23 de agosto de 2026 — Muro de los Lamentos, Jerusalén
El espía Jonathan Pollard se postula a la Knéset
Jonathan Pollard pasó 30 años preso por espiar para Israel. Ayer anunció su candidatura al Parlamento israelí con una plataforma que incluye el traslado forzoso de los palestinos de Gaza.

La vida de Jonathan Jay Pollard, o al menos una gran parte de ella, es una novela en sí misma. Para sus compatriotas estadounidenses, y especialmente para su comunidad de inteligencia, es un traidor execrable. Para buena parte de Israel, un héroe. Ayer, esa figura controvertida —abanderada de la derecha nacionalista israelí— dio el salto que llevaba meses insinuando: anunció que competirá por una banca en la Knéset.
Quién es Pollard
Nació en Galveston, Texas, el 7 de agosto de 1954, en una familia judía de fuertes convicciones sionistas. Se graduó en Relaciones Internacionales en Stanford en 1976, y en 1977 fue rechazado para un puesto en la CIA tras una investigación que detectó consumo de drogas y una tendencia a contar historias que lo hacían pasar por agente de inteligencia israelí —algo que, en retrospectiva, resultó menos ficticio de lo que sus evaluadores creyeron. Un psicólogo clínico de la Fuerza Aérea llegó a advertir que era «grandilocuente, manipulador y en ocasiones inseguro de lo que era real», y recomendó terapia y tareas no sensibles. La recomendación se ignoró: Pollard era bueno en su trabajo, y ascendió con regularidad dentro de la inteligencia naval estadounidense.
Cómo operó
Sus actividades de espionaje fueron relativamente breves: comenzaron en junio de 1984 y terminaron con su arresto, el 21 de noviembre de 1985. Fue reclutado por la inteligencia israelí para entregar información sobre desarrollos militares en países árabes, y viajó a París para ser formado en cómo preparar los documentos para sus contactos. Su interlocutor central fue Aviem Sella, un coronel de la Fuerza Aérea israelí que buscaba información sobre desarrollo armamentístico estadounidense, en particular en el plano nuclear.
Israel quería tecnología nuclear árabe y pakistaní, programas de armas químicas y biológicas, sistemas de defensa aérea soviéticos y detalles de despliegue militar de las naciones árabes vecinas. También pidieron «suciedad» sobre cualquier figura política israelí que estuviera pasando información a Estados Unidos. Pollard, con acceso a información de los Departamentos de Estado, Defensa y Justicia, la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional, entregó cajas y maletas llenas de documentos —incluidas imágenes satelitales y códigos secretos de la inteligencia naval estadounidense. Cada dos semanas, entre enero y noviembre de 1985, dejaba grandes alijos en un apartamento de Washington D.C. equipado con una copiadora de alta velocidad, donde se fotocopiaban y devolvían.
El dinero fluía en paralelo a la ideología: empezó cobrando 1.500 dólares mensuales, y hacia comienzos de 1985 ya ganaba 2.500. Sus responsables israelíes habían acordado pagarle 30.000 dólares al año durante una década, y ya le habían adelantado más de 45.000 cuando fue detenido.
El error que lo delató
Sus supervisores empezaron a sospechar cuando notaron que manejaba grandes volúmenes de información sobre Oriente Medio, fuera del área de Norteamérica y el Caribe en la que se suponía que debía trabajar. Compañeros lo vieron retirar documentos clasificados sin autorización, y quedó grabado en video haciéndolo. El 25 de octubre de 1985 se lo vio trasladando un bulto grande hasta el auto de su esposa; quedó bajo vigilancia, y el 21 de noviembre fue arrestado frente a la embajada israelí en Washington, adonde había ido junto a su esposa con la esperanza de recibir asilo.
Se declaró culpable y cooperó con los investigadores. En 1987 fue condenado a cadena perpetua —la mayor pena jamás impuesta en Estados Unidos por espionaje a favor de un país aliado—. Su esposa recibió cinco años.
Treinta años, y una liberación que se suele contar mal
Pollard cumplió condena en Marion, Illinois, y después en Butler, Carolina del Norte. Fue liberado el 20 de noviembre de 2015 —no por gracia presidencial, sino porque la ley vigente al momento de su condena exigía la libertad condicional automática tras 30 años, siempre que no hubiera violado normas penitenciarias. Debió cumplir cinco años más de libertad condicional restringida al área de Nueva York, sin poder salir del país.
Esa restricción expiró el 20 de noviembre de 2020, y el Departamento de Justicia de la primera administración Trump optó por no renovarla. Un mes después, Pollard viajó a Israel en el jet privado del magnate Sheldon Adelson y fue recibido en la pista por Netanyahu. El propio Trump, en sus últimas horas de gobierno, el 20 de enero de 2021, indultó por completo a Aviem Sella —el excoronel que lo había reclutado, nunca extraditado por Israel— pero no a Pollard, cuya condena ya estaba legalmente saldada.
De espía retirado a voz radicalizada
Ya instalado en Israel, Pollard no se mantuvo en un perfil bajo. Dio un discurso en Jerusalén en el que calificó al gobierno estadounidense de «antisemita», llamó «enemigos de Israel» al Departamento de Estado y a la ONU, y describió a la entonces recién asumida administración Biden como «Amalek» —una referencia bíblica al enemigo arquetípico de Israel—. Durante la guerra en Gaza, abogó públicamente por el encarcelamiento de las familias de los captores de rehenes israelíes y por la deportación de toda la población árabe de la Franja a Irlanda. El 20 de noviembre de 2025 recibió la visita del embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, en la embajada de EE.UU. —un gesto de reconocimiento oficial hacia una figura que Washington había condenado por traición apenas cuatro décadas antes.
Hoy: candidato a la Knéset
El domingo 23 de agosto de 2026, junto al Muro de los Lamentos, Pollard —de 72 años— anunció que competirá por una banca en la Knéset dentro de la lista de Israel First, el partido de derecha fundado en julio por la excanciller adjunta Sharren Haskel. Haskel, nacida en Canadá y exdiputada del Likud que después pasó por el Nueva Esperanza de Gideon Sa’ar, rompió con ese partido en julio de 2026 tras el respaldo de Sa’ar a una ley que blindaba de arresto a los ultraortodoxos que evaden el servicio militar —algo que, dijo, socavaba tanto la seguridad nacional como sus propios principios.
Pollard fue explícito sobre por qué eligió este momento: «He conocido a muchos miembros de la Knéset, pero después del 7 de octubre nadie quiso asumir responsabilidad, hasta hoy», dijo, y agregó que la única forma de evitar otro ataque de esa magnitud es «poner a gente como ustedes en posiciones de responsabilidad, porque sé dónde está su corazón». Haskel calificó el respaldo de Pollard como «un refuerzo significativo» para el partido.
Lo más relevante de esta candidatura, más allá de lo insólito de la trayectoria personal, es la plataforma que Pollard ya había adelantado antes de este anuncio formal: según reveló Haaretz, dijo que impulsaría como legislador el traslado forzoso de la población palestina de Gaza y la «repoblación» de la Franja por israelíes. No es una propuesta aislada ni original —es, casi palabra por palabra, la misma orientación que ya documentamos en sectores de la coalición de Netanyahu y en el discurso creciente sobre el «Gran Israel»: ocupar, desplazar, poblar. Que ahora la sostenga abiertamente un excondenado por espionaje que aspira a sentarse en el Parlamento, con el respaldo de una figura que hasta hace un mes integraba el propio gobierno, es una medida bastante clara de cuánto se corrió el centro de gravedad del debate político israelí de cara a las elecciones de octubre.
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