T-MEC: el negocio americano
que Trump llama traición
Solo 515 corporaciones explican el 75% de las exportaciones mexicanas. El déficit de EEUU con Canadá desaparece si se excluye el petróleo. Trump denuncia un modelo que su propio país diseñó, que enriquece a su capital corporativo y que ahora usa como palanca de presión permanente.
El 1 de julio de 2026, en el sexto aniversario exacto de su entrada en vigor, Estados Unidos rechazó renovar el T-MEC en su «formato actual.» La Oficina del Representante Comercial emitió un comunicado escueto: el acuerdo no se renueva. El secretario de Economía mexicano Marcelo Ebrard salió a calmar mercados: el tratado sigue vigente hasta 2036, nadie se va, habrá revisiones anuales. El primer ministro canadiense Mark Carney había anticipado el resultado con una frase que resumía la situación mejor que cualquier análisis diplomático: «No estoy buscando mi bolígrafo.» Nadie firmó nada. Pero tampoco nadie se fue. Lo que quedó es exactamente lo que Washington quería: incertidumbre permanente como herramienta de presión.
El modelo que Estados Unidos construyó
Para entender lo que está en juego hay que volver al principio. El TLCAN no fue un accidente ni una concesión generosa de Estados Unidos a sus vecinos. Fue una estrategia deliberada del capital corporativo americano, ejecutada políticamente por la administración Clinton en 1994, para acceder a mano de obra mexicana barata sin perder el mercado de consumo americano. La lógica era simple: producir donde es más barato, vender donde el poder adquisitivo es mayor.
El T-MEC, firmado en el primer mandato de Trump en 2018 y vigente desde 2020, no cambió esa arquitectura de fondo. La modernizó. Subió los requisitos de contenido regional en el sector automotriz, incorporó cláusulas laborales con ciertos dientes, abrió mínimamente el mercado lácteo canadiense. Pero el esqueleto del modelo quedó intacto: México como plataforma de manufactura barata integrada a la cadena de valor americana.
Los números lo confirman sin margen de duda. Solo 515 grandes corporativos explican el 75% de las exportaciones mexicanas. No son empresas mexicanas. Son trasnacionales, principalmente estadounidenses, que encontraron en México costos de producción y salarios que no pueden ofrecer en ningún otro lugar del mundo. Aproximadamente la mitad de la inversión extranjera directa que llega anualmente a México tiene como destino el sector manufacturero: automotriz, autopartes, eléctrico, electrónico, dispositivos médicos. Exportaciones de empresas trasnacionales que se contabilizan como exportaciones mexicanas.
Los beneficiados no son las firmas mexicanas, mucho menos micro o pequeñas. Son las grandes trasnacionales, principalmente de EEUU, que en México se han encontrado con costos de producción que no pueden tener en otros lugares del mundo.
— Óscar León, catedrático de la UNAM, julio 2025Incluso el sector agroalimentario, considerado uno de los grandes ganadores del acuerdo, está dominado por grandes corporaciones estadounidenses que concentran el grueso de las exportaciones de aguacate, cerveza, tequila, berries, jitomate y pimientos. Un negocio de 50.000 millones de dólares anuales que figura en las estadísticas como exportación mexicana pero cuyas ganancias en gran medida regresan a EEUU.
El déficit que no existe — o que EEUU mismo genera
Trump construyó su narrativa sobre el T-MEC alrededor del déficit comercial. Estados Unidos compra más de lo que vende. Sus socios «se aprovechan.» El argumento suena contundente hasta que se miran los números con algo más de detalle.
Con México, las exportaciones mexicanas al mercado estadounidense contienen aproximadamente un 40% de valor generado en Estados Unidos. Piezas, componentes, diseño, tecnología que salen de EEUU, se ensamblan en México con mano de obra barata y regresan como producto terminado. El «déficit» que Trump denuncia incluye, en una proporción significativa, valor que es americano. Ford, GM, Honeywell — son corporaciones estadounidenses las que generan ese flujo. El déficit les sirve de argumento político, pero en la práctica es ganancia para el capital americano.
Con Canadá el argumento se derrumba de forma aún más clara. En 2024, EEUU registró un déficit en bienes con Canadá de aproximadamente 73.600 millones de dólares. Pero ese déficit se explica casi en su totalidad por un único factor: las importaciones de petróleo y gas canadiense. Si se excluye la energía, Estados Unidos tiene en realidad un superávit comercial con Canadá. El «déficit» que Trump agita como bandera es básicamente Estados Unidos comprándole petróleo barato a su vecino del norte — un petróleo que alimenta su economía y que, si no viniera de Canadá, tendría que buscarse en otro lugar a mayor precio.
En 2024, el comercio total entre los tres países del T-MEC alcanzó 1,93 billones de dólares. México fue el mayor socio comercial de EEUU por segundo año consecutivo, con 930.000 millones en intercambios totales. Canadá quedó segundo con 903.000 millones. Ambos están muy por delante de China. Desde que el T-MEC entró en vigor, el comercio intraregional creció un 37%.
El mismo período vio crecer la inversión extranjera directa en la región un 16%, según datos de la UNCTAD. EEUU se mantuvo como el principal destino global de IED, atrayendo 278.000 millones en 2024.
Canadá: el socio incómodo y el lácteo como campo de batalla
Canadá entró al TLCAN en 1994 en una posición diferente a México. Economía desarrollada, salarios similares a los de EEUU, estándares comparables. En teoría, una relación más simétrica. En la práctica, la asimetría existe pero en otra dimensión: Canadá es profundamente dependiente de EEUU en términos comerciales. Las importaciones y exportaciones canadienses equivalen a dos tercios de su PIB. Tres cuartas partes de sus exportaciones de mercancías van a EEUU — lo que representa casi un cuarto del PIB canadiense completo. Ningún otro país tiene ese nivel de integración con un solo socio comercial.
Esa dependencia es el verdadero poder de negociación de Washington. No hace falta imponer aranceles devastadores — basta con amenazar para generar incertidumbre y forzar concesiones. La revisión anual que Trump logró imponer funciona exactamente con esa lógica: no resuelve nada, pero mantiene a Canadá permanentemente a la defensiva.
El capítulo más revelador de la relación es el lácteo. Canadá protegió históricamente su industria lechera con un sistema de gestión de la oferta — cuotas de producción, precios regulados, aranceles prohibitivos. Era uno de los sectores más blindados de su economía. El T-MEC obligó a Canadá a abrir aproximadamente el 3,5% de su mercado lácteo a productores estadounidenses. Las exportaciones lácteas de EEUU a Canadá crecieron un 61% desde la entrada en vigor del acuerdo y superaron los 1.100 millones de dólares en 2024. Y aun así, Washington sigue reclamando que Canadá no respeta los compromisos. La disputa está abierta y será uno de los ejes de la revisión en curso.
Canada treats our dairy farmers horribly. We’ll correct this in 2026 USMCA talks.
— Howard Lutnick, secretario de Comercio de EEUU, 2025En el sector agrícola más amplio, la paradoja es llamativa. Antes del T-MEC, Canadá tenía un superávit agrícola con EEUU de 2.500 millones de dólares en 2019. En 2024 ese superávit creció a 11.500 millones. Las exportaciones agrícolas y alimentarias canadienses a EEUU batieron récord con 40.200 millones de dólares. El acuerdo que supuestamente abría mercados para los farmers americanos terminó favoreciendo más a los productores canadienses en términos netos.
México: el gran laboratorio del modelo
México es donde el modelo se ve con más nitidez porque las contradicciones son más extremas. En treinta años de libre comercio, el país se convirtió en una de las plataformas manufactureras más importantes del mundo. Pero ese proceso de integración productiva tuvo un costo que rara vez aparece en los análisis celebratorios del acuerdo.
El campo mexicano fue uno de los grandes perdedores del TLCAN original. La entrada masiva de maíz subsidiado estadounidense destruyó a millones de pequeños productores que no podían competir con precios artificialmente bajos. Comunidades enteras perdieron su base económica. La migración que siguió no fue una casualidad: fue la consecuencia directa de una política comercial que abrió mercados sin considerar el impacto sobre los sectores más vulnerables.
En el sector manufacturero, los salarios mexicanos se mantuvieron bajos de forma estructural durante décadas. Esa era precisamente la ventaja competitiva que hacía atractiva a México como plataforma de ensamble. El T-MEC incorporó cláusulas laborales y un mecanismo de respuesta rápida que entre mayo de 2021 y junio de 2025 activó 37 casos, resolviendo favorablemente 27 de ellos. Miles de trabajadores del sector automotriz obtuvieron aumentos salariales y reincorporaciones. Es un avance real — pero sobre una base de décadas de supresión salarial que el propio modelo generó.
El superávit comercial agrícola de México con EEUU creció de 11.000 millones de dólares en 2019 a 18.700 millones en 2024. Las exportaciones mexicanas al mercado americano superaron los 48.800 millones de dólares. Pero buena parte de ese negocio — aguacate, cerveza, tequila, berries — está controlado por grandes corporaciones, muchas de ellas estadounidenses.
La dependencia comercial de México con EEUU supera el 85% de sus exportaciones totales. Eso no es integración — es vulnerabilidad estructural que se convierte en palanca de presión cada vez que Washington decide usarla.
La paradoja Trump: el mismo acuerdo, dos relatos opuestos
Hay algo profundamente contradictorio en la postura de Trump frente al T-MEC. El presidente que hoy denuncia el tratado como un acuerdo que «perjudica a los trabajadores americanos» es el mismo que en su primer mandato lo firmó — con su nombre, con fanfarria, como uno de sus grandes logros. En enero de 2020 afirmó que el T-MEC era «el acuerdo más justo, equilibrado y beneficioso que jamás hemos firmado.» En febrero de 2025, dijo que México y Canadá habían «tomado ventaja de Estados Unidos en manufactura» y que no podía creer quién habría firmado semejante cosa.
El mismo acuerdo. El mismo presidente. Dos lecturas opuestas separadas por cinco años y una elección.
La explicación no es incoherencia sino estrategia. La narrativa del déficit y del «acuerdo injusto» le sirve a Trump como herramienta de presión permanente — sobre México para arrancar concesiones en migración y seguridad, sobre Canadá para extraer ventajas en energía y lácteos, sobre sus propios votantes para mantener vivo el relato de que alguien los está estafando. Que ese «alguien» sean las mismas corporaciones americanas que financian al Partido Republicano es el dato que nunca aparece en ese relato.
La decisión del 1 de julio de no renovar pero tampoco retirarse es la expresión más acabada de esa estrategia. El T-MEC como zona de indefinición permanente. Un acuerdo que existe pero que puede no existir. Una amenaza que no necesita ejecutarse para funcionar. Incertidumbre como política comercial.
¿Quién ganó, quién perdió?
El balance después de treinta años de libre comercio en América del Norte es más complejo que cualquier narrativa simple. Hubo ganadores reales y perdedores reales. Pero el gran beneficiario estructural del modelo, el que aparece en todos los análisis cuando se mira quién controla realmente los flujos comerciales, es siempre el mismo: las grandes corporaciones trasnacionales, principalmente estadounidenses, que encontraron en el tratado un mecanismo perfecto para combinar producción barata con acceso a los mercados más ricos del mundo.
- Corporaciones trasnacionales americanas con producción en México
- Sector automotriz integrado de los tres países
- Exportadores agrícolas canadienses — superávit de 11.500 M en 2024
- Consumidores americanos: electrónicos, ropa y alimentos más baratos
- Trabajadores automotrices mexicanos con mejoras salariales post-T-MEC
- Sector financiero y de servicios de los tres países
- Exportadores energéticos canadienses — petróleo y gas a EEUU
- Trabajadores manufactureros de EEUU y Canadá con empleos relocalizados
- Pequeños productores agrícolas mexicanos vs. maíz subsidiado americano
- Productores lácteos canadienses forzados a abrir su mercado protegido
- Comunidades rurales de los tres países fuera de los beneficios del crecimiento
- Micro, pequeñas y medianas empresas mexicanas: el 99% de las empresas del país
- Farmers americanos de frutas y verduras frente a importaciones mexicanas
Ese es el acuerdo que Trump dice rechazar. Y es el acuerdo que sus propios donantes necesitan que siga en pie. La revisión anual que Washington impuso no es una reforma del modelo — es una palanca para extraer concesiones mientras el modelo continúa funcionando exactamente como fue diseñado.
Cronología: del TLCAN al T-MEC sin renovar
Entra en vigor el TLCAN. El comercio trilateral entre EEUU, México y Canadá comienza a crecer de forma acelerada. México se convierte en plataforma de manufactura para el capital corporativo americano.
El comercio entre los tres países se cuadruplica: de 290.000 millones a 1,23 billones de dólares. El campo mexicano pierde millones de pequeños productores ante la competencia del maíz subsidiado americano.
Trump amenaza con salirse del TLCAN. La renegociación fuerza concesiones de México y Canadá: mayor contenido regional en autos, apertura láctea canadiense, cláusulas laborales. El nuevo acuerdo se llama T-MEC.
Trump firma el T-MEC y lo declara «el acuerdo más justo, equilibrado y beneficioso que jamás hemos firmado.»
El T-MEC entra en vigor. El mecanismo de respuesta rápida laboral comienza a operar dos años después.
En su segundo mandato, Trump dice que México y Canadá «tomaron ventaja» de EEUU y no puede creer quién habría firmado el T-MEC. Es el mismo acuerdo que él firmó.
Trump impone aranceles del 25% a productos mexicanos y canadienses. La incertidumbre dispara la presión sobre ambas economías. Comienzan las negociaciones bilaterales.
EEUU rechaza renovar el T-MEC en su formato actual. Anuncia revisiones anuales. El acuerdo sigue vigente hasta 2036. Nadie firma nada. Nadie se va. La incertidumbre permanente queda institucionalizada.
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