Fábrica contaminante, humo, tierra seca, agua sucia y bidones oxidados.

La otra guerra: el desastre ambiental de Irán

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La otra guerra: el desastre ambiental de Irán

Mientras el mundo debate la geopolítica de la guerra contra Irán, hay otra guerra que nadie discute en las cumbres climáticas: pozos petroleros ardiendo, instalaciones nucleares bombardeadas, el Golfo Pérsico envenenado y una nube de contaminantes que depleciona la capa de ozono. El daño durará décadas. Nadie lo paga.

Bastión · Geopolítica · Junio 2026

El 8 de marzo de 2026, una columna de humo negro y denso se elevó sobre Teherán después de que Israel bombardeara los depósitos de combustible de la ciudad. Las imágenes recorrieron el mundo durante horas. Luego la atención volvió a los mapas militares, las negociaciones diplomáticas y las declaraciones de Trump.

El humo siguió subiendo.

Nadie contabiliza en las negociaciones de paz el costo ambiental de esta guerra. Nadie lo incluye en las sanciones ni en los acuerdos de cese al fuego. Y sin embargo, según los expertos, el daño ecológico de la guerra contra Irán persistirá durante décadas — y afecta no solo a Irán sino a toda la región y, en menor medida, al planeta entero.

Los números que nadie menciona en las cumbres climáticas

El Climate and Community Institute calculó las emisiones de gases de efecto invernadero de solo los primeros 14 días de la guerra. El resultado fue más de 5 millones de toneladas de CO₂ equivalente — más que las emisiones anuales totales de Islandia. Y eso fue solo la primera quincena.

5M
Toneladas de CO₂ equivalente en los primeros 14 días — más que Islandia en un año
2,4M
Toneladas de CO₂ por destrucción de edificios — 20.000 civiles dañados
270M
Litros de combustible militar consumidos en las primeras dos semanas
232
De 300 ubicaciones con daño ambiental potencial confirmado

El desglose de las emisiones revela la escala del problema. La destrucción de edificios e infraestructura civil — unas 20.000 construcciones dañadas según la Cruz Roja iraní — genera la mayor parte: 2,4 millones de toneladas. Los incendios en instalaciones petroleras y barcos cisterna suman 1,88 millones. El consumo de combustible de la maquinaria militar — aviones, drones, barcos, vehículos — agrega otros 529.000.

«Cada ataque con misiles es otro pago anticipado por un planeta más caliente e inestable. Cada incendio de refinería es un recordatorio de que la geopolítica dependiente de los combustibles fósiles es incompatible con un planeta habitable.» — Patrick Bigger, director de investigación del Climate and Community Institute

El petróleo que arde: el Golfo Pérsico envenenado

Israel bombardeó aproximadamente 30 instalaciones petroleras iraníes durante la guerra — incluyendo el campo de gas de South Pars, uno de los mayores del mundo. Los incendios resultantes quemaron entre 2,5 y 5,9 millones de barriles de petróleo, generando nubes de humo negro que cubrieron Teherán y otras ciudades.

La contaminación no se quedó en el aire. Los residuos tóxicos de las instalaciones bombardeadas — metales pesados, compuestos energéticos, PFAS, dioxinas y furanos generados por los incendios — se acumulan en el suelo, entran en los cursos de agua y llegan al mar.

El destino final es el Golfo Pérsico — y eso es un problema particular. El Golfo es una cuenca cerrada y poco profunda, con arrecifes de coral y praderas de algas marinas que son algunos de los ecosistemas más sensibles del planeta. Los metales pesados y tóxicos no se dispersan en el océano abierto — se sedimentan en el fondo del golfo, donde permanecerán durante décadas.

Los contaminantes del Golfo Pérsico

Metales pesados — liberados por instalaciones industriales, refinerías y depósitos de armas bombardeados. Se acumulan en la cadena alimentaria de los peces y mariscos.

Hidrocarburos — petróleo y derivados de los buques hundidos y las refinerías incendiadas. Afectan directamente a los arrecifes de coral.

PFAS — compuestos perfluorados de los sistemas militares de supresión de incendios. Extremadamente persistentes — se degradan en miles de años.

Dioxinas y furanos — generados por la combustión incompleta de materiales industriales. Cancerígenos de categoría 1.

Escombros de munición — fragmentos metálicos que se hunden y liberan plomo, mercurio y otros metales en el sedimento.

Los expertos advierten que la recuperación de las pesquerías del Golfo podría llevar décadas — si se produce. Los arrecifes de coral, que ya estaban bajo presión por el cambio climático y el calentamiento de las aguas, podrían no sobrevivir la combinación de ambas amenazas.

La capa de ozono: el daño que nadie ve

Uno de los efectos menos discutidos de la guerra — pero potencialmente más duraderos — es el impacto sobre la capa de ozono estratosférica.

Los misiles y drones modernos liberan al explotar o al ser interceptados una serie de contaminantes específicos: partículas de aluminio, carbono negro, nitrógeno reactivo y cloro. Por separado, cada uno tiene efectos limitados. Pero actuando juntos en la estratosfera, estos compuestos contribuyen a la destrucción del ozono — la capa que protege a la Tierra de la radiación ultravioleta.

Irán disparó más de 400 misiles balísticos durante la guerra. Israel y EEUU dispararon decenas de miles de municiones. Cada intercepción en la atmósfera superior libera estos compuestos. La escala del conflicto — 18.000 bombas israelíes y 3.000 americanas solo hasta el 6 de marzo — convierte esto en un experimento atmosférico sin precedentes en las últimas décadas.

El CEOBS — el Conflict and Environment Observatory — señala además que la combustión no controlada de instalaciones petroleras genera proporciones inusuales de metano, ozono troposférico y carbono negro respecto a la combustión normal. Estos «forzadores climáticos de vida corta» tienen impacto inmediato sobre el calentamiento global, aunque se disipan más rápido que el CO₂.

Las instalaciones nucleares: el riesgo que nadie quiso confirmar

El aspecto más temido del conflicto ambiental fue el bombardeo de las instalaciones nucleares iraníes — Natanz, Fordow, Esfahan y Arak. Las cuatro fueron alcanzadas en distintos momentos del conflicto.

El director general del OIEA, Rafael Grossi, confirmó daño extenso en todas ellas — incluyendo liberación localizada de material radiactivo y químico dentro de las instalaciones. La buena noticia, según los datos disponibles, es que no se detectó un aumento de los niveles de radiación fuera de los sitios atacados.

Pero hay matices importantes. El OIEA no tuvo acceso a inspeccionar los sitios durante la mayor parte del conflicto. Irán suspendió la cooperación con el organismo después de los primeros bombardeos. Las autoridades iraníes confirmaron contaminación radiactiva interna en Natanz — aunque insistieron en que no había escape al exterior.

«La principal preocupación es la toxicidad química — no la radiactiva. Pero el riesgo siempre está ahí.» — Kaveh Madani, director del Instituto de la Universidad de las Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud

El uranio enriquecido, al ser bombardeado, no genera una explosión nuclear — el enriquecimiento no implica fisión, que es lo que produce el peligro real. Pero sí puede transformarse en gases altamente tóxicos: hexafluoruro de uranio, fluoruro de uranilo y fluoruro de hidrógeno, todos corrosivos y peligrosos al ser inhalados. El OIEA advirtió explícitamente que EEUU e Israel deben evitar a toda costa la planta nuclear de Bushehr — el único reactor nuclear civil del Medio Oriente. Un ataque sobre Bushehr sería cualitativamente diferente a todo lo anterior.

Las plantas de desalinización: la guerra contra el agua

Uno de los daños colaterales menos visibles pero más graves fue el impacto sobre las plantas de desalinización de la región. El Golfo Pérsico es una zona de escasez hídrica estructural — varios países del área dependen de la desalinización del agua de mar para su consumo humano y su agricultura.

Los ataques — tanto israelíes y americanos como iraníes — alcanzaron o dañaron infraestructura de desalinización en distintos puntos del Golfo. La contaminación del agua de mar por los hidrocarburos y metales pesados generados por la guerra complica adicionalmente el proceso de desalinización, aumentando sus costos y reduciendo su eficiencia.

Los expertos señalan que la seguridad alimentaria de la región está en riesgo no solo por la destrucción de la infraestructura de agua, sino también por la disrupción de las cadenas de suministro de fertilizantes — Irán es un exportador importante de materias primas para la industria de fertilizantes.

La guerra invisible en las negociaciones de paz

Lo más revelador del desastre ambiental de la guerra contra Irán no es su escala — es su invisibilidad en el debate público y político.

La COP31 está programada para noviembre de 2026 en Antalya, Turquía — uno de los países más cercanos a la zona de conflicto. Los investigadores del CEOBS señalan que las emisiones militares y la destrucción de conflictos permanecen casi completamente ausentes de la agenda formal de las negociaciones climáticas. La guerra en Irán generó en dos semanas más emisiones que Islandia en un año — y no figura en ningún balance de carbono oficial.

Greenpeace Internacional advierte que la combinación de bombardeo, colapso de infraestructura y contaminación hace a un lugar «más difícil de habitar, menos saludable y menos resistente al cambio climático.» El daño no es solo ambiental — es la erosión de la capacidad de recuperación de poblaciones que ya vivían al límite.

La guerra contra Irán generó en dos semanas más emisiones de CO₂ que Islandia en un año. No figura en ningún balance de carbono oficial. Nadie la paga.

Mientras los diplomáticos negocian altos al fuego y los analistas debaten la doctrina militar, el humo sigue subiendo sobre el Golfo Pérsico. Los arrecifes de coral siguen acumulando metales pesados en sus tejidos. La capa de ozono sigue absorbiendo los productos de miles de explosiones. Y el OIEA sigue sin poder acceder a los sitios nucleares iraníes para verificar qué ocurrió exactamente dentro de ellos.

Esta es la otra guerra. La que no tiene negociadores. La que no termina con un alto al fuego.



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Fuentes: Climate and Community Institute, análisis de emisiones de la guerra Irán (marzo 2026). CEOBS — Conflict and Environment Observatory, informes de marzo y abril 2026. OIEA — Organismo Internacional de Energía Atómica, actualizaciones 4, 5 y 6 sobre Irán. Center for American Progress, abril 2026. Military.com, marzo 2026. Euronews Health, marzo 2026. Greenpeace Internacional, marzo 2026. SGR — Scientists for Global Responsibility, mayo 2026. Time Magazine, junio 2026. SETAV, análisis COP31 e Irán, abril 2026.

Este artículo tiene propósito informativo y analítico. Actualizado al 12 de junio de 2026.

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