Entre 1932 y 1945, el ejército imperial japonés estableció un sistema de esclavitud sexual que afectó a entre 50.000 y 200.000 mujeres en Asia y el Pacífico. Las llamaban «suministros militares». Los documentos que lo probaban fueron quemados antes de la rendición. El silencio duró casi medio siglo.
En los documentos oficiales del ejército imperial japonés, estas mujeres no tenían nombre. Tenían una categoría: ianfu — mujeres de confort. O, en la jerga más directa de los mandos militares: «suministros militares». «Munición femenina».
Entre 1932 y 1945, el Imperio japonés estableció en los territorios que ocupaba una red de centros de esclavitud sexual institucionalizada. No fueron iniciativas privadas ni prácticas informales toleradas — fueron planificadas, financiadas y supervisadas por el aparato militar del Estado. Lo que ocurrió dentro de esas estaciones fue uno de los crímenes de guerra más graves de la Segunda Guerra Mundial. Y durante casi cincuenta años, el mundo no quiso saberlo.
El origen: Shanghai, 1932
El sistema de «estaciones de confort» comenzó oficialmente en Shanghai en 1932, tras la invasión japonesa de Manchuria. El ejército estableció los primeros burdeles militares con un doble objetivo declarado: prevenir las violaciones masivas de civiles — que estaban dañando la reputación internacional de Japón — y reducir la propagación de enfermedades venéreas entre los soldados.
El Salón Dayi, ubicado en el número 125 de la Calle Dongbaoxing de Shanghai, es considerado la primera estación de confort. Inaugurado en 1932 y operado hasta el final de la guerra en 1945, fue la que existió durante más tiempo en el mundo. Para ese mismo año, había ya 17 estaciones de confort de la Armada japonesa en funcionamiento solo en Shanghai, con 279 geishas y 163 mujeres de confort.

Lejos de reducir la violencia sexual, el sistema la institucionalizó y amplió a escala industrial. Tras la Masacre de Nankín en 1937 — donde las tropas japonesas violaron a decenas de miles de mujeres chinas — el mando militar decidió expandir la red. La lógica era tan perversa como reveladora: en lugar de castigar las violaciones, el ejército proporcionó víctimas cautivas.
La escala del sistema
Las estaciones de confort se extendieron por toda la esfera de influencia japonesa: China, Corea, Filipinas, Indonesia, Birmania, Malasia, Tailandia, Vietnam y las islas del Pacífico. Se calcula que llegaron a funcionar más de 400 estaciones, aunque la cifra real pudo ser considerablemente mayor dado que muchos registros fueron destruidos al final de la guerra.
El reclutamiento: engaño, coacción y secuestro
Las mujeres llegaban a las estaciones por distintos caminos, todos coercitivos.
Los métodos de reclutamiento
El engaño en Corea — entonces colonia japonesa. Agentes reclutadores visitaban aldeas pobres ofreciendo trabajo bien remunerado en fábricas o restaurantes. Las familias, desesperadas por la pobreza, entregaban a sus hijas de buena fe. Muchas víctimas tenían entre 14 y 18 años.
El secuestro directo — en China, Filipinas e Indonesia. Las tropas japonesas secuestraban mujeres durante las campañas militares o las requisaban de poblaciones ocupadas.
Las cuotas forzadas — en algunos casos, las autoridades locales colaboracionistas eran obligadas a proporcionar cuotas de mujeres.
Las mujeres europeas — en las Indias Orientales Neerlandesas (actual Indonesia), mujeres holandesas de origen europeo también fueron forzadas a servir en estaciones de confort.
Las condiciones: esclavitud absoluta
Las estaciones funcionaban con reglamento militar. Las mujeres eran encerradas en pequeñas habitaciones — aproximadamente siete metros cuadrados — donde debían atender a decenas de soldados diariamente. Los testimonios de supervivientes describen jornadas de hasta 30 o 40 violaciones consecutivas, especialmente antes de las ofensivas militares cuando los soldados recibían tiempo libre.
Los soldados rasos tenían horarios y tarifas diferentes a los oficiales. Se proporcionaban preservativos — que llegaron a ser considerados material estratégico de guerra — aunque su uso no siempre se imponía. Las inspecciones médicas semanales buscaban detectar enfermedades venéreas, pero el tratamiento de las mujeres era mínimo.
Las que enfermaban, quedaban embarazadas o resistían eran castigadas con brutalidad. Los abortos forzados se practicaban sin anestesia ni condiciones higiénicas. Las que contraían enfermedades venéreas graves eran frecuentemente abandonadas o eliminadas. Muchas murieron por infecciones, violencia o suicidio.
El aislamiento era total. Las mujeres eran separadas de cualquier contacto exterior, no podían enviar ni recibir correspondencia y desconocían su ubicación exacta. Muchas recibieron nombres japoneses y se les prohibía hablar en su idioma nativo. Los altares sintoístas instalados en las estaciones completaban el cuadro surrealista: espacios de adoración religiosa dentro de centros de esclavitud sexual sistemática.
— Kim Hak-sun, primera mujer de confort en testificar públicamente, 1991
La destrucción de las pruebas
En las semanas previas a la rendición de agosto de 1945, el gobierno y el ejército japonés ordenaron quemar todos los documentos que pudieran incriminar a oficiales y funcionarios en crímenes de guerra. Los registros de las estaciones de confort fueron destruidos sistemáticamente.
Lo que sobrevivió — suficiente para probar la participación directa del Estado — incluye las «Regulaciones de la Estación de Confort» fotografiadas por el médico militar Tetsuo Aso, archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores japonés que confirman la existencia de 17 estaciones de la Armada en Shanghai en 1932, y la investigación del profesor Su Zhiliang de la Universidad Normal de Shanghai, quien tras más de una década de trabajo documentó que China fue la cuna del sistema y que 200.000 mujeres chinas fueron víctimas.
Casi medio siglo de silencio
Tras la rendición, el tema desapareció del debate público. En los Juicios de Tokio — el equivalente japonés de Núremberg — la esclavitud sexual no fue perseguida como crimen de guerra principal.
Las supervivientes guardaron silencio por vergüenza, trauma y presión social. En las sociedades de Asia oriental, las víctimas de violencia sexual eran estigmatizadas y consideradas deshonradas. Muchas ocultaron su pasado a sus propias familias durante décadas. Las que quedaron estériles por infecciones y abortos forzados cargaron con una condena social adicional en culturas donde la maternidad era central.
El gobierno japonés contribuyó activamente al silencio, argumentando durante décadas que las estaciones de confort eran negocios privados operados por civiles — no una política institucional del Estado. Esta posición oficial se mantuvo hasta 1993.
1991: la voz que rompió el silencio
El silencio se rompió en 1991, cuando la coreana Kim Hak-sun se convirtió en la primera mujer de confort en testificar públicamente. Tenía 67 años. Vestida con el hanbok tradicional coreano, contó ante las cámaras cómo fue violada repetidamente desde los 17 años por soldados japoneses, cada día, durante años, hasta que consiguió escapar.
Su testimonio desencadenó un movimiento global. Otras supervivientes de Corea, Filipinas, China, Indonesia y los Países Bajos comenzaron a contar sus historias. El debate que habían silenciado durante casi cincuenta años explotó en las relaciones diplomáticas de Asia.
Kim Hak-sun moriría seis años después de su testimonio. Nunca recibió una disculpa formal del gobierno japonés.
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☕ Invitame un caféFuentes: Profesor Su Zhiliang, Universidad Normal de Shanghai, investigación sobre estaciones de confort en China. Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón. Testimonio de Kim Hak-sun (1991). Fotografías del médico militar Tetsuo Aso. Centro de Investigación y Documentación sobre Japón y el Movimiento de Mujeres de Confort, Seúl. Placa conmemorativa oficial del Gobierno chino, Dongjiagou (2006).
Este artículo tiene propósito histórico e informativo.
