«Todas las opciones están sobre la mesa, incluidas las militares.» La frase de Pete Hegseth desde Panamá no es un exabrupto aislado: es el último eslabón de una escalada que empezó en enero con una llamada de Trump a Díaz-Canel, pasó por un bloqueo petrolero, una acusación penal contra Raúl Castro y un tiroteo real frente a las costas cubanas con cuatro muertos, y llega a agosto sin que Washington haya bajado el tono ni una sola vez.
La advertencia desde Panamá
El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, lanzó el jueves desde Panamá una de las advertencias más directas de la administración Trump al gobierno cubano, dejando abierta una vez más la posibilidad de una respuesta militar. «Todas las opciones están sobre la mesa, incluidas las opciones militares», afirmó al ser consultado sobre el papel que podría desempeñar el Pentágono ante Cuba. La pregunta partió de una afirmación del propio periodista: «El presidente dice que Cuba será la próxima. ¿Hay un papel militar en eso?». Hegseth no confirmó que exista una decisión de intervenir, pero tampoco la descartó.
Desde el destructor USS Gridley, en una segunda intervención, fue todavía más explícito: «Queremos más cooperación de Cuba, les guste o no», dijo, antes de acusar al gobierno cubano de haber permitido durante años que países extranjeros y «actores malignos» usaran la isla para espiar a Estados Unidos. «Cuba está advertida. No vamos a tolerar ese tipo de influencia maligna en nuestro hemisferio», sentenció, situando a la isla dentro de una preocupación más amplia de Washington por la presencia de Rusia, China e Irán en la región.
No es la primera vez: mayo, Trump y Rubio
Lo de Panamá no salió de la nada. El 21 de mayo, Trump y Rubio ya habían revivido públicamente el fantasma de una intervención militar, un día después de que el Departamento de Justicia presentara cargos penales contra el general Raúl Castro, de 94 años, por su presunto rol en el derribo de dos avionetas civiles de la organización de exiliados Hermanos al Rescate en 1996 —una acusación que incluye conspiración para matar a ciudadanos estadounidenses, asesinato y destrucción de aeronaves.
Marco Rubio, secretario de Estado e hijo de inmigrantes cubanos, fue en la misma dirección: dijo que Cuba representa una seria amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos por sus vínculos de inteligencia y seguridad con China y Rusia. El mismo día que se conocieron los cargos contra Castro, el ejército estadounidense destacó la llegada del portaaviones USS Nimitz y su grupo de buques al mar Caribe, en el marco de ejercicios que el Comando Sur describió como rutinarios. China respondió respaldando «firmemente» la soberanía cubana y oponiéndose a la «injerencia externa».
El origen: enero y la orden ejecutiva
La presión actual sobre Cuba arrancó apenas un día después de la operación militar de Estados Unidos en Venezuela que terminó con la captura de Nicolás Maduro, a comienzos de enero. El 11 de ese mes, Trump llamó al gobierno de Díaz-Canel para «hacer un acuerdo antes de que sea demasiado tarde», y calificó a Rubio como «un próximo presidente de Cuba», sugiriendo que podría tener un rol central en una eventual transición. El 29 de enero firmó una orden ejecutiva que califica a Cuba como una «amenaza inusual y extraordinaria» a la seguridad y la política exterior estadounidenses —el mismo tipo de designación legal que suele preceder sanciones más duras.
Cuba, mientras tanto, enfrentaba un costo humano directo de lo ocurrido en Venezuela: a mediados de enero recibió los cuerpos de 32 soldados cubanos muertos defendiendo a Maduro durante la operación estadounidense que lo capturó. En una manifestación masiva frente a la embajada de Estados Unidos en La Habana, Díaz-Canel prometió que su gobierno no haría concesiones.
El bloqueo como arma
En paralelo a la presión diplomática y militar, Washington fue asfixiando la economía cubana por otra vía: un bloqueo petrolero que, combinado con acciones militares en Venezuela y amenazas arancelarias a México, impidió que el petróleo llegara a la isla. El resultado, según la Oficina de Derechos Humanos de la ONU, fue una escasez de combustible que amenazó el suministro de alimentos, interrumpió sistemas de agua y hospitales, e impidió la cosecha de cultivos, socavando los esfuerzos de soberanía alimentaria del país. Trump lo resumió sin eufemismos en marzo: «No tienen energía. No tienen dinero. Están en serios problemas» —explicando por qué, a su juicio, La Habana estaba desesperada por llegar a un acuerdo. Analistas coincidieron en que Cuba atravesaba la presión más severa desde la Crisis de los Misiles de 1962.
Estados Unidos combinó esa presión con gestos calculados: en mayo ofreció 100 millones de dólares en alimentos y medicinas dirigidos directamente al pueblo cubano, mientras acusaba a sus líderes de corrupción, saqueo y responsabilidad por el colapso energético —una ayuda humanitaria que, deliberadamente, dejaba afuera al gobierno.
Cuando la amenaza dejó de ser solo retórica
Entre toda la escalada verbal hay un episodio que la vuelve mucho más que discursiva. El 26 de febrero, una lancha con diez ocupantes fue interceptada por las Tropas Guardafronteras cubanas frente a la costa cerca de Corralillo. Según el Ministerio del Interior cubano, se produjo un tiroteo que terminó con cuatro personas muertas y seis heridas y detenidas. Entre los muertos estaba identificado Michel Ortega Casanova, camionero de 54 años residente en Tampa, ciudadano estadounidense y militante del Partido Republicano de Cuba. Las autoridades cubanas reportaron la ocupación de fusiles de asalto, armas cortas, artefactos incendiarios artesanales, chalecos antibalas, miras telescópicas y uniformes militares entre los ocupantes de la embarcación.
Un décimo hombre, Duniel Hernández Santos, fue detenido en territorio cubano, señalado por La Habana como el enlace enviado desde Estados Unidos para garantizar la recepción de lo que el gobierno cubano calificó como una «infiltración armada». Rusia calificó el episodio de «agresiva provocación estadounidense»; Estados Unidos dijo que lo investigaría de forma independiente. El propio nombre de Hernández Santos aparece hoy catalogado como prisionero de guerra en los registros que documentan lo que ya se conoce como la «crisis de Cuba de 2026» —un choque armado real, con muertos, en medio de siete meses que hasta entonces parecían mantenerse en el plano de las palabras.
Guantánamo, junio: el antecedente directo de Hegseth
La advertencia de Hegseth en Panamá tampoco fue su primera sobre capacidad militar cubana. En junio, durante una visita a la base de Guantánamo, ya había advertido a La Habana que sería «imprudente» adquirir armas capaces de alcanzar la base estadounidense o territorio de Estados Unidos. Washington considera especialmente sensible cualquier capacidad militar cubana que pueda amenazar suelo estadounidense o facilitar operaciones de inteligencia de terceros países —una preocupación que conecta directamente con la acusación que hizo en Panamá sobre el uso de la isla para actividades de espionaje extranjero.
Un respaldo internacional dividido
La escalada no genera consenso, ni siquiera entre aliados de Washington. El canciller alemán Friedrich Merz declaró públicamente que no hay ningún motivo para que Estados Unidos ataque Cuba, señalando que, más allá de los problemas internos del régimen comunista, no existe una amenaza perceptible que emane de la isla hacia otros países. China y Rusia respaldaron abiertamente la soberanía cubana. Dentro de la región, el respaldo a la postura de Washington tampoco es unánime: mientras algunos gobiernos se alinearon con la presión estadounidense, otros —incluidos México, Brasil, España y Nicaragua— se ubicaron del lado cubano en el plano diplomático, según registros de la propia crisis.
Un día después de la captura de Maduro en Venezuela, Trump llama a Díaz-Canel para «hacer un acuerdo antes de que sea demasiado tarde». El 29, firma una orden ejecutiva que declara a Cuba «amenaza inusual y extraordinaria».
Tiroteo frente a Corralillo entre las Tropas Guardafronteras cubanas y los ocupantes de una lancha infiltrada desde EE.UU. Mueren cuatro personas, entre ellas un ciudadano estadounidense; seis quedan detenidas.
Trump describe a Cuba como un país «sin energía, sin dinero, en serios problemas», en medio de un bloqueo petrolero que agrava la crisis energética y alimentaria de la isla.
El Departamento de Justicia de EE.UU. acusa formalmente a Raúl Castro, de 94 años, por el derribo de dos avionetas civiles en 1996. Washington ofrece 100 millones de dólares en ayuda humanitaria, sin pasar por el gobierno cubano.
Trump y Rubio reavivan en público la amenaza de intervención militar. El USS Nimitz llega al Caribe el mismo día. Alemania y China rechazan la escalada.
Hegseth advierte desde Guantánamo que sería «imprudente» que Cuba adquiera armas capaces de alcanzar territorio estadounidense.
Desde Panamá, Hegseth declara que «todas las opciones están sobre la mesa, incluidas las militares» y advierte a Cuba que no tolerará su «influencia maligna» en el hemisferio.
Siete meses sin bajar el tono
Lo que distingue a este episodio de otras tensiones históricas entre Washington y La Habana no es solo la dureza de las palabras, sino su continuidad: no hubo, en siete meses, un solo momento de distensión pública sostenida. Cada eslabón —la llamada de enero, la orden ejecutiva, el bloqueo petrolero, el tiroteo de febrero, la acusación a Castro en mayo, la advertencia de Guantánamo en junio, y ahora la de Panamá en agosto— llegó antes de que el anterior se enfriara del todo. El propio Hegseth reconoció semanas atrás que el Pentágono ya prepara opciones militares concretas para presentarle a Trump. La frase «todas las opciones están sobre la mesa» no es, en ese contexto, una fórmula diplomática de rutina: es la confirmación pública de que esa preparación sigue avanzando, mientras Cuba enfrenta la peor crisis económica y energética de las últimas décadas y depende cada vez más de la ayuda de Rusia y China —los mismos vínculos que Washington usa, una y otra vez, para justificar el paso siguiente.
Bastión se sostiene con trabajo, no con publicidad. Si esto te aportó algo, invitame un café.
☕ Invitame un café