China — Siglo XIX
Ching Shih: la reina pirata que nunca fue derrotada
Con más de 1.500 barcos y hasta 80.000 hombres bajo su mando, llegó a derrotar a la propia Armada Imperial china, a los portugueses y a los ingleses juntos. Y se retiró por su propia voluntad, sin que nadie jamás lograra vencerla.
- De prostituta a esposa de un pirata
- La condición que impuso antes de casarse
- De aldeas pobres a rutas comerciales enteras
- La muerte de Zheng Yi, y una viuda al mando
- El discurso con el que se impuso ante los capitanes
- Un segundo matrimonio por conveniencia
- El código de conducta, y sus castigos
- Las batallas que no pudo ganar el Imperio
- El bloqueo portugués de 1809, que tampoco la quebró
- La negociación del indulto, en sus propios términos
- El final: ni cárcel ni cadalso, sino una casa de apuestas
De prostituta a esposa de un pirata
Nació alrededor de 1775 en la provincia de Cantón, China, con el nombre de Shi Yang, dentro de una familia tanka —un pueblo que vivía y trabajaba sobre juncos, los barcos de vela tradicionales chinos, a lo largo de la costa—. De joven trabajó en burdeles, casas de juego y embarcaciones de Guangdong, hasta integrar el elenco de un burdel flotante de Cantón. Los historiadores que se ocuparon de ella coinciden en que era inusualmente alta para la época, y que su belleza la distinguía del resto.
Esa belleza fue justamente lo que llamó la atención de Zheng Yi, el capitán que comandaba la temida Flota de la Bandera Roja, quien había secuestrado a varias prostitutas del mismo burdel y la eligió a ella para convertirla en su esposa.
La condición que impuso antes de casarse
Un pedido impensable para una prostituta de la época
Ya a bordo del barco de Zheng Yi, Shi Yang le puso una condición que nadie esperaría de una mujer —y mucho menos de una exprostituta— en la China de comienzos del siglo XIX: solo se casaría con él si repartían el botín al cincuenta por ciento, y si ella compartía el mando sobre todos sus hombres. Zheng Yi aceptó.
De aldeas pobres a rutas comerciales enteras
Durante los años siguientes, la impotencia de los ejércitos imperiales chinos permitió que los piratas saquearan con total impunidad los pueblos de la costa, al punto de que se llegó a recomendar a sus habitantes que quemaran sus propias aldeas y huyeran tierra adentro antes que enfrentarlos. Pero la decisión que terminaría de hundir al Imperio en problemas fue otra: Zheng Yi y Shi Yang cambiaron de estrategia, dejaron de atacar pueblos pesqueros pobres, y pasaron a asaltar directamente los barcos mercantes, golpeando así de lleno las rutas comerciales internacionales.
En apenas seis años, gracias a una red de alianzas, la flota pasó de unas 200 embarcaciones a convertirse en un auténtico ejército naval de 1.500 naves. La estrategia de la pareja fue tan simple como efectiva: unir a todos los piratas de la región bajo una sola confederación, eliminando así a la competencia y maximizando las ganancias de todos. Nacieron de ese pacto seis flotas distintas, cada una identificada por un color de bandera —roja, negra, azul, blanca, amarilla y morada—, operando en conjunto como si fueran una auténtica marina pirata. Para 1806, todos los barcos que navegaban la región ya le pagaban tributo a esa confederación a cambio de protección.
La muerte de Zheng Yi, y una viuda al mando
Zheng Yi murió en 1807, a los 42 años, en circunstancias que nunca quedaron del todo claras. El escritor argentino Jorge Luis Borges, en su «Historia universal de la infamia», sostiene que fue envenenado con un plato de orugas cocidas con arroz; otras versiones dicen que murió en un naufragio provocado por un tsunami frente a la costa de Vietnam. Más allá de la causa exacta, lo cierto es que, apenas murió su marido, su viuda tomó el relevo, y pasó a ser conocida en adelante como Ching Shih.
El discurso con el que se impuso ante los capitanes
Cuando la tripulación se reunió para decidir quién asumiría el mando tras la muerte de Zheng Yi, Ching Shih subió a cubierta vestida con un traje de capitana bordado con dragones de oro sobre seda roja, azul y púrpura, y se dirigió directamente a los capitanes presentes, recordándoles que su propia escuadra era la más fuerte de todas y la que más tesoros había recaudado, y dejando en claro que no pensaba rendirse ante ningún jefe varón.
Un segundo matrimonio por conveniencia
Consciente de que su condición de mujer la hacía más vulnerable frente al resto de la flota, Ching Shih se casó con el hijo adoptivo de su difunto esposo, Cheung Po Tsai —a veces transliterado como Chang Pao—, a quien correspondía heredar el mando según la costumbre pirata. Lo nombró jefe directo de las tropas, lo que le permitió mantener a los hombres bajo control, ya que lo consideraban el heredero legítimo de ese imperio pirata, mientras ella misma se reservaba el manejo de los acuerdos comerciales y las alianzas. Lejos de ser una rareza, este tipo de pactos matrimoniales eran moneda corriente entre comunidades piratas, donde funcionaban, en los hechos, como auténticas fusiones de negocios.
El código de conducta, y sus castigos
Bajo el mando de Ching Shih, la flota —rebautizada en su conjunto como la Armada de la Bandera Roja— se rigió por un código de conducta extremadamente estricto, cuyo incumplimiento solía terminar en la muerte del infractor. Violar a una mujer apresada se castigaba con la decapitación. Bajar a tierra firme sin autorización, lo que se conocía como «franquear las barreras», se castigaba primero perforando las orejas del culpable frente a toda la flota, y con la muerte si reincidía. Estaba prohibido quedarse con cualquier parte del botín sin declararlo: todo debía registrarse, cada pirata recibía dos de cada diez partes, y las ocho restantes iban a un almacén comunitario —no cumplir esta norma también se pagaba con la vida—.
Solo se subastaban las mujeres consideradas bellas entre las prisioneras, y el pirata que comprara a una debía tratarla desde entonces como su esposa, con respeto y sin violencia; ni la infidelidad ni el maltrato hacia ella quedaban exentos de la pena capital. Desobedecer una orden directa, o molestar a los campesinos que ya pagaban tributo por protección, también se castigaba con la muerte. No había excepciones ni segundas oportunidades.
Las batallas que no pudo ganar el Imperio
La dinastía Qing probó distintas estrategias para derrotarla, sin éxito. Una flotilla de 35 barcos al mando de Lin Guoliang fue derrotada frente a la costa de Shenzhen. Otra fuerza gubernamental, esta vez de 100 embarcaciones al mando de Sun Quanmou, también fue rechazada. El propio emperador Jiaqing, furioso de que una mujer estuviera poniendo en jaque a todo su imperio, envió a su armada bajo el mando del almirante Kuo Lang: Ching Shih no huyó, salió directamente a su encuentro, y la armada imperial perdió 63 barcos completos, cuyas tripulaciones terminaron sumándose a la Bandera Roja bajo amenaza de muerte.
El bloqueo portugués de 1809, que tampoco la quebró
La batalla de la Boca del Tigre
Desesperado, el gobierno Qing pidió ayuda a las marinas extranjeras. En septiembre de 1809, en la llamada Batalla de la Boca del Tigre, una flota conjunta chino-portuguesa intentó encerrar a la Armada de la Bandera Roja en la bahía de Tung Chung. Durante tres meses, los buques portugueses mantuvieron el bloqueo, intentando destruir sus barcos. Ching Shih sufrió bajas importantes, pero finalmente logró zarpar con su fuerza pirata prácticamente intacta —nadie, ni los chinos ni los portugueses ni los ingleses, logró derrotarla de manera definitiva—.
La negociación del indulto, en sus propios términos
Ching Shih entendió que el acoso del gobierno nunca terminaría por su cuenta, así que decidió negociar desde una posición de fuerza: utilizó su poder para pactar un perdón para ella y para todos sus hombres, en el momento en que sus enemigos estaban en su punto más débil. Rechazó la primera oferta de amnistía del Imperio, hasta que en 1810 se presentó, sin previo aviso, en la sede del gobierno general de Cantón, a discutir personalmente los términos de su propio indulto.
Fiel a su propio código —que castigaba con la decapitación a cualquier desertor—, no se presentó ante el emperador solo para salvarse a sí misma, sino para negociar el indulto de toda su armada en conjunto. Consiguió, además del perdón, un acuerdo en efectivo, un título nobiliario, y el permiso para conservar una pequeña flotilla de barcos y marineros bajo su mando.
El final: ni cárcel ni cadalso, sino una casa de apuestas
Tras el indulto, Ching Shih se instaló en Cantón, donde abrió un burdel y una casa de juegos propia. Murió a los 69 años, convertida en una mujer respetada y próspera, dueña de su propio negocio, después de una vida que había comenzado en la pobreza más absoluta. Es, hasta hoy, la pirata más poderosa que existió jamás —y una de las pocas figuras de la historia de la piratería, hombre o mujer, que logró retirarse por su propia voluntad, en sus propios términos, sin haber sido nunca realmente derrotada en combate—.
Bastión se sostiene con trabajo, no con publicidad. Si esto te aportó algo, invitame un café.
☕ Invitame un café