El Carnicero de Rostov: 12 años de cacería y un inocente

1936-1994 — Unión Soviética

El Carnicero de Rostov: 12 años de cacería y un inocente

Cincuenta y dos víctimas confirmadas. Un hombre inocente fusilado por uno de sus crímenes. Y el primer perfil psicológico criminal de la historia soviética, que terminó siendo la pieza clave para atraparlo.

En esta investigación
  1. Una infancia bajo Stalin, el hambre y la ocupación nazi
  2. La impotencia que marcó toda su vida
  3. Maestro, y depredador silencioso de sus alumnos
  4. El primer asesinato, y el inocente que pagó por él
  5. La escalada: doce años de cacería
  6. El perfil psicológico pionero de Bujanovski
  7. Los años en que la policía lo tuvo, y lo dejó ir
  8. La cacería final
  9. La confesión
  10. El juicio: la jaula de hierro
  11. La sentencia y la ejecución

Andréi Románovich Chikatilo, apodado «el Carnicero de Rostov» o «el Destripador de Rostov», agredió sexualmente, asesinó y mutiló a al menos 52 mujeres y niños entre 1978 y 1990, en tres repúblicas distintas de la Unión Soviética. Confesó 56 asesinatos y fue juzgado por 53 de ellos. Es, según el consenso de la criminología, uno de los asesinos seriales más prolíficos y mejor documentados de la historia.

Una infancia bajo Stalin, el hambre y la ocupación nazi

Nació el 16 de octubre de 1936 en Yabluchne, óblast de Sumy, en la Ucrania soviética, en plena hambruna provocada por la colectivización forzosa de Stalin. Sus padres eran campesinos colectivizados que vivían en una choza de una habitación, sin salario: solo el derecho a cultivar una parcela detrás de la vivienda. La familia rara vez tenía comida suficiente —el propio Chikatilo afirmó después no haber probado el pan hasta los 12 años—.

Su madre le repitió durante toda su infancia que, antes de que él naciera, un hermano mayor llamado Stepan había sido secuestrado y devorado por vecinos hambrientos —nunca se estableció si el episodio ocurrió realmente, o si ese hermano existió—. Cuando la URSS entró en la Segunda Guerra Mundial, su padre fue reclutado y hecho prisionero tras ser herido en combate. Entre 1941 y 1944, Chikatilo fue testigo directo de bombardeos, incendios y tiroteos de la ocupación nazi, y en una ocasión vio arder hasta los cimientos la choza familiar. Con su padre en el frente, compartía cama con su madre —mojaba la cama de forma crónica, y ella lo golpeaba por cada episodio—.

En 1943 su madre dio a luz a una niña, Tatyana —imposible que fuera hija de su padre, ausente desde 1941—. Se especula que fue producto de una violación por parte de un soldado alemán, posiblemente cometida en presencia del propio Chikatilo, dado que vivían en una única habitación.

La impotencia que marcó toda su vida

Fue un estudiante tímido pero destacado —editor del periódico escolar a los 14 años, presidente del comité del Partido Comunista de su escuela a los 16—, aunque físicamente débil y víctima frecuente de burlas por su estatura y su timidez. Al llegar la pubertad descubrió que sufría impotencia crónica, lo que agravó su torpeza social. A los 17 años tuvo su primer episodio de violencia sexual: saltó sobre una amiga de 11 años de su hermana menor y la tiró al suelo, eyaculando mientras la niña forcejeaba.

Intentó ingresar a la Universidad Estatal de Moscú sin éxito, hizo el servicio militar entre 1957 y 1960 —incluida una asignación a una unidad de comunicaciones de la KGB en Berlín Oriental—, y se casó en 1963 con Feodosia Odnacheva, en un matrimonio prácticamente arreglado por su hermana. Según su propio relato posterior, su vida sexual conyugal fue mínima: dado que no podía mantener una erección, él y su esposa acordaron que ella concebiría insertando manualmente su semen. Tuvieron dos hijos, Lyudmila (1965) y Yuri (1969).

Maestro, y depredador silencioso de sus alumnos

Se graduó en Literatura y Filología rusas por la Universidad de Rostov (estudios por correspondencia) en 1970, y empezó a trabajar como profesor de lengua y literatura en Novoshakhtinsk. Fue, según todos los registros, un docente ineficaz —rara vez lograba mantener disciplina en sus clases—.

En mayo de 1973 cometió su primera agresión sexual conocida contra una alumna de 15 años. Meses después agredió y golpeó a otra adolescente encerrada en su propia aula. No fue sancionado por ninguno de los dos episodios, ni por las veces en que colegas lo vieron masturbándose frente a sus alumnos. A mediados de los 70 empezó a merodear baños públicos para espiar niñas, y usaba golosinas para ganarse su confianza —agredió sexualmente al menos a tres de esta manera—.

Un patrón de impunidad institucional, otra vez

Recién ante la acumulación de denuncias, la dirección de su primera escuela le pidió la renuncia en 1974 —sin sanción penal alguna—. Encontró trabajo en otra escuela de la misma ciudad, y perdió ese puesto por recortes de personal, no por sus conductas. Consiguió un tercer puesto docente en Shakhty, y su carrera como maestro recién terminó en 1981, tras nuevas denuncias de abuso contra alumnos de ambos sexos —otra vez, sin consecuencias legales—.

El primer asesinato, y el inocente que pagó por él

En septiembre de 1978, ya reconvertido en empleado de suministros para una fábrica de materiales de construcción —trabajo que le exigía viajar por buena parte de la URSS—, Chikatilo se mudó a Shakhty. La noche del 22 de diciembre de 1978 atrajo a una niña de 9 años, Yelena Zakotnova, hasta una choza en ruinas que había comprado en secreto. Intentó violarla, no logró una erección, y cuando ella forcejeó, la estranguló y apuñaló tres veces en el abdomen, eyaculando durante el ataque. Arrojó su cuerpo al río Grushevka.

Aleksandr Kravchenko: el hombre fusilado por un crimen que no cometió

Pese a evidencia que apuntaba directamente a Chikatilo —manchas de sangre cerca de su propia casa, testigos que lo vieron hablando con la niña, su presencia confirmada por vecinos esa misma noche—, la policía detuvo a Aleksandr Kravchenko, de 25 años, con antecedentes por violación y asesinato. Kravchenko tenía una coartada sólida —había estado en su casa toda la tarde, confirmada por su esposa, una amiga y vecinos—. La policía amenazó a ambas mujeres con cargos de complicidad y perjurio hasta que alteraron sus testimonios. Kravchenko confesó bajo esa presión, se retractó en el juicio de 1979 alegando coacción, y aun así fue condenado a muerte. La Corte Suprema conmutó la pena a 15 años en 1980, pero bajo presión de los familiares de la víctima, fue juzgado nuevamente, condenado otra vez, y finalmente fusilado en julio de 1983 —cuando el verdadero asesino todavía estaba libre, y seguiría matando durante siete años más—.

La escalada: doce años de cacería

Tras el asesinato de Zakotnova, Chikatilo declaró después que solo podía alcanzar excitación sexual apuñalando a sus víctimas hasta la muerte. Volvió a matar en septiembre de 1981 —Larisa Tkachenko, de 17 años— y a partir de junio de 1982, con el asesinato de Lyubov Biryuk, de 13 años, dejó de intentar resistir sus impulsos: solo entre julio y septiembre de ese año mató a otras cinco víctimas de entre 9 y 18 años.

52+Víctimas confirmadas
12 añosDuración de la cacería (1978-1990)
3Repúblicas soviéticas afectadas

Su método se volvió reconocible: se acercaba a niños, adolescentes fugitivos y jóvenes vagabundos en estaciones de tren y ómnibus, los atraía con engaños —ver películas extranjeras, monedas raras, comida— hacia zonas boscosas apartadas, y los mataba a cuchillo, generalmente con decenas de heridas y evisceración. Muchas víctimas presentaban mutilaciones en las cuencas oculares —al principio arrancaba directamente los ojos, por una vieja superstición rusa sobre la imagen del asesino quedando «impresa» en la retina de la víctima; con los años, dejó de hacerlo al convencerse de que era solo una leyenda—. Sus víctimas femeninas adultas eran, con frecuencia, mujeres en situación de calle o trabajadoras sexuales, atraídas con promesas de alcohol o dinero.

El perfil psicológico pionero de Bujanovski

En 1983, un equipo especial encabezado por el mayor Mijaíl Fetisov, con el analista forense Viktor Burakov al frente operativo, asumió la investigación —bautizada internamente «Operación Sendero del Bosque»—. La teoría inicial de la policía especuló con un grupo de tráfico de órganos, un culto satánico, o un enfermo mental —la investigación se concentró, con enorme costo humano, en sospechosos homosexuales o con antecedentes psiquiátricos: tres hombres homosexuales y un delincuente sexual condenado se suicidaron por la brutalidad de los interrogatorios a los que fueron sometidos sin ser los culpables—.

A pedido de Burakov, se consultó por primera vez en la historia de una investigación criminal soviética a un psiquiatra civil, el Dr. Aleksandr Bujanovski. Su perfil psicológico de 65 páginas describió a un hombre solitario de entre 45 y 50 años, con una infancia dolorosa y aislada, incapaz de cortejar mujeres, bien educado, probablemente casado, sádico e impotente —que solo podía alcanzar liberación sexual viendo sufrir a sus víctimas—. Bujanovski planteó que el cuchillo del asesino funcionaba como sustituto de un pene que no respondía normalmente, y que su trabajo probablemente lo obligaba a viajar con regularidad, atado a algún tipo de cronograma de producción.

Los años en que la policía lo tuvo, y lo dejó ir

Chikatilo fue interrogado por primera vez en septiembre de 1984, tras ser detenido por conducta sospechosa cerca de una estación de ómnibus, con un cuchillo de 20 centímetros, cuerdas y vaselina entre sus pertenencias. Su descripción física coincidía con la de un testigo que había visto a un hombre caminando junto a una de las víctimas. Pero el análisis de sangre reveló tipo A, mientras que el semen hallado en varias víctimas había sido clasificado como tipo AB —un resultado que, según se descubriría años después, era un error de laboratorio: Chikatilo pertenecía al reducidísimo grupo de personas cuya sangre y semen presentan tipos sanguíneos distintos (un fenómeno llamado «secreción paradójica»)—. Ese error lo descartó como sospechoso, y solo fue condenado por un robo menor a su empleador, cumpliendo apenas tres meses de prisión.

Durante 1987 y 1988 mató en repetidas ocasiones en viajes de trabajo fuera del óblast de Rostov, lo que impidió que los investigadores conectaran esos crímenes con la pesquisa central. En marzo de 1990, con la presión pública y mediática (potenciada por la nueva apertura informativa de la glasnost) en su punto máximo, Fetisov advirtió que se despediría personal si el asesino no era atrapado pronto.

La cacería final

Los investigadores desplegaron 360 agentes uniformados en todas las estaciones del óblast, y apostaron oficiales encubiertos en las tres estaciones más pequeñas donde el patrón de ataques era más frecuente. El 20 de noviembre de 1990, un oficial encubierto, Ígor Rybakov, observó a un hombre lavándose las manos y la cara en un pozo cerca del bosque de la estación de Donleskhoz, con manchas de tierra en los codos del abrigo y una mancha roja en la mejilla —vestido de forma demasiado formal para ser un recolector de hongos, la excusa habitual para entrar al bosque en esa época del año—. Rybakov lo detuvo, revisó sus papeles, pero no tuvo motivo legal para arrestarlo: anotó su nombre en un informe de rutina.

Trece días después apareció el cuerpo de Svetlana Korostik, la víctima número 38 vinculada al caso. Al revisar los registros de la semana anterior en esa estación, el nombre de Chikatilo apareció —y resultó familiar: ya había sido interrogado en 1984, y figuraba en una lista de sospechosos distribuida en toda la URSS en 1987—. Puesto bajo vigilancia el 14 de noviembre, fue arrestado el 20 de noviembre de 1990 al salir de un café.

El detalle que confirmó la sospecha

Una revisión corporal reveló una herida profunda y reciente en uno de sus dedos, tratada por él mismo con yodo: los forenses determinaron que se debía a una mordida humana, coincidiendo con signos de una lucha feroz hallados en la escena del crimen de una de sus últimas víctimas, un joven físicamente fuerte. Entre sus pertenencias había una navaja plegable y dos tramos de cuerda.

La confesión

El interrogatorio formal, a cargo de Issa Kostoyev, usó una estrategia psicológica deliberada: hacerle creer a Chikatilo que sería tratado como un enfermo necesitado de ayuda médica, no como un criminal, con la esperanza de una eventual declaración de inimputabilidad. El 29 de noviembre, a pedido de los investigadores, el propio Dr. Bujanovski —el autor del perfil de 1985— fue invitado a participar del interrogatorio. Le leyó a Chikatilo extractos de su propio perfil psicológico. En dos horas, Chikatilo rompió a llorar y confesó.

Confesó con un nivel de detalle que solo el autor real de los crímenes podía tener: describía escenas, dibujaba croquis con la posición exacta de los cuerpos, y aportaba detalles que coincidían con hechos nunca publicados. Guio a la policía hasta los cuerpos de varias víctimas cuyos casos ni siquiera estaban vinculados formalmente a la investigación —entre ellas, la propia Yelena Zakotnova, el crimen por el que Kravchenko había sido fusilado años antes—. En total, confesó 56 asesinatos; tres cuerpos nunca pudieron hallarse ni identificarse, y terminó siendo acusado formalmente por 53.

El juicio: la jaula de hierro

Antes del juicio, Chikatilo pasó 60 días bajo evaluación psiquiátrica en el Instituto Serbsky de Moscú. El psiquiatra Andréi Tkachenko documentó un «descenso constante pero gradual hacia la perversión», agravado por factores biológicos y ambientales, pero lo declaró apto para ser juzgado, con un diagnóstico de trastorno límite de la personalidad con rasgos sádicos.

El juicio comenzó el 14 de abril de 1992 en Rostov, ante el juez Leonid Akubzhánov —el primer gran acontecimiento mediático de la Rusia postsoviética—. Chikatilo permaneció durante todo el proceso dentro de una jaula de hierro construida especialmente en un rincón de la sala, para protegerlo de los familiares enfurecidos de sus víctimas. La prensa rusa, recién liberada de la censura soviética, lo apodó «caníbal» y «maníaco» con titulares sensacionalistas.

Andréi Románovich Chikatilo en su celda
Andréi Románovich Chikatilo, tras su arresto.
«No necesitaba buscarlos. Cada paso que daba, ellos estaban ahí.» Andréi Chikatilo, respondiendo por qué no discriminaba edad ni género entre sus víctimas

Durante el interrogatorio, respondía con desdén a preguntas sobre las heridas infligidas, pero se indignaba genuinamente si lo acusaban de robar pertenencias personales de sus víctimas. El propio juez llegó a ordenarle callar en varias ocasiones cuando desviaba sus respuestas hacia quejas sobre la represión sufrida por su familia durante la infancia, remarcándole: «¡No estás loco!».

El 3 de julio, Bujanovski testificó durante tres horas sobre su perfil original y las conversaciones que llevaron a la confesión. Cuatro psiquiatras del Instituto Serbsky coincidieron en que el comportamiento errático de Chikatilo en la sala —muy distinto al que mostraba en su celda— era un intento calculado de simular demencia para evitar la condena.

La sentencia y la ejecución

El 9 de agosto, la defensa pidió la absolución, cuestionando la fiabilidad de la evidencia forense. Al día siguiente, la fiscalía argumentó que Chikatilo comprendía perfectamente la criminalidad de sus actos —había hecho esfuerzos conscientes y sostenidos para evitar ser detectado durante más de una década— y solicitó la pena de muerte.

14-15 de octubre de 1992

El tribunal declara a Chikatilo culpable de 52 de los 53 asesinatos juzgados, y de cinco cargos adicionales de agresión sexual cometidos durante su etapa como docente. Es condenado a muerte por cada uno de los homicidios, más 86 años adicionales. Patea su banco y grita insultos al escuchar el veredicto; cuando se le ofrece la palabra, elige el silencio.

Verano de 1993

El Tribunal Supremo de Rusia rechaza su apelación, aunque dictamina que no hubo pruebas suficientes para sostener su culpabilidad en nueve de los cargos.

4 de enero de 1994

El presidente Boris Yeltsin rechaza su último pedido de clemencia.

14 de febrero de 1994

Chikatilo es ejecutado de un solo disparo detrás de la oreja derecha, en una habitación insonorizada de la prisión de Novocherkassk. Es enterrado en una tumba sin nombre dentro del propio cementerio penitenciario.

Lo que el propio juez reconoció

Al dictar sentencia, Akubzhánov no se limitó a leer el veredicto: criticó explícitamente tanto a la policía como a la fiscalía por los errores de investigación que permitieron que Chikatilo permaneciera libre hasta 1990 —una autocrítica judicial poco habitual, pronunciada en el mismo acto en que se cerraba uno de los expedientes criminales más extensos de la historia soviética—.


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