El gran despertar: China y el fin de las certezas occidentales
Durante décadas, Occidente se contó una historia sobre el progreso, el desarrollo y el poder. China la está desmantelando pieza por pieza. Este análisis de Grand Continent — una de las publicaciones geopolíticas más serias de Europa — es uno de los textos más honestos e incómodos que hemos leído sobre lo que está ocurriendo. Lo publicamos en Bastión porque América Latina necesita leerlo.
Hemos entrado en una fase de aceleración
La historia cambia de ritmo. Los puntos de referencia familiares de la era moderna se desvanecen, y las historias que nos contamos sobre el progreso y el poder ya no corresponden con el mundo real. Día tras día, lo que vivimos se parece cada vez menos a un reajuste pasajero de las relaciones de poder o a un realineamiento geopolítico temporal. Lo que percibimos es más profundo y duradero. Se trata de una transformación cuyos contornos apenas empezamos a vislumbrar. La historia ya no está en un segundo plano de nuestras vidas: todo sucede como si se precipitara hacia nosotros. Algo urgente e imposible de ignorar se abalanza en nuestra dirección.
En relación con el intenso proyecto de investigación que ha iniciado recientemente sobre China, el historiador económico británico Adam Tooze afirmó lo siguiente: «China no es solo un problema que hay que analizar, es la piedra angular para comprender toda la modernidad». La calificaba como «el mayor laboratorio de modernizaciones organizadas que haya existido o que existirá a esta escala». En ese país-continente, las historias industriales de Europa y América se leen ahora como simples prefacios de algo mucho más vasto.
La observación de Adam Tooze apunta directamente al núcleo de lo que hace que este periodo sea tan difícil de comprender. De hecho, hemos asistido no solo al surgimiento de una nueva gran potencia, sino también a un cuestionamiento fundamental de las ideas preconcebidas profundamente arraigadas en el pensamiento occidental sobre el desarrollo, los sistemas políticos y los logros de la civilización. El problema es que aún no hemos encontrado el valor intelectual para afrontar este nuevo paradigma.
Este gran despertar afecta a toda la humanidad, pero golpea de manera especial al mundo desarrollado y, más aún, a los Estados Unidos de América, donde la doxa del excepcionalismo occidental se ve cada vez más cuestionada y puesta en evidencia.
En su día, solía describirse a China como una nación «en pleno auge» o «que estaba recuperando el terreno perdido». Hoy en día, la República Popular marca el rumbo del desarrollo y dicta el ritmo en los planos económico, tecnológico e institucional. Para los estadounidenses en particular, el impacto psicológico más profundo radica en la toma de conciencia de que la modernidad ya no es algo que ellos mismos crean y que los demás se limitan a heredar. Esa historia ya quedó obsoleta.
La negación, la distracción y las reacciones exageradas teñidas de angustia que se observan tan a menudo en el discurso occidental sobre China son síntomas de este desajuste. Sin embargo, la reticencia a reconocer este cambio trasciende el ámbito de los gobiernos, los discursos mediáticos o el consenso de los expertos.
Este texto no repetirá la lista habitual de críticas que se suelen dirigir al modelo chino — restricciones al pluralismo político, amplios poderes en materia de seguridad, presión sobre la expresión religiosa y étnica — no porque estas preocupaciones sean insignificantes, sino porque nuestra tarea es ahora diferente. El objetivo es afrontar con lucidez lo que los logros chinos nos obligan a reconsiderar sobre la modernidad, la capacidad del Estado y nuestra propia complacencia.
Aún no nos hemos dado cuenta de la magnitud del cambio
Las cifras, aunque asombrosas, no bastan por sí solas. Según el Banco Mundial, desde principios de la década de 1980, China ha sacado de la pobreza extrema a cerca de 800 millones de personas — aproximadamente tres cuartas partes de la reducción mundial de la pobreza durante ese periodo. La esperanza de vida en China, que en 1960 era de solo 33 años, alcanzó los 78 años en 2023. La renta per cápita ha pasado de unos pocos cientos de dólares a más de 13.000 dólares en la actualidad.
China representa ahora más de la mitad de la capacidad instalada mundial de energía solar y eólica. Aproximadamente tres cuartas partes de todos los proyectos de energías renovables actualmente en curso en el mundo se encuentran en territorio chino o están dirigidos por empresarios chinos.
El paradigma confuciano y el bloqueo intelectual occidental
El historiador del pensamiento Joseph Levenson sostenía que la búsqueda de China consistía en encontrar un camino capaz de aportar riqueza y poder de una manera que fuera a la vez auténticamente china y objetivamente eficaz. Durante más de un siglo, los intelectuales chinos se enfrentaron a este desafío: ¿cómo alcanzar la modernidad sin perder la identidad cultural?
Quizá este capítulo de la historia esté llegando a su fin. El sistema que alimenta su éxito es una mezcla extraordinariamente compleja de confucianismo, leninismo, autoritarismo tecnocrático, capitalismo de Estado y mecanismos de mercado. Si el marco teórico de Levenson es el adecuado, entonces estamos asistiendo no solo al ascenso de China, sino también a su paso a la siguiente etapa — el fin de la búsqueda central que ha definido su historia moderna.
El marco de Levenson también ofrece una perspectiva para comprender la situación actual de Estados Unidos. Una civilización es estable cuando lo que es propio y lo que es verdadero permanecen en armonía — cuando los supuestos heredados de una sociedad sobre el funcionamiento del mundo concuerdan con la realidad tangible. Tras las guerras del opio, China vivió una crisis de este tipo. La pregunta ahora es si el auge de China llevará a Estados Unidos a un replanteamiento similar.
China no es responsable de la crisis estadounidense
Deberíamos resistir la tentación de atribuir el malestar actual de Estados Unidos principalmente a una provocación china. Las causas de la falta de confianza en el modelo occidental son numerosas y se habían ido gestando mucho antes: el atolladero de las guerras en Afganistán e Irak, la crisis financiera de 2008, la polarización de Washington, el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021.
Pero el «efecto espejo» chino ha amplificado esta tendencia de forma inquietante. Ver cómo un rival construye, forma e innova a esa escala ha puesto de manifiesto el mal funcionamiento del sistema estadounidense. Cada fallo en las infraestructuras, cada disputa presupuestaria, cada cierre del gobierno parece más llamativo ante la rápida transformación de China.
Lo que podría haber sido un nuevo periodo de introspección estadounidense se ha convertido en una crisis más grave: la constatación de que otro sistema, por imperfecto que sea, ha logrado resultados a una escala que Estados Unidos no ha podido alcanzar.
El rechazo al auge chino tiene algo del escepticismo climático
Ningún problema mundial refleja tan crudamente el momento que estamos viviendo como el cambio climático. Las pruebas se acumulan más rápido de lo que somos capaces de asimilarlas, los discursos están pensados para tranquilizar más que para aclarar, y existe un rechazo colectivo a cuestionar hipótesis que ya no se ajustan al mundo en que vivimos.
Los paralelismos con el auge de China son sorprendentes. En lo que respecta al clima, miramos hacia otro lado, buscando excusas para retrasar. En China, las infraestructuras se desarrollan a escala continental, los avances tecnológicos se acumulan. Sin embargo, seguimos encontrando la manera de minimizar todo esto.
La paradoja china resulta reveladora: China es a la vez el mayor emisor de carbono del mundo y el mayor constructor de instalaciones de energía renovable. Cada año instala más energía solar y eólica que el resto del planeta. La lección es que en el siglo XXI, la legitimidad no se derivará de la pureza ideológica, sino de la capacidad de cumplir los compromisos.
Envidia de China
Empiezan a aparecer señales de toma de conciencia en todos los niveles del espectro político estadounidense. Los aceleracionistas de Silicon Valley y los empresarios tecnológicos expresan abiertamente lo que podría denominarse una «envidia de China»: el reconocimiento de que la coordinación entre los sectores público y privado en China ha producido avances que la fragmentación en Estados Unidos no ha sabido generar.
Las encuestas recientes muestran un cambio de actitud hacia China entre los jóvenes estadounidenses. Nacidos mucho después de Tiananmen y constantemente expuestos en las redes sociales a videos virales que resaltan la estética monumental de las infraestructuras chinas, ven un país que se parece cada vez más al futuro con el que sueñan.
La hora del gran despertar
Esta transformación no debería provocarnos desesperanza, sino una especie de humildad ante la total imprevisibilidad de lo que nos espera. China ha sacudido las certezas heredadas de Occidente en materia de desarrollo y gobernanza.
Para América Latina, la lección es directa: durante décadas se le dijo que solo había un camino hacia la prosperidad — el del Consenso de Washington, basado en la privatización, la desregulación y la gobernanza democrática. China demuestra que otro modelo puede funcionar. Se admire o no ese modelo, su éxito es innegable.
Nuestro gran despertar debe ser, ante todo, intelectual: ver el mundo tal y como es, en lugar de como nos gustaría que fuera; reconocer los logros dondequiera que se produzcan; y aprender de los éxitos, incluso cuando provienen de fuentes que nos incomodan. Despertar es resistirse a la negación, aceptar lo que ven nuestros ojos y elegir la franqueza en lugar de la ilusión.
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