Agosto de 2026 — Washington D.C.
El mentor de Bessent le advierte del desastre
Druckenmiller, Posen, Eichengreen: no es la oposición política. Es el propio mundo financiero, con vínculos directos al secretario del Tesoro, advirtiendo que intervenir en el mercado de bonos es un error que EE.UU. ya pagó antes.
El intento del secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, de calmar los mercados de bonos y bajar el costo de endeudamiento de Estados Unidos recibió una reprimenda pública de una fuente que no se puede descartar como oposición política: su propio mentor.
El alumno contra el maestro
Stanley Druckenmiller, el multimillonario inversor que trabajó junto a Bessent en el fondo de George Soros durante los años 90 —los mismos años en que ambos ayudaron a quebrar al Banco de Inglaterra en el histórico Miércoles Negro de 1992—, escribió en el Wall Street Journal que su antiguo discípulo está jugando con fuego al intentar suprimir artificialmente los rendimientos de los bonos del Tesoro.
Druckenmiller planteó que Washington debería, en cambio, atacar el déficit presupuestario de raíz, en lugar de interferir en el mercado para empujar los rendimientos hacia abajo.
Qué hizo Bessent, en concreto
La intervención que motivó la crítica fue la decisión de Bessent de al menos duplicar el tamaño máximo de las operaciones de recompra de bonos del Tesoro, de 2.000 a 4.000 millones de dólares, además de evaluar usar la Cuenta General del Tesoro —un fondo gubernamental en la Reserva Federal, cercano a los 1.000 millones de dólares— para ampliar aún más su poder de compra. La medida logró bajar brevemente los rendimientos de los bonos a largo plazo, pero el efecto se revirtió casi de inmediato.
No es solo un crítico: son varios, y todos del mismo palo
Lo que vuelve significativa esta historia no es una sola voz discordante, sino la cantidad de figuras del propio mundo financiero —sin vínculo con la oposición política— que coinciden en la misma lectura.
«La ironía de que el tipo que trabaja para Soros y Druckenmiller y que rompió el Banco de Inglaterra en 1992 finja que se puede intervenir solo en divisas y defender una moneda de forma duradera, es simplemente asombrosa.»
«Washington, temiendo las consecuencias para los mercados financieros estadounidenses, se muestra reacio a que los bancos centrales extranjeros utilicen sus reservas en dólares. Esto nos indica que el dólar ya no es la atractiva moneda de reserva que fue antes.»
«Una vez que los traders creen que han identificado un umbral de dolor en la política, tienden a volver y comprobar si es real.»
La intervención es una señal de que «Washington se siente cada vez más incómodo con el aumento vertiginoso de los costes de endeudamiento a largo plazo».
El otro frente: el yen japonés
La ironía no termina en los bonos propios. Este mes, el Tesoro estadounidense participó en una operación conjunta con Japón para sostener el yen —vendiendo euros, no dólares—, en un movimiento ampliamente interpretado como una señal de debilidad, no de fortaleza. Japón es uno de los mayores tenedores de bonos del Tesoro de EE.UU., y la lectura del mercado fue que Washington temía que Tokio empezara a vender esos bonos para financiar la compra de yenes, lo que habría presionado los rendimientos todavía más al alza.
El propio Tesoro estadounidense anunció que Japón podría, en el futuro, usar una facilidad poco conocida —la Facilidad de Recuperación de las Autoridades Monetarias Extranjeras e Internacionales— para pedir prestado contra sus tenencias de bonos sin tener que venderlas directamente. El mercado lo leyó como una preocupación más, no como una solución.
Por qué suben los rendimientos: tres razones que se pisan entre sí
La presión sobre los bonos no tiene una sola causa, sino tres que se retroalimentan:
El conflicto con Irán, deslizándose hacia una guerra sin final claro, mantiene elevado el precio del petróleo. A eso se suma la incertidumbre sobre si el nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, subirá las tasas de interés.
Las grandes tecnológicas vienen financiando la construcción de centros de datos emitiendo deuda masiva —219.000 millones de dólares en lo que va del año, según JP Morgan—, ofreciéndole a los inversores una alternativa a los bonos del Tesoro que le quita demanda a la deuda pública.
Pese a un crecimiento económico sólido, crece la sensación de que Estados Unidos ya no es el acreedor inquebrantable que supo ser. La deuda pública se disparó tras la crisis de 2008, otra vez durante la pandemia, y sigue creciendo en el segundo mandato de Trump, con rebajas fiscales que ni los ingresos arancelarios ni los recortes del efímero Departamento de Eficiencia Gubernamental lograron compensar.
La Oficina de Presupuesto del Congreso —un organismo técnico, no partidista— proyecta que sin un cambio radical de política, para el que hoy no hay voluntad real en el Capitolio, la deuda pública estadounidense pasará del 100% del PBI actual al 175% dentro de treinta años.
Lo que está en juego, más allá de los números
El economista Adam Posen resumió el trasfondo geopolítico de todo esto en una frase que circuló ampliamente:
Es, en cierto modo, una decisión deliberada del propio equipo de Trump: la lectura de que Estados Unidos venía asumiendo demasiados costos como garante del orden geopolítico y financiero global. Pero fue precisamente ese rol —los bonos del Tesoro como refugio seguro por excelencia del mundo entero— lo que históricamente le permitió a Washington sostener déficits que en cualquier otro país habrían desatado una crisis mucho antes. La intervención nerviosa de Bessent, lejos de proyectar control, es leída por buena parte del propio mundo financiero como la señal de que ese margen de maniobra se está agotando.
El viernes pasado, 21 de agosto. mientras Bessent daba señales de estar dispuesto a intervenir de nuevo si los rendimientos a 30 años superan el 5%, los rendimientos volvían a subir de todos modos —y el dólar caía en simultáneo, una combinación que los analistas asocian más con economías emergentes en crisis que con la primera potencia económica del mundo.
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