Hombre en traje hablando en podio, fondo verde marmolado.

Discurso completo de Paraguay ante la ONU

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Discurso completo de Paraguay ante la ONU

Transcripción completa del discurso pronunciado por el presidente Santiago Peña Palacios el 23 de septiembre de 2026.

Estimados Ministros, estimadas damas y caballeros.

El lema de esta asamblea nos interpela: restaurar la confianza, gestionar la transformación y lograr que las Naciones Unidas cumplan para todos. Es un lema, y lo suscribo con mucho entusiasmo. Pero seamos sinceros, queridos amigos: la gente ya no quiere lemas; nuestra gente quiere soluciones para sus problemas. Por ello, no vengo a esta tribuna a recitar frases hermosas, llenas de palabras rimbombantes, que no redunden en beneficio de nuestros ciudadanos.

Vengo a hablar de los problemas concretos y plantear soluciones. Vengo a hablar de un país que se levantó de la guerra más desgarradora del hemisferio occidental, la guerra de la Triple Alianza, que enlutó nada menos que a cuatro países hermanos. Uno de ellos, el país que yo represento, es uno de los países que más crece en el mundo. El aporte del Paraguay no es una teoría, es una experiencia.

Los hechos nos enseñan que la guerra es abominable, que la paz es el único objetivo, y que tenemos que dejar de mirar y hablar, y empezar a actuar. Y el Paraguay llega al concierto de las Naciones con una convicción que no negocia: la dignidad de la persona humana debe estar en el centro de cada decisión. Por eso defendemos la libertad, la democracia, la soberanía de los Estados, el respeto de los derechos humanos y la solución pacífica de las controversias. Por eso reivindicamos la vida humana desde su concepción y reconocemos a la familia como núcleo fundamental de nuestra sociedad.

Porque donde la dignidad humana se olvida, la humanidad misma desaparece. La dignidad humana, desde la concepción hasta el fin de la vida, es el fundamento de nuestra presencia en esta tierra. Hay una distancia cada vez más visible entre los compromisos que asumimos y los resultados que logramos. Cuando esa distancia se agranda, la confianza se debilita y la gente ya no nos cree.

Y esa confianza no se recupera con meras declaraciones o lindos eslóganes; se recupera enfrentando los problemas sin temor y proponiendo soluciones y ofreciendo resultados. El primer problema que quiero hablarles aquí, hoy, es uno que está en mi vecindario, en América Latina. Todos lo conocen: se llama Venezuela. Antes de venir a Nueva York, visité Caracas, a pesar de que el Paraguay y Venezuela tienen sus relaciones diplomáticas interrumpidas.

Por eso mi decisión de visitar el país caribeño sorprendió no a pocos, y muchas personas me han cuestionado, inclusive duramente, esa decisión. Aprovecho entonces este escenario para decirlo alto y fuerte, con toda claridad: no fui a Venezuela a validar un régimen, no fui a validar absolutamente nada. No, Señores. Más bien, todo lo contrario.

El Paraguay ama la democracia y cree que el pueblo venezolano merece también la democracia. La razón por la cual fui a Venezuela es porque durante 25 años los líderes sudamericanos se pasaron lanzando lindas palabras líricas, declaraciones estruendosas, lemas y eslóganes sobre Venezuela. Fueron 25 años de mirar, esperar y condenar desde esa cómoda distancia, pero sin hacer nada por el pueblo venezolano. Se miró, se habló, pero no se actuó.

No hicimos nada, y mientras tanto nuestros hermanos venezolanos sufrían. Por eso fui a Venezuela hace unos días, para dar un segundo paso. Luego del primero, difícil pero muy importante paso que significó la caída del dictador Maduro. Porque Paraguay puede ser útil para ese segundo paso: el paso de Venezuela hacia una transición democrática y pluralista.

Hoy Venezuela atraviesa una nueva realidad: la defensa de nuestros valores no puede significar indiferencia ante esa realidad. Por eso Paraguay ha abierto un canal de diálogo con las autoridades venezolanas, y ya está trabajando con acciones por una Venezuela donde el poder radique en su único soberano: el pueblo venezolano. Dialogar no es renunciar a los principios, ni olvidar el pasado. Es tener la valentía de mirar hacia adelante y actuar.

No podemos esperar que los Estados Unidos de América o alguna potencia del norte resuelvan nuestros problemas. Tenemos que hacerlo nosotros mismos. Yo quiero para Venezuela lo que mi país, el Paraguay, logró después de 35 años de una dictadura en 1989: una transición democrática real y duradera. No quiero una foto, no quiero un comunicado.

Quiero, queremos una transición, con instituciones, con seguridad, con economía y con un pueblo otra vez integrado a la comunidad internacional y, en nuestro caso, integrado al Mercosur. El liderazgo del Paraguay no confunde el diálogo con la indiferencia. Hablar es una forma de acompañar al pueblo venezolano. Es también una forma de combatir juntos el crimen transnacional que no respeta fronteras y que lastima a toda la región.

Hoy pido a todos mis hermanos latinoamericanos, pero también a estas Naciones Unidas: unámonos para ayudar a que Venezuela, ese país tan bello, vuelva a insertarse al mundo y que tenga un gobierno democrático y respetuoso de los derechos humanos. Al decir del poeta latino Terencio: «Hombres sois, nada humano nos puede ser ajeno». El sufrimiento del pueblo venezolano es también el sufrimiento del pueblo paraguayo. Debe ser el sufrimiento de todos.

Y lo que vale para Venezuela, vale quizás con más fuerza para Nicaragua, para Cuba y para Haití, países que han vivido demasiado tiempo en la oscuridad del autoritarismo, de la violencia, de la tristeza. Traigamos luz a esos pueblos hermanos. Porque donde hay elecciones libres, hay esperanza. Pero no tenemos que quedarnos en el discurso.

Tenemos que actuar. Hagámoslo. Hagámoslo juntos. Desde luego, no solo mi región, América Latina, tiene problemas.

Los problemas en el mundo están por todas partes. El Paraguay observa con profunda preocupación lo que ocurre en el Golfo Pérsico. Cuando el Estrecho de Ormuz se cierra, el precio no lo pagan las potencias o los más ricos; lo pagan los más desprotegidos, los ciudadanos más vulnerables. La seguridad alimentaria y energética de millones de personas depende de que ese paso siga abierto.

Por eso hoy hago un ferviente llamado al cese inmediato de los ataques, a la plena apertura y libre navegación de Ormuz y de Bab el Mandeb, y al retorno a las negociaciones. La dignidad humana, queridos amigos, no cambia porque cambiamos de continente; siempre es la misma. Y esa es la dignidad humana, la que debe guiar no solo nuestros discursos, sino también nuestras acciones. Ormuz es el problema que nos interpela hoy.

Pero quiero decirles aquí que mañana el problema puede ser mucho peor, muchísimo peor. Me refiero a las sombras ominosas que se están gestando en el Indopacífico y, particularmente, en el Estrecho de Taiwán. Lo que ocurra allí no es un mero asunto regional. No, Señoras y Señores.

Afecta a Japón, a toda Asia Oriental y Sudoriental, y sobre todo afecta a la economía mundial. Afecta a los microchips que mueven la industria, la defensa y la inteligencia artificial. Quien finja que eso está lejos o demasiado distante, simplemente no ha entendido el siglo XXI. Si el petróleo fue el combustible del siglo XX, los microchips son el combustible del siglo XXI.

No es poco lo que está en juego en ese conflicto potencial. Está en juego el futuro mismo de la humanidad. Quiero decirles que, ante este problema, mi país, el Paraguay, no es neutral. El Paraguay está, y lo digo alto y claro, con Taiwán.

Y no lo está por conveniencia, sino todo lo contrario: lo está por los valores profundos que compartimos: la democracia, el imperio de la ley, los derechos humanos y la paz. Setenta años de relaciones diplomáticas ininterrumpidas no es un mero número o un mero cálculo de ocasión. Es un homenaje a la amistad verdadera de nuestros pueblos. Por eso reafirmo hoy aquí el apoyo a la participación plena y significativa de la República de China Taiwán en las Naciones Unidas y en sus organismos especializados.

Taiwán tiene contribuciones concretas que acercan a la paz, al desarrollo y a los derechos humanos. Excluirlo no fortalece al sistema; lo priva de capacidades que pueden beneficiar a todos. Y es una mancha para estas Naciones Unidas. Pero el problema, no se engañen, no es solo Taiwán.

Lo que se está gestando ahí, en esa zona, es demasiado peligroso para todos. Queridas amigas y amigos, no nos quedemos en las palabras, en los eslóganes. Vayamos a la acción concreta. Les aseguro que en esa mesa de negociación de paz, de concordia, encontrarán al Paraguay en primera fila, listo para ayudar.

Pero los problemas del mundo no terminan en una sola región o un lugar. Van al corazón mismo del sistema internacional. Las Naciones Unidas, y no voy a ser el primero ni el último en decirlo, necesita una renovación, necesita un nuevo empuje. El bello lema de esta Asamblea nos propone unas Naciones Unidas para todos.

Bello lema, sin dudas. Pero me temo que el lema no es suficiente. Por eso les pregunto hoy, con mucho respeto, pero también con firmeza: ¿cómo vamos a tener Naciones Unidas para todos si la dirige un Consejo de Seguridad de unos pocos? Para peor.

Se trata de un Consejo diseñado hace 80 años para otra época, para otros escenarios, para otras situaciones, y que demuestra, con harta frecuencia, simplemente que no sirve a los problemas de hoy. Ese diseño original, hijo de su época, ha tenido muchos logros, sin duda. Y hoy los reconozco y celebro. Todos debemos hacerlo.

No obstante, como diría el gran Premio Nobel de Literatura Bob Dylan, «things have changed» —las cosas han cambiado—. Y la organización, queridos amigos, también tiene que cambiar. Distintos problemas ameritan distintas soluciones. De lo contrario, esta hermosa idea, la de las Naciones Unidas, se verá simplemente superada y limitada a ser un escenario de lindos discursos y pocos hechos para la gente.

Hay quienes concluyen, por todo esto, que el multilateralismo ha fracasado. El Paraguay llega a otra conclusión: las Naciones Unidas siguen siendo indispensables. Es el único sistema que permite coexistir a todos los países del mundo. Pero deben ser más eficaces en prevenir conflictos, proteger a las personas y hacer respetar las normas que los Estados hemos acordado.

Nuestra vocación de paz se resume en la frase de un ilustre paraguayo llamado Manuel Gondra: «No pudiendo hacer que el justo sea siempre fuerte, debemos empeñarnos por que el fuerte sea siempre justo». El Paraguay quiere asumir mayores responsabilidades en este sistema. Pero este sistema, tal cual está, simplemente no funciona. Por eso creemos que la elección del próximo Secretario General será una decisión fundamental.

Ha llegado el momento de que ese liderazgo corresponda a América Latina y el Caribe. Nuestra región tiene vocación de paz, de diálogo, de multilateralismo, y cuenta con candidatos capaces de asumir esa responsabilidad. Necesitamos un Secretario General que recupere el liderazgo político de la organización, que fortalezca la diplomacia preventiva, que actúe antes que las crisis se vuelvan irreversibles y que escuche a los Estados y a los pueblos a quienes sirve. El Consejo de Seguridad, en suma, debe dejar de ser una linda fotografía del mundo de 1945.

Debe escuchar más a esta Asamblea y no paralizarse cuando la paz está amenazada. Necesitamos unas Naciones Unidas para el 2026 o para el 2050, no para 1945, para así poder verdaderamente cumplir con todos los miembros. Esta Asamblea nos pide también gestionar la transformación. No hace falta aquí decir cuál es la gran transformación de nuestro tiempo.

Toda gran era de la humanidad ha tenido su fuerza motriz. El vapor impulsó la Revolución Industrial. El transistor impulsó la era digital. Ninguna fuerza de nuestra época es tan profunda como la inteligencia artificial.

Ya muestra su poder en la guerra, en la economía y en la vida cotidiana. A diferencia de las herramientas que solo transmitían lo que decíamos, estos sistemas participan en lo que decidimos. El potencial es inmenso. El Paraguay alimenta hoy a 100 millones de personas, y con esta herramienta podría alimentar a 1.000 millones.

Puede acortar en años distancias que tomaron generaciones. Esta transformación ya no puede ser detenida, y nadie debería quedar excluido de ella. No somos ciegos a los riesgos, pero el miedo jamás nos puede guiar. Como un niño, la inteligencia artificial repite lo que aprendió de quien la entrenó.

Si aprendió a negar la libertad, esa lección no llegará como una ley que podamos debatir. Llegará encubierta, en la tarea menor, en el gesto que nadie considera una decisión. La democracia se sostiene mientras las decisiones que nos gobiernan puedan rastrearse hasta la voluntad de quienes las padecen. Cuando ese hilo se corta, la voluntad popular corre el riesgo de ser reemplazada sin ser derrotada.

Proteger ese delicado hilo no significa renunciar a los beneficios. Significa no ignorar el riesgo que importa. La inteligencia artificial debe servir a la dignidad humana y no reemplazarla. Como recuerda la reciente encíclica «Magnífica Humanitas» del Santo Padre León XIV, los valores que estos sistemas llevan no son un límite técnico; son una decisión de quien los entrena.

Y el futuro nos demanda que esa decisión sea la libertad, sea la democracia y la igualdad ante la ley, y que quien la tome responda por ella. Parecería ser que hasta aquí solo he hablado de un sinfín de problemas y de desafíos, que es un discurso pesimista para muchos. No, queridos amigos, para nada. Simplemente estoy convencido de que la única forma de cambiar la realidad, de tener un mundo mejor, es en primer lugar asumir la realidad que enfrentamos, enfrentar los problemas que tenemos.

No esconderlos bajo la alfombra, bajo los discursos. Por eso vengo también a dar un mensaje de optimismo. Las cosas pueden cambiar. El mundo puede ser mejor.

La paz no es una quimera. Es una posibilidad real. Y mi país, el Paraguay, puede hablar de ello porque sabe muy bien la dura realidad de aquella frase de Erasmo de Rotterdam: «La guerra es dulce solo para aquellos que nunca la vivieron». El Paraguay la vivió, demasiado, dolorosamente, en carne propia.

Sabemos qué ocurre cuando el multilateralismo no funciona. La gente muere. La tierra se tiñe de sangre. El precio se paga no solo hoy, sino que se paga en generaciones.

Por eso mi país sabe que el multilateralismo, el diálogo, son la única alternativa. Hoy vengo a defender aquí con firmeza todas estas ideas para que se conviertan en realidad. El extremismo en la defensa del multilateralismo no es un vicio, es una virtud. Seamos extremistas, queridos amigos, en la defensa del multilateralismo, de la concordia, de la paz.

Así como el Paraguay se levantó de una cruenta guerra, el mundo puede hacerlo. Ese Paraguay que fue, después del cataclismo militar, un verdadero cementerio a cielo abierto, hoy vive otra realidad. El Paraguay se ha levantado y está listo para tomar su lugar en el mundo. Nos levantamos con esfuerzo, con apertura al mundo y con la terquedad de un pueblo que no eligió su geografía, pero sí eligió su destino.

Hoy el Paraguay vive uno de los mejores momentos económicos de su historia y se ha convertido en un ejemplo para otros países, en estabilidad macroeconómica, crecimiento sostenido y lucha contra la pobreza. Fruto de ello, en diciembre del 2025, Standard & Poor’s nos otorgó la segunda calificación de grado de inversión, el primer país en alcanzar dicha distinción en más de una década. En el último trimestre de ese año, la desocupación cayó al 3,6%, el nivel más bajo en nuestros registros. El crecimiento solo importa si se siente en los hogares.

El empleo digno es una de las mejores políticas sociales que puede ofrecer un Estado. No solo eso: el Paraguay ha reducido la pobreza a números nunca antes vistos. En menos de 20 años hemos bajado del casi 60% de pobreza al 16%, haciéndolo más rápido que todos los países de la región. Porque la gente nos importa.

Además, el futuro es brillante. No solo porque nuestra matriz eléctrica es abundante, estable y 100% renovable, sino porque nuestra región posee tierra, energía, minerales críticos y, lo más importante, su maravilloso pueblo. Señor Presidente, al llegar al final de esta intervención, quiero volver a la idea con la que comencé. La gente ya no quiere solamente lemas.

Quiere soluciones para sus problemas. Y, sobre todo, quiere la paz, quiere la libertad, seguridad, democracia, prosperidad y oportunidad para sus hijos. Y nosotros, quienes tenemos la responsabilidad de conducir nuestros países, debemos estar a la altura de esas expectativas. El Paraguay sabe que el camino es difícil, pero también sabe que no es imposible.

Creemos que es posible construir un mundo en el que la cooperación produzca resultados, en el que la democracia no sea una promesa vacía, en el que la tecnología esté al servicio de la humanidad, en el que el desarrollo alcance a quienes más lo necesitan. Y creemos que el Paraguay tiene mucho para aportar a ese futuro. Somos un país que no eligió su geografía. Somos un país que sí eligió su destino.

Un país que enfrentó la adversidad y decidió levantarse. Un país que tiene energía, recursos, talento y, sobre todo, una voluntad inquebrantable de progresar. Somos un país que dejó de preguntarse qué nos falta para empezar a preguntarse hasta dónde podemos llegar. Ese es el Paraguay gigante.

El Paraguay que se integra al mundo, que abre sus puertas a las oportunidades, que defiende su soberanía, que apuesta por la paz, la libertad y la democracia, y que quiere crecer sin dejar a nadie atrás. Y ese Paraguay tiene hoy un mensaje para el mundo. Venimos a demostrar lo que somos capaces de hacer. Hoy volvemos a elegir el diálogo frente a la confrontación, la cooperación frente al aislamiento, la democracia frente al autoritarismo, la paz frente a la guerra y el desarrollo frente a la resignación.

Las Naciones Unidas no recuperarán la confianza porque simplemente lo declaremos en esta sala. Debemos ser firmes e inequívocos en la defensa del multilateralismo, de la democracia, de la paz y, sobre todo, de la dignidad humana. Y ante esta Asamblea quiero decirlo con absoluta claridad: Paraguay está dispuesto a hacer su parte. Porque nuestra historia nos enseñó a resistir y nuestro futuro nos convoca a construir.

Más allá de las palabras están las acciones. Queridos hermanos de todo el mundo, cierro estas palabras con un pedido, con una exhortación, casi una plegaria. Seamos extremistas en la defensa del multilateralismo, de la democracia, de la paz y, sobre todo, de la dignidad humana. Solo así las generaciones venideras podrán mirar hacia atrás y decir que cumplimos con nuestra misión, que restauramos la confianza en la humanidad, que gestionamos la transformación para mejor con unas Naciones Unidas que cumplen para todos.

Muchas gracias.


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