BlackCore: la máquina
que digita
democracias
Francia investiga una firma israelí por interferir con inteligencia artificial en sus elecciones municipales. Cuando se tira del hilo, aparecen Nueva York, Escocia, Angola y Togo. Y cuando se busca a la «empresa» responsable, no hay ninguna: hay una red de sociedades que cambian de nombre cada año, una que sigue operando aunque fue disuelta en los registros, y un exdirector de la CIA sentado en el directorio del lado que se vende como «la solución».
detectadas hasta ahora
la misma empresa técnica
la firma detrás del sistema
oficialmente, hasta ahora
En marzo de 2026, tres candidatos de La France Insoumise en Marsella, Toulouse y Roubaix empezaron a aparecer en sitios web anónimos, acusados de violencia y abuso por perfiles falsos que se presentaban como víctimas reales. Una semana antes de las elecciones municipales francesas. Le Monde lo destapó el 9 de marzo. Tres meses después, lo que parecía un episodio local de campaña sucia se convirtió en una investigación de Estado que cruza Francia, Estados Unidos, Reino Unido y dos países africanos — y que todavía no tiene un responsable final con nombre y apellido.
Marsella, Toulouse, Roubaix — y un nombre que nadie conocía
El primero en caer fue Sébastien Delogu, candidato a la alcaldía de Marsella por LFI. Una mujer que se presentaba como bloguera y se llamaba «Sophie» lo acusó públicamente de violación y violencia. Lo mismo le ocurrió a François Piquemal, candidato en Toulouse, y a un tercer candidato en Roubaix. Las cuentas que difundían las acusaciones no eran personas reales: eran perfiles generados con inteligencia artificial, con fotos y biografías fabricadas, coordinados para amplificar la misma narrativa en el mismo momento.
Jean-Luc Mélenchon, líder de LFI, denunció la operación públicamente. La agencia francesa Viginum —creada en 2021 específicamente para detectar interferencia digital extranjera contra Francia— empezó a investigar. Reuters fue el primer medio en reportar, ese mismo fin de semana, el nombre que aparecía detrás de la trama: BlackCore.
El nombre comercial de algo que no es una sola empresa
BlackCore no es una sociedad con personalidad jurídica propia, registro único y un directorio identificable. Es el nombre con el que se conoce públicamente a una red de empresas, servidores y personas vinculadas en su mayoría a la inteligencia militar israelí — específicamente a veteranos de la Unidad 8200, la unidad de ciberinteligencia y guerra de información de las Fuerzas de Defensa de Israel.
El dominio blackcore.online se registró en agosto de 2025, pocos meses antes de que arrancaran las campañas municipales francesas de 2026, a través de un registrador islandés conocido por preservar el anonimato de sus titulares. Una investigación conjunta de los diarios Haaretz (Israel) y Libération (Francia) rastreó los servidores, el código y los dominios vinculados a esa red, y llegó a dos empresas con sede en Israel —Galacticos Ltd. y SNI Digital— y a un empresario que se presenta como especialista en ciberseguridad, Doron Afik.
Es la misma entidad legal, con el mismo equipo, cambiando de nombre tres veces en menos de tres años sin que cambiara su actividad de fondo: el desarrollo de un «Generador de Avatares con IA» capaz de crear perfiles falsos con cuentas activas, usables tanto para operaciones de influencia como para monitorear redes sociales. Uno de sus accionistas registrados es Nir Benita, exintegrante de la Unidad 8200.
Y hay otra capa más: parte de la infraestructura técnica de BlackCore —un servidor en Londres que alojaba las herramientas de la operación, incluida una página de acceso llamada literalmente «Galacticos AI Avatar Generator Login Page»— estaba sostenida por una empresa pantalla británica, SNI Ltd, que ya había sido dada de baja forzosa por el registro mercantil del Reino Unido dos años antes de la operación francesa. La sociedad ya no existía legalmente. El servidor seguía funcionando igual.
El nombre elegido para la marca comercial tampoco es inocente. «BlackCore» —literalmente, «núcleo negro»— se inscribe en una estética de nombres que la propia industria israelí de inteligencia privada usa con frecuencia: Black Cube («cubo negro»), la firma fundada en 2010 por exoficiales de inteligencia con sedes en Tel Aviv, Londres y Madrid, sigue el mismo patrón. No es prueba de vínculo entre ambas firmas, pero sí es un indicio del tipo de cultura corporativa de la que provienen: un lenguaje que casi reivindica lo encubierto —caja negra, operación negra— en lugar de disimularlo del todo.
Quién ataca, quién «defiende», y quién está en el medio
Lo más inquietante de esta historia no es una sola empresa: es la estructura completa que la rodea, según la reconstrucción hecha a partir de registros corporativos en Israel y el Reino Unido, archivos públicos en EEUU y los reportes de Viginum, Reuters, Haaretz y Libération.
Unidad 8200, Shin Bet, la Dirección Nacional de Ciberseguridad (INCD) y el Ministerio de Asuntos Estratégicos —la unidad gubernamental que coordinaba la lucha contra el activismo propalestino internacional y el movimiento BDS— aparecen como el origen del talento humano detrás de toda la red.
Galacticos, las sociedades SNI en Israel y en el Reino Unido, el nombre comercial BlackCore y el servidor de Londres. Esta es la parte que fabrica los perfiles falsos y ejecuta las campañas de desinformación.
Cyabra, empresa de inteligencia de amenazas sociales con sede en Tel Aviv que cotiza en Nasdaq bajo el ticker CYAB, vende a gobiernos y corporaciones herramientas de IA para detectar perfiles falsos y campañas de desinformación. Fue fundada por veteranos de la misma Unidad 8200 y de guerra de información de las FDI que, según fuentes del sector, construyeron las redes de personas falsas antes de construir las herramientas para detectarlas.
Candidatos de LFI en Francia, el candidato Zohran Mamdani en Nueva York, el primer ministro escocés John Swinney, y procesos electorales en Angola y Togo. Viginum llegó a hablar de hasta «19 gobiernos» como posible alcance total, una cifra todavía no confirmada en su totalidad por fuentes independientes.
«Su modus operandi no se limitó a las elecciones municipales francesas. También parece haber sido usado para llevar a cabo operaciones de interferencia digital en otros países o regiones, como Angola, Togo, y las elecciones en Escocia.»
Sobre el lado «defensivo» del ecosistema, hay un dato que conviene remarcar porque cambia la escala política del caso: entre los asesores senior de Cyabra figura Ram Ben Barak, exsubdirector del Mossad. Y en su directorio se sentó, según registros corporativos en Estados Unidos, Mike Pompeo, exdirector de la CIA durante el primer gobierno de Donald Trump. La misma red que —presuntamente— fabrica las campañas de desinformación también vende, del otro lado, la herramienta para «detectarlas» a los mismos gobiernos occidentales que podrían ser sus blancos.
Cinco elecciones, ningún patrón ideológico común
El caso de origen. Tres candidatos de La France Insoumise atacados con acusaciones falsas de violencia y abuso, semanas antes de las municipales de marzo de 2026.
Cuentas vinculadas a BlackCore detectadas en operaciones dirigidas contra la candidatura municipal de Zohran Mamdani.
Cuentas que apuntaron contra el primer ministro escocés John Swinney, quien había calificado la campaña israelí en Gaza como una «catástrofe humanitaria provocada por el hombre» y advertido sobre un posible genocidio en el enclave palestino.
Operaciones de interferencia digital detectadas por Viginum. El país es el segundo mayor productor de petróleo de África Subsahariana y clave para el corredor de Lobito, el proyecto con el que EEUU busca sacar minerales críticos del continente por fuera de las rutas que hoy controla China.
Mismo patrón detectado por la agencia francesa. El país no tiene recursos propios de peso, pero alberga el puerto de Lomé, una de las pocas puertas comerciales estables que le quedan a Francia hacia un Sahel donde Rusia viene ganando terreno desde 2020.
Lo que salta a la vista en este mapa, mirado con cuidado, no es la ausencia de patrón sino la presencia de dos lógicas distintas funcionando en paralelo bajo el mismo proveedor técnico — una geopolítica de corto plazo y otra de disputa estructural por recursos.
Francia, Nueva York y Escocia comparten un eje claro: Gaza. Los tres candidatos atacados tienen posiciones públicas críticas hacia la política israelí en la Franja. Zohran Mamdani, el candidato neoyorquino, es un político declaradamente propalestino que apoya el movimiento de boicot, desinversión y sanciones (BDS) contra Israel. John Swinney, en Escocia, calificó la ofensiva israelí en Gaza como una «catástrofe humanitaria provocada por el hombre» y advirtió sobre un posible genocidio. Los candidatos de LFI en Francia integran un partido especialmente vocal en su crítica a Israel. Ese alineamiento no es casual: uno de los nodos del ecosistema descrito arriba —el Ministerio de Asuntos Estratégicos israelí, vinculado a Cyabra a través de su exfuncionario Ram Ben Barak— tenía como función oficial, antes de ser disuelto, coordinar la lucha contra el activismo propalestino internacional y el BDS.
Angola y Togo responden a otra lógica, mucho más vieja: el control de los puntos clave del mapa de recursos globales. Nadie invierte en una operación de injerencia electoral sin que haya algo concreto en juego, y en estos dos países lo concreto no tiene nada que ver con Gaza.
Angola es el segundo mayor productor de petróleo de África Subsahariana y el cuarto productor mundial en valor de diamantes, con reservas probadas de 13.500 millones de barriles de crudo y un yacimiento adicional de 500 millones de barriles descubierto en 2026 frente a su costa. Ahí operan directamente las grandes petroleras occidentales —TotalEnergies, ExxonMobil, BP, Eni— mientras China firma con el gobierno angoleño acuerdos de suministro energético cada vez más sustanciosos. Y hay un proyecto concreto que explica el interés del momento: el corredor de Lobito, la línea ferroviaria que Estados Unidos impulsa para conectar el puerto angoleño de Lobito con la República Democrática del Congo, diseñada explícitamente para transportar hacia mercados occidentales los minerales críticos del siglo XXI —litio, cobalto, níquel, manganeso, tierras raras— y reducir así la dependencia de Occidente respecto de China en esos insumos. Quién gobierne Angola en los próximos años decide, en gran medida, de qué lado queda ese corredor.
Togo no tiene petróleo ni minerales de ese peso, pero tiene algo igual de estratégico: el puerto de Lomé, el más avanzado tecnológicamente de África occidental y uno de los pocos de aguas profundas de la región, que sirve de puerta de salida para buena parte del comercio del Sahel —incluida una porción significativa del uranio de Níger que alimenta el consumo nuclear francés. Desde 2020, una sucesión de golpes militares en Mali, Burkina Faso y Níger fue expulsando la influencia francesa de esos países, con Rusia ocupando el vacío que dejaron. Togo quedó como una de las pocas puertas estables que le quedan a Francia —y por extensión a Occidente— para seguir teniendo presencia comercial y logística en esa franja del continente.
En los dos casos africanos no se está disputando un relato sobre Gaza: se está disputando, con herramientas de injerencia electoral del siglo XXI, lo que Mackinder hace más de un siglo llamó el Heartland —el territorio cuyo control determina el peso geopolítico real— solo que trasladado del mapa militar al mapa de minerales críticos, petróleo y puertos estratégicos. Y el actor que se mueve ahí no es Estados Unidos en soledad defendiendo una hegemonía propia en declive: es el bloque occidental en su conjunto, Estados Unidos y Europa con intereses no siempre idénticos pero alineados en el resultado final, tratando de que el eje de poder global no termine de correrse hacia China y Rusia. En Angola el frente es con China. En Togo, donde quien retrocede es específicamente Francia, el frente es con Rusia. Es la misma disputa de fondo —que el centro de gravedad del mundo no se mueva hacia el otro bloque— jugada en dos tableros distintos del mismo continente.
En síntesis: no se trata de un único cliente con una sola agenda global, sino de un mismo proveedor —la red BlackCore/Galacticos— vendiendo el mismo tipo de servicio a clientes distintos, agrupados en al menos dos lógicas separadas: una geopolítica inmediata sobre Gaza (Francia, Nueva York, Escocia) y otra de disputa estructural por recursos y rutas estratégicas (Angola, Togo).
La pregunta que nadie pudo responder todavía: quién pagó
El gobierno francés elevó una protesta formal ante Israel y pidió explicaciones oficiales sobre las acciones de BlackCore. La embajada de Israel en París confirmó haber recibido el pedido y respondió que está a la espera de los detalles de la investigación francesa para iniciar la suya propia. El primer ministro francés, Sébastien Lecornu, fue explícito sobre los límites de lo que la investigación logró establecer hasta ahora.
«Nuestras investigaciones no permitieron identificar al patrocinador o patrocinadores, si es que existen, que se encuentran detrás de esta interferencia digital extranjera.»
Es la pieza central que sigue faltando: hay un ejecutor técnico identificado con razonable detalle —la red de empresas y personas descrita arriba—, pero no hay todavía, en ninguna fuente oficial, un cliente final confirmado. Mélenchon acusó directamente a «una agencia cercana a Netanyahu». Esa es una acusación política de un dirigente partidario, no un hallazgo de Viginum ni de ninguna investigación judicial hasta el momento. Conviene no confundir ambas cosas.
Es razonable asumir que una operación de este tamaño, sostenida en el tiempo y desplegada en al menos cinco países distintos, no se financia sola: alguien paga la infraestructura, los servidores y el desarrollo de las herramientas de IA. Eso no requiere ninguna fuente adicional, es la lógica básica de cómo funciona cualquier operación de este tipo.
Lo que todavía no está confirmado es quién es ese «alguien» en cada caso. El mapa de países sugiere dos lógicas distintas y probablemente independientes entre sí: Francia, Nueva York y Escocia comparten un motivo identificable —la crítica de los blancos hacia la política israelí en Gaza—, mientras que Angola y Togo encajan mejor con la disputa, mucho más vieja, por el control de recursos críticos y rutas comerciales estratégicas entre bloques de poder. Eso hace poco probable que exista un único financista detrás de los cinco casos, pero sí es razonable pensar en un mismo proveedor —la red BlackCore/Galacticos— vendiendo el mismo servicio técnico a más de un tipo de cliente, con motivos que no necesitan coincidir entre sí. Eso no es menos grave: es la prueba de que esta tecnología ya está disponible en el mercado para cualquiera dispuesto a pagarla, contra cualquier candidato, en cualquier país, por cualquier motivo —desde una guerra narrativa puntual hasta el reparto de minerales del siglo XXI.
El patrón que ya se había visto antes
BlackCore no es la primera operación de este tipo vinculada a exoficiales de inteligencia israelíes. En 2023, la investigación periodística conocida como «Team Jorge» expuso a otra firma encubierta, dirigida por el empresario israelí y exoperativo de fuerzas especiales Tal Hanan, alias «Jorge». Hanan fue grabado en cámara durante seis horas de videollamadas jactándose de haber interferido en 33 elecciones presidenciales en el mundo, con éxito en 27 de ellas, en operaciones que abarcaron África, América del Sur y Central, Estados Unidos y Europa.
Empresas como NSO Group —fabricante del software de espionaje Pegasus— o Black Cube, firma de inteligencia privada con sedes en Tel Aviv, Londres y Madrid fundada en 2010 por exoficiales de inteligencia, completan un patrón que se repite hace más de una década: exagentes de los servicios de inteligencia israelíes fundan compañías privadas que venden sus capacidades a quien las pague, mientras el Estado de Israel no asume responsabilidad directa por sus operaciones en el exterior.
Digitar democracias ya no necesita un ejército
Hay una tentación natural al leer este caso, y vale la pena nombrarla porque es la trampa más fácil de caer en ella: el primer foco conocido —Francia, candidatos propalestinos atacados por una red de exinteligencia israelí— arma una historia tan coherente que invita a estirarla y hacer que explique todo el mapa. Pero esa lectura se rompe apenas se mira Angola y Togo, donde no aparece ningún hilo visible con Gaza ni con Medio Oriente. Eso no significa que la lectura israelí esté equivocada para Francia, Nueva York o Escocia —ahí sí hay un eje consistente con la evidencia—; significa que no alcanza para los cinco casos a la vez. Lo más probable, con lo que hoy se sabe, es que estas empresas puedan estar ejecutando en algunos casos una agenda propiamente israelí, y en otros ser simplemente el proveedor técnico de terceros —occidentales, en el caso africano— con intereses que no tienen nada que ver con Israel ni con Gaza, dentro del mismo espacio amplio del bloque al que Israel pertenece. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez, en países distintos, sin que se contradigan entre sí.
Confirmado por una agencia estatal: Viginum identificó a la red BlackCore como responsable de operaciones de desinformación con IA en al menos cinco países, usando perfiles falsos, acusaciones fabricadas y avatares generados para influir en procesos electorales.
Confirmado por investigación periodística cruzada: la estructura corporativa detrás de BlackCore cambia de nombre con frecuencia, usa empresas formalmente disueltas como infraestructura activa, y convive con una firma «defensiva» —Cyabra— que cotiza en bolsa y tiene en su directorio a un exdirector de la CIA.
Sin confirmar todavía por ninguna fuente oficial: quién pagó cada una de las operaciones, y si existe o no un vínculo directo con el gobierno israelí más allá de que el talento humano provenga, en su mayoría, de unidades de inteligencia militar de ese país.
Lo que no necesita ninguna confirmación adicional es la conclusión de fondo: la tecnología para fabricar a escala perfiles humanos falsos, indistinguibles de personas reales, y usarlos para destruir candidaturas con acusaciones inventadas, ya existe, ya se vendió como servicio comercial, y ya operó en elecciones de tres continentes distintos. La próxima vez que aparezca, puede no tener nombre israelí, ni sede en Tel Aviv, ni vínculo con ninguna unidad de inteligencia conocida. El problema dejó de ser quién lo hizo esta vez. El problema es que ya se puede hacer.
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☕ Invitame un caféNota: parte de esta investigación se apoya en reportes periodísticos de fuentes múltiples cuyas conclusiones aún no han sido validadas por una instancia judicial. Bastión distingue explícitamente, a lo largo del texto, entre lo confirmado por agencias estatales y lo que continúa siendo objeto de investigación o acusación política sin prueba documental pública.
Bastión · Periodismo de investigación · Uruguay
