Trump y el fin
del orden liberal
No es que Trump destruyó el orden liberal. Es que llegó cuando ese orden ya estaba en descomposición — y decidió acelerarlo. Venezuela, Irán, Groenlandia, los aranceles. Lo que estamos viendo no es caos. Es la lógica del Imperio en su fase terminal.
Durante los trece meses del segundo mandato de Trump hemos asistido a algo que va más allá del escándalo político cotidiano: un aumento sostenido del autoritarismo hacia adentro — concentración de poder ejecutivo, uso del Estado para castigar adversarios, subordinación de las instituciones al presidente — y una reconfiguración radical de las relaciones internacionales hacia afuera. Aranceles unilaterales, intervención militar en Venezuela sin autorización del Congreso, guerra con Irán, presión sobre Groenlandia. Todo pasando por encima de las reglas y convenciones que el propio orden liberal construyó durante ochenta años.
Entender lo que está pasando requiere entender de dónde viene ese orden. Porque Trump no es la causa del colapso — es su síntoma más visible.
Cómo se construyó el orden liberal post-1945
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, los países occidentales ganadores se apresuraron a articular un orden internacional que estableciera las bases de la gobernanza mundial de posguerra. El objetivo era doble: estabilizar el capitalismo occidental y contener la influencia soviética. El resultado fue un sistema de instituciones, reglas y alianzas que definiría la política mundial durante ochenta años.
El sistema monetario que estableció la primacía total del dólar como moneda de reserva y medio de pagos internacionales. La arquitectura financiera global al servicio de Washington.
53.000 millones de dólares para reconstruir Europa. Propósito real: frenar la influencia soviética alineando Europa occidental con los objetivos estratégicos estadounidenses. La ayuda tenía condiciones políticas explícitas.
Las reglas del comercio internacional diseñadas cuando EEUU tenía el sector manufacturero más avanzado del mundo. En la práctica: un gran mercado nuevo para las exportaciones americanas.
En 1949 se crea la OTAN — inicialmente diez países de Europa occidental más Canadá y EEUU — como alianza militar del bloque occidental. Su piedra angular, el Artículo 5, convierte la seguridad europea en un asunto estructuralmente subordinado a la capacidad militar y nuclear de Estados Unidos. A cambio del paraguas nuclear y la disuasión, los aliados europeos aceptan alinear su política exterior con los intereses globales de Washington.
Muchos capitales nacionales aceptaron subordinarse al orden estadounidense a cambio de seguridad y certidumbre del orden democrático-liberal. Era un trato. Y duró ochenta años.
Cuando la hegemonía necesitó cada vez más fuerza para sostenerse
La crisis del petróleo de 1973 trastocó las economías de EEUU y Europa occidental y marcó el fin del sistema monetario de Bretton Woods. La hegemonía americana, que durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial se sostenía sobre una superioridad económica aplastante, comenzó a necesitar cada vez más de instrumentos políticos y militares para mantenerse.
No es casualidad que las primeras intervenciones armadas de la OTAN ocurrieran en los años 90, muy poco después de la disolución de la URSS. Cuando el enemigo ideológico desapareció, la alianza necesitó nuevas justificaciones — y encontró nuevos usos.
Crisis del petróleo. Fin del sistema Bretton Woods. La hegemonía económica americana empieza a fisurarse.
Disolución de la URSS. La OTAN busca nuevas justificaciones. Las primeras intervenciones armadas llegan poco después.
Guerra de Irak, crisis financiera global. La credibilidad del liderazgo americano se erosiona en dos golpes consecutivos.
China emerge como competidor económico de primer nivel. Desindustrialización americana. EEUU ya no es la primera potencia industrial — solo la primera potencia militar.
Trump hace explícito lo que antes se disimulaba: el poder americano se ejerce ahora sin el barniz del multilateralismo. Venezuela, Irán, aranceles, Groenlandia.
El «Día de la Liberación» y la guerra comercial mundial
El 2 de abril de 2025, apodado «Día de la Liberación», Trump anunció un arancel mundial base del 10% sobre todos los productos importados más aranceles adicionales de hasta el 40-50% para países en desarrollo de Asia y África. El anuncio desencadenó un colapso bursátil inmediato y fue criticado globalmente por arbitrario y por vulnerar el consenso del libre comercio internacional.
La justificación oficial: reparar el daño que el comercio internacional le estaría haciendo a la economía americana. El argumento técnico: el dólar fuerte — consecuencia de ser la moneda de reserva global — encarece las exportaciones americanas generando un déficit comercial estructural de unos 900.000 millones de dólares anuales.
La principal causa del déficit comercial americano no es el tipo de cambio — es la desindustrialización y la externalización de la producción industrial a países con costos más bajos, como China o México. Los aranceles no pueden resolver ese problema estructural. Lo que sí hacen es darle a Trump una palanca de negociación: demostrar que puede cambiar las reglas del comercio internacional a su antojo y supeditar la bajada de aranceles a condicionalidad política.
El Imperio sin disimulo
Las intervenciones militares de Trump no se limitaron al ámbito comercial. A comienzos de 2026, el ejército estadounidense entró militarmente en Venezuela — bombardeando puntos estratégicos y capturando a Nicolás Maduro bajo la acusación de líder del narcotráfico — sin la aprobación ni el consentimiento del Congreso. El doble objetivo era claro: hacerse con el control de las reservas de petróleo venezolanas y enviar un mensaje al resto del mundo sobre la capacidad de EEUU de actuar unilateralmente.
El éxito en Venezuela animó a Trump a intentar el mismo modelo en Irán. La operación «Epic Fury», llevada a cabo en alianza con Israel, buscó neutralizar la cúpula dirigente iraní. Solo el 28 de febrero, primer día de los ataques, más de 1.330 civiles iraníes fueron asesinados. Pero la estrategia que funcionó en Venezuela fracasó en Irán.
La mayoría de las personas que teníamos en mente están muertas.
— Donald Trump, sobre la falta de sucesor preparado para Iran
Las consecuencias económicas de la guerra con Irán fueron inmediatas: el precio mundial del petróleo se disparó por la drástica reducción del comercio marítimo en el estrecho de Ormuz y el bombardeo de instalaciones petroleras en la península arábiga. Gasolina, gas natural, electricidad, transporte, alimentos — todo en alza. El arquitecto del Imperio declaró que el caos era el objetivo, no el efecto secundario.
Minerales críticos disfrazados de seguridad nacional
El conflicto con Groenlandia ilustra con precisión el mecanismo que define la política exterior trumpista: tomar un interés económico privado — los minerales críticos y recursos naturales del subsuelo ártico — y presentarlo como una cuestión de seguridad nacional. No se trata de que China o Rusia puedan aprovechar la nueva ruta transpolar. Se trata de que EEUU quiere aprovecharla primero.
El caso Groenlandia además plantea una pregunta incómoda para la OTAN que nadie quiere responder: si Estados Unidos atacara Groenlandia — territorio danés y por tanto de la OTAN — ¿se activaría el Artículo 5 contra el propio atacante? La respuesta implícita de los líderes europeos ha sido el silencio.
Resulta significativo que ningún líder político occidental haya sido capaz de mostrarse firmemente en contra del autoritarismo más burdo y el imperialismo más explícito del presidente estadounidense.
Europa, que tras la pandemia debatió seriamente sobre autonomía estratégica, cerró ese debate con el inicio de la guerra en Ucrania — y no lo volvió a abrir. Mark Rutte, secretario general de la OTAN, se convirtió en defensor de la política trumpista. La alianza entre oligarquía tecnológica, energética y el mandato presidencial de Trump se hizo evidente con los nombramientos en la administración. Los actores económicos cercanos al presidente consolidaron y ampliaron su influencia.
Para cerrar
Trump no destruyó el orden liberal. Llegó cuando ese orden ya llevaba décadas debilitándose — por la desindustrialización, por las guerras de Irak y Afganistán, por la crisis financiera de 2008, por el ascenso de China. Lo que hizo fue hacer explícito lo que antes se disimulaba con el lenguaje del multilateralismo y los valores democráticos.
El politólogo Robert Kagan — uno de los arquitectos intelectuales del intervencionismo liberal americano — acaba de publicar que EEUU sufrió una «derrota total» en Irán que «no puede repararse ni ignorarse». Cuando el halcón dobla las alas, algo más que una guerra se terminó.
Lo que viene después no está claro. Lo que sí está claro es que el orden que se construyó entre 1945 y 1991 — con sus instituciones, sus reglas, sus hipocresías y sus logros — está en descomposición avanzada. Y nadie en Occidente parece tener un plan para lo que sigue.
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Este artículo tiene propósito periodístico e informativo. Los datos sobre bajas militares y precios corresponden a fuentes periodísticas del período enero-mayo 2026.
