Clausewitz: la guerra como
continuación
de la política
No era un teórico de escritorio. Fue capturado en batalla a los 26 años, peleó en la retirada de Moscú con el ejército ruso, y murió de cólera mientras comandaba un cordón sanitario en la frontera polaca. Su libro inacabado, publicado por su viuda, se convirtió en lectura obligatoria en academias militares de todo el mundo — y en la herramienta intelectual favorita de Lenin, de Mao, y de generales que él nunca llegó a conocer.
al servicio militar prusiano
la guerra» sin terminarlo
en que fue capturado en Jena
publicados solo entre 2005-14
Carl von Clausewitz no era un teórico de escritorio. Era un prusiano que había visto el mundo arder. Nació en 1780, justo a tiempo para vivir las convulsiones napoleónicas que redibujaron Europa. Luchó contra los franceses, fue capturado, sirvió en el ejército ruso durante la retirada de Moscú, y pasó décadas tratando de entender qué demonios había pasado. ¿Cómo un corso de baja estatura había logrado poner de rodillas a los imperios más antiguos del continente? La respuesta que encontró cambiaría para siempre cómo pensamos la guerra.
De cabo de lanza a general — una vida entera en campaña
Carl Philipp Gottfried von Clausewitz nació el 1 de julio de 1780 en Burg bei Magdeburg, en el ducado prusiano de Magdeburg, como el cuarto y más joven hijo de una familia que reclamaba estatus noble —aunque los historiadores cuestionan la conexión real con los barones de Clausewitz de la Alta Silesia. Su abuelo había sido profesor de teología, hijo de un pastor luterano. Su padre, antiguo teniente en el ejército de Federico el Grande, ocupaba un puesto menor en el servicio de impuestos de Prusia.
Ingresa al servicio militar prusiano como cabo de lanza. Llegaría a alcanzar el rango de general de división.
Sirve en las Campañas del Rin, incluido el Sitio de Maguncia, cuando el ejército prusiano invade Francia durante la Revolución.
Ingresa a la Kriegsakademie de Berlín. Probablemente estudia a Kant, Fichte y Schleiermacher, y se gana la consideración del general Gerhard von Scharnhorst, futuro primer jefe de personal del ejército prusiano reformado.
En la batalla de Jena-Auerstedt, Napoleón derrota al ejército prusiano-sajón. Clausewitz, ayudante de campo del Príncipe August, es uno de los 25.000 prisioneros tomados ese día, cuando el ejército prusiano se desintegra por completo.
Permanece prisionero en Francia junto a su príncipe. Al regresar a Prusia, participa activamente en la reforma del ejército y el Estado prusianos.
Se casa con la condesa Marie von Brühl, a quien conoció en 1803. Marie, bien educada y con conexiones políticas, tendría un papel decisivo en su carrera — y, después de su muerte, en la publicación de toda su obra.
Opuesto a la alianza forzada de Prusia con Napoleón, deja el ejército prusiano y se une al Ejército Imperial Ruso. Combate en Borodino. Ayuda a negociar la Convención de Tauroggen, que prepara el camino para la coalición de Prusia, Rusia y el Reino Unido que finalmente derrotaría a Napoleón.
Regresa al servicio prusiano como coronel. Como jefe de personal del III Cuerpo, combate en Ligny y Wavre durante la campaña de Waterloo — su unidad, muy superada en número, evita que refuerzos prusianos lleguen a tiempo a apoyar a Napoleón, contribuyendo a su derrota final.
Dirige la Kriegsakademie. En 1816 había comenzado a escribir, en su tiempo libre, la obra que lo haría inmortal.
Es nombrado jefe de Estado Mayor del único ejército que Prusia puede movilizar ante una crisis en Polonia. Cuando su comandante, Gneisenau, muere de cólera, Clausewitz asume el mando del cordón sanitario para contener la primera gran pandemia de cólera en la Europa moderna. Muere de la misma enfermedad el 16 de noviembre de 1831, a los 51 años, con su obra principal inconclusa.
Su viuda Marie editó, publicó y escribió la introducción a «Vom Kriege» — «Sobre la guerra» — en 1832. Para 1835 había publicado la mayor parte de sus obras completas. Murió ella misma en enero de 1836.
«La guerra es la continuación de la política» no es la conclusión — es la antítesis
Casi todo el mundo conoce la frase de Clausewitz. Casi nadie la entiende en su contexto real. Clausewitz escribía con un método dialéctico —tesis, antítesis, síntesis— y la frase más citada de toda su obra no es su conclusión final, sino el segundo paso de un argumento de tres movimientos que muy pocos completan al citarlo.
«La guerra es, pues, un acto de fuerza para obligar a nuestro enemigo a hacer nuestra voluntad» — la guerra como duelo extendido, pura violencia.
«La guerra es simplemente la continuación de la política con otros medios» — la frase célebre, que muestra el extremo opuesto: la guerra como instrumento racional de la política, no como violencia pura.
La «trinidad fascinante» (wunderliche Dreifaltigkeit): la guerra es una interacción dinámica e inestable entre violencia y odio primordiales (una fuerza natural ciega), el azar y la probabilidad (donde opera el genio creativo), y su subordinación como instrumento de la política (el cálculo racional).
Ese matiz no es un detalle académico menor. El historiador Christopher Bassford señala que la trinidad de Clausewitz se resume mejor como «emoción violenta / azar / cálculo racional» — y que su popular traducción como «pueblo / ejército / gobierno» es un malentendido, popularizado por la interpretación que el coronel estadounidense Harry Summers hizo durante la guerra de Vietnam, facilitado por debilidades de la traducción de Howard/Paret de 1976. El historiador militar israelí Martin van Creveld construyó toda una crítica influyente —»La transformación de la guerra»— sobre esa lectura «trinitaria» simplificada, lo que Bassford calificó directamente como «un golpe en el aire»: un ataque a una posición que Clausewitz nunca ocupó.
La frase, además, sigue siendo refinada por el propio Clausewitz en pasajes posteriores de su obra inacabada: «La guerra es simplemente la continuación de las relaciones políticas con la adición de otros medios. (…) La guerra en sí misma no suspende las relaciones políticas ni las transforma en algo completamente diferente. En esencia, esas relaciones continúan, independientemente de los medios que empleen.» No hay frontera nítida, en su pensamiento, entre la paz y la guerra. Un bloqueo naval puede estrangular a un país sin disparar un tiro. Un tratado comercial desfavorable puede ser más devastador que una batalla perdida.
Niebla, fricción, genio militar y centro de gravedad
Clausewitz vio algo que sus contemporáneos apenas vislumbraban: que en teoría, la guerra absoluta sería violencia sin freno hasta la aniquilación total. Pero en la práctica, la guerra real está llena de obstáculos invisibles que la teoría no puede anticipar.
La confusión inherente al combate: información incompleta, dudosa, a menudo errónea, sumada al miedo y la duda. «La mayor parte de la inteligencia militar es falsa», escribió — un escepticismo que reservaba a los niveles táctico y operativo, no al estratégico, donde insistía en la necesidad de la mejor comprensión posible.
La disparidad entre el desempeño ideal de un plan y su desempeño real en el mundo: el barro, el hambre, los errores de comunicación. Por eso los planes más brillantes se estrellan contra la realidad caótica del combate.
No es solo intelecto. Es la combinación de intuición, coraje, experiencia, personalidad y temperamento que permite a un comandante adaptarse cuando la fricción y la niebla rompen cualquier plan original.
Tomado de la mecánica newtoniana: la base del poder de un oponente. La doctrina militar estadounidense lo redujo a un solo nivel operativo, aunque en el uso original de Clausewitz abarcaba también lo estratégico y lo político.
Clausewitz también enfatizó algo que sus discípulos a menudo exageraron en la dirección opuesta: la superioridad inherente de la posición defensiva, y la importancia de involucrar a toda la población —no solo al ejército profesional— en la conducción de la guerra. Escribió «Conferencias sobre la guerra pequeña» y estudió tanto la rebelión de la Vendée francesa como el levantamiento tirolés de 1809; en 1812 llegó a pedir abiertamente una «guerra española en Alemania», una estrategia guerrillera integral contra Napoleón. No era, como muchas veces se simplifica, un teórico exclusivamente de la guerra entre Estados con ejércitos regulares.
Un libro inacabado que moldeó a Lenin, Mao y la disuasión nuclear
El ejemplo que Clausewitz tenía más fresco al escribir era el propio Napoleón. El corso no ganaba batallas porque sí. Cada campaña tenía un objetivo político: romper coaliciones, imponer tratados, instalar parientes en tronos. Austerlitz no fue una obra maestra táctica en el vacío — fue el martillazo que obligó a Austria y Rusia a reconocer la hegemonía francesa. La táctica servía a la estrategia, y la estrategia servía a la política.
Lo llamó «uno de los grandes escritores militares». Su lectura de Clausewitz se volvió la base de todo el pensamiento militar soviético desde 1917: «la política es la razón, y la guerra es solo la herramienta» — aunque Henry Kissinger señaló que, en la práctica, Lenin invirtió el argumento, tratando la política como continuación de la guerra.
Leyó «Sobre la guerra» en 1938 y organizó un seminario sobre Clausewitz para la dirección del Partido en Yan’an. Buena parte del contenido «clausewitziano» en los escritos de Mao no proviene de Lenin, sino de su propio estudio directo.
Leyó a Clausewitz como joven oficial en los años 1920 y quedó impresionado por su ejemplo teórico de «guerra absoluta» — diseñado por el propio Clausewitz para mostrar lo absurdo que sería intentarla en la práctica. En la era nuclear, Eisenhower invirtió esa lógica: hacer pública y aterradora la capacidad nuclear estadounidense como forma de disuasión.
Su frase más citada — «ningún plan operativo sobrevive con certeza más allá del primer contacto con el enemigo» — es un reflejo directo de la insistencia de Clausewitz en el azar, la fricción y la incertidumbre.
No todos sus lectores lo entendieron bien. El teórico militar B.H. Liddell Hart le atribuyó erróneamente, en los años 1920, la autoría intelectual de la doctrina de «guerra total» adoptada por los estados mayores europeos en la Primera Guerra Mundial — pese a que Clausewitz nunca usó ese término, sino el de «guerra absoluta», una abstracción lógica que él mismo consideraba peligrosa si se aplicaba literalmente. El historiador militar británico John Keegan lo criticó por asumir la existencia del Estado moderno, «cuando la guerra antecede al Estado, la diplomacia y la estrategia por muchos milenios» — una crítica válida sobre los límites históricos de su marco, más que sobre su utilidad práctica.
Vietnam, los reactores nucleares, e Irán hoy
Para Clausewitz, si la guerra es continuación de la política, el objetivo nunca puede ser solo militar. No basta con destruir al ejército enemigo si eso no se traduce en lo que el gobierno realmente quiere lograr. Y aquí está el truco que muchos líderes no entienden: se pueden ganar todas las batallas y perder la guerra si no se sabe, desde el principio, qué se está tratando de conseguir políticamente.
Estados Unidos ganó prácticamente todos los enfrentamientos militares importantes contra el Viet Cong y el ejército norvietnamita. Perdió la guerra porque el objetivo político era inalcanzable: no se podía crear un Vietnam del Sur estable y pro-occidental cuando la población no lo quería y el costo político interno se volvió insostenible. Clausewitz habría dicho que faltó claridad en el objetivo político desde el primer día.
La historia ofrece más ejemplos del mismo patrón. En 1981, Israel bombardeó el reactor Osirak de Irak. En 2007, hizo lo mismo en Siria. Ambas operaciones fueron técnicamente impecables. Y sin embargo, Irak terminó desarrollando armas de destrucción masiva que usó contra su propia población, y Siria siguió siendo Siria. El martillazo táctico no reemplaza a la estrategia política.
«Los filántropos pueden fácilmente imaginar que existe un método hábil para desarmar y vencer a un enemigo sin causar un gran derramamiento de sangre. (…) Por plausible que esto pueda parecer, sigue siendo un error que debe ser extirpado; porque en cosas tan peligrosas como la guerra, los errores que proceden de un espíritu de benevolencia son los peores.»
El caso de Irán es, en este sentido, idéntico en estructura. Cuando un gobierno amenaza con ataques militares, impone sanciones máximas, habla de «acabar con el programa nuclear» — pero no puede responder con claridad cuál es el objetivo político concreto detrás de la violencia, Clausewitz diagnosticaría algo preciso: no es una falla de ejecución, es una falla de pensamiento. ¿Destruir las instalaciones nucleares? ¿Forzar un nuevo acuerdo? ¿Cambiar el régimen? ¿Construir una nueva arquitectura de seguridad regional? Son objetivos distintos que requieren instrumentos distintos, y ninguno sirve si no se articula con anterioridad a la violencia.
El régimen iraní, además, lleva casi medio siglo sobreviviendo presiones que habrían liquidado a cualquier otro gobierno. Tiene capacidad de dispersar su infraestructura nuclear, de reemplazar lo destruido, de radicalizar a su población frente a una agresión exterior, y de influir sobre milicias en varios países de la región. Un ataque sin un mapa político claro de qué hacer después no resuelve el problema — lo expande y lo exporta.
¿Qué Estado quiero que exista cuando se apague el humo? ¿Qué estoy dispuesto a pagar en sangre, dinero y consecuencias regionales para llegar ahí? ¿Hay algún camino que no sea la guerra que me lleve al mismo lugar a menor costo? Si no hay respuestas claras para las tres, entonces la violencia que se está desplegando no es política. Es espectáculo. Y el espectáculo, en geopolítica, siempre tiene un costo que termina pagando otro — casi nunca quien lo ordenó.
Un libro del siglo XIX para entender guerras que él nunca imaginó
Entre 2005 y 2014 se publicaron más de dieciséis libros académicos importantes en inglés centrados exclusivamente en la obra de Clausewitz, mientras su rival contemporáneo Antoine-Henri Jomini —que sí intentó reducir la guerra a mapas, geometría y reglas cuantificables— perdió influencia casi por completo. La historiadora Lynn Montross lo explicó con precisión: «Jomini produjo un sistema de guerra, Clausewitz una filosofía. Uno ha quedado obsoleto por las nuevas armas, el otro todavía influye en la estrategia detrás de esas armas.»
Después de 1970, algunos teóricos —entre ellos el matemático Anatol Rapoport, fuertemente influido por su rechazo a la guerra de Vietnam y a Henry Kissinger— argumentaron que la proliferación nuclear había vuelto obsoletas las ideas de Clausewitz: si ningún Estado puede usar armas nucleares contra otro sin garantizar su propia aniquilación, la lógica del «duelo extendido a mayor escala» deja de aplicarse del mismo modo. Otros, como John Sheppard, sostuvieron que los ejércitos convencionales perfeccionaron su propósito original —destruir una imagen especular de sí mismos— hasta volverse obsoletos con las armas nucleares.
Pero la pregunta clausewitziana de fondo sobrevivió intacta a esas críticas, porque nunca dependió de la tecnología disponible: ¿qué objetivo político se está persiguiendo, y la violencia que se está usando acerca o aleja de ese objetivo? Esa pregunta funciona igual con arcos y flechas, con artillería napoleónica, con armas nucleares, o con drones operados a distancia. Por eso «Vom Kriege» sigue siendo lectura obligatoria en academias militares de todo el mundo, casi dos siglos después de que un general prusiano muriera de cólera con el manuscrito todavía sin terminar.
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