Y lo que es más llamativo todavía: el país donde todo empezó, el país donde nació esta fecha, no la conmemora ese día.

Estados Unidos celebra su Día del Trabajo en septiembre. En septiembre. No en mayo.

¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué hay detrás de esa decisión? ¿Y por qué el resto del mundo eligió el primero de mayo específicamente?

Eso es exactamente lo que vamos a descubrir hoy. Y les adelanto algo: la historia que está detrás de esta fecha no tiene nada que envidiarle a ninguna película de Hollywood. Tiene una bomba. Tiene un juicio armado. Tiene conspiraciones, traiciones, y hombres que subieron al cadalso sabiendo que eran inocentes.

EL MUNDO DEL SIGLO XIX: EL ESCENARIO

Para entender lo que pasó, primero tenemos que entender el mundo en el que pasó. Porque si no entendemos el contexto, la historia pierde su peso real.

Estamos en la segunda mitad del siglo XIX. La Revolución Industrial lleva décadas transformando el mundo occidental a una velocidad que la humanidad nunca había visto. Las ciudades crecen de forma explosiva. Las fábricas multiplican su tamaño y su producción. El capitalismo industrial está en su forma más cruda, más brutal, más desregulada.

Y en ese mundo, la vida de un trabajador fabril era, en muchos casos, algo difícil de imaginar hoy en día.

Las jornadas de trabajo no tenían horario fijo. Doce horas era lo habitual. Catorce, bastante común. Dieciséis horas, no era una rareza. El concepto de «fin de semana» prácticamente no existía para la gran mayoría. Se trabajaba seis días a la semana, a veces siete. El descanso dominical era en teoría un derecho religioso, pero en la práctica muchos dueños de fábrica simplemente lo ignoraban.

No existían las vacaciones pagas. No existía el seguro de accidente laboral. Si un trabajador se lastimaba en la línea de producción y ya no podía trabajar, simplemente lo reemplazaban. Sin indemnización, sin compensación, sin nada. La familia quedaba en la calle.

Y hablamos de familias enteras metidas en ese sistema. Porque en aquella época, el trabajo infantil era completamente legal y absolutamente masivo. Niños de ocho, nueve, diez años trabajando en fábricas de textiles, en minas de carbón, en fundiciones. Haciendo jornadas completas por salarios miserables, en condiciones que destruían su salud antes de que llegaran a la adultez.

Las ciudades industriales de Estados Unidos en esa época eran lugares de una densidad y una miseria particulares. Chicago, en especial, era una bestia. Una ciudad que había crecido a una velocidad brutal. En 1840 tenía cuatro mil habitantes. En 1880 ya tenía medio millón. En cuarenta años multiplicó su población por ciento veinticinco. Ese crecimiento acelerado y descontrolado traía consigo todos los problemas imaginables: hacinamiento, enfermedades, corrupción, violencia.

Y en ese caldo de cultivo, el descontento obrero llevaba años fermentando.

EL MOVIMIENTO POR LAS OCHO HORAS

La demanda central que unificaba a los trabajadores organizados en esa época era sorprendentemente simple, casi matemática: ocho horas.

Ocho horas de trabajo. Ocho horas de descanso. Ocho horas para la vida personal, la familia, la educación, el esparcimiento.

La consigna circulaba en panfletos, en reuniones sindicales, en los periódicos obreros: «Eight hours for work, eight hours for rest, eight hours for what we will.» Ocho horas para trabajar, ocho para descansar, ocho para lo que queramos.

Eight hours for work, eight hours for rest, eight hours for what we will.


Ocho horas para trabajar, ocho para descansar, ocho para lo que queramos.

Parecía una demanda razonable, incluso modesta. Pero para los grandes industriales de la época, era una amenaza directa a su modelo de negocio. Reducir la jornada laboral significaba, en su lógica, reducir la producción, reducir las ganancias. Y había muy poca o ninguna regulación estatal que los obligara a ceder.

El movimiento obrero en Estados Unidos venía creciendo durante décadas. Los sindicatos se organizaban, se disolvían, volvían a organizarse. Había corrientes de todo tipo: sindicalistas reformistas que buscaban negociar dentro del sistema, socialistas que querían transformarlo, anarquistas que directamente querían abolirlo.

Esta diversidad ideológica era, al mismo tiempo, una fuente de fortaleza y de conflicto interno. Pero en torno a la demanda de las ocho horas, en la primera mitad de la década de 1880, muchas de esas corrientes lograron alinearse.

La Federación Americana del Trabajo, fundada en 1881 y reorganizada en 1886, tomó la iniciativa. Estableció una fecha concreta y simbólica para lanzar una huelga general nacional: el primero de mayo de 1886.

¿Por qué el primero de mayo? Porque en muchos estados de Estados Unidos, el primero de mayo era la fecha tradicional en que se renovaban los contratos laborales anuales. Era, en cierto sentido, el Año Nuevo del trabajo. Una fecha con peso simbólico ya instalado en la cultura laboral del país.

La preparación fue intensa. Durante meses, sindicatos y organizaciones obreras de todo el país se movilizaron. La consigna se repetía en cada fábrica, en cada taller, en cada mina: el primero de mayo, todos paran.

EL PRIMERO DE MAYO DE 1886

Y llegó el primero de mayo de 1886.

Lo que ocurrió ese día superó todas las expectativas, tanto de los organizadores como de las autoridades.

En todo Estados Unidos, se calcula que entre trescientas mil y medio millón de trabajadores se declararon en huelga o participaron de manifestaciones. Era una movilización de una escala sin precedentes en la historia del país hasta ese momento.

Solo en Chicago, que era el epicentro del movimiento, se calcula que ochenta mil personas salieron a las calles. Ochenta mil. En una ciudad de medio millón de habitantes, eso es una proporción extraordinaria.

Las manifestaciones eran en su gran mayoría pacíficas. Había familias enteras. Había música. Había discursos. El ambiente era de una energía colectiva enorme, esa sensación de que algo importante estaba pasando, de que la historia se estaba moviendo.

Y en buena medida, funcionó. Muchas empresas, ante la presión de la huelga y el temor a perder producción, cedieron. Se calcula que en los días posteriores al primero de mayo, alrededor de doscientas mil trabajadores en todo el país obtuvieron la reducción de su jornada laboral a ocho horas.

Pero la patronal más poderosa y los sectores más conservadores del gobierno no estaban dispuestos a dejar que eso se consolidara. Algo tenía que pasar para frenar el momentum del movimiento obrero.

Y algo pasó.

McCORMICK Y EL INICIO DEL ESPIRAL

Hay que retroceder unos días para entender la cadena de eventos que llevó a lo que va a ocurrir.

En Chicago, una de las fábricas más importantes era la McCormick Harvesting Machine Company, fabricante de maquinaria agrícola. Era una empresa enorme, poderosa, y su dueño, Cyrus McCormick Jr., tenía una relación particularmente conflictiva con sus trabajadores.

Desde el comienzo de 1886, la fábrica McCormick estaba en huelga. Los trabajadores llevaban meses parados. McCormick había respondido contratando trabajadores de reemplazo, los llamados «rompehuelgas» o «esquiroles», y había pedido protección policial para garantizar que pudieran entrar a trabajar.

El ambiente era de una tensión extrema.

El tres de mayo de 1886, mientras se desarrollaba un mitin obrero cerca de la fábrica, los trabajadores en huelga se enfrentaron con los rompehuelgas que salían del turno. La policía intervino con una violencia considerable. Dispararon contra la multitud. Varios trabajadores murieron. Los testimonios varían en cuanto al número exacto, pero la brutalidad de la represión fue innegable.

Uno de los oradores en ese mitin era August Spies, un periodista y activista de origen alemán que dirigía un periódico obrero en Chicago. Spies presenció la represión policial, vio a los trabajadores caer. Y esa noche, indignado, escribió y publicó un panfleto urgente convocando a un mitin de protesta para el día siguiente en la Plaza Haymarket.

El panfleto pedía que los trabajadores asistieran armados para defenderse. Esa última parte, «armados», va a ser central en lo que sigue.

LA NOCHE DE HAYMARKET

Cuatro de mayo de 1886. Plaza Haymarket, Chicago.

Es una noche fría, con amenaza de lluvia. El mitin convocado por Spies ya lleva varias horas. Han hablado varios oradores. La multitud, que en algún momento llegó a las mil quinientas personas, se ha ido dispersando. Para cuando termina el último discurso, quedan menos de trescientas personas en la plaza. Hay periodistas presentes. El propio alcalde de Chicago, Carter Harrison, ha estado ahí durante buena parte del mitin y ha determinado que es pacífico. Se ha ido a su casa.

Y entonces llega la policía.

Un inspector de policía llamado John Bonfield, conocido por su brutalidad, llega con casi doscientos agentes y ordena dispersar el mitin, a pesar de que el alcalde ya había dicho que era pacífico. Los oradores empiezan a retirarse.

Y en ese momento, alguien lanza una bomba.

Una bomba de hierro fundido con mecha, que cae entre las filas policiales y explota.

La detonación mata a un oficial de policía en el acto. Varios más quedan heridos de gravedad. La policía, en el caos y el pánico, comienza a disparar. En el intercambio de disparos, mueren más policías por fuego amigo que por la bomba misma. Y entre la multitud de trabajadores, también hay muertos y heridos.

El saldo final es de siete u ocho policías muertos y entre cuatro y ocho civiles muertos, dependiendo de las fuentes. Decenas de heridos de ambos lados.

Nadie sabe quién lanzó la bomba.

Nadie lo supo en ese momento. Y lo que es más impactante, más de ciento treinta años después, todavía no se sabe con certeza quién fue el autor del atentado.

Esa es la verdad histórica. Hasta el día de hoy, la identidad del responsable del atentado de Haymarket es un misterio sin resolver.

EL PÁNICO Y LA CAZA DE BRUJAS

Lo que siguió al atentado de Haymarket fue una tormenta perfecta de pánico, histeria colectiva y oportunismo político.

Los diarios de Chicago y de todo el país publicaron portadas incendiarias. Se hablaba de una conspiración anarquista para derrocar al gobierno. Se usaban palabras como «terrorismo», «revolución», «invasión extranjera». Muchos de los líderes obreros más conocidos eran inmigrantes europeos, alemanes, austriacos, checos, y eso se usó para pintar al movimiento obrero como algo foráneo, como una amenaza externa a los «verdaderos valores americanos».

El clima de miedo fue tan intenso y tan orquestado que en muchas ciudades del país empezaron a producirse detenciones masivas de activistas obreros, redadas a sedes sindicales, prohibiciones de reuniones públicas. Toda la energía que el movimiento había construido durante años empezó a desmoronarse bajo el peso de la represión y el estigma.

En Chicago, las autoridades necesitaban culpables. Culpables rápidos, culpables visibles, culpables que mandaran un mensaje al resto del movimiento.

Detuvieron a ocho hombres. Ocho líderes y activistas del movimiento obrero anarquista de Chicago.

Sus nombres: August Spies, el periodista que había convocado el mitin. Albert Parsons, un ex soldado confederado convertido en activista obrero. Samuel Fielden, un predicador metodista convertido en sindicalista. Michael Schwab, George Engel, Adolph Fischer, Louis Lingg, y Oscar Neebe.

Ocho hombres. Y acá viene uno de los datos más importantes de toda esta historia: ninguno de ellos había lanzado la bomba. De hecho, varios de ellos no estaban físicamente en la Plaza Haymarket cuando ocurrió el atentado. Parsons, por ejemplo, había abandonado el lugar antes de que llegara la policía.

Pero eso, en el tribunal que se armó, no iba a importar demasiado.

EL JUICIO

El juicio que se realizó en el verano de 1886 es estudiado hasta el día de hoy en las facultades de derecho como un ejemplo paradigmático de proceso judicial viciado.

El juez que presidió el caso fue Joseph Gary. Y ya desde el principio, la selección del jurado fue irregular de una manera difícil de ignorar. El jurado fue elegido de forma no aleatoria. El alguacil encargado de convocar a los jurados era amigo del fiscal. De los doce jurados que finalmente quedaron, varios tenían vínculos directos o indirectos con las víctimas policiales. Uno de ellos era empleado de la empresa McCormick, la misma cuya huelga había desencadenado toda la cadena de eventos.

Los propios abogados defensores protestaron por la composición del jurado. El juez los ignoró.

La teoría legal del fiscal fue, cuanto menos, novedosa. Como no podía demostrar que ninguno de los acusados había lanzado la bomba, porque ninguno lo había hecho, construyó una teoría diferente: que los acusados eran moralmente responsables del atentado porque sus discursos y escritos habían incitado a quien fuera que lo cometió. No importaba si lo habían hecho o no. No importaba si habían estado ahí o no. Habían creado el «ambiente» que hizo posible el crimen.

Era, en esencia, juzgarlos por sus ideas. Por sus palabras. Por los panfletos que habían escrito, por los discursos que habían dado, por las reuniones a las que habían asistido.

El juicio duró varias semanas. Al final, los ocho acusados fueron declarados culpables. Siete de ellos fueron condenados a muerte. El octavo, Oscar Neebe, fue condenado a quince años de trabajos forzados.

El veredicto generó una ola de protestas internacional. Desde Europa llegaron peticiones de clemencia firmadas por intelectuales, científicos, escritores. El propio George Bernard Shaw se pronunció. Victor Hugo ya había muerto ese mismo año, pero el caso resonó en los círculos literarios e intelectuales de todo el continente.

Dentro de Estados Unidos, las protestas también fueron importantes. Muchos juristas y figuras públicas criticaron abiertamente el proceso. Se presentaron recursos, se pidieron revisiones.

No sirvió de mucho.

El gobernador de Illinois conmutó la pena de dos de los condenados. A uno de ellos se la redujo a cadena perpetua. Los cuatro restantes fueron confirmados en su condena de muerte.

LOS ÚLTIMOS DÍAS: EL DRAMA HUMANO

En los días previos a la ejecución, los condenados siguieron siendo figuras de una dignidad notable, al menos según los testimonios de quienes los visitaron en prisión.

August Spies, el periodista que había convocado el mitin fatídico, escribió desde su celda de manera prolífica. Sus cartas y declaraciones circularon en los periódicos obreros de todo el mundo. En una de sus últimas declaraciones públicas, pronunció unas palabras que se volverían famosas: que llegará el día en que su silencio será más poderoso que las voces que estaban a punto de estrangular.

Albert Parsons, el único de los acusados nacido en Estados Unidos, podría haberse salvado. Estaba en el exterior cuando se produjeron las detenciones. Había tenido tiempo de escapar, de exiliarse, de poner distancia entre él y Chicago. En cambio, tomó la decisión de entregarse voluntariamente para ser juzgado junto a sus compañeros. No quiso salvarse a costa de abandonarlos.

Louis Lingg fue el único que no esperó la ejecución. La noche antes, en su celda, consiguió hacer ingresar una pequeña cápsula explosiva, o así fue la versión oficial al menos, y murió de las heridas antes del amanecer. Tenía veintidós años.

El once de noviembre de 1887, Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron llevados al cadalso. Tenían capuchas en la cabeza. Antes de que se abriera la trampilla, Spies gritó sus últimas palabras: «¡Llegará el momento en que nuestro silencio sea más elocuente que las voces que hoy estrangulais!»

«¡Llegará el momento en que nuestro silencio sea más elocuente que las voces que hoy estrangulais!»

– August Spies –


Y entonces los ahorcaron.

Los Mártires de Chicago, como pasarían a ser conocidos en la historia del movimiento obrero mundial, habían muerto.

LA REHABILITACIÓN: LA HISTORIA HACE JUSTICIA

La historia, a veces, tarda. Pero llega.

En 1893, seis años después de las ejecuciones, asumió como gobernador de Illinois un hombre llamado John Peter Altgeld. Era alemán de nacimiento, había emigrado a Estados Unidos de niño, y tenía fama de ser un hombre de una integridad inusual para la política de la época.

Altgeld revisó el caso en detalle. Leyó las transcripciones del juicio. Analizó las pruebas. Y llegó a una conclusión que lo iba a costar su carrera política.

El veintisiete de junio de 1893, el gobernador Altgeld firmó el indulto de los tres condenados que aún seguían vivos en prisión, Fielden, Schwab y Neebe, y en el texto del indulto escribió una de las críticas judiciales más demoledoras de la historia legal estadounidense. Dijo, con nombre y apellido, que el juicio había sido una farsa. Que el jurado había estado sesgado desde el principio. Que el juez Gary había actuado de manera parcial y arbitraria. Que los acusados habían sido condenados no por lo que habían hecho sino por lo que pensaban

Los medios de comunicación más poderosos del país lo atacaron ferozmente. Lo llamaron anarquista, traidor, enemigo del orden. Su carrera política nunca se recuperó.

Pero tenía razón. Y la historia así lo reconoció.

Hoy, en el estado de Illinois, la condena a los Mártires de Chicago es reconocida oficialmente como uno de los mayores errores judiciales de la historia del estado.

LA FECHA SE VUELVE MUNDIAL

Pero regresemos a 1889. Dos años después de las ejecuciones. La historia todavía no ha hecho justicia, pero el impacto de lo ocurrido en Chicago ya se siente en todo el mundo.

En París, ese año, se celebra la Exposición Universal. Y en ese mismo contexto, se reúne el Congreso Internacional Socialista, conocido históricamente como la Segunda Internacional.

Son representantes de movimientos obreros y socialistas de docenas de países. Y en ese congreso, se toma una decisión histórica: se establece que el primero de mayo de cada año será el Día Internacional de los Trabajadores.

¿Por qué el primero de mayo? En memoria directa de lo ocurrido en Chicago. Los delegados querían que esa fecha, que había visto la movilización masiva de 1886 y que había desencadenado la cadena de eventos que llevó a la muerte de los Mártires, quedara grabada en la memoria colectiva del movimiento obrero mundial.

La primera conmemoración internacional se realizó el primero de mayo de 1890. Y la respuesta superó todas las expectativas. En toda Europa hubo manifestaciones multitudinarias. En Bruselas, en Viena, en Budapest, en Madrid, en Roma. Friedrich Engels, el colaborador histórico de Karl Marx, que todavía vivía en ese momento, contempló las movilizaciones con emoción desde Londres.

La fecha había nacido en Chicago, en una plaza, en una noche de bomba y pólvora, y en el cadalso de una prisión de Illinois. Pero ahora le pertenecía al mundo.

LA PARADOJA ESTADOUNIDENSE

Y acá llegamos a uno de los datos más curiosos, más irónicos, de toda esta historia.

Estados Unidos, el país donde nació el primero de mayo, el país donde ocurrió Haymarket, el país donde ejecutaron a los Mártires de Chicago, es también el país que decidió no conmemorar esa fecha ese día.

¿Cómo se explica eso?

La explicación tiene nombre propio: Grover Cleveland.

Cleveland era presidente de Estados Unidos en 1894, en plena era de efervescencia obrera y de tensión social. Ese año se había producido la gran huelga de Pullman, otra movilización masiva de trabajadores ferroviarios que el gobierno federal había reprimido con el ejército, dejando muertos y decenas de miles de arrestados. El ambiente estaba cargado.

Cleveland quería establecer un Día del Trabajo oficial. Era una demanda que el movimiento sindical llevaba años haciendo. Pero no quería que ese día fuera el primero de mayo. No quería que el Día del Trabajo en Estados Unidos tuviera ninguna conexión con los eventos de Chicago de 1886, con los Mártires, con la Segunda Internacional Socialista, con todo ese universo simbólico que para los sectores más conservadores del país olía a revolución y a subversión.

Así que Cleveland eligió el primer lunes de septiembre, una fecha que ya algunos sindicatos más moderados venían proponiendo. Fue el primero de septiembre de 1894. Y lo estableció como el Labor Day oficial de Estados Unidos.

La separación fue deliberada. Fue una decisión consciente de desconectar la conmemoración laboral estadounidense de su origen real, de borrar o minimizar la memoria de Haymarket y de los Mártires de Chicago.

El resultado, paradójico y fascinante, es que hoy, si uno camina por las calles de Chicago el primero de mayo, es un día laboral normal. La ciudad donde nació esta fecha no la conmemora ese día.

EL PRIMERO DE MAYO EN EL SIGLO XX: LA GUERRA FRÍA

Pero la historia del primero de mayo no termina en el siglo XIX ni con el caso de los Mártires. La fecha siguió evolucionando, siguió cargándose de significados a lo largo del siglo XX.

Con la Revolución Rusa de 1917 y la creación de la Unión Soviética, el primero de mayo adquirió una nueva dimensión. Para el nuevo Estado soviético, la fecha se convirtió en una de las celebraciones más importantes del calendario oficial. Cada primero de mayo, en la Plaza Roja de Moscú, se realizaba un desfile militar y obrero masivo. Era una demostración de fuerza, de unidad, de poder. Las imágenes de esos desfiles daban la vuelta al mundo.

Y esto tuvo una consecuencia directa sobre cómo Occidente veía la fecha.

A medida que la Guerra Fría fue estructurando la política mundial en dos bloques, el primero de mayo fue quedando asociado, en la percepción de muchos sectores en el mundo occidental, con el bloque soviético, con el comunismo, con el otro bando. Los desfiles del Primero de Mayo en Moscú, con sus misiles y sus tanques, se convirtieron en una de las imágenes icónicas de la confrontación entre las dos superpotencias.

Esa asociación tuvo efectos concretos. En Estados Unidos y en varios países del bloque occidental, la celebración del primero de mayo fue observada con desconfianza, cuando no directamente reprimida. En el contexto del macartismo, en los años cincuenta, participar de cualquier conmemoración del primero de mayo podía marcar a una persona como sospechosa de simpatías comunistas.

El Día del Trabajo en septiembre, la fecha alternativa inventada por Cleveland, cobraba así, retrospectivamente, todo su sentido como herramienta de diferenciación simbólica.

Sin embargo, incluso en el bloque occidental, la mayoría de los países siguió conmemorando el primero de mayo. En Francia, en Italia, en Gran Bretaña, en España después de la dictadura de Franco, en la mayor parte de América Latina, la fecha siguió siendo el día central de las conmemoraciones laborales. El vínculo con la memoria de Chicago era demasiado fuerte, demasiado arraigado en la historia del movimiento obrero para ser borrado por las tensiones de la Guerra Fría.

Y cuando la Unión Soviética se disolvió en 1991, cuando el bloque comunista se desarmó, la fecha no desapareció. Siguió siendo conmemorada en la misma cantidad de países, en los mismos días, con la misma regularidad. Porque su origen no era soviético. Era anterior. Era americano. Era Chicago, 1886.

LOS PERSONAJES: QUIÉNES ERAN LOS MÁRTIRES

Antes de cerrar, quiero dedicar un momento a hablar de quiénes eran realmente estos hombres. Porque la historia a veces reduce a las personas a símbolos, y es importante recordar que eran seres humanos concretos, con historias personales, con familias, con contradicciones.

August Spies tenía treinta y un años cuando lo ejecutaron. Había llegado a Estados Unidos desde Alemania a los diecisiete. Era inteligente, brillante con las palabras, con una capacidad notable para comunicar ideas complejas de manera simple. Dirigía el Arbeiter-Zeitung, el principal periódico obrero en alemán de Chicago. Estaba comprometido con Lucy Parsons, una de las mujeres más notables del movimiento.

Albert Parsons tenía treinta y nueve años. Su historia es una de las más extraordinarias. Había nacido en Alabama, en el sur. Era de familia sureña, había luchado del lado confederado en la Guerra Civil siendo casi un adolescente. Después de la guerra, en vez de seguir el camino que se esperaba de alguien de su origen, se volvió un militante de los derechos de los trabajadores y los afroamericanos, en un momento y en un lugar donde eso te convertía en un paria. Se casó con Lucy González, una mujer de origen mexicano y afroamericano, en una época en que los matrimonios interraciales eran ilegales en Texas. Se mudó a Chicago huyendo de las amenazas. Y ahí dedicó su vida al movimiento obrero.

Adolf Fischer tenía veinticinco años. Era tipógrafo, también de origen alemán. George Engel tenía cincuenta años, el mayor del grupo. Era comerciante, también alemán. Fielden era inglés, había llegado a Estados Unidos como jornalero. Schwab era un intelectual que había estudiado en Europa.

Eran inmigrantes en su mayoría, hombres que habían cruzado océanos buscando algo mejor y que habían encontrado una América muy diferente de la que les habían prometido. Que habían decidido, cada uno a su manera, que valía la pena pelear por cambiar eso.

Si eran santos o no, si sus ideas eran correctas o equivocadas, si sus métodos eran los adecuados, todo eso es discutible y ha sido debatido durante más de un siglo. Pero lo que está fuera de discusión, lo que la historia ha terminado por reconocer, es que no lanzaron ninguna bomba. Y que los mataron de todas formas.

EL MEMORIAL Y LA MEMORIA

En el cementerio de Waldheim, en las afueras de Chicago, hay un monumento.

Es una estatua de bronce, oscurecida por el tiempo. Representa a una figura femenina que coloca una corona de laureles sobre la frente de un hombre caído. Fue instalada en 1893, dos años después de las ejecuciones, financiada por donaciones del movimiento obrero de todo el mundo.

Es el lugar donde están enterrados los Mártires de Chicago.

Durante décadas, cada primero de mayo, trabajadores y activistas de todo el mundo enviaban flores a ese lugar. Delegaciones viajaban desde Europa, desde América Latina, desde Asia, para depositar coronas en esa tumba.

El monumento fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1997 por el gobierno de Estados Unidos. Ciento diez años después de que ese mismo gobierno los mandara colgar.

En la base del monumento hay una inscripción con las últimas palabras de August Spies, las que gritó desde el cadalso antes de que se abriera la trampilla:

«El día llegará en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que hoy estrangulais.»

CIERRE

El primero de mayo es una fecha que tiene el peso de todo esto detrás. Una plaza en Chicago. Una bomba que nadie sabe quién lanzó. Ocho hombres juzgados por sus ideas. Cuatro horcas. Y un monumento en un cementerio que recibe flores desde hace más de cien años de personas que nunca conocieron a los que están enterrados ahí.

La historia no siempre es ordenada ni justa. A veces los culpables nunca son encontrados. A veces los que pagan son los que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. A veces la verdad llega tarde, y cuando llega, los que podrían haberla recibido ya no están.

El caso de los Mártires de Chicago es, entre otras cosas, un recordatorio de que los grandes eventos históricos casi siempre tienen detrás historias humanas muy concretas, muy particulares. Nombres. Edades. Familias. Palabras finales.

Lo que queda de esa historia, lo que no se puede borrar aunque se cambie la fecha en el calendario, es que en una noche de noviembre de 1887, cuatro hombres subieron a un cadalso en Chicago sabiendo que no habían hecho lo que se les imputaba, y que eso, a la justicia de ese momento, no le importó demasiado.

Y que ciento treinta y tantos años después, en más de ciento sesenta países del mundo, la gente conmemora esa historia cada primero de mayo.

Aunque muchos no sepan que la están conmemorando.


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