1924-1949 — Herzogenaurach, Baviera
Adidas y Puma: dos hermanos, un odio
Ambos se afiliaron al Partido Nazi. Uno terminó denunciando al otro. Y un pueblo bávaro entero tuvo que elegir bando, calle por calle, entre dos marcas que nacieron del rencor y todavía hoy compiten por dominar el deporte mundial.
- Dos hermanos, un taller de zapatos
- El nazismo como oportunidad de negocio
- Jesse Owens y la gloria de 1936
- La guerra que los separó
- La denuncia, y el juicio de desnazificación
- «Ahí están estos malditos de vuelta»
- 1948: la fábrica se parte en dos
- Un pueblo dividido por dos marcas
- El eco que llega hasta hoy
Antes de ser dos de las marcas deportivas más grandes del planeta, Adidas y Puma fueron una sola fábrica de zapatos, fundada por dos hermanos bávaros que se complementaban a la perfección —hasta que la Segunda Guerra Mundial, una denuncia y un rencor que nunca se resolvió los convirtió en enemigos de por vida.
Dos hermanos, un taller de zapatos
Rudolf Dassler nació en 1898; su hermano menor, Adolf —a quien todos llamaban «Adi»—, dos años después, en 1900, en Herzogenaurach, una pequeña localidad bávara cercana a Núremberg. Tras volver de la Primera Guerra Mundial, Adi convenció a su familia de apoyarlo en una obsesión que venía cultivando desde joven: fabricar zapatos. Rudolf, que le vio potencial al proyecto, decidió sumarse.
En 1924 fundaron juntos la Gebrüder Dassler Schuhfabrik —la Fábrica de Zapatos de los Hermanos Dassler—. Se complementaban con precisión: Adi era el diseñador introvertido, obsesionado con perfeccionar cada detalle técnico del calzado; Rudolf, el extrovertido, encargado de las relaciones públicas y comerciales. Aunque sus productos todavía no tenían marca propia, la calidad llegó a oídos de Josef Waitzer, entrenador del equipo alemán de atletismo, que los contrató para confeccionar calzado deportivo.
El nazismo como oportunidad de negocio
La década de 1930 trajo el ascenso de Hitler al poder, y con él, una obsesión estatal por el deporte como vía hacia lo que el régimen llamaba la «perfección aria». Ni Adi ni Rudolf estaban especialmente interesados en política, pero ambos supieron ver ahí una oportunidad comercial clara: se convirtieron en proveedores de las Juventudes Hitlerianas, la organización paramilitar que entrenaba física y militarmente a los jóvenes alemanes bajo la ideología nazi.
La afiliación de ambos hermanos al partido
Cuando el Partido Nazi llegó al poder en 1933, los dos hermanos se afiliaron —Rudolf, según reconstruyen distintas fuentes históricas, por afinidad genuina con el nacionalsocialismo, además de la ventaja comercial y estratégica que le daba frente a las autoridades; Adi, según su propia defensa posterior, más por conveniencia práctica que por convicción ideológica—.
Jesse Owens y la gloria de 1936
El negocio de los Dassler alcanzó su punto más alto durante los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, cuando sus zapatillas fueron el calzado deportivo oficial del evento. Fue justamente ahí donde el atleta afroamericano Jesse Owens compitió con calzado de los hermanos Dassler, ganando cuatro medallas de oro frente a Hitler —una ironía histórica notable, considerando que el propio régimen que impulsaba comercialmente a la marca sostenía, al mismo tiempo, una ideología racial que consideraba a Owens biológicamente inferior—.
La guerra que los separó
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial llegaron los primeros quiebres reales entre los hermanos. Rudolf fue llamado a filas y enviado al frente polaco, mientras Adi quedó exento del servicio militar para seguir al frente de la fábrica —que, como tantas otras en Alemania, fue obligada a reconvertir su producción hacia el esfuerzo bélico—. Los Dassler terminaron fabricando el Panzerschreck, la versión nazi del bazooka estadounidense.
La sospecha que envenenó todo
Rudolf quedó convencido de que su propio hermano había conspirado para mantenerlo lejos de la fábrica y del negocio familiar mientras él arriesgaba la vida en el frente —una sospecha que, comprobada o no, se transformó en el primer gran quiebre de una relación que ya venía tensa por diferencias ideológicas y de manejo empresarial—.
La denuncia, y el juicio de desnazificación
Tras el fin de la guerra, con la ocupación estadounidense de Alemania, llegó el momento más oscuro de toda la historia familiar. Rudolf denunció formalmente a su hermano ante las autoridades aliadas, acusándolo de simpatía nazi. Adolf fue sentenciado a diez años de prisión, y amenazado con perder por completo el control del negocio.
El testimonio que lo salvó
Un alcalde local —mitad judío— testificó en su favor, asegurando que Adolf lo había ayudado y escondido en su propia propiedad antes de que pudiera ser capturado, además de respaldar la versión de que se había resistido a involucrarse políticamente con el partido. En la apelación, sin embargo, el propio Rudolf declaró en su contra: afirmó que había sido Adolf quien organizó la producción de armamento por iniciativa propia y para beneficio personal, y que era él —Rudolf— quien en realidad se había resistido al régimen. Los registros financieros de la empresa terminaron demostrando que esa versión era falsa. La condena de Adolf se redujo finalmente a dos o tres años, pero el daño en la relación entre los hermanos ya era irreversible.
Según reconstruyen varias fuentes, fue la esposa de Adolf, Käthe Dassler, quien tuvo un rol decisivo en salvar el negocio familiar: convenció a las tropas estadounidenses de que la fábrica solo quería seguir produciendo zapatillas deportivas, no armamento por convicción ideológica.
«Ahí están estos malditos de vuelta»
Existe una leyenda —nunca comprobada del todo, pero repetida en varias reconstrucciones históricas— sobre el momento exacto en que la relación entre los hermanos se quebró para siempre. En 1943, durante un bombardeo aliado, Adolf y su esposa se refugiaron en un búnker improvisado. Rudolf y su propia esposa llegaron después, golpeando la puerta para poder entrar. Adolf, según cuenta la anécdota, habría exclamado: «Ahí están estos malditos de vuelta» —refiriéndose, según insiste la versión más extendida, a los aviones aliados que sobrevolaban la zona, no a su hermano—. Rudolf, sin embargo, habría interpretado el comentario como dirigido directamente a él y a su familia, y nunca lo habría perdonado.
1948: la fábrica se parte en dos
Ante la imposibilidad de seguir operando juntos, los Dassler decidieron en 1948 dividir bienes y empleados. Adolf se quedó con la fábrica original; Rudolf se mudó al otro lado del río, a unos almacenes en ruinas, para empezar de cero. La mitad de los trabajadores y vendedores se fue con Rudolf; los diseñadores, en su mayoría, se quedaron con Adi.
Los dos nombres que nacieron de esa ruptura: Rudolf bautizó su nueva empresa «Ruda» —acrónimo de Rudi Dassler—, después rebautizada como PUMA. Adolf, por su parte, renombró en 1949 la fábrica original como «Adidas» —combinando su apodo «Adi» con las primeras letras de su apellido, «Das»—.
Un pueblo dividido por dos marcas
La ruptura no se quedó solo en el terreno familiar y empresarial: dividió a todo Herzogenaurach. Cada habitante del pueblo se vio, casi obligadamente, forzado a tomar partido por una de las dos fábricas —convirtiendo a la pequeña localidad bávara en un escenario cotidiano de la misma rivalidad que, décadas después, seguiría definiendo el mercado global del calzado deportivo—.
El eco que llega hasta hoy
Los propios hermanos jamás se reconciliaron: murieron con apenas unos meses de diferencia a fines de los años 70, sin haberse dirigido la palabra en más de tres décadas —ni siquiera están enterrados en el mismo extremo del cementerio local—. Ese origen marcado por la guerra, la denuncia mutua y el rencor familiar sigue apareciendo, hasta el día de hoy, cada vez que alguna de las dos marcas queda envuelta en una controversia pública: el pasado nazi documentado de sus fundadores resurge de forma recurrente en las redes sociales, especialmente en el contexto de escándalos vinculados a decisiones comerciales de Adidas o Puma en torno al conflicto israelí-palestino —el ejemplo más reciente, la polémica de septiembre de 2026 en torno a una campaña publicitaria de Adidas en Israel—, aunque se trate, evidentemente, de una empresa y una dirección completamente distintas a las de aquellos años.
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