En enero de 2025, Donald Trump prometió terminar la guerra en Ucrania en 24 horas. En diciembre, repetía las narrativas del Kremlin casi textualmente. Este es el mapa de una retórica que no detuvo ninguna guerra, pero sí devolvió a Rusia al centro del tablero mundial.
Donald Trump escribió en su libro El arte del acuerdo que las negociaciones exitosas requieren objetivos ambiciosos y presión sostenida. En 2025 aplicó exactamente esa lógica a la guerra en Ucrania. El resultado fue paradójico: un año de presión intensa que recayó casi exclusivamente sobre la víctima, mientras el agresor salía del aislamiento geopolítico sin haber cedido nada sustancial.
Para entender cómo ocurrió, hay que identificar los tres mecanismos que estructuraron la retórica de Trump durante todo el año. No fueron improvisaciones — fueron patrones consistentes que se repitieron mes a mes, con variaciones de intensidad pero no de lógica.
Los tres mecanismos
Mecanismo 1 — La personalización de la diplomacia
Trump se presentó como el único actor capaz de resolver el conflicto. La paz dependía de él, de su relación con Putin, de su capacidad única de mediación. Las instituciones — la ONU, la OTAN, la Unión Europea — quedaron marginadas. Esto tenía una consecuencia práctica: si la paz dependía de una persona, cualquier fracaso podía atribuirse a la obstaculización de otros, nunca a la estrategia.
Mecanismo 2 — La coerción asimétrica
Trump ejerció presión sobre ambas partes, pero de manera radicalmente asimétrica. A Ucrania le impuso plazos, suspendió ayuda militar, cuestionó la legitimidad de su liderazgo y la acusó de prolongar la guerra. A Rusia la presionó con amenazas de sanciones que sistemáticamente no se concretaron, y cuyas acciones —incluso los ataques a civiles— recibían explicaciones comprensivas.
Mecanismo 3 — La guerra como negocio
Trump condujo las negociaciones de paz como si fueran una transacción comercial. Habló de «cerrar el trato», de concesiones y contraprestaciones, de quién estaba «dispuesto a negociar» y quién no. Esta lógica tiene un problema fundamental cuando se aplica a una guerra: trata la agresión como una posición de mercado legítima, y la resistencia de la víctima como una terquedad irracional que impide el acuerdo.
Estos tres mecanismos no operaron por separado. Se combinaron para producir un efecto consistente: la narrativa de que la guerra continuaba porque Ucrania no quería la paz, mientras Rusia aparecía como un socio difícil pero dispuesto a negociar.
El año mes a mes
La paz como problema gerencial
Trump llegó al poder convencido de que la guerra era un problema de gestión, no de geopolítica. Bastaba con las habilidades de negociación adecuadas para «cerrarlo» rápidamente. Su enviado Keith Kellogg habló de un horizonte de 100 días. Trump insistía en que la guerra «nunca habría comenzado» si él hubiera sido presidente en 2022.
El tono era relativamente cauteloso. No había una deslegitimación abierta de Zelenski, y Putin aparecía como un actor «abierto a acuerdos». Pero ya estaban sentadas las bases de lo que vendría: la resistencia ucraniana no como respuesta forzada a una agresión, sino como la elección errónea de un líder concreto.
El pivote: Ucrania deja de ser un socio
Febrero marcó el primer giro decisivo. Trump comenzó a negarle a Ucrania su estatus de parte legítima en las negociaciones. Zelenski «no es muy importante» para el proceso. Estados Unidos y Rusia se reunieron en Arabia Saudí sin Kiev — no como excepción, sino como expresión de una lógica: los grandes actores resuelven, los pequeños aceptan.
También en febrero se normalizó por primera vez la pérdida territorial. Hegseth, Kellogg y el propio Trump comenzaron a decir que recuperar las fronteras de 1991 «no era realista». Las palabras importan: lo que antes era una línea roja pasó a ser una condición de partida.
«Zelenskyy no debería haber hecho eso — se podría haber hecho un acuerdo.» — Donald Trump, febrero 2025
La presión se vuelve coerción práctica
Trump suspendió la ayuda militar directa a Ucrania, citando la supuesta negativa de Kiev a terminar la guerra. No era retórica — era una medida concreta. Y llegó en el mismo mes en que minimizaba la amenaza rusa colocándola detrás de la migración y la delincuencia como prioridades de política exterior.
A Ucrania se le advirtió que podría «no sobrevivir». A Rusia se le ofreció ser tratada como «tierra valiosa». Cuando Putin rechazó la propuesta de alto el fuego, Trump anunció que de todas formas había «disfrutado» la conversación.
La inversión de responsabilidad
Abril produjo la formulación más reveladora del año: Ucrania «permitió» que comenzara la guerra. No como metáfora descuidada, sino como tesis repetida en múltiples formulaciones. La agresión rusa aparecía como una reacción, no como la causa raíz del conflicto.
Cuando Rusia atacó Sumy y mató a 35 civiles, Trump calificó el ataque de «horrible» — y luego explicó que había sido «un error», liberando a Putin de responsabilidad política en el mismo aliento. Crimea quedó definitivamente fuera del debate: «fue perdida hace muchos años», dijo, y plantear el tema era «perjudicial para la paz».
La cumbre que no fue
Mayo trajo el primer pesimismo público de Trump: un acuerdo podría ser «imposible» por el «gran odio» entre las partes. Pero la explicación inmediata fue económica — la caída del precio del petróleo haría a Putin «más dispuesto». No los crímenes de guerra. No la agresión. El precio del barril.
Cuando el Kremlin rechazó un alto el fuego de 30 días, no hubo respuesta inmediata. Ucrania, en cambio, recibió instrucciones públicas de aceptar «inmediatamente» negociaciones directas en el formato propuesto por Putin. La asimetría era ya insostenible.
A finales de mes, tras un bombardeo masivo, Trump dijo que Putin se había «vuelto absolutamente loco». Y luego le concedió «otra semana y media o dos».
La legitimación del castigo
Junio produjo quizás el momento más grave del año. Tras ataques con drones ucranianos contra aeródromos rusos — operaciones militares contra objetivos militares — Trump afirmó que Ucrania había dado «una razón para entrar y bombardearles hasta el fondo». Aceptó la lógica rusa del castigo colectivo sin cuestionarla.
En el mismo mes, Trump admitió que no había leído el proyecto de ley de sanciones contra Rusia aprobado casi unánimemente en el Senado. Las sanciones, explicó, solo serían posibles «si es necesario» y si él decidía personalmente que Rusia no quería la paz. La política exterior como prerrogativa personal, no como mecanismo institucional.
El giro — y sus límites
Por primera vez, Trump reconoció públicamente que Putin probablemente «no quiere la paz» y «quiere seguir matando gente». Anunció más armas para Ucrania, principalmente defensivas. Fue el momento de mayor dureza retórica del año.
Pero los límites del giro fueron inmediatos: no se autorizaron armas de largo alcance. Los ataques ucranianos sobre territorio ruso seguían siendo inaceptables. La escalada era asimétrica — Rusia podía atacar sin restricciones, Ucrania solo podía «defenderse» en los términos que Washington definía.
Y al final del mes, Trump dijo que estaba «decepcionado pero no había terminado» con Putin. La fe en el acuerdo personal sobrevivía a toda la evidencia acumulada.
La cumbre de Alaska: paz sin Ucrania
La cumbre de Alaska fue el punto culminante del modelo trumpiano: Trump y Putin, sin Ucrania en la mesa. Zelenski podría ser invitado «si la reunión iba bien». El país cuyo territorio estaba siendo bombardeado dependía de la calidad del almuerzo entre los dos líderes para saber si tendría voz.
La reunión se declaró «productiva». No hubo resultados concretos. Las sanciones se pospusieron. Trump habló de «grandes avances» y empezó a negociar los términos finales de la paz en medio de hostilidades activas, descartando el alto el fuego como etapa innecesaria.
El reconocimiento tardío
Septiembre trajo el cambio conceptual más visible del año: Trump llamó a Rusia «agresora». Por primera vez. Después de nueve meses. La formulación rompía el marco simétrico de «ambos bandos tienen la culpa» que había sostenido toda su retórica anterior.
También expresó un optimismo cauteloso sobre las posibilidades ucranianas de recuperar territorio — algo que meses antes le parecía «completamente irreal». Comparó a Rusia con un «tigre de papel». Las ilusiones sobre Putin no habían desaparecido, pero se habían difuminado.
El árbitro que eligió bando
Los últimos tres meses del año mostraron la consolidación definitiva del modelo. En octubre, Ucrania aparecía como un país que «estaría mejor» aceptando congelar la guerra en la línea del frente actual. En noviembre, las sanciones pasaron a ser herramienta de negociación —no de castigo— y los plazos para que Ucrania aceptara el «plan de paz» estadounidense se multiplicaron.
Diciembre fue el mes más revelador. Trump habló de la «posición negociadora más fuerte de Rusia», de la necesidad de elecciones en Ucrania, de la imposibilidad de su adhesión a la OTAN. Afirmó que Moscú ya había aceptado el plan estadounidense y que era Kiev quien «no quería» o «no leía» los términos. Reprodujo, casi textualmente, las narrativas del Kremlin.
El año terminó con Trump convertido no en mediador sino en árbitro — uno que había decidido quién estaba obstruyendo la paz.
El resultado
La guerra no terminó. Ucrania siguió siendo bombardeada. Y Putin salió del aislamiento geopolítico en el que lo había colocado la invasión de 2022, con acceso directo al presidente de Estados Unidos, sin haber pagado un costo real por ninguna de sus acciones.
El modelo de «paz a través de un acuerdo personal» no fracasó por falta de habilidad negociadora. Fracasó porque estaba construido sobre una premisa falsa: que una guerra de agresión puede resolverse como una transacción comercial, donde ambas partes tienen algo que ofrecer y algo que ceder. Cuando una parte es el agresor y la otra la víctima, esa lógica produce un solo resultado — legitima al agresor.
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☕ Invitame un caféFuentes: Análisis de declaraciones públicas de Donald Trump, enero–diciembre 2025. Seguimiento de medios internacionales: Reuters, AP, The Guardian, Politico, Meduza. Declaraciones de Keith Kellogg, Pete Hegseth y J.D. Vance.
Este artículo tiene propósito informativo y analítico.
