Un rumor falso sobre la muerte de un estudiante, una huelga general con 75% de participación y una transición negociada sin una sola muerte directa. Cómo Checoslovaquia pasó, entre el 17 y el 28 de noviembre de 1989, de la represión policial a la presidencia de un disidente encarcelado.
Entre el 17 y el 28 de noviembre de 1989, Checoslovaquia vivió una de las transiciones de poder más rápidas y menos violentas del siglo XX: once días bastaron para que el Partido Comunista, que gobernaba de forma exclusiva desde el golpe de febrero de 1948, anunciara que renunciaba al poder. El proceso se conoció como Revolución de Terciopelo —»gentil» en la versión eslovaca— por la ausencia casi total de violencia física en una transición de ese calibre. Comenzó con una golpiza policial a estudiantes y terminó, apenas seis semanas después, con el disidente Václav Havel asumiendo la presidencia del país que hasta hacía poco lo consideraba un preso político.
El origen: represión, memoria y un gesto estudiantil
El 17 de noviembre de 1989, estudiantes checoslovacos organizaron una marcha para conmemorar el Día Internacional del Estudiante y, a la vez, el 50° aniversario de la represión nazi contra las universidades de Praga en 1939. La movilización, convocada formalmente por la Unión de Juventudes Socialistas —la organización juvenil oficialista—, comenzó de manera pacífica: hacia las 16:00 ya se habían sumado unas 15.000 personas, encabezadas por los organizadores Jiří Dienstbier y Šimon Pánek, que guiaron la marcha desde el cementerio de Vyšehrad hacia el centro de Praga, entre cánticos anticomunistas.
Alrededor de las 19:30, la policía antidisturbios bloqueó a la multitud en la calle Národní, cerró las vías de escape y atacó a los manifestantes. El saldo reportado fue de 568 heridos. Esa represión, filmada y difundida, fue la chispa que encendió el resto del proceso.
Mientras esperaba ser atendida por heridas sufridas en la represión, una joven llamada Drahomíra Dražská inventó la historia de que un estudiante, Martin Šmíd, había muerto a manos de la policía. Al día siguiente la compartió, entre otros, con la esposa del periodista disidente Petr Uhl, corresponsal de Radio Europa Libre. Esa misma noche, la emisora difundió la muerte como un hecho. La noticia —falsa— intensificó la sensación de crisis y empujó a sumarse a la protesta a muchos ciudadanos que hasta entonces dudaban. Una entrevista radial con el propio Šmíd, todavía vivo, no bastó para disipar la confusión de inmediato, y tomó varios días confirmar públicamente que no había muerto nadie. No existe evidencia histórica sólida de que la policía secreta (StB) haya fabricado deliberadamente el rumor; la única conexión documentada es que un agente de la StB, Ludvík Zifčák, estuvo presente entre los manifestantes esa noche, un dato que distintas fuentes señalan sin que llegue a probar una operación orquestada.
De la indignación a la organización
La represión del 17 de noviembre catalizó la formación casi inmediata de dos organizaciones que terminarían liderando la transición. En Praga, esa misma noche, se constituyó en un teatro el Foro Cívico, con Václav Havel y otros miembros de Charta 77 —la plataforma disidente perseguida desde 1977— entre sus fundadores. El Foro exigió la destitución de los responsables de la violencia policial, una investigación independiente y la liberación de los presos políticos.
En Bratislava, unas 500 personas —artistas, científicos y referentes culturales eslovacos, entre ellos Milan Kňažko y Ján Budaj— fundaron ese mismo 17 de noviembre Público Contra la Violencia, la organización que encabezaría el proceso en la región eslovaca del país. El Foro Cívico negoció directamente con el primer ministro Ladislav Adamec, que prometió que no habría más violencia pero se negó a discutir el fin del socialismo como sistema.
La escalada: de los teatros a las plazas
En los días siguientes, estudiantes y trabajadores de los teatros entraron en huelga, y las protestas se extendieron rápidamente a Bratislava, Brno, Ostrava y otras ciudades. El crecimiento de las movilizaciones fue vertiginoso: de unas 200.000 personas el 19 de noviembre, las cifras en Praga llegaron a un estimado de 500.000 al día siguiente, hasta alcanzar un pico de aproximadamente 800.000 personas en la manifestación habitual del campo de Letná el 25 de noviembre. En Bratislava, las protestas llegaron a reunir a unas 100.000 personas en su punto más alto.
El 24 de noviembre, el liderazgo del Partido Comunista, encabezado por el secretario general Miloš Jakeš, presentó su renuncia en bloque. Karel Urbánek, considerado un moderado dentro del partido, asumió como nuevo secretario general en medio de la crisis.
La huelga general: el punto de no retorno
El 27 de noviembre, una huelga general de dos horas —de 12:00 a 14:00— paralizó el país, con una participación estimada en torno al 75% de la población. Incluso la televisión y la radio estatales se sumaron al paro, y las bibliotecas comenzaron a liberar literatura anticomunista que hasta entonces circulaba de forma clandestina. Ese paro fue, en los hechos, la prueba definitiva de que el movimiento podía paralizar la vida pública del país, y consolidó al Foro Cívico como la voz legítima de negociación frente al régimen, por encima de cualquier otra estructura política existente.
Al día siguiente, 28 de noviembre, el Partido Comunista anunció formalmente que renunciaba al poder. La Asamblea Federal eliminó de la Constitución la cláusula que garantizaba al partido su «papel dirigente» en el Estado, cerrando en los hechos 41 años de régimen de partido único.
De disidentes a gobierno
El 10 de diciembre, el presidente Gustáv Husák nombró el primer gobierno mayoritariamente no comunista desde 1948, y a continuación presentó su propia renuncia. Dieciocho días después, el 28 de diciembre, Alexander Dubček —el líder reformista de la Primavera de Praga de 1968, apartado del poder tras la invasión soviética de ese año— fue elegido presidente de la Asamblea Federal, en lo que fue su primera aparición pública relevante durante toda la revolución, tras años alejado de la política activa.
Al día siguiente, 29 de diciembre de 1989, Václav Havel —dramaturgo, disidente y preso político en distintas ocasiones bajo el régimen comunista— fue elegido presidente de Checoslovaquia, en una ceremonia que distintos relatos históricos describen como cuidadosamente simbólica. Havel negoció además la retirada de aproximadamente 73.500 soldados soviéticos estacionados en territorio checoslovaco desde la invasión de 1968, que se completó en los meses siguientes al acuerdo. En junio de 1990 se celebraron las primeras elecciones libres del país desde 1946.
La revolución no surgió de la nada. Las políticas de glasnost (apertura) y perestroika (reestructuración) impulsadas por Mijaíl Gorbachov desde 1985 habían ido cambiando el clima político en todo el bloque soviético, aunque el liderazgo checoslovaco se resistió a aplicar reformas reales durante años. Las reformas en curso en Polonia y Hungría, y sobre todo la caída del Muro de Berlín apenas ocho días antes, el 9 de noviembre de 1989, funcionaron como un disparador psicológico directo: si Alemania Oriental había cedido, la pregunta en Praga y Bratislava era por qué Checoslovaquia no podía seguir el mismo camino. A esto se sumaban años de trabajo clandestino de Charta 77 —manteniendo viva la disidencia a través de publicaciones samizdat pese a la persecución— y un descontento económico creciente frente al estancamiento del nivel de vida bajo el sistema de planificación centralizada.
Lo que vino después
Tras la caída del régimen, Checoslovaquia emprendió reformas económicas de liberalización de precios, desmonopolización y privatización, que trajeron consigo un aumento del desempleo —hasta entonces inexistente bajo el sistema comunista— y obligaron a introducir por primera vez beneficios de desempleo y un salario mínimo. El desenlace final del proceso llegó el 31 de diciembre de 1992, cuando Checoslovaquia se dividió de manera pacífica en la República Checa y Eslovaquia, principalmente por tensiones políticas y de representación entre checos y eslovacos que el nuevo sistema democrático no logró resolver dentro de un único Estado.
El término «Revolución de Terciopelo» se atribuye a Rita Klímová, traductora de los disidentes durante las negociaciones con el régimen, en referencia a lo poco traumática que resultó la transición comparada con otros colapsos del bloque soviético ese mismo año. En Eslovaquia se la conoce más como «Revolución Gentil» (Nežná revolúcia). El símbolo callejero más repetido durante las protestas fue el sonido de llaves agitándose en el aire: una forma, a la vez literal y simbólica, de decirle a los funcionarios comunistas que «ya era hora de irse a casa».
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☕ Invitame un caféPocas transiciones de poder del siglo XX lograron lo que Checoslovaquia logró en apenas once días: tumbar 41 años de régimen de partido único sin una sola muerte directa atribuida al proceso revolucionario en sí, y llevar a un disidente perseguido a la presidencia en menos de seis semanas. Lo que no pudo sostenerse después fue la unidad del propio país que esa revolución liberó.
