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Discurso completo de El Salvador ante la ONU
Transcripción completa del discurso pronunciado por la ministra de Asuntos Exteriores, Alexandra Hill Tinoco, el 28 de septiembre de 2026.
Señor Presidente de la Asamblea General, Señor Secretario General, Excelencias, Señoras y Señores.
Mientras hablamos de paz, seguridad y cooperación internacional, miles de personas mueren víctimas de la guerra, del hambre, de la violencia, de la enfermedad y de la injusticia.
Pareciera que hemos nosotros perdido el sentido de la humanidad. No es una tragedia futura: millones de personas están muriendo mientras nosotros estamos aquí. En estos momentos habrán miles de madres, padres, hijos, familias enteras que se desintegran y se preguntan algo que no es abstracto, ni diplomático ni geopolítico; es una pregunta elemental y con la más profunda humanidad: ¿A dónde están las Naciones Unidas? Esta pregunta, quizás más que cualquier otra, es la razón por la cual estamos aquí.
Y por eso yo quisiera preguntar a los que estamos en esta asamblea, con mucha seriedad y con toda la convicción: ¿tenemos hoy una organización que continúa siendo relevante y con la convicción para enfrentar desafíos que vive nuestra humanidad? Señor Presidente, vivimos en una época extremadamente compleja, donde los cambios y desafíos suceden en cuestión de segundos. Estos cambios, y todos creo que los hemos vivido, nos sobrepasan. Pero los más vulnerables, los que más sufren, los más pobres, los que no tienen voz y a quienes no debemos olvidar, añoran por algo mucho más sencillo pero fundamental: añoran por paz, por seguridad, por empleo, por libertad y por un futuro seguro para sus hijos.
Y esta es la mayor contradicción de nuestro tiempo: tenemos más capacidades que nunca, pero también desafíos que ningún Estado puede enfrentar por sí solo. Tenemos, como Naciones Unidas, que apostarle y definir, redefinir, el orden internacional para que este priorice el bienestar común de toda la humanidad, independiente de dónde viva, independiente de su condición: garantizar el bienestar de nuestros hermanos, la humanidad. Necesitamos un multilateralismo que sea capaz de escuchar, pero también de decidir; que preserve principios, que respete la soberanía de los Estados, pero que entienda que ningún Estado puede resolver por sí solo los problemas que ya no conocen fronteras. Porque la credibilidad de la ONU no se construye exclusivamente con resoluciones; al contrario, su legitimidad se alcanza cuando la organización es capaz verdaderamente de preservar la vida y garantizar un futuro digno para todas las personas.
Y eso es algo que El Salvador conoce muy bien. Señor Presidente, durante décadas mi pequeño pero gran país fue reconocido por una realidad que parecía imposible de cambiar: las entrañas de la violencia penetraron profundamente en nuestra sociedad. Una nación completa se resignó a que aquella realidad era lo que estábamos condenados a vivir. Tras décadas de indiferencia institucional, en el 2019 el pueblo salvadoreño apostó por Nayib Bukele, ahora mi Presidente reconocido mundialmente, un joven líder que se atrevió con convicción a desafiar aquello a lo que toda una generación se creía condenada y a transformar profundamente la realidad de nuestro país, independientemente de las consecuencias o las críticas de la comunidad internacional.
El Salvador pasó de ser el país más violento del mundo, con una tasa de homicidios de 103 personas por 100.000 habitantes. Nosotros, un país en paz, teníamos más muertos que los países en guerra. Pasamos de 103 homicidios por cada 100.000 habitantes a 1,3 homicidios por cada 100.000 habitantes en un período de cinco años. Inimaginable, pero se logró.
Por eso, ahora mi país es un caso de referencia para otros que sufren del mismo problema. El Fondo Monetario Internacional ha señalado que la mejora en la seguridad ha fortalecido la confianza y la actividad económica del país, y estima que la economía salvadoreña crecerá en un 4,5% en el 2026, algo nunca visto en nuestro país, esos niveles de crecimiento, impulsada por la inversión, el consumo privado, las remesas, el turismo y la entrada de capitales. Sin embargo, sería un error reducir esa transformación a una cifra. Porque detrás de una cifra a la cual nosotros estamos acostumbrados, cuando decimos millones, no es una cifra, son millones de rostros.
Ahora, en mi país, una madre no se hinca a pedirle a Dios cuando su hijo sale a la escuela para que él regrese. Un comerciante ya no se despierta pensando angustiado, rodeado de la angustia porque sabe que su bolsa de mangos tiene que venderla en más de diez dólares por la renta que le van a cobrar, o si no, su pago era un balazo en la cabeza. Hay un comerciante que puede abrir su negocio sin miedo. Hay un trabajador que puede recorrer tranquilamente, respirar su ciudad en libertad.
Y hay un niño que puede recorrer todas y cada una de las calles de nuestro país, calles y espacios que no le pertenecían hace siete años. Y todavía hay algo más profundo: una sociedad que recuperó la esperanza, cimentada en la posibilidad de imaginar un futuro diferente. Esto es lo que realmente significa recuperar la seguridad. No significa únicamente reducir el delito, significa devolverle el espacio a la libertad, a la libertad de todos y cada uno de nuestros ciudadanos y a las personas que nos visitan.
Y cuando una sociedad recupera la libertad de caminar, de respirar, de trabajar y de vivir sin miedo, comienza una segunda transformación: la recuperación de la confianza. Eso explica por qué El Salvador es hoy un referente para países que buscan apoyo y respuestas frente a sus propios desafíos de seguridad. No porque nuestro camino pueda copiarse mecánicamente, no existe una receta universal. Cada historia tiene que resolverse según lo que cada país ha vivido.
Sin embargo, existe una lección que creemos puede ser universal: ninguna nación debería estar obligada a aceptar el colapso y la incapacidad de gestión gubernamental como su destino para su gente. Ninguna. El Salvador no viene a esta asamblea a decir que hemos resuelto todos nuestros problemas. No, nos hace falta mucho.
Eso sería falso. Hoy venimos a decir algo más, mucho más profundo. Con determinación hemos demostrado que un problema que parecía irreversible puede ser enfrentado y transformado, independientemente del problema que sea. Y quiero ser clara: en coherencia con la visión de mi Presidente Bukele, la seguridad no es el destino final, es el punto de partida.
En El Salvador hemos colocado la educación en el centro de nuestra transformación nacional, porque creemos que transformar una escuela es, en última instancia, transformar una vida, transformar patria. Con iniciativas como «Dos escuelas por día», estamos renovando integralmente la educación pública desde la primera infancia hasta la educación media. En salud, hemos renovado profundamente nuestra infraestructura, capacitado y especializado a nuestro personal de salud, modernizado nuestro equipamiento y creado atención digital a través del Doctor SD, con la que hemos llegado a todos y cada uno de los rincones olvidados de nuestra patria, y tenemos ahora atención inmediata a todo aquel que lo requiere, independientemente del lugar donde esté. La atención es gratuita y los medicamentos son gratuitos.
Somos los primeros en el mundo en lograr eso. La visión de nuestra primera dama, Gabriela Rodríguez de Bukele, es profundamente humana. Cada niña, cada niño, cada joven necesita crecer en libertad, que desarrolle plenamente su potencial y tenga la oportunidad real de construir el proyecto de su vida que él o ella elija. Ahora, nuestros esfuerzos de país están concentrados en convertir seguridad en inversión, inversión en empleo, empleo en movilidad social, tecnología en oportunidades, educación en capacidades y estabilidad en prosperidad.
Al liderar, junto con Estonia, el diálogo global sobre la gobernanza de la inteligencia artificial, El Salvador reafirmó que esta tecnología debe ampliar capacidades y crear oportunidades para construir entornos capaces de competir en el futuro. Señor Presidente, la transformación que vive nuestro país ha enseñado que la seguridad, el desarrollo y la dignidad humana no son compartimentos separados. Sin seguridad, el desarrollo se vuelve frágil. Sin desarrollo, la seguridad difícilmente puede ser sostenible.
Y sin dignidad, ninguno de los dos tiene sentido. La comunidad internacional debe entender que resolver los desafíos globales va más allá de mil o un millón de resoluciones escritas y firmadas en papel. Un multilateralismo que no obligue a los países a escoger permanentemente entre soberanía y cooperación. Hoy tenemos frente a nosotros un reto histórico e inexcusable: hacer que el multilateralismo vuelva a ser sinónimo de capacidad de acción.
El Salvador considera que la reforma de las Naciones Unidas no debe limitarse a reorganizar sus estructuras. Necesitamos una organización ágil, representativa, eficaz y transparente, que sea capaz de resolver con la velocidad que exigen los problemas contemporáneos. Basta ya con el conformismo. Basta ya que los intereses personales y nacionales prevalezcan sobre las necesidades y crisis mundiales.
Basta ya, Señoras y Señores, basta ya con la burocracia. Esperamos que este mismo compromiso de la próxima Secretaria General o el próximo Secretario General de las Naciones Unidas tenga un liderazgo con absoluta independencia, con capacidad de diálogo, con autoridad moral, con conocimiento de la realidad internacional y con voluntad y convicción reformadora en beneficio de la humanidad, así como mi Presidente Bukele, independientemente de las consecuencias. Porque una vida humana merece la pena. Una.
El Salvador, en un corto e histórico período de siete años, ha dado un paso firme al cambio de su realidad, recuperando su seguridad, sus espacios, su confianza y su dignidad, pero siempre peleando por nuestra soberanía. Nuestra soberanía no se negocia. Nuestra soberanía no se toca. Estamos decididos a defenderla, porque nos ha costado demasiada sangre recuperarla.
Estoy convencida de que todos y cada uno de mis compatriotas, dentro y fuera de nuestras fronteras, estarían dispuestos a defender nuestra patria y nuestra soberanía con el mayor de los compromisos y sacrificios. Hoy, El Salvador quiere dejar ante esta asamblea cuatro lecciones fundamentales. Uno: que las naciones no están condenadas a repetir su pasado. Dos: que los problemas que parecen imposibles no son imposibles de resolver.
Tres: que el tamaño de un país, y nosotros somos el pulgarcito de América, no determina el tamaño de su responsabilidad. Y cuatro: que el futuro no pertenece a quienes tienen más poder, pertenece a quienes se atreven a transformar con determinación. La invitación de El Salvador a esta asamblea general es sencilla: no nos resignemos. No aceptemos que la guerra, la pobreza y la violencia son inevitables.
No aceptemos que esta organización esté o siga condenada a la inmovilidad. Y no aceptemos que las diferencias entre las naciones sean más poderosas que aquello que nos une. Hoy debemos hacernos una pregunta vital para el presente y futuro de nuestras naciones: ¿qué mundo queremos construir para que nadie muera? ¿Para que ningún inocente tenga que sufrir?
¿Para que toda la humanidad, independiente de su país, de su origen, de su condición social, pueda prosperar? El Salvador ya tomó una decisión sobre su propio futuro, y no lo digo a la ligera. Hoy venimos a decirlo fuerte y claro, no con palabras, sino con hechos: se puede transformar. Nosotros lo estamos haciendo.
Lo hemos demostrado con hechos y no con palabras. Seguimos transformando y no daremos paso atrás, porque se puede. Gracias y que Dios los bendiga a todos.
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