El 11 de junio de 2025, poco después de las cinco de la mañana, un equipo de intervención antiterrorista irrumpió en la casa del abogado holandés Arno van Kessel, en Leeuwarden. Lo esposaron, le pusieron una bolsa en la cabeza y lo trasladaron al pabellón de terrorismo de la prisión de máxima seguridad de Vught, donde permaneció detenido sin juicio durante 260 días, hasta su liberación provisional el 26 de febrero de 2026.
El dato que más preguntas genera es el momento exacto del arresto: según múltiples fuentes coincidentes, ocurrió apenas horas después de que Van Kessel presentara, junto a su colega Peter Stassen, la Declaración de Réplica en una demanda civil contra el Estado neerlandés, Bill Gates, el CEO de Pfizer Albert Bourla, la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen y otras trece personas, por presuntos daños derivados de la vacuna contra el Covid-19.
Antes de avanzar, conviene separar con precisión tres capas de información que en la cobertura sobre este caso —y en el propio relato de Van Kessel— aparecen mezcladas.
Tres niveles de certeza, no uno solo
La demanda civil existe formalmente desde julio de 2023. El tribunal de Leeuwarden falló a su propio favor en materia de jurisdicción sobre Bill Gates en octubre de 2024, pese a la objeción de sus abogados, y lo condenó a pagar costas. Las audiencias de fondo arrancaron el 9 de julio de 2025. Van Kessel fue detenido el 11 de junio de 2025 y permaneció 260 días recluido sin llegar a juicio sustantivo sobre los cargos que se le imputan. La Fiscalía neerlandesa, según un análisis del periodista español Miguel Jara —independiente del entorno de Van Kessel—, no presentó hasta ahora pruebas claras ni cargos específicos contra él.
◐ Alegación de parte (verosímil, pero no adjudicada)Que las inyecciones de Covid-19 constituyan un «arma biológica» es la tesis legal que Van Kessel y Stassen presentaron ante el tribunal, apoyada en peritos como el exvicepresidente de Pfizer Mike Yeadon. Es una teoría del caso que un tribunal todavía no evaluó en sentencia de fondo —no es un hecho establecido, aunque tampoco es delirante en sí misma: se apoya en objeciones reales sobre el proceso acelerado de aprobación de emergencia y en cláusulas de confidencialidad de los contratos entre gobiernos y farmacéuticas, ambas cosas documentadas públicamente por otras vías. Que el arresto haya sido represalia directa por la demanda es, de la misma manera, la lectura de sus simpatizantes y del propio Van Kessel —plausible dado el timing, pero no comprobada con documentos oficiales de la Fiscalía, que se amparó en el expediente «Barracuda» sobre una presunta red vinculada a la cumbre de la OTAN de junio de 2025.
✕ Retórica sin sustento, o presentada como hecho antes de tiempoVan Kessel afirma en su propio relato que «genocidio» y «arma biológica» ya «quedaron en blanco y negro ante el tribunal» —cuando, en rigor, es lo que su parte busca probar, no algo ya resuelto judicialmente—. Se declara converso reciente al cristianismo evangélico, describe vivir «el fin de los tiempos», y compara la prisión de Vught con un campo de concentración nazi. Son elementos de su propio discurso personal, no del expediente judicial, y conviene no confundirlos con evidencia del caso.
La conversación que complica su relato de inocencia total
Hay un episodio que el propio Van Kessel reconoció sin que se lo preguntaran, y que merece tratamiento aparte porque no encaja del todo con la idea de una detención completamente arbitraria. Semanas antes de su arresto, viajando en auto con otras personas —algunas de ellas donantes de la fundación que financia su demanda— tras una noche de reunión social, según su propio relato «hipotéticamente» se habló de un auto bomba frente a un edificio de gobierno y de un disparo a la ventana de un alcalde, en el contexto de la próxima cumbre de la OTAN en La Haya (24 y 25 de junio de 2025).
Van Kessel lo describe como «cosas estúpidas e inmorales» dichas tras una noche de alcohol, sin planificación real ni pasos concretos posteriores, y afirma haber pedido perdón por ello. Puede ser exactamente eso. Pero es también, de manera objetiva, el tipo de conversación que cualquier servicio de inteligencia, al interceptarla días antes de una cumbre de la OTAN, va a tomar con extrema seriedad —no como prueba de un plan terrorista consumado, sino como elemento que justifica, como mínimo, una investigación. La Fiscalía terminó convirtiendo ese episodio en el eje de un caso más amplio, el expediente «Barracuda», que Van Kessel califica de «historia ridícula».
Lo que sostiene la sospecha de represalia
El arresto ocurrió horas después de la presentación digital de la Declaración de Réplica, el documento procesal central del juicio de fondo.
Según su relato, pasó un período inicial en incomunicación total (23 horas diarias), sin que su esposa supiera dónde estaba detenido.
Fue ubicado junto a condenados por terrorismo yihadista, pese a no tener condena propia ni antecedentes penales previos.
Se lo detuvo bajo una normativa post-11 de septiembre que permite prisión preventiva de sospechosos de terrorismo hasta por dos años sin audiencia sustantiva del caso.
Según fuentes independientes del entorno de Van Kessel, la Fiscalía no logró sustanciar públicamente una amenaza inminente concreta.
Sumado a esto, hay un antecedente histórico real que le da peso a la sospecha de que los Estados sí recurren a estas herramientas para neutralizar a quienes los exponen: el caso de Mordechai Vanunu, el técnico israelí que reveló en 1986 el programa nuclear secreto de Dimona y que fue secuestrado por el Mossad en Roma, juzgado en secreto y sigue con restricciones severas décadas después de cumplir su condena. Ese caso está completamente documentado y confirmado internacionalmente —no es equiparable en pruebas al de Van Kessel, pero demuestra que el mecanismo de neutralizar por la vía penal a quien litiga contra el poder no es una fantasía: tiene precedentes reales.
Lo que exige cautela antes de dar el caso por cerrado
Al mismo tiempo, hay que resistir la tentación de convertir esto en una historia limpia de buenos y malos. El propio Van Kessel reconoce una conversación real sobre violencia política contra funcionarios, en un contexto de seguridad de alto perfil, y elige presentarla como anécdota menor en su relato. Su discurso personal —profecías de fin de los tiempos, comparaciones con el nazismo, certezas («genocidio», «arma biológica») dadas por probadas antes de la sentencia— pertenece al terreno de la convicción personal y religiosa, no al de la evidencia judicial, y mezclar ambos planos es exactamente lo que hace un relato menos creíble, no más.
Lo que sí está documentado, más allá de la simpatía o el rechazo que genere el personaje, son dos hechos que conviven incómodamente: una demanda civil seria, con jurisdicción reconocida sobre Bill Gates y peritos de peso como Mike Yeadon presentando objeciones reales sobre el proceso regulatorio de la vacuna; y una detención de 260 días, bajo un marco legal antiterrorista, sin que la Fiscalía haya logrado hasta ahora explicar públicamente con claridad por qué era necesaria. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, y ninguna de las dos depende de creerle a Van Kessel su lectura apocalíptica del mundo.
Lo que dijo Van Kessel, en sus propias palabras
Nota editorial: lo que sigue es un resumen de la entrevista que Van Kessel dio a De Andere Krant tras su liberación. Reproducirlo no implica que Bastión avale su versión de los hechos —ya marcamos arriba qué está probado y qué no—; el objetivo es que el lector conozca de primera mano el relato de una de las partes en un caso judicial todavía abierto.
Van Kessel describe con detalle sensorial la rutina carcelaria en Vught: el sonido de las botas del carcelero, el chequeo nocturno cada pocas horas mediante una luz que se enciende y apaga para verificar que sigue con vida, y un ritmo de sueño que, dice, quedó completamente alterado. Cuenta que desarrolló estrés postraumático y reumatismo por estrés, y que todavía toma medicación para procesarlo, aunque se define a sí mismo como alguien que se mantiene positivo pese al daño sufrido.
Sobre el momento del arresto, relata que un agente encapuchado lo apuntó con un arma automática mientras dormía, que lo sentaron esposado en ropa interior y que agentes gritaban preguntando por «armas, drogas, dinero, oro» en su casa —nada de lo cual, sostiene, fue hallado—. Dice haber sabido de inmediato, incluso antes del arresto, que litigar ese caso podía costarle caro: él y Stassen habrían hablado en su momento de la posibilidad de que «algo les pasara» por firmar la Declaración de Réplica.
Sobre la conversación en el auto que terminó dando origen al expediente «Barracuda», Van Kessel admite haberla tenido, la describe como comentarios impropios de un abogado dichos tras una reunión social, y asegura haber pedido perdón por ello —aunque insiste en que la Fiscalía la usó «fuera de contexto» para apartarlo del juicio de fondo.
Relata además haber compartido pabellón carcelario con condenados por un atentado planeado contra una marcha del Orgullo Gay, un episodio de tensión que incluyó amenazas de muerte y el retiro de objetos cortantes de la cocina común por seguridad. Y cierra su testimonio con una reflexión de tono religioso: se declara converso reciente al cristianismo evangélico, sostiene que atraviesa «el fin de los tiempos», y afirma su intención de dar más detalles sobre las acusaciones en su contra «cuando llegue el momento adecuado».
Bastión se sostiene con trabajo, no con publicidad. Si esto te aportó algo, invitame un café.
☕ Invitame un caféLa entrevista completa, en neerlandés, está disponible en De Andere Krant.
