelí le dijo a CNN que había hablado con Trump sobre sus preocupaciones respecto a la posible venta de F-35 a Turquía y que podría alterar el equilibrio de poder en la región. Que Turquía no es un «estado amigo» de Estados Unidos debido a sus vínculos con los Hermanos Musulmanes. Que los valores. Que la lealtad. Que Israel es diferente.
Netanyahu lleva días como moscardón de tambo — Fox News, CNN, comunicados, llamadas. Todo antes, durante y después de la cumbre. El mensaje es siempre el mismo: no le den los F-35 a Erdogan. Trump escucha. Asiente. Y sigue negociando con Erdogan.
— Análisis BastiónLa situación de Netanyahu en Ankara es la de alguien que no está en la reunión pero no puede dejar de hablar. Llama desde afuera, manda mensajes, aparece en televisión. Y Trump, que entiende perfectamente la dinámica, recibe la presión, la registra y la usa como variable de negociación con Erdogan — sin comprometerse con ninguno de los dos.
La pregunta que Ankara dejó sin responder es si Trump efectivamente avanzó algún acuerdo sobre los F-35 o el caza turco KAAN. Lo que sí quedó claro es que Netanyahu va a seguir en los canales de televisión hasta que haya una respuesta definitiva. O hasta que encuentre otro canal donde todavía no haya aparecido.
FIFA — cuando el presidente llama al árbitro y pierde igual
En el medio de Ankara, la OTAN, Groenlandia y los F-35, Trump encontró tiempo para una gestión deportiva que quedará en los anales de la historia del fútbol mundial — no precisamente por las razones correctas.
El delantero Folarin Balogun, máxima figura ofensiva de la selección de Estados Unidos en el Mundial que se jugaba en suelo americano, había sido expulsado en el partido contra Bosnia y Herzegovina. La sanción reglamentaria implicaba que no podría jugar el siguiente partido, contra Bélgica. Trump llamó al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para pedirle que revisara la sanción.
Días después, la FIFA anunció que Balogun quedaba habilitado para jugar contra Bélgica.
Con Trump, con Infantino, con Balogun habilitado por intervención presidencial y con todo el poder ejecutivo de la primera potencia mundial a favor, Estados Unidos jugó contra Bélgica en el Mundial que organizaba en su propio país. Y perdió 4 a 1. Bélgica vapuleó al equipo de Mauricio Pochettino de principio a fin, sin contemplaciones. EEUU quedó eliminado en cuartos de final y no estará ante España el viernes en Los Ángeles — donde España avanzará a semifinales sin necesitar venganza porque el resultado habló solo. Ni con el presidente llamando al árbitro alcanzó. Cuatro goles de diferencia no mienten.
Trump violó todos los principios del Fair Play, escandalizó al mundo del fútbol, presionó a la FIFA para que levantara una sanción reglamentaria — y EEUU perdió igual. Hay derrotas que tienen su propia justicia poética.
— Análisis BastiónEl episodio quedará en la historia del fútbol por lo que representa institucionalmente: un presidente de gobierno llamando al presidente de la federación internacional para alterar una decisión reglamentaria en beneficio de su selección. En cualquier otro deporte, en cualquier otro país, eso sería un escándalo de proporciones mayores. En el contexto de Trump, quedó como un item más en la lista de cosas que ocurrieron esa semana.
La FIFA levantó la sanción a Balogun tras la llamada de Trump a Infantino. No es la primera vez que Infantino cede ante presiones políticas — su gestión de la FIFA ha sido cuestionada sistemáticamente por falta de independencia institucional. Pero una llamada presidencial directa para alterar una sanción deportiva reglamentaria es un nivel nuevo incluso para los estándares de la FIFA.
El resultado final: EEUU 1 — Bélgica 4. Balogun no marcó. EEUU quedó eliminado. España jugará cuartos el viernes sin el anfitrión — y sin necesitar venganza porque Bélgica ya hizo el trabajo.
El balance de Ankara: Trump 1, diplomacia 0
La cumbre de Ankara fue convocada para hablar de gasto militar, de la guerra en Ucrania, de la adhesión de nuevos miembros y de la cohesión de la Alianza. Mark Rutte, el secretario general de la OTAN, había preparado un paquete de «miles de millones de euros» en inversión en Defensa para contener a Trump. Los proyectos de aviones y antidrones europeos estaban listos para ser anunciados.
Todo eso quedó en segundo o tercer plano. Trump se encargó de que la agenda real fuera la suya: Groenlandia, el pase de facturas por Irán, los F-35 a Turquía y la amenaza de retirar soldados de Europa. Rutte tomó nota. Los europeos tomaron nota. Y nadie se sorprendió.
Porque eso es exactamente lo que Trump hace en cada cumbre multilateral: llega con su agenda, la impone sobre la agenda colectiva y se va dejando a todos hablando de lo que él quiso que hablaran. No es un error de gestión diplomática. Es una estrategia deliberada y consistente que le funciona.
El problema para Europa es que «funciona» para Trump no significa necesariamente que funcione para la Alianza. Una OTAN donde el socio mayoritario amenaza con retirarse si no le dan una isla ártica y donde el presidente llama a la FIFA para levantar sanciones deportivas en el medio de una cumbre de seguridad global es una OTAN en una situación que los fundadores de 1949 no habían previsto.
Pero eso es problema para otra cumbre. Por ahora, Groenlandia sigue siendo danesa, los F-35 siguen siendo un tema abierto, Netanyahu sigue en televisión y Bélgica está en semifinales.
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