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Discurso completo de Noruega ante la ONU

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Discurso completo de Noruega ante la ONU

Transcripción completa del discurso pronunciado por el ministro de Exteriores Espen Barth Eide el 25 de septiembre de 2026.

El mundo antiguo muere, y el nuevo mundo tiene dificultades para nacer. Ahora es el momento de los monstruos.

Presidente, distinguidas delegaciones, estas palabras las pronunció el filósofo italiano Antonio Gramsci, y las escribió desde una de las cárceles de Mussolini en los años 30. Los monstruos a los que se refería él eran los fenómenos políticos, sociales y ideológicos oscuros de su época. Gramsci hablaba de un tiempo de transición, de inseguridad, y del colapso de las hegemonías. Sus preocupaciones estaban bien motivadas, porque su época terminó con la catástrofe más importante de todas: la Segunda Guerra Mundial.

Nuestras Naciones Unidas las fundaron líderes que habían vivido dos guerras mundiales, un colapso económico devastador, y el auge del fascismo y del nazismo. De primera mano habían vivido que todas las naciones sufren en la guerra, en el conflicto, y cuando fracasa la cooperación internacional. Nosotros también estamos viviendo tiempos turbulentos. Sin embargo, precisamente ahora, cuando más la necesitamos, la Organización de las Naciones Unidas hace frente a su desafío más importante: se erosiona el respeto al derecho internacional, se pierde la confianza en la cooperación, en la financiación y en la eficacia.

Estos son los síntomas de la misma enfermedad. Se empieza a creer cada vez más que el poder importa más que el principio. La tentación creciente de buscar la ventaja nacional a expensas de las normas comunes. Pero la historia nos enseña una lección muy sencilla: cuando se socavan las normas, crece la inestabilidad.

Cuando se debilita la cooperación, la inestabilidad se extiende. Los países más pequeños, como el mío, y de hecho la gran mayoría de esta asamblea, dependemos particularmente de las normas internacionales comunes. Pero también hemos aprendido que todos los Estados acaban sufriendo si se despliega una violencia sin control. Hoy, las repercusiones de las guerras se hacen notar en todo el mundo.

Estoy aquí ante ustedes para traerles un mensaje: todos aquellos que honramos la Carta también tenemos que estar dispuestos a tomar decisiones difíciles. La reforma es necesaria, no porque fracasen las Naciones Unidas, sino porque importan las Naciones Unidas. Presidente, hoy nuestras Naciones Unidas se encuentran en una crisis triple: por un lado, normativa, financiera también, e institucional. Hablemos primero de la crisis normativa.

Las normas fundamentales que protegen la integridad de los Estados soberanos y prohíben el uso de la fuerza, salvo en legítima defensa, se ven amenazadas. El número de guerras en marcha es muy elevado. Y, todavía más dramáticamente, el número de guerras entre Estados es el mayor desde que se crearon las Naciones Unidas. Sin embargo, fue ese el motivo esencial para crear la organización en un primer momento: para salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra.

El derecho internacional no es caridad para los débiles; es una inversión común en un sistema que reduce riesgos, fricción, costes para todos, también para las grandes potencias. La libertad de navegación es un ejemplo. Este principio de larga data, consagrado en el derecho del mar, beneficia a todos, y el Estrecho de Ormuz muestra por qué. El cierre eleva los precios de la energía, perturba las cadenas de suministro mundiales, y limita el crecimiento más allá de la región.

Desde las gasolineras en Minneapolis, en Oslo, en Ciudad del Cabo, en Mumbai. El derecho internacional no es como un menú del que se elige; se tiene que defender de manera universal. Cuando condenamos la violación clara que comete Rusia del derecho internacional en Ucrania, también es importante hablar de las violaciones que comete Israel de las mismas normas en Palestina. El derecho internacional solamente es relevante si se aplica.

No hay alternativa a la solución de dos Estados. En esta asamblea general hemos visto un número récord de reuniones relacionadas con Palestina y el apoyo al Estado palestino nunca ha sido mayor. Sin embargo, la situación en el terreno es más grave que nunca. Tenemos que actuar con claridad moral y garantizar que el año que viene se convierta en el año de la aplicación.

Mi mensaje es este: solo si aplicamos el derecho internacional a todas las personas, en todos los lugares y en todo momento, podremos realmente decir que hablamos de normas universales. El doble rasero acaba convirtiéndose en cero rasero, cero normas. En segundo lugar, la ONU se encuentra en una crisis financiera. Los contribuyentes principales retienen o aplazan los pagos.

Las guerras y las preocupaciones de seguridad desvían los recursos del cumplimiento de los ODS. Y cuando los recursos están disponibles, a menudo van claramente destinados a determinados proyectos. Los donantes deberíamos determinar menos y permitir un mayor uso flexible de los recursos. Seguimos siendo uno de los diez donantes más importantes de Naciones Unidas, y utilizamos nuestra financiación para apoyar y promover la reforma.

Porque creemos en invertir en Naciones Unidas. Estamos convencidos de que la aplicación activa y constructiva de la Iniciativa ONU 80 es necesaria para su futuro. Va a ser un factor esencial cuando valoremos las contribuciones voluntarias futuras a los organismos, a los fondos y a los programas. En tercer lugar, la ONU se encuentra en una crisis institucional.

Yo creo firmemente en la organización. Pero también reconozco que, con el paso del tiempo, la hemos complicado en exceso. Demasiado a menudo, cuando identificamos una nueva idea o un nuevo desafío, creamos otro organismo, otra convención, un fondo, un programa para abordarlo. Y eso va acompañado de secretarías, de personal, de recursos, de burocracia.

Si en el terreno un país en desarrollo medio acoge como mínimo 23 organizaciones de la ONU distintas en los Estados más vulnerables, la cifra puede ser incluso mayor. También tenemos diez órganos de tratado de los derechos humanos y once secretarías para tratados ambientales mundiales. Quiero reconocer al personal serio, dedicado, que nos representa aquí en todos los lugares y a veces en lugares particularmente difíciles. Pero aquellos que se preocupan por la ONU también tienen que preguntarse: ¿mejoramos el cumplimiento o creamos más fragmentación y duplicación?

La ONU obtiene su legitimidad de la igualdad soberana de los Estados. Sin embargo, muchos Estados miembros tienen dificultades para seguir el ritmo y para poder participar. Tenemos que simplificar. Nos tenemos que concentrar.

Tenemos que mejorar nuestra capacidad para cumplir unidos en la acción y generar más impacto en el terreno. Los Estados miembros tenemos que orientar al Secretario General para que pueda tener éxito con la tarea de reforma. Y a veces, igual, lo que hay que hacer es ponerse serio también. Presidente, el coste de la guerra nos afecta a todos.

Los suministros de cereales y fertilizantes que se ven afectados por la guerra de Rusia-Ucrania socavan la seguridad alimentaria mucho más allá de Europa. La guerra rusa contra Ucrania y el conflicto en el Estrecho de Ormuz nos enseñan la misma cosa: cuando el poder está por encima del derecho, todos pagamos el precio. Y a menudo las consecuencias de la guerra también afectan al agresor. Lo que describía el Presidente Putin como una «operación militar especial» que terminaría en días o quizá semanas, ya está bien entrado en su quinto año.

Y tampoco vemos fin a la guerra en el Golfo. Ambas guerras nos recuerdan las limitaciones del poder militar. La acción militar nunca es el objetivo en sí. Clausewitz describía la guerra como la continuación de la política por otros medios.

Bueno, pues si los objetivos políticos de la guerra no se pueden conseguir, la guerra se convierte en muerte innecesaria, destrucción y pérdidas. Y, francamente, es una manifestación de debilidad. El éxito limitado de estas y otras guerras en marcha es precisamente un argumento firme a favor de la mediación y de la consideración de la paz. La diplomacia puede funcionar si lo permitimos.

Esta semana hemos visto un buen ejemplo: el acuerdo entre nuestro vecino Dinamarca, Groenlandia y los Estados Unidos. Un ejemplo de cómo la diplomacia puede llevar a una solución duradera que respeta los intereses de todas las partes, al tiempo que se respetan también sus derechos soberanos. Colegas, tenemos que seguir con nuestro trabajo para procurar que no haya impunidad por cometer los crímenes internacionales más graves. La CPI es una de las expresiones más importantes de esta idea tan noble.

Junto a tantos otros países afines, reforzaremos nuestra determinación de seguir defendiendo y desarrollando la CPI. Noruega rechaza, con toda claridad, los llamados a desmantelar la Corte Penal Internacional. Presidente, la crisis triple que les explicaba no es más que una crisis existencial para estas Naciones Unidas. Sin embargo, por suerte, para combatir esta crisis tenemos propuestas concretas de reforma sobre la mesa: la Iniciativa 80.

Esta iniciativa pone a prueba nuestra capacidad de construir una ONU más fuerte, más robusta. Noruega apoya la ambición del Secretario General. Apoyamos las propuestas en todas las líneas de trabajo, también los cambios estructurales. El proceso ya ha dado éxitos y resultados.

La resolución de mandatos sienta las bases para decisiones conjuntas mejores. Todos estamos de acuerdo en que tenemos que racionalizar los mandatos, integrar la preparación de informes y organizar nuestro trabajo para que haya una participación amplia y efectiva. Noruega se enorgullece de desempeñar un papel importante en este proceso. Pero también necesitamos cambios estructurales.

Tenemos que operar mejor. Algunas organizaciones se solapan. Habría que fusionarlas, precisamente en pro de nuestro interés común. Pero, lamentablemente, demasiado a menudo, los Estados miembros tienen intereses particulares y temen el cambio.

Que quede claro: la reforma no tendrá éxito si seguimos siempre protegiendo el statu quo. Recordemos que nosotros, los Estados miembros, somos los propietarios de esta organización, no la secretaría. Y con eso viene también la responsabilidad. El proceso tiene que continuar con el próximo Secretario General.

Y tenemos que ver cómo esta iniciativa tiene éxito. Para una organización de 193 Estados que pueda funcionar, necesitamos un Secretario General fuerte, independiente, que abogue firmemente por los principios de la Carta, con integridad y autoridad. En un momento en el que hay tantas tensiones geopolíticas, los buenos oficios del Secretario General son más importantes que nunca antes. El próximo, la próxima Secretaria General, tendrá que hacer frente a la tarea de liderar las Naciones Unidas para sacarla de esta crisis.

Necesitamos a alguien valiente, con ideas transformadoras. Y ella tendrá que ser capaz de generar confianza, aplicar nuestras decisiones, liderar la reforma y mejorar la eficacia. Una reforma real de la organización también tendrá que abordar la composición y el funcionamiento del Consejo de Seguridad. Ese es el llamado común de la mayoría en esta sala: la ausencia de África entre los puestos permanentes en el Consejo no es más que un ejemplo flagrante.

Al tiempo que intentamos mejorar la legitimidad, tenemos que garantizar que no reduzcamos la eficiencia. Necesitamos un Consejo de Seguridad abierto, transparente, que rinda cuentas de sus deliberaciones. Un Consejo de Seguridad que sea legítimo, pero también efectivo. Y que esto se mida en la capacidad de adoptar medidas significativas.

Presidente, hay muchos desafíos que tenemos que arrostrar. Las guerras y las tensiones geopolíticas dominan el programa. Pero no perdamos de vista tampoco la corresponsabilidad compartida más importante, que es ocuparnos mejor del planeta del que todos dependemos. Cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación rampante amenazan la vida, la prosperidad y las propiedades en todas partes.

Las inundaciones catastróficas del mes pasado en el Himalaya son otro recordatorio sombrío de los riesgos crecientes vinculados al cambio climático. Lo bueno es que reducir las emisiones y garantizar una gestión más responsable de los recursos naturales del mundo es algo posible. Ya tenemos las perspectivas y tecnologías necesarias para posibilitar esta transición. Y son cada vez más competitivas desde un punto de vista económico, como se comprueba con la disminución rápida del costo de las renovables.

Pero solo alcanzaremos el éxito si cooperamos. No podemos poner vallas en torno a nuestro clima, biosfera o tratar con los problemas de los océanos cada uno por nuestra cuenta. Presidente, vivimos en una era de inteligencia artificial. Como dijo el Secretario General en su discurso, el peligro no es la tecnología.

El peligro es una tecnología sin rendición de cuentas. Y yo estoy de acuerdo. Colegas, no debemos caer en el pánico, pero tenemos que tener determinación. No hay nada inevitable en esta novedad.

La inteligencia artificial es algo que crean los humanos y que tiene que permanecer bajo la dirección, la supervisión y el control humanos. Se ha convertido en parte esencial de nuestras infraestructuras, parte de prácticamente todos los aspectos de las sociedades y la economía. Y como hemos hecho tantas otras veces antes, tenemos que maximizar los beneficios positivos de estas tecnologías limitando su potencial más sombrío. Esta semana, Finlandia y Noruega hacen un llamado a empresas, gobiernos y a la propia ONU para cooperar en una gestión responsable de las oportunidades y los riesgos de la IA.

La defensa de valores humanos esenciales va más allá de regular la tecnología. Desde hace décadas hemos sido testigos de un crecimiento en la gobernanza democrática, el respeto por el Estado de derecho y por los derechos humanos. Lamentablemente, ahora esta tendencia se ha invertido. Retrocesos democráticos, polarización y debilitación de nuestros escudos democráticos.

Todo esto pone en cuestión muchos de los logros del pasado. El aumento de la desigualdad económica dentro de los países exacerba esta tendencia. Tenemos que tomarnos muy en serio el retroceso democrático. Aunque estas parezcan inquietudes internas de los países, sabemos que la manera en que los Estados se conducen en la esfera internacional refleja sus políticas internas.

Sentimientos autoritarios y excluyentes dentro de los Estados miembros también afectan a nuestra capacidad, por tanto, de abordar nuestras inquietudes comunes. Presidente, la ONU es uno de los grandes logros de la humanidad. No porque haya creado un mundo perfecto, porque no lo ha hecho. Pero sí porque nos ha ayudado a evitar un destino mucho peor.

Durante 80 años ha dado un espacio para que las naciones negocien en lugar de luchar, cooperen en lugar de enfrentarse y creen reglas en lugar de recurrir al poder puro y duro. El mundo que hoy conocemos es más seguro, próspero y justo gracias a que existen las Naciones Unidas. Los fundadores de la ONU fueron testigos de dos guerras mundiales y un colapso económico mundial. Sabían algo que nosotros nunca debemos olvidar: cuando la ley cede el paso a la fuerza, todos pierden.

Cuando la cooperación cae, todo el mundo paga. Cuando las instituciones fallan, lo que sigue es el caos. No crearon la ONU pensando en que la humanidad fuera perfecta. La construyeron porque entendieron que la humanidad no lo era.

La construyeron porque sabían que sin reglas, diálogo y cooperación, la historia tiene la costumbre de repetir sus capítulos más oscuros. La responsabilidad ahora es nuestra. No solo del Secretario General. Nuestra.

Las Naciones Unidas pertenecen a los Estados miembros. Nosotros decidimos si tiene éxito o si fracasa. Nosotros decidimos si la reforma avanza o se estanca. Ya ha pasado el tiempo de los informes.

Ha llegado el momento de pasar a la acción. Es ahora el momento en que debemos afrontar los monstruos de nuestro tiempo.


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