El 8 de julio de 2026, Donald Trump dio por muerto el frágil alto el fuego con Irán. «Ya no quiero tratar con ellos. Son escoria», dijo de las mismas personas que días antes calificaba de «muy racionales, fuertes, inteligentes». Cinco meses después de que la Operación Furia Épica empezara con la promesa de durar apenas unos días, la guerra sigue sin salida clara, con los hutíes de Yemen sumándose contra petroleros saudíes, el barril de petróleo rozando los 100 dólares, y la vieja promesa de campaña de Trump —»vamos a acabar con esas guerras interminables»— convertida en la ironía central de su propio mandato.
Un patrón predecible: la disuasión de Trump
El 19 de febrero, Trump declaró que daba «diez, quince días como máximo» antes de que «ocurran cosas malas». Nueve días después, el 28 de febrero, lanzó la Operación Furia Épica. Es el mismo método que ya había usado con Venezuela y con los aranceles: amenaza pública, simulacro de negociación, un plazo, y ataque cuando la contraparte no cede todo.
La bomba antes de la bomba: la trampa económica
Antes de los misiles llegaron las sanciones. El propio secretario del Tesoro, Scott Bessent, admitió públicamente que la campaña de «máxima presión» fue diseñada para colapsar la ya debilitada economía iraní. No es una interpretación: es la palabra textual de su propio arquitecto.
El rial se volvió, para efectos prácticos, una moneda obsoleta: el mercado libre adoptó el dólar para cerca del 90% de las transacciones privadas. La lógica detrás de las sanciones era clara: hundir la economía, provocar protestas, y usar esas protestas como justificación moral para intervenir después.
Las protestas: dolor real, uso político
A fines de diciembre de 2025, comerciantes de Teherán cerraron sus tiendas en huelga. Las protestas se convirtieron en las más grandes desde la revolución de 1979, extendiéndose a más de 100 ciudades. El régimen respondió con represión brutal: se estima que el número de muertos superó los 6.000. El régimen reprimió, y eso es una atrocidad real —pero el caos que permitió esa represión fue, en parte, fabricado desde afuera. Son dos capas de responsabilidad, no una.
El día del ataque: la traición a la diplomacia
Horas antes de que Estados Unidos e Israel lanzaran los ataques del 28 de febrero, el ministro de Exteriores de Omán había dicho que un acuerdo de paz estaba «al alcance». El propio Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán denunció que la agresión se cometió en medio de un proceso diplomático activo. Se atacó mientras se negociaba: eso no es una guerra de último recurso, es una guerra de elección.
Minab: la masacre que los propios registros terminaron confirmando
El mismo 28 de febrero, en los primeros instantes de la guerra, un ataque destruyó la escuela primaria femenina Shajareh Tayyebeh, en Minab, provincia de Hormozgán. UNICEF confirmó, el 5 de marzo, al menos 168 muertos, la gran mayoría niñas de 7 a 12 años; las autoridades iraníes hablaron de 175 muertes, incluidas 14 maestras, y 95 heridos. Amnistía Internacional investigó con imágenes satelitales, grabaciones y testimonios, y concluyó que Estados Unidos violó el derecho internacional humanitario al no tomar precauciones suficientes para evitar daño civil. Una investigación conjunta de The New York Times, CBC, NPR y BBC Verify concluyó que las fuerzas armadas de EE.UU. fueron, con alta probabilidad, las responsables —con fuentes internas del propio ejército corroborándolo—.
Es, hasta la fecha, el incidente más mortífero de toda la campaña de bombardeos. Ninguna de esas niñas tenía un programa nuclear. Ninguna eligió a su gobierno.
La teoría de la disuasión: por qué Irán y no Corea del Norte
La pregunta de fondo es simple: ¿por qué se puede atacar a Irán y no, por ejemplo, a Corea del Norte? La respuesta es la disuasión, o su ausencia. Corea del Norte tiene la bomba. Irán no. Israel mantiene un arsenal nuclear no declarado bajo su «política de ambigüedad» —no confirma, no niega, pero todos saben que existe—. La ironía más cruel: la razón declarada del ataque es que Irán no debe tener armas nucleares, pero la razón real por la que el ataque es posible es, precisamente, que no las tiene. Si las tuviera, este ataque no estaría ocurriendo.
El objetivo que nadie nombra: la hegemonía de Israel
Israel lleva décadas construyendo dominio regional sin contrapeso real: neutralizó a Egipto mediante acuerdos, debilitó a Siria, golpeó sistemáticamente a Hezbolá en Líbano, destruyó la capacidad militar de Hamas en Gaza. Irán era el último actor con capacidad real de proyectar poder y financiar contrapesos. Con Irán desestabilizado, Israel queda como la única potencia dominante de la región, sin rivales, con libertad total de acción. El argumento nuclear es la cobertura. La hegemonía regional es el objetivo.
Un patrón con historia: la doctrina del sabotaje
No es la primera vez. En 2015, Netanyahu fue al Congreso de EE.UU. —no al suyo propio— a torpedear el acuerdo nuclear de Obama, sembrando el terreno para que Trump lo rompiera en 2018, acelerando exactamente el enriquecimiento que hoy se usa como justificación. En 2024, Israel asesinó a Ismail Haniyeh en Teherán en plenas negociaciones de alto el fuego en Gaza. Cada vez que las negociaciones nucleares avanzaban, aparecía un científico iraní asesinado —Mohsen Fakhrizadeh en 2020, el más sonado—.
El mismo patrón se repite con Palestina: los acuerdos de Oslo coincidieron con una aceleración de asentamientos en Cisjordania; en 1995 asesinaron a Rabin, el único primer ministro que genuinamente creía en el proceso; en 2013-14, Netanyahu anunció nuevos asentamientos mientras Kerry negociaba; y en febrero de 2026, mientras Netanyahu volaba a hablar de Irán, su gabinete aprobó que colonos compren tierra directamente a palestinos en Cisjordania. Y está el capítulo menos contado: el yacimiento de gas Gaza Marine, bloqueado por Israel durante más de veinte años pese a pertenecer legalmente a la Autoridad Palestina, mientras Israel desarrollaba sus propios yacimientos (Tamar, Leviatán) hasta volverse exportador neto de gas.
El factor que nadie quiere decir en voz alta: las encuestas
Trump venía en caída libre: cuatro mediciones de febrero de 2026 mostraban mínimos históricos de su segundo mandato, con Pew ubicándolo en 37% de aprobación. Netanyahu enfrentaba protestas internas, cuestionamientos por Gaza y causas judiciales abiertas. Ambos tenían el incentivo político clásico: una guerra exterior para resetear la narrativa doméstica.
Hoy, esa apuesta ya no rinde igual: según Washington Post/Ipsos, solo el 33% de los estadounidenses respalda la operación, frente a un 59% en contra, y apenas el 28% considera que valió la pena —niveles peores que Afganistán o Irak en sus peores momentos—. Faltan poco más de tres meses para las legislativas de noviembre, favorables a los demócratas.
El ataque indirecto a China: el petróleo como arma
Irán es el principal proveedor de petróleo a China fuera de los canales occidentales: cerca del 90% del petróleo iraní va a puertos chinos, comprado con descuento y evadiendo sanciones mediante una flota paralela de petroleros. Al menos el 22% del crudo que importa China proviene de países sancionados —Rusia, Irán, Venezuela—. Destruir la capacidad exportadora iraní no es solo atacar a Teherán: es atacar el colchón energético de Pekín, y decirle quién controla los grifos del mundo.
La respuesta china: satélites, no bombas
China respondió con inteligencia, no con tropas. Según múltiples reportes especializados en defensa, desplegó el Liaowang-1, un buque de inteligencia espacial de 30.000 toneladas capaz de rastrear hasta 1.200 misiles en un radio de 6.000 km, integrado con el sistema satelital BeiDou, al que Irán migró completamente en 2025 —aunque una fuente (Defense Express) señaló que, según rastreo marítimo (AIS), el barco seguía en Shanghái al 9 de marzo, dejando en duda el despliegue físico exacto—. Lo que sí está sólidamente confirmado, incluso por el Comité Selecto sobre China del Congreso de EE.UU. y la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA) estadounidense, es el rol de MizarVision, empresa china de imágenes satelitales con IA que publicó ubicaciones precisas de activos militares de EE.UU. —F-22, F-35, baterías THAAD, portaaviones— algunos de los cuales fueron atacados por Irán poco después. Washington le pidió formalmente que dejara de publicar. La empresa no respondió.
La respuesta iraní y el riesgo regional
Irán respondió atacando bases estadounidenses en Bahréin, Kuwait, Catar y Emiratos Árabes Unidos, y declaró «inseguro» el Estrecho de Ormuz, por donde circulaba el 20% del petróleo mundial antes de la guerra. En julio, los hutíes de Yemen extendieron el conflicto bombardeando petroleros saudíes en el Mar Rojo, abriendo la puerta a que las restricciones comerciales se extiendan también al estrecho de Bab el Mandeb (10% del crudo mundial). El mundo, sin haber elegido esta guerra, ya la está pagando en la bomba de combustible y el supermercado.
La reacción internacional quedó dividida: Macron habló de graves consecuencias para la paz mundial, Rusia condenó la agresión como acto no provocado contra un Estado soberano de la ONU, y hasta líderes demócratas del propio Congreso estadounidense pidieron votar para frenar a Trump, denunciando que ni siquiera fueron consultados.
La Doctrina Mosaico: la lección que Irán sacó de Saddam
Hay una explicación estructural de por qué Irán resiste mejor de lo previsto, y tiene nombre propio: la Doctrina Mosaico (Dafa Mozayeki). El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica empezó a sentar sus bases en 2005, bajo la dirección del general Mohammad Ali Jafari, tras estudiar en detalle por qué la estructura de mando centralizada de Saddam Hussein colapsó tan rápido durante la invasión estadounidense de 2003. La conclusión iraní fue clara: una cadena de mando única y visible es un blanco fácil para las «operaciones de decapitación estratégica» que Estados Unidos e Israel vienen perfeccionando durante décadas.
La respuesta fue dividir la defensa del país en múltiples comandos regionales semiautónomos, cada uno con inteligencia local, logística propia y autoridad operativa. Si un nodo cae o se corta la comunicación, el resto sigue funcionando sin depender de una orden central. El propio canciller iraní, Abbas Araghchi, lo resumió en X pocos días después del inicio de la guerra: «Tenemos dos décadas para estudiar las derrotas militares estadounidenses en nuestro este y oeste inmediatos. Hemos incorporado las lecciones aprendidas. Los bombardeos en nuestra capital no afectan nuestra capacidad para librar la guerra. La Defensa Mosaico descentralizada nos permite decidir cuándo y cómo terminará la guerra.»
Ali Vaez, director del proyecto sobre Irán del International Crisis Group —think tank sin afinidad con Teherán—, coincide en el diagnóstico de fondo: «La doctrina mosaico de Irán permanece en su lugar, mientras que Estados Unidos puede debilitar nodos puntuales, no puede colapsar el sistema completo con ataques aéreos aislados». Es la misma lógica que explica por qué la eliminación de Jamenei y el reemplazo por su hijo Mojtaba no produjo el colapso de mando que Washington esperaba, y por qué Hezbolá, según analistas de defensa, adoptó una versión propia de la misma arquitectura descentralizada.
Es, en cierto modo, el mismo tipo de aprendizaje histórico que en su momento tuvo que hacer quien enfrentó al Blitzkrieg alemán: una doctrina de choque centralizado y veloz solo sorprende una vez. La segunda vez, el adversario ya estudió cómo neutralizarla —o, en este caso, cómo dejar de depender de los nodos que esa doctrina busca destruir primero—.
Hoy mismo: Netanyahu vuelve a intentarlo, y Trump lo frena en público
El propio 28 de julio —el mismo día en que se escribe este artículo— Netanyahu se reunió con Trump en la Casa Blanca cargando una nueva carpeta de inteligencia: según fuentes israelíes, miles de centrifugadoras nucleares habrían sido trasladadas a Pickaxe Mountain, una instalación subterránea de más de 90 metros de profundidad cerca de Natanz, construida en secreto desde 2020. El objetivo del informe era persuadir a Washington de que Irán miente sobre su voluntad de negociar y de que hace falta endurecer la respuesta militar.
Pero el propio Trump ya había reconocido, el 21 de julio, que Estados Unidos no contaba con información de inteligencia concluyente que confirmara esa actividad —ni siquiera si las centrifugadoras, de existir, estaban montadas en cascadas operativas—. Y horas antes de la reunión de hoy, Trump le reprochó públicamente a Netanyahu haber filtrado esos datos de inteligencia a la prensa israelí antes de sentarse a hablar: «No debería hablar de eso en público», dijo, remarcando que la Casa Blanca ya vigila esa montaña con sus propios medios.
Es el mismo patrón que ya documentamos con la carta de Netanyahu al Congreso en 2015 o el asesinato de Haniyeh en plena negociación: intentar forzar la mano de Washington con inteligencia propia, presentada en el momento más útil para impedir que la diplomacia avance. La diferencia esta vez es que Trump, con elecciones legislativas encima y una guerra que ya no puede sostener indefinidamente, decidió frenarlo en público —un gesto inusual entre ambos, y una señal de que la paciencia de Washington con la insistencia bélica de Netanyahu tiene, también, un límite político.
Enjambre y saturación: la aritmética que Irán explotó a fondo
Si hay un concepto que resume la estrategia militar iraní, es este: Irán no juega a ganar la guerra —sería un suicidio frente a la superioridad tecnológica combinada de Estados Unidos e Israel—. Juega a desgastar, y lo hace con dos tácticas complementarias bien documentadas: el enjambre (swarm) y la saturación de las defensas antiaéreas.
El 28 de febrero, el primer día de la guerra, Irán lanzó unos 650 misiles balísticos contra Israel en una sola oleada. Parte de ese arsenal usó ojivas de municiones en racimo, que dispersan decenas de submuniciones en pleno vuelo: según el experto en misiles Tal Inbar, interceptar ese tipo de proyectil exige derribar el vehículo portador antes de la dispersión —después, se vuelve prácticamente imposible—, obligando a Israel a disparar múltiples interceptores para neutralizar una sola amenaza entrante. Combinado con drones de bajo costo lanzados en oleadas continuas, el objetivo es simple: presentar más blancos de los que cualquier sistema de defensa está diseñado para procesar al mismo tiempo.
El 3 de abril, tras la primera pérdida confirmada de un caza F-15E estadounidense sobre territorio iraní, el propio piloto eyectado describió haber visto una formación de drones moviéndose «como una única entidad coordinada, similar a una medusa gigante» —lo que reabrió el debate dentro de la inteligencia de EE.UU. sobre si Irán había desarrollado, en secreto, una de las capacidades de enjambre autónomo más avanzadas observadas en combate hasta la fecha.
La lógica económica detrás de todo esto es la que ya veníamos señalando, llevada a su expresión más pura: un misil o dron iraní puede costar una fracción —a veces del orden de cientos de miles de dólares— de lo que cuesta cada interceptor que Israel o Estados Unidos disparan para frenarlo, que se cuenta en millones. Para junio de 2026, informes indicaban que Israel ya enfrentaba escasez crítica de interceptores balísticos, algo que el propio canciller israelí Gideon Saar negó públicamente —aunque funcionarios estadounidenses igual anticipaban el agotamiento—.
Es el mismo principio que ya aplicó Hezbolá, según reportes, atacando específicamente baterías del Domo de Hierro con drones FPV baratos antes de que esas baterías pudieran usarse contra amenazas más caras. No es una casualidad ni una improvisación bajo fuego: es la traducción práctica, en el terreno, de la misma lógica que sostiene la Doctrina Mosaico —estudiar la superioridad tecnológica del rival, identificar su punto más caro y más lento de reponer, y golpear ahí, una y otra vez, hasta que el costo se vuelva insostenible—.

El desgaste que nadie puede ocultar más
Acá está el núcleo real de por qué, cinco meses después, no hay salida clara. Trump declaró que Estados Unidos tiene «munición virtualmente ilimitada» y puede «luchar guerras eternamente». Los mercados —y los propios hechos— dicen lo contrario.
En la campaña previa (12 días), el THAAD ya había usado más de 150 interceptores contra ataques iraníes —a 15,5 millones de dólares cada uno—, agotando más del 25% del arsenal global de interceptores THAAD del Ejército de EE.UU.
Con Irán disparando un promedio de 40 misiles diarios contra Israel desde el inicio de la guerra, análisis independientes calculan que la reserva combinada de THAAD ya estaba agotada o a punto de agotarse.
Washington firma con Lockheed Martin un contrato de emergencia por 35.000 millones de dólares para cuadruplicar la producción de THAAD, de 96 a 400 interceptores anuales —un proceso que tomará años, no meses—.
Un informe del CSIS advierte que EE.UU. corre riesgo de quedarse sin Patriot, THAAD y Tomahawk durante años si el conflicto de alta intensidad continúa.
El Pentágono confirma un cambio de doctrina: pasa a una «defensa selectiva», interceptando solo amenazas directas, para preservar las reservas que ya no dan abasto.
Es la confirmación oficial de una estrategia de desgaste que funcionó: Irán no necesitó ganar una batalla decisiva, le alcanzó con sostener un ritmo de ataques que la industria armamentística estadounidense no puede reponer al mismo ritmo que se consume.
Quién gana y quién pierde en los mercados
Esa demanda urgente tiene ganadores concretos en bolsa: RTX (misiles de largo alcance) subió casi 2% en la semana posterior a la reasignación de 50.000 millones de dólares del Pentágono; Northrop Grumman (defensa antiaérea) subió 2,6%; Lockheed Martin, fabricante del F-35, subió 1%, con un pedido adicional de 12.000 millones hasta 2031 solo para mantener operativos esos aviones. Entre las europeas, BAE Systems (+4%, en máximos históricos) y Leonardo (+3,5%) lograron subirse al tren por sus contratos con Washington. Los que quedaron afuera: Rheinmetall se desplomó 8% y Indra casi 5%, castigadas por especializarse en armamento convencional que hoy no es lo que el Pentágono está comprando.
El costo humano y la contabilidad incómoda
El número oficial de soldados estadounidenses muertos pasó, en una semana, de 18 a 14: se retiraron cuatro nombres —tres en Jordania, uno en Irak— con el argumento de que murieron después de que Trump declarara un alto el fuego en abril. Trump, incómodo con las comparaciones a guerras anteriores, publicó en Truth Social su propia contabilidad: «Guerra de Venezuela: un día, cero muertos. Conflicto militar de Irán: cuatro meses, 18 muertos» —usando, irónicamente, la cifra que su propio gobierno acababa de recortar—.
El secretario de Defensa Pete Hegseth recibió un duro reproche en el Senado: «Usted es quien ha fracasado, no los hombres y mujeres que están en el frente. No tiene ninguna estrategia, ningún plan a largo plazo para ganar esta guerra», le dijo el senador demócrata Gary Peters.
El vaciamiento del criterio técnico: la purga de Hegseth
Hay una explicación adicional, menos citada, de por qué la conducción de esta guerra parece improvisar sobre la marcha: el secretario de Defensa, Pete Hegseth, viene destituyendo desde enero de 2025 a la gente con más experiencia real para asesorarlo, justo cuando esa experiencia más falta hace.
Según una investigación de The Guardian, Hegseth destituyó u obligó a jubilarse a al menos 24 generales y almirantes de alto rango, sin dar motivos vinculados al desempeño. Entre los apartados: el presidente del Estado Mayor Conjunto (general C.Q. Brown), la jefa de Operaciones Navales (almiranta Lisa Franchetti), el jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea (David Allvin), el general que dirigía simultáneamente el Comando Cibernético y la NSA (Timothy Haugh) —y, en pleno desarrollo de la guerra contra Irán, el propio director de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA), teniente general Jeffrey Kruse, el organismo que en teoría debería analizar con frialdad técnica alertas como la de las centrifugadoras en Pickaxe Mountain—.
El general Randy George, jefe del Ejército, renunció en circunstancias vinculadas a su cercanía con el secretario del Ejército Dan Driscoll: ambos se habían opuesto a que Hegseth bloqueara el ascenso de cuatro oficiales —dos afroamericanos, dos mujeres— a general. Según The Guardian, Hegseth quedó cada vez más aislado, rodeado de un círculo reducido de allegados, mientras el subsecretario Steve Feinberg maneja buena parte de la operación diaria del Pentágono.
Hegseth defiende los cambios como «sangre fresca» y un «proceso basado en méritos», no una purga. Pero el patrón es difícil de ignorar: quienes llegaron a general de cuatro estrellas lo hicieron tras décadas de carrera, estudio de inteligencia y mando real en el terreno —son, en teoría, la gente mejor formada del país para advertir con datos duros cuándo una estrategia no va a funcionar—. Sacarlos de en medio, uno por uno, durante una guerra activa, deja al frente de las decisiones a un círculo elegido más por lealtad personal que por criterio técnico independiente. Es la misma lógica, llevada al extremo, que explica por qué a nadie pareció sorprenderle que Estados Unidos llegara a julio de 2026 sin haber anticipado bien el agotamiento de sus propios interceptores.
La analista Jennifer Kavanagh (Defense Priorities) ve solo dos salidas reales: aceptar un pacto que reconozca que el equilibrio de poder se desplazó hacia Irán —cediéndole cierto control sobre Ormuz o levantando sanciones—, o retirarse y dejar que la comunidad internacional afronte las consecuencias. Pero Trump, según ella, no va a aceptar ningún acuerdo que implique admitir que perdió la guerra. Nadie habla ya del objetivo inicial de derrocar al régimen: Irán eligió nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, y la cadena de mando no colapsó.
El régimen iraní ha sido brutal con su propio pueblo. Eso es real. Pero también es real que las sanciones diseñadas para colapsar un país empujan a su gente a la desesperación antes que a sus líderes; que atacar durante negociaciones activas destruye la diplomacia futura; y que los muertos en la escuela de Minab no son daño colateral: son el costo humano de decisiones tomadas en Washington y Tel Aviv.
Esta guerra tiene tres objetivos reales que rara vez se dicen completos: eliminar el último contrapeso a la hegemonía israelí en la región, garantizar que ningún actor regional escape del orden que Washington quiere sostener, y cortarle a China una arteria energética que le daba independencia estratégica. El argumento nuclear fue, siempre, la cobertura.
Con Netanyahu de vuelta en Washington, con el Pentágono ya reconociendo que sus reservas no alcanzan, y con una guerra que su propio creador ya no sabe cómo cerrar sin parecer derrotado, lo único claro cinco meses después es esto: nadie planeó para un conflicto que durara tanto, y nadie tiene todavía un plan real para terminarlo.
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