Nadie vota directamente por Netanyahu, por Eisenkot ni por Bennett como primer ministro. Israel tiene uno de los sistemas electorales más proporcionales y más fragmentados del mundo, donde un partido de siete bancas puede terminar decidiendo quién gobierna. Esto es lo que realmente pasa entre que se cuentan los votos y alguien jura como primer ministro.
A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de las democracias presidencialistas de América Latina, en Israel la gente no elige directamente a su primer ministro. Vota por un partido, con una lista cerrada de candidatos que el propio partido armó de antemano, y el reparto de las 120 bancas de la Knéset —el Parlamento israelí— se hace de forma estrictamente proporcional al porcentaje de votos que cada lista obtuvo en todo el país. El cargo de primer ministro surge después, como consecuencia de esa aritmética parlamentaria, no como resultado de una boleta separada.
Un solo distrito, 120 bancas, pura proporcionalidad
Israel no tiene distritos electorales como la mayoría de los países: todo el territorio es, a efectos electorales, un único distrito nacional. Si un partido obtiene el 20% de los votos válidos en todo el país, se queda, en términos generales, con el 20% de las 120 bancas —24 escaños—. Eso genera un Parlamento que refleja con una fidelidad casi matemática la fragmentación real de la opinión pública israelí, a diferencia de sistemas mayoritarios como el británico o el estadounidense, que suelen exagerar artificialmente el peso de los partidos grandes.
Para entrar a la Knéset, un partido necesita superar el 3,25% de los votos válidos —un umbral elevado en 2014 desde el 2% que regía antes—. En la práctica, eso equivale a unas 4 o 5 bancas, según cuánta gente haya votado en total. Quedarse apenas por debajo de ese número, como vimos con el Pueblo de Israel de Ofer Winter en la última encuesta previa a esta elección, significa perder absolutamente todos los votos recibidos: no hay bancas parciales ni consuelo, es todo o nada.
¿Entonces quién decide quién es primer ministro?
Acá está la pieza que menos se entiende desde afuera. Terminado el escrutinio, el Presidente de Israel —un cargo mayormente ceremonial, hoy ocupado por Isaac Herzog— consulta a los representantes de todos los partidos que entraron a la Knéset, uno por uno, para preguntarles a quién recomiendan como candidato a formar gobierno. Con esa información, el Presidente le encarga la tarea a el diputado que considera con más chances reales de armar una coalición viable —habitualmente, aunque no siempre, el líder del partido más votado—.
Ese diputado tiene 28 días para formar gabinete, presentar la lista de ministros ante la Knéset y anunciar los lineamientos básicos de gobierno, con una posible extensión de 14 días más si lo necesita. Si fracasa en el plazo, el Presidente puede encargarle la misma tarea a otro diputado distinto. Recién cuando ese gobierno propuesto obtiene el respaldo formal de una mayoría de la Knéset en una votación de confianza, el candidato jura como primer ministro.
Como ningún partido israelí ganó jamás, en toda su historia, una mayoría absoluta de 61 bancas por sí solo, formar gobierno siempre implica negociar con partidos más chicos para sumar votos hasta superar ese umbral. Esa negociación empieza, de hecho, antes de que se cuenten los votos: los candidatos ya salen a ofrecer ministerios y a buscar apoyos previos. El resultado es que partidos religiosos o sectoriales con apenas 7 u 8 bancas —como Shas, Judaísmo Unido de la Torá, o los partidos de extrema derecha que hoy sostienen a Netanyahu— terminan teniendo un poder de veto y de negociación completamente desproporcionado a su tamaño real, porque sin su firma no hay los 61 votos necesarios para gobernar.
Gobiernos que caen antes de terminar su mandato
Una coalición de menos de 61 bancas es legalmente posible, pero prácticamente inviable: cualquier bloque opositor podría voltearla con una moción de censura casi de inmediato. Por eso los primeros ministros siempre buscan sumar bancas de sobra, no solo las 61 justas. Aun así, las coaliciones israelíes son estructuralmente frágiles —basta que un socio chico retire su apoyo por un desacuerdo puntual para que el gobierno completo se caiga—, lo que explica por qué Israel tuvo cinco elecciones entre 2019 y 2022, y por qué esta elección del 27 de octubre llega apenas después de la disolución de la Knéset anterior en julio.
El experimento fallido de votar directamente al primer ministro
Entre 1996 y 2001, Israel probó un sistema distinto: una boleta separada, votada directamente por la población, exclusivamente para elegir primer ministro, inspirada en el modelo presidencial estadounidense. La idea era resolver justo el problema que describimos arriba —la dependencia excesiva de partidos chicos—, dándole al ganador una legitimidad directa e independiente de la aritmética parlamentaria.
El experimento falló, en definitiva, por la misma razón por la que se había creado: separar la elección del primer ministro de la elección parlamentaria no resolvía la fragmentación de la Knéset, solo agregaba la posibilidad de que el primer ministro elegido directamente por la gente terminara, igual, dependiendo de una coalición minúscula en el Parlamento para poder gobernar. El problema de fondo —un sistema puramente proporcional sin ningún mecanismo que premie a los partidos grandes— nunca se tocó, y por eso el experimento se abandonó después de un solo ciclo completo.
Un último mecanismo poco conocido: los acuerdos de excedente
Antes de cada elección, dos partidos pueden firmar entre sí un «acuerdo de votos excedentes»: un pacto formal que permite combinar los votos que a cada uno le sobraron después del reparto inicial de bancas —bajo el método Bader-Ofer, una variante del sistema d’Hondt que se usa para convertir porcentajes de voto en bancas enteras—, para repartirse entre ambos una banca adicional que, por separado, ninguno de los dos habría alcanzado. Es una herramienta de alianza estratégica entre partidos aliados, que no siempre coincide con el bloque político «oficial» de cada uno, y que puede inclinar el resultado final en elecciones ajustadas como la que Israel enfrenta este martes 27 de octubre.
Entender este mecanismo es la clave para leer bien cualquier cobertura de una elección israelí: el número de bancas de cada partido importa menos, por sí solo, que la aritmética de bloques que se arma después. Un partido puede «ganar» la elección en términos de ser la lista más votada y, aun así, terminar fuera del gobierno, si el resto de las listas se alinean en su contra. Es exactamente el tipo de letra chica que las encuestas de bancas no siempre comunican bien, y que explica por qué, en Israel, el resultado real de una elección recién se conoce semanas después de que se cerraron las urnas.
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