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Discurso completo de Colombia ante la ONU

Discurso completo — Documento primario

Discurso completo de Colombia ante la ONU

Mensaje del presidente Abelardo de la Espriella, leído en su nombre por el vicepresidente José Manuel Restrepo el 24 de septiembre de 2026.

Señor Secretario General, Señor Presidente de la Asamblea General, jefes de Estado y de Gobierno, Excelencias, embajadores, Señoras y caballeros.

Comparezco hoy ante ustedes, ante esta augusta Asamblea, representando al Presidente de la República de Colombia, Abelardo de la Espriella, que me ha pedido que esté aquí en su nombre para transmitirles el mensaje que él ha preparado. Y a partir de este momento, lo que ustedes van a oír son las palabras del Presidente de la República de Colombia.

Le he pedido al Señor Vicepresidente de la República, José Manuel Restrepo, que en mi representación lea este mensaje. Lo he hecho porque le aseguré al pueblo colombiano que no saldré del país durante los cuatro años de mi mandato. Estoy cumpliendo esta promesa.

Hace 47 días comenzó un nuevo gobierno en Colombia. Tres días después, a las 7:34 de la mañana, la tierra tembló: un terremoto de magnitud 7.4 golpeó nuestro país. En cuestión de segundos, viviendas, hospitales, colegios, carreteras y puentes quedaron totalmente destruidos o gravemente afectados.

El Servicio Geológico Colombiano confirmó que fue el sismo de mayor magnitud registrado en Colombia en lo corrido del siglo XXI. Cientos de colombianos perdieron la vida; 4.500 resultaron heridos; y más de 452.000 personas fueron afectadas. 36.000 viviendas quedaron totalmente destruidas, que significaban el patrimonio de toda la vida de esas familias. Un gobierno que apenas comenzaba tuvo que enfrentar una de las mayores tragedias naturales de nuestra historia reciente.

Y no hubo tiempo para preguntarnos si estábamos preparados: había que actuar, y actuamos. Desde el primer momento di una instrucción inequívoca: había que salvar vidas humanas. Para todo lo demás, había tiempo. Los nombramientos podían esperar, las reuniones podían esperar, pero mis compatriotas que estaban debajo de los escombros, no.

El gobierno se desplazó a las zonas afectadas junto a la fuerza pública, los organismos de socorro, los voluntarios, los rescatistas. Y desde el primer momento empezamos a recibir la ayuda generosa de países y amigos, y organizaciones internacionales como cada uno de ustedes. Quiero expresarles, hoy, desde esta tribuna, la profunda y sincera gratitud del pueblo colombiano para con todos ustedes. El terremoto acabó con la vida de muchos compatriotas y destruyó miles de hogares, edificios, infraestructuras, pero volvió a recordarnos algo que los colombianos conocemos muy bien: podemos caer, podemos sufrir, podemos llorar.

Lo que no podemos, ni sabemos nunca hacer, es rendirnos. No voy a hablarles solamente de la tragedia. Quiero referirme a lo que Colombia decidió realizar después de ella. El 7 de agosto recibió un país que había comenzado a perder algo mucho más difícil de reconstruir que una carretera o que un edificio: la confianza.

La confianza en la ley, que debe proteger al ciudadano. La confianza en que trabajar, estudiar y hacer las cosas bien, y el mérito, valen la pena. La confianza en un Estado que cumple con su deber. Ningún país, ningún país prospera cuando sus habitantes dejan de confiar en él.

De ahí que el gobierno que presido tenga una tarea que atraviesa cada una de nuestras decisiones: lograr que Colombia vuelva a confiar en sí misma y que el mundo vuelva a confiar en Colombia. A ese propósito superior lo llamo «la patria milagro». Y el primer paso es elemental: recuperar la seguridad. Durante demasiado tiempo, los colombianos hemos tenido que convivir con situaciones que ninguna sociedad puede aceptar como normales.

¿Que un campesino tenga que pedir permiso a un grupo terrorista para trabajar su tierra? ¿Que un comerciante le entregue el fruto de su trabajo honrado a un extorsionista? ¿Que una madre le embargue el miedo cada vez que su hijo sale de casa a jugar al parque? Eso no es, ni puede ser, normal.

En consecuencia, desde el primer momento de mi gobierno, impartí a la fuerza pública una instrucción inequívoca: recuperar el control territorial, restablecer plenamente la autoridad del Estado y enfrentar las estructuras que utilizan el terrorismo. Mi gobierno está decidido a dejar los eufemismos. Las organizaciones que asesinan, que secuestran, que emplean explosivos, que reclutan menores y que recurren deliberadamente al terror para doblegar a una sociedad son grupos terroristas. Así los llamamos, y los estamos enfrentando con toda la fuerza legítima del Estado, dentro de la Constitución y dentro de la ley.

Hay además una realidad que muchas veces se pierde de vista: las drogas ilícitas se producen en Colombia, pero no terminan en Colombia. El narcotráfico es una empresa transnacional. Sus rutas atraviesan fronteras, su dinero se mueve a través de sistemas financieros internacionales y sus redes operan en numerosos países. Haré lo que corresponda para enfrentar este flagelo.

Pero una amenaza transnacional exige que la comunidad internacional haga su parte. La seguridad, siendo indispensable, no basta. Un territorio que no ofrece oportunidades sigue siendo un territorio vulnerable. Mi administración está concentrada también en lograr que Colombia vuelva a crecer.

Durante muchos años hemos discutido cómo repartir mejor lo que tenemos. Y esa discusión es legítima y es necesaria, pero es absolutamente insuficiente. También tenemos que preguntarnos cómo vamos a producir más. Al final, los gobiernos no decretan el crecimiento económico.

Su tarea es crear las condiciones para que ocurra. En la patria milagro, queremos que una idea pueda convertirse en una empresa, que una empresa pueda convertirse en un empleo, y que un empleo pueda convertirse en bienestar para los ciudadanos. A quienes, desde cualquier lugar del mundo, están buscando dónde invertir, quiero invitarlos a que miren a Colombia. Es un país con acceso a dos océanos, con tierras productivas, con recursos energéticos, con una enorme biodiversidad, con una posición geográfica privilegiada, y un gobierno que defiende la iniciativa privada.

Pero sobre todo, miren a nuestra gente. Colombia no quiere contemplar desde la gradería la transformación tecnológica de nuestro tiempo. Queremos participar en ella. Queremos formar jóvenes para la superinteligencia, para la robótica, para la ciencia de datos, para la agroindustria, para la ingeniería y para las nuevas economías.

Millones de colombianos no piden que el Estado les resuelva la vida; piden que les den una oportunidad para construir esa vida. Y es ahí donde comienza a entenderse lo que yo he llamado «la patria milagro». No es el nombre de un gobierno, ni tampoco la promesa ingenua de que nuestros problemas desaparecerán. No, eso no es.

Es el país que vamos a construir: uno en el que la seguridad permita recuperar los territorios amenazados por el terrorismo, en donde la confianza atraiga la inversión, la inversión genere empleo y donde el crecimiento se traduzca en mejores condiciones de vida. Es un maestro en Mompós, Bolívar, enseñando las herramientas de las tecnologías del siglo XXI a sus estudiantes. Es un campesino en Ubaté, en Cundinamarca, que puede sembrar, que puede vender, que puede prosperar gracias a su trabajo. Es una joven en Pasto, Nariño, preparándose para participar en las industrias del futuro y de la biotecnología.

Eso es la patria milagro que ya hemos empezado a construir. Sé perfectamente que 47 días son muy pocos para cambiar un país, pero sí son suficientes para cambiar su rumbo. Quiero una Colombia que vuelva a crecer con fuerza. Y ese crecimiento tiene que traducirse en el empleo para un joven, en la vivienda de una familia, en el acceso oportuno a los medicamentos, en una cosecha que encuentra mercado, y en colombianos que, gracias a su esfuerzo, a su tenacidad, a su dedicación, puedan salir de la pobreza.

Esa es la economía milagro: una que crezca para que la gente pueda crecer con ella. Nuestra relación con el mundo forma también parte de este propósito. Y durante las últimas semanas lo comprobamos de manera muy concreta cuando países amigos y organizaciones internacionales como ustedes acudieron a nuestra ayuda después del terremoto. Esa solidaridad cobra todo su sentido cuando llega a las personas, cuando resuelve problemas, cuando logra resultados.

Y precisamente porque reconozco el valor de la cooperación, hoy quiero hablarles con franqueza a las Naciones Unidas. He sido crítico de esta organización. Lo he sido antes de llegar a la presidencia, y sería incoherente por dirigirme hoy a esta asamblea pretender ocultar mis convicciones. Mis críticas no nacen de un capricho, ni tampoco de una animadversión contra las Naciones Unidas.

Tienen razones políticas, tienen razones institucionales y doctrinarias de fondo. Creo en la organización de las Naciones Unidas. Y justamente por creer en ella, considero legítimo preguntarnos si las instituciones que hemos venido construyendo están respondiendo con suficiente eficacia a los problemas para los cuales existen. La propia carta es muy clara: esta organización nació para mantener la paz y la seguridad internacional, para fomentar las relaciones de amistad entre las naciones y para promover cooperación para resolver los grandes problemas comunes.

Ocho décadas después, la pregunta no puede ser si aquellos propósitos siguen teniendo valor. Claro que lo tienen. Los interrogantes son totalmente distintos. ¿Está la ONU cumpliendo aquellos propósitos con la eficacia que requiere el mundo actual?

¿Hay estructuras burocráticas que se han vuelto excesivamente pesadas? ¿Dedicamos demasiados recursos, demasiada energía, a administrar procedimientos y muy poco a resolver problemas? ¿Estamos midiendo los resultados con suficiente rigor? Otro asunto sobre el que quiero referirme es el de los derechos humanos.

Colombia los defiende y los seguirá defendiendo. Pero mi país cree que su protección pierde credibilidad cuando es sometido a cálculos políticos. Rechazo tajantemente que los derechos humanos sean usados como bandera que se levanta contra unos y se guarda frente a otros. Tampoco pueden convertirse en un instrumento que premie amigos, que castigue adversarios o, lo que es peor, que guarde silencio de acuerdo con las circunstancias del momento.

Nuestro deber consiste en evitar que la política debilite la defensa de los derechos humanos. Si queremos que el sistema sea respetado, tiene que ser serio, tiene que ser coherente y exigente con todos. Mi país es consecuente y por eso quiere una defensa de los derechos humanos creíble. Y en eso, como en tantas otras cosas, las Naciones Unidas todavía pueden mejorar.

En este sentido, confiamos en una transición democrática en Venezuela, pronta, segura y profunda. Hay otra preocupación doctrinaria que quiero plantear con igual franqueza: el globalismo. Empiezo por precisar qué entiendo por esta palabra. No estoy hablando del comercio internacional, ni de la cooperación de los Estados, ni de una humanidad que comparte problemas y responsabilidades.

Todo eso es absolutamente necesario. Hablo de una concepción según la cual la nación, la soberanía, las identidades propias, las tradiciones y los valores de los pueblos son obstáculos que deben ir cediendo ante una progresiva uniformidad política y cultural decidida desde instancias supranacionales. No comparto esa doctrina que considero perversa y dañina. Para mí, el multilateralismo no consiste en disolver las naciones, sino en facilitar la cooperación entre ellas.

Amar la patria no es incompatible con respetar a las demás. Defender la historia, la cultura, los valores y las tradiciones de una nación no significa despreciar la de otra. La cooperación internacional es más rica cuando quienes se sientan alrededor de esta mesa saben quiénes son, de dónde vienen y qué representa el pueblo en cuyo nombre hablan. Varias de las preguntas que he formulado no son extrañas a esta organización.

La iniciativa ONU 80 ha puesto sobre la mesa problemas de duplicación, de fragmentación, de carga administrativa y de funcionamiento de los mandatos, dentro de un esfuerzo declarado por hacer a las Naciones Unidas más eficientes y más efectivas. Señor Presidente, Señor Secretario General, jefes de Estado y de Gobierno, Excelencias, reconocer las imperfecciones de una institución como esta no significa desconocer su valor. Puede ser, por el contrario, una manera de fortalecerla. No ha sido mi estilo refugiarme en lo políticamente correcto, ni decirles a mis interlocutores aquello que supongo desean oír.

No busco complacer a nadie, sino exponer la posición de la República de Colombia con respeto, con cordialidad y con claridad. Ninguna institución humana es perfecta. Todas siempre serán perfectibles. Y las Naciones Unidas también.

Hay un asunto concreto en el que Colombia quiere llevar esta reflexión más lejos. Me refiero a la lucha internacional contra el terrorismo. Esta organización ha hecho un trabajo muy importante. Desde 1963, la comunidad internacional ha elaborado 19 instrumentos jurídicos universales destinados a prevenir distintos actos terroristas.

Sin embargo, después de décadas de discusión, todavía no existe una definición jurídica general del terrorismo universalmente acordada por los Estados miembros. La propia Oficina de Naciones Unidas de Lucha contra el Terrorismo ha señalado recientemente que la ausencia de una definición universalmente acordada genera incertidumbre jurídica, divergencias entre legislaciones nacionales y dificultades para la cooperación internacional. La República de Colombia considera que ha llegado el momento de avanzar. Necesitamos una definición internacional común, suficientemente clara y precisa, compatible con el derecho internacional y con las garantías fundamentales, pero también útil para que los Estados puedan cooperar eficazmente frente a los actos de terrorismo.

Una definición seria debe evitar dos extremos: que una discrepancia puede ser clasificada arbitrariamente como terrorismo y que, en el extremo contrario, una organización pretenda encubrir asesinatos, secuestros, atentados o ataques deliberados contra civiles detrás de una denominación política para eludir las consecuencias jurídicas de sus actos. El terrorismo debe ser condenado sin importar quién lo cometa, dónde lo cometa o qué causa invoque. Naciones Unidas ha reiterado que el terrorismo, en todas sus formas y manifestaciones, constituye una de las mayores y graves amenazas para la paz y la seguridad internacional. Ahora bien, una mejor definición no basta.

Los Estados necesitamos mejores herramientas para combatir este fenómeno. Requerimos mecanismos más rápidos de intercambio de información e inteligencia, mayor cooperación judicial, instrumentos eficaces para rastrear, para congelar e incautar recursos vinculados con la financiación del terrorismo y una coordinación más estrecha frente a redes que operan simultáneamente en varios países. Colombia está dispuesta a participar activamente en esa discusión. Mi país quiere unas Naciones Unidas cuya eficacia se mida menos por el volumen de documentos que se producen y mucho más por los resultados que se consiguen, menos inclinada a multiplicar procedimientos y más decidida a convertir la cooperación internacional en acciones concretas.

Ese es el multilateralismo que Colombia está dispuesto a defender: uno que respete la igualdad soberana de los Estados, como dispone la propia carta, pero que sea capaz de actuar eficazmente cuando una amenaza no reconoce fronteras. El narcotráfico, el terrorismo, el crimen organizado transnacional y las economías ilícitas son precisamente amenazas de esa naturaleza. En concreto, la política exterior de mi gobierno está guiada por el interés nacional, por la defensa de nuestra soberanía y por la búsqueda de los resultados. Ese interés nacional tiene un objetivo concreto: la prosperidad de nuestra gente.

La política exterior debe servir para generar empleo, para atraer inversión y tecnología, para abrir mercados y para crear oportunidades para los colombianos. Con ese propósito, quiero hacerle una invitación al mundo. Vengan a Colombia, inviertan en Colombia, crezcan y prosperen con Colombia, crean en Colombia. No les prometo un país perfecto, pero sí les aseguro que trabajo sin descanso para construir una nación más segura, más próspera y con mayores oportunidades para su gente.

Colombia no viene hoy ante el mundo a pedir que otros hagan por nosotros lo que nos corresponde hacer. Reconstruir nuestro país, recuperar la seguridad, hacer crecer la economía, proteger nuestras instituciones y devolver oportunidades a millones de personas nos corresponde, ante todo, a los colombianos. Pero también sabemos que ninguna nación puede darle la espalda al mundo. Necesitamos socios y amigos con quienes podamos comerciar, invertir, intercambiar conocimiento y enfrentar amenazas comunes.

Esa es la Colombia que hoy les estoy presentando: un país consciente de sus dificultades, pero de sus enormes posibilidades. Un país que no pretende esconder sus problemas, sino enfrentarlos, que vuelve a ponerse en pie y que sabe hacia dónde quiere caminar. A las naciones aquí representadas les extiendo la mano con respeto y con amistad. Colombia quiere trabajar con ustedes en todo aquello que podamos construir juntos.

Quiero que dentro de algunos años, cuando el mundo vuelva la vista hacia mi país, encuentre una nación más segura, más próspera, más respetada y, sobre todo, mucho más confiada en sus propias capacidades. Y si esa es la Colombia que el mundo encuentra, no hará falta explicar qué quise decir cuando hablé de la patria milagro. Muchas gracias.


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