Hombre en traje hablando en un podio con fondo de mármol verde.

Discurso completo de Suiza ante la ONU

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Discurso completo de Suiza ante la ONU

Transcripción completa del discurso pronunciado por el presidente Guy Parmelin el 22 de septiembre de 2026.

Señor Presidente de la Asamblea General, Señor Secretario General de las Naciones Unidas, Señoras y Señores Jefes de Estado y de Gobierno, Excelencias, Señoras y Señores.

Suiza es un país de montañas, de valles y de distintas lenguas; una buena parte de nuestra historia consiste, entonces, en aprender con aquello que separa.

Las montañas no han desaparecido; hemos aprendido a franquearlas. Hemos construido caminos, puentes, túneles para todo ello, y hemos entendido que una frontera natural no es necesariamente una línea divisoria: también puede convertirse en un lugar de paso. Esta experiencia, creo que nos puede enseñar algo a todos en este mundo en el que vivimos, porque pasamos por un momento de cambio. El orden internacional que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial está pasando por tensiones profundas: los conflictos se multiplican, se agravan.

Los principios más esenciales de la Carta, como la prohibición de recurso a la fuerza y el respeto de la soberanía y de la integridad territorial, se conculcan abiertamente. Se añade a ello una transformación que cambia nuestras sociedades: el cambio climático, la multiplicación de catástrofes, las crisis humanitarias, las desigualdades, pero también las transformaciones tecnológicas como la IA, que avanzan a menudo más rápido que nuestra capacidad colectiva para realmente entender el alcance. A la misma vez, las instituciones multilaterales tienen que responder a más crisis, con menos recursos y con una confianza que se erosiona. El lema de este periodo de sesiones es: «Restablecer la confianza, gestionar la transformación, unas Naciones Unidas que cumplan para todos».

Resume, por tanto, la tarea que tenemos que arrastrar: restablecer la confianza, acompañar la transformación y demostrar con resultados concretos que la cooperación sigue siendo posible. Esta erosión de la confianza supera, en buena medida, el ámbito de la paz y de la seguridad, y así lo constatamos también en la economía mundial. Avanza el proteccionismo: las cadenas de suministro que se construyeron a lo largo de décadas de interdependencia se reorganizan o se fragmentan bajo los efectos de las tensiones geopolíticas. El orden comercial multilateral también es más frágil, y la OMC ya no puede ejercer algunas de sus funciones más importantes.

Sin embargo, lo que nos jugamos aquí no es una mera cuestión técnica de política comercial; se trata de saber si las relaciones entre los Estados seguirán estando gobernadas por reglas comunes o si dependerán más del peso y del poder de cada uno. Para Suiza, esta cuestión es esencial, porque mi país refleja una economía abierta que tiene muy pocas materias primas, y buena parte de nuestra prosperidad viene de los intercambios, pero también de la estabilidad y de lo previsible de las normas que lo permiten. La resiliencia económica exige diversificar relaciones, crear alianzas nuevas y mantener abiertos los intercambios entre las distintas regiones del mundo, y esto es especialmente importante para las economías que tienen menos recursos o posibilidades de acceso al mercado. El acceso al mercado, a los conocimientos, a las tecnologías, puede crear posibilidades que no existirían de otra manera.

Y estas ideas abstractas también abarcan realidades muy concretas: una empresa que puede contratar a un aprendiz, una familia que encuentra unos ingresos más seguros, un productor que puede comerciar más allá de su mercado local, jóvenes ante los cuales de repente se amplía el campo de posibilidades. De eso hablamos también cuando hacemos referencia a la economía mundial. La confianza se construye cuando las reglas le dan a cada uno una oportunidad real de participar, y se construyen también cuando los Estados siguen hablando entre ellos. Suiza es neutra, y la neutralidad va de la mano con la defensa constante de la Carta, del derecho internacional y de los tres pilares de esta organización: la paz y seguridad, los derechos humanos y el desarrollo sostenible.

También hemos aprendido, por experiencia, que el diálogo no es una señal de debilidad. Dialogar no significa eliminar los desacuerdos ni renunciar a los principios; dialogar significa mantener el contacto cuando las posturas se alejan. Un puente no le exige a las dos riberas convertirse en lo mismo; lo único que permite es pasar de una a otra. Y en periodos de tensión, esta posibilidad a menudo es esencial.

El diálogo es una herramienta para la distensión cuando hay crisis, y sobre todo puede ser un instrumento de prevención antes de que se produzcan estas crisis. En este sentido, Suiza seguirá ofreciendo sus buenos oficios y seguirá poniendo a disposición espacios para todos aquellos que ya no se hablan, para que cuando las circunstancias lo permitan puedan volver al diálogo. Ginebra es uno de estos espacios. Ginebra acoge a las Naciones Unidas, a la OMC y muchas organizaciones internacionales, pero también a científicos, cooperantes, representantes de la sociedad civil y a misiones de casi todos los Estados del mundo.

Cada día, personas de distintos horizontes, que representan intereses a menudo opuestos, se encuentran allí. No tienen por qué estar de acuerdo para poder hablar, y eso es precisamente lo que le da tanto valor a un lugar así. Suiza, por lo tanto, en tanto que Estado anfitrión, seguirá velando porque Ginebra sigue siendo abierta e inclusiva para los Estados grandes y para los pequeños, para el norte y para el sur. La inclusión no consiste solo en contar con un puesto a la mesa; también significa contribuir realmente a las decisiones que tendrán un efecto sobre su propio futuro.

Y esto se aplica a la cooperación internacional. Cada sociedad tiene que poder construir su futuro en función de su historia, de sus necesidades, de sus prioridades. La cooperación no pretende imponer valores o un modelo único; es útil para crear alianzas, para facilitar el intercambio de competencias, para reforzar capacidades, para que cada uno pueda actuar. No se trata de construir de consumo, y esto es especialmente importante ante la revolución tecnológica.

La inteligencia artificial lo demuestra claramente: nos da perspectivas considerables en la ciencia, en la economía, en la medicina, en la educación y también en la gestión de nuestros recursos. Pero también ve cómo se da el riesgo de una nueva fractura entre aquellos que tienen las competencias y las infraestructuras necesarias para participar en la transformación, y aquellos que quizá no van a sufrir más que los efectos. Tenemos que velar porque el progreso tecnológico amplíe las posibilidades sin incrementar las diferencias. Esto significa que un mayor número de países y sociedades tiene que poder beneficiarse de los adelantos de la IA, desarrollar sus competencias, participar en la reflexión sobre las reglas que marcarán su desarrollo y su utilización.

Y eso precisamente es lo que pretende el Geneva AI Summit, que se celebrará del 21 al 22 de junio de 2027, con el lema: «Tender puentes entre la innovación y la confianza». Dos conceptos que necesariamente habrán de desarrollarse conjuntamente. La innovación debe llevar a las sociedades a más confianza para no generar rechazo, y las reglas que pueden impedir cualquier tipo de innovación también deben levantarse para desarrollar ese inmenso potencial. Nuestra responsabilidad, por lo tanto, radica en un delicado equilibrio: el de permitir ese progreso facilitando los beneficios que se derivan de él, sin dejar de crear las condiciones necesarias para un desarrollo y un uso sostenibles y responsables de dichas tecnologías.

La inteligencia artificial nos recuerda algo evidente: que algunas transformaciones son tan profundas y tan rápidas que ningún Estado puede, por sí solo, controlar completamente sus consecuencias. Necesitamos instituciones capaces de superar fronteras. Necesitamos también al multilateralismo, pero el multilateralismo no puede conservar su credibilidad si no evoluciona. Suiza apoya, por lo tanto, los esfuerzos en pro de la reforma del sistema de las Naciones Unidas en el marco de la Iniciativa ONU 80, que debe hacer que la organización se torne más coherente, más eficaz y se oriente más hacia los resultados, respetando las competencias y responsabilidades de los Estados miembros.

La organización ha de concentrarse allí donde su acción permite realmente aportar un valor añadido. Cuando los problemas superan las fronteras, cuando las capacidades nacionales o regionales no bastan, o cuando una institución universal es necesaria para dotarse de un marco común. La pregunta esencial es, por lo tanto, sencilla: ¿cómo conseguir que los recursos, las competencias y la energía invertidos en el sistema multilateral brinden más resultados para quienes se pretende servir? Estas instituciones no existen, nuestras instituciones no existen para sí mismas, sino que existen para los pueblos, para los que viven temiendo el conflicto, para quienes han perdido su hogar tras una catástrofe, para los que buscan trabajo y se preparan de cara al futuro, para los niños que a diario dependen del acceso a la educación y de las posibilidades que hoy intentamos crear.

Y esa es la escala en la que se mide, al fin y al cabo, el valor del multilateralismo. Señoras y Señores, no conseguiremos que desaparezcan los distintos intereses de los países. No podremos tampoco borrar los desacuerdos, ni las rivalidades, ni las fronteras. Tampoco podremos acabar con las montañas que se interponen entre nosotros.

Pero podemos decidir de qué forma afrontarlas: a través de intercambios abiertos en lugar de multiplicar las barreras, manteniendo un diálogo en lugar de resignarnos al silencio, hacer que los progresos tecnológicos generen más posibilidades en lugar de nuevas fracturas, y reformar nuestras instituciones en lugar de aceptar que poco a poco se vayan debilitando. Suiza seguirá contribuyendo con los medios que le corresponden a estos esfuerzos, defendiendo el derecho internacional, favoreciendo los intercambios, ofreciendo sus buenos oficios y apoyando a las instituciones multilaterales eficaces, sin dejar de ser un país en el que el mundo pueda seguir reuniéndose y hablándose. No pretendemos conocer todas las respuestas, pero nuestra experiencia alpina nos ha enseñado algo muy sencillo: que si una montaña puede separarnos, también se puede escalar.

Con el paso se generan encuentros; con los encuentros, diálogo; y con el diálogo, confianza. Quizá en eso radique nuestra responsabilidad común: en mantener abiertos esos pasos que nos permiten, pese a las diferencias, seguir avanzando unos con otros.

Muchas gracias por su atención.


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