El Papa de los 33 días: lo que se ocultó de su muerte

28-29 de septiembre de 1978 — Ciudad del Vaticano

El Papa de los 33 días: lo que se ocultó de su muerte

Quería auditar las cuentas del Vaticano. Murió antes de poder hacerlo. Y el propio Vaticano mintió, desde el primer comunicado, sobre quién encontró el cuerpo.

En esta investigación
  1. Un Papa incómodo desde el primer día
  2. La operación de 1972: el origen de la sospecha
  3. La mentira del primer comunicado
  4. Lo que decía la autopsia que nunca se hizo
  5. El entramado: Calvi, Sindona, Marcinkus y la logia P2
  6. El destino de quienes rodeaban el caso
  7. La confesión de un exgánster, 40 años después
  8. Lo que la propia Iglesia permitió investigar
  9. Lo que hoy se puede sostener, y lo que sigue siendo especulación

«Afortunadamente, estoy fuera de peligro.» Con estas palabras, escritas el 24 de agosto de 1978, el cardenal Albino Luciani creía disipar cualquier temor a salir elegido en el cónclave que se avecinaba tras la muerte de Pablo VI. La carta —hecha pública recién décadas después por el cardenal Guido Todeschini, que la había recibido como regalo del obispo de Verona antes de morir— resultó, en los hechos, completamente errada: apenas dos días después, la fumata blanca anunciaba Habemus Papam. Luciani, patriarca de Venecia, se convertía en el sucesor de Pedro con el nombre de Juan Pablo I. Su papado duraría apenas 33 días.

Carta escrita por Albino Luciani el 24 de agosto de 1978
La carta que Albino Luciani escribió dos días antes de ser electo Papa, creyendo estar «fuera de peligro» de resultar elegido.

Un Papa incómodo desde el primer día

Albino Luciani nació el 17 de octubre de 1912 en Forno di Canale, en el norte de Italia. Su infancia estuvo marcada por la pérdida: su madre murió cuando él tenía apenas diez años. Su ascenso en la jerarquía eclesiástica fue meteórico —en solo quince años pasó de obispo a cardenal, y llegó a presidir la Conferencia Episcopal Italiana hasta 1976—. El cónclave de agosto de 1978, convocado tras la muerte de Pablo VI, resultó uno de los más breves del siglo XX: apenas una jornada bastó para la fumata blanca. Nadie imaginaba que, un mes después, otra fumata anunciaría al mundo la elección de un nuevo Papa.

Retrato de Albino Luciani, Juan Pablo I
Albino Luciani, Juan Pablo I, el «Papa de la sonrisa» que gobernó apenas 33 días.

Para buena parte del entorno vaticano, lo que más inquietaba de Luciani no era su origen humilde ni su postura ideológica, sino algo mucho más concreto: su intención declarada de poner en orden las cuentas del Banco Vaticano, formalmente llamado Instituto para las Obras de Religión (IOR).

La operación de 1972: el origen de la sospecha

La desconfianza de Luciani hacia las finanzas vaticanas venía de años atrás. En 1972, mientras era patriarca de Venecia, el Banco Vaticano vendió al Banco Ambrosiano —propiedad del banquero Roberto Calvi— la Banca Católica del Véneto, una entidad que solía otorgar créditos a bajo interés dentro de su propia diócesis. La operación fue autorizada por el arzobispo estadounidense Paul Marcinkus, responsable de la administración financiera vaticana, sin consultarle absolutamente nada a Luciani —el propio patriarca de la región afectada—.

El informe que activó todas las alarmas

En 1978, ya como Papa, el Banco de Italia elaboró un informe advirtiendo sobre movimientos sospechosos en los fondos del Banco Ambrosiano. El diario financiero Il Mondo fue todavía más directo, en una carta abierta publicada el 31 de agosto de 1978: «¿Es correcto que el Vaticano posea un banco cuyas operaciones incluyen la transferencia de capitales ilegales de Italia al extranjero? ¿Es correcto que ese banco ayude a los italianos a evadir impuestos?».

Según reconstruye el periodista Santiago Camacho en su libro Biografía no autorizada del Vaticano (2005), la investigación que el propio Luciani ordenó a su personal de confianza fue demoledora: de las 11.000 cuentas del banco, apenas 1.650 guardaban alguna relación real con la Iglesia. El resto pertenecía a clientes completamente externos.

La noche del 28 al 29 de septiembre: dos versiones que no coinciden

La versión oficial, comunicada apenas horas después de hallado el cuerpo, decía lo siguiente:

«Esta mañana, 29 de septiembre de 1978, alrededor de las 05:30 a.m., el secretario particular del papa, sin haberle encontrado en la capilla como es su costumbre, le buscó en su habitación y le ha encontrado muerto en la cama, con la luz prendida, como si todavía leyese. El médico Renato Buzzonetti, que acudió inmediatamente, ha constatado su muerte, acaecida probablemente hacia las 23:00 p.m. del día anterior a causa de un infarto agudo de miocardio.» Comunicado oficial del Vaticano, 29 de septiembre de 1978

Esa versión atribuía el hallazgo al secretario personal del Papa. Pero según relataron después dos religiosas —sor Vincenza Taffarel, la monja enfermera que todas las mañanas le dejaba una taza de café caliente, y sor Margherita Marin, de la orden de las Hermanas de María Bambina—, fueron ellas quienes encontraron el cuerpo, no ningún secretario varón.

El testimonio directo de quien lo halló

Sor Margherita Marin recordó después, en una entrevista a la revista Famiglia Cristiana en 2022: «Al entrar en la habitación, vio al papa como dormido, con la cabeza ladeada a la derecha, los ojos entreabiertos, las gafas puestas, con una ligera sonrisa en el rostro, el pijama puesto y sujetando entre sus manos tres folios mecanografiados con pasajes de la biblia que al parecer el papa iba a leer en el Ángelus del siguiente domingo». Agregó un detalle inquietante: le llamó la atención que las uñas del Papa estaban «un poco oscuras» —un signo que algunos investigadores asociaron después con ciertos tipos de envenenamiento—. «La luz de la habitación estaba encendida, el Papa estaba inmóvil y parecía dormir con una expresión serena. Lo llamamos varias veces pero no respondió. Estaba frío.»

El embalsamamiento que canceló cualquier autopsia

El cardenal Jean Villot, entonces camarlengo y secretario de Estado de la Santa Sede, ordenó embalsamar el cadáver ese mismo día —una decisión que hizo imposible cualquier autopsia posterior—. El propio Corriere della Sera lo denunció en un reportaje titulado, sin vueltas, «¿Por qué no una autopsia?».

«La Iglesia no tiene nada que temer, por tanto, no tiene nada que perder. Más bien al contrario, tendría mucho que ganar. Saber a causa de qué murió el papa es un dato histórico legítimo, parte de nuestra historia viviente, y no afecta de ninguna manera al misterio espiritual de su muerte.» Corriere della Sera, «¿Por qué no una autopsia?»

El Vaticano respondió apelando al derecho canónico, que —según su propia interpretación— prohíbe la autopsia de un pontífice. El embalsamamiento se hizo sin extraerle sangre ni extirparle las vísceras, mediante inyección de líquidos antipútridos. Un detalle adicional alimentó la sospecha: varios testigos notaron que la leve sonrisa con la que murió no correspondía al gesto de dolor típico de un infarto agudo.

La advertencia que nadie escuchó a tiempo

En 1987, casi una década después de los hechos, uno de los secretarios privados del Papa, Diego Lorenzi, hizo una revelación en el programa de televisión de Enzo Tortora: la tarde anterior a su muerte, alrededor de las 19:30, Luciani le había dicho que sentía «dolores y molestias en medio del pecho, con un fuerte peso y opresión».

Por qué esa revelación generó tanto revuelo

Primero, porque Lorenzi era el único que decía esto —todos los demás que interactuaron con el Papa esa noche lo describieron en buen estado—. Segundo, porque lo reveló recién nueve años después: «Jamás se lo dije a nadie porque nadie vino a pedirme una explicación», se justificó. Y tercero, porque horas más tarde —a las 21:30, poco después de la supuesta advertencia a Lorenzi—, el Papa habló por teléfono con su médico personal, Antonio Da Ros, quien aseguró que lo notó «muy bien» apenas horas antes de su muerte repentina.

Las preguntas que Eric Frattini nunca vio respondidas

El investigador Eric Frattini, autor de La Santa Alianza, planteó una serie de interrogantes que, según sostiene, jamás recibieron una explicación satisfactoria por parte del propio Vaticano.

«¿Por qué no se avisó al doctor Da Ros si John Magee, secretario del papa, dijo que este había mostrado muecas de dolor varias veces durante el día mientras se apretaba el pecho? ¿Por qué no se dijo que se le habían recetado a Juan Pablo I inyecciones para su problema de baja presión sanguínea? ¿Quién ordenó la retirada de la vigilancia al papa y por qué?» Eric Frattini, «La Santa Alianza»

Dos libros, dos versiones enfrentadas

En 1984, el periodista David Yallop publicó En el nombre de Dios, sosteniendo que el Papa había sido envenenado con digitalina —un compuesto usado para tratar afecciones cardíacas, letal en dosis altas—. Yallop responsabilizó directamente a Licio Gelli (jefe de la logia P2) por dar la orden, y a miembros de la propia curia —Marcinkus, el cardenal John Cody y el cardenal Jean Villot— por complicidad.

«Marcinkus tenía móviles para el crimen y la oportunidad de llevarlo a cabo.» David Yallop, «En el nombre de Dios»

El libro vendió más de seis millones de ejemplares. El Vaticano calificó sus acusaciones de «absurdas», y respondió promoviendo la publicación de otro libro, esta vez del periodista John Cornwell —con acceso privilegiado a testimonios internos—. Cornwell llegó a una conclusión radicalmente distinta: que Luciani no tenía ninguna agenda secreta ni planes concretos de investigar las finanzas vaticanas, y lo describió como una personalidad frágil, «superada por el peso del papado», triste y rechazada por sectores de la curia.

La anécdota que Cornwell usa para sostener su tesis

Cornwell relata, citando a John Magee, que ante la pérdida de unos papeles por una ráfaga de viento, Juan Pablo I quedó paralizado y se retiró a su habitación en posición fetal, abrumado por el incidente. Según su reconstrucción, Luciani padecía problemas circulatorios, hinchazón de piernas, y expresó dolores de pecho horas antes de morir —pero rechazó atención médica—. Cornwell concluye que el Papa «no deseaba continuar viviendo», y que su muerte se debió a esa negativa, sumada a la negligencia de quienes lo rodeaban.

El libro de Cornwell recibió, a su vez, fuertes críticas por falta de objetividad y por sesgar la narrativa a favor del sector vaticano más conservador. Para muchos analistas, ambas versiones —la de Yallop y la de Cornwell— resultan sesgadas en direcciones opuestas, amplificadas por intereses ajenos a la simple reconstrucción documental de los hechos.

El sacerdote hallado ahorcado, y los cinco cardenales

Camacho documenta otras muertes que, según sostiene, no pueden leerse como simple coincidencia. Cuatro días después de la muerte del Papa, el padre Giovanni Da Nicola —confidente personal de Juan Pablo I— apareció ahorcado en un parque de Roma. Entre 1979 y 1982, murieron además cinco cardenales vinculados a las investigaciones sobre el Banco Vaticano y el Banco Ambrosiano, todos ellos, según describe el propio autor, «en buen estado de salud y con una media de edad de 69 años».

La confesión de un supuesto pariente de Marcinkus

En julio de 2019, Anthony S. Luciano Raimondi —quien se presenta como un exgánster de la familia criminal Colombo, y familiar del propio arzobispo Marcinkus— publicó el libro When the Bullet Hits the Bone, con una confesión directa en una entrevista a The New York Times.

«Yo ayudé a matar al papa. He hecho muchas cosas, pero no quería estar en la habitación cuando mataran al papa. Sabía que eso me ganaría un billete de ida al infierno.» Anthony Raimondi, The New York Times (2019)

Según su relato, Marcinkus llevó a la habitación de Juan Pablo I un vaso de té cargado de Valium, mientras el propio Raimondi vigilaba en el pasillo. Cuando el Papa se durmió, Marcinkus le habría hecho ingerir cianuro con un cuentagotas —el móvil, según esta versión, habría sido encubrir un fraude masivo de títulos financieros dentro del propio Banco Vaticano—.

Una advertencia necesaria sobre este testimonio

La veracidad del relato de Raimondi sigue siendo, hasta hoy, imposible de confirmar de forma independiente —es el testimonio de una única fuente, con antecedentes criminales propios, publicado cuatro décadas después de los hechos, sin corroboración forense—.

Otras teorías: KGB, CIA, masonería

El abanico de sospechas se amplió, con los años, mucho más allá del entramado financiero: hubo quienes apuntaron a la CIA, a la KGB soviética, e incluso a masones infiltrados dentro de la propia jerarquía vaticana. El teólogo tradicionalista Abbé Georges de Nantes dedicó buena parte de su vida a investigar tanto el entramado bancario como el supuesto descubrimiento, por parte del propio Luciani, de una red de sacerdotes masones dentro del Vaticano. El sacerdote español Jesús López Sáez, en su libro El día de la cuenta, sostuvo una variante más: que el Papa fue envenenado con un vasodilatador administrado en dosis letal.

Lo que hoy se puede sostener, y lo que sigue siendo especulación

Confirmado por múltiples fuentes independientes

Que Luciani heredó un entramado financiero vaticano real, opaco y ya bajo investigación del propio Banco de Italia. Que la venta de la Banca Católica del Véneto en 1972 se hizo sin consultarlo. Que el primer comunicado oficial contenía, como mínimo, una inexactitud comprobada sobre quién halló el cuerpo. Que se ordenó el embalsamamiento inmediato, cancelando cualquier autopsia. Que en los años posteriores, múltiples figuras vinculadas al escándalo del Banco Ambrosiano —incluido un confidente directo del propio Papa— murieron en circunstancias violentas o sospechosas.

Todavía sin confirmación independiente

La causa exacta de la muerte —envenenamiento deliberado (con cianuro, digitalina o vasodilatador, según la versión) versus causa natural genuina— sigue sin poder demostrarse de forma concluyente, precisamente por la ausencia de una autopsia contemporánea a los hechos. Ni el relato de Raimondi ni las hipótesis de Yallop cuentan con corroboración forense o documental independiente y definitiva. La hipótesis de un homicidio ordenado desde dentro de la propia curia sigue siendo, hasta hoy, una reconstrucción circunstancial sólida —pero una reconstrucción, no una prueba cerrada—.

Lo que sí queda fuera de discusión, casi cinco décadas después, es el patrón de fondo: un Papa que llegó con la intención de transparentar las finanzas vaticanas murió en apenas 33 días, en medio de un comunicado oficial con datos comprobadamente falsos, sin autopsia, con al menos un confidente directo muerto en circunstancias violentas poco después, y con el propio banco que pretendía auditar terminando, años más tarde, en uno de los mayores escándalos financieros y criminales de la Italia del siglo XX.


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