Dresde: crimen de guerra
o necesidad militar
La noche del 13 de febrero de 1945, casi ochocientos bombarderos despegaron de Gran Bretaña con destino a una ciudad que tenía pocas fábricas de guerra, ninguna defensa antiaérea seria y cientos de miles de refugiados civiles. Lo que vino después fue una tormenta de fuego que mató a treinta mil personas. Y nadie respondió jamás por ello.
Hay preguntas que la historia oficial prefiere dejar sin respuesta. No porque la respuesta sea difícil de encontrar, sino porque encontrarla obligaría a conclusiones incómodas para quienes escriben esa historia. El bombardeo de Dresde en febrero de 1945 es una de esas preguntas. Y la razón por la que sigue siendo una pregunta, ochenta años después, no es la complejidad del asunto. Es que los vencedores nunca se juzgan a sí mismos.
Dresde era, en febrero de 1945, una de las ciudades más bellas de Europa. La llamaban «la Florencia del Elba»: su casco antiguo acumulaba siglos de arquitectura barroca, sus museos albergaban colecciones que cualquier capital del mundo habría envidiado, sus talleres de porcelana eran conocidos en todo el mundo. Era también, en ese momento, una ciudad desbordada de refugiados: civiles alemanes que huían del avance del Ejército Rojo desde el este, muchos de ellos mujeres, niños y ancianos que cargaban con lo poco que podían llevar y no tenían a dónde ir.
La guerra estaba, para todos los efectos prácticos, terminada. Alemania llevaría tres meses más resistiendo, pero el resultado era ya una certeza aritmética. El Ejército Rojo avanzaba desde el este. Las fuerzas aliadas habían cruzado el Rin desde el oeste. El Tercer Reich se desmoronaba por todos lados. En ese contexto, la decisión de arrasar Dresde no puede entenderse como una necesidad militar urgente. Puede entenderse como muchas otras cosas. Pero no como eso.
Arthur Harris y la teoría
de que las ciudades rendirían a Alemania.
Para entender Dresde hay que entender primero al hombre que hizo posible lo que ocurrió allí, y la doctrina que construyó durante tres años de guerra. Arthur «Bomber» Harris, comandante en jefe del Mando de Bombarderos de la RAF desde febrero de 1942, era un hombre de convicciones simples y absolutas. Creía —y lo creía con una fe que ni las evidencias contrarias lograron sacudir— que un bombardeo masivo y sostenido de las ciudades industriales alemanas podría por sí solo ganar la guerra, forzando la rendición antes de que fuera necesaria una invasión terrestre.
La lógica de Harris no era completamente absurda en su punto de partida. En los primeros años de la guerra, cuando una invasión de Europa continental era imposible, los bombardeos eran el único modo de golpear directamente a Alemania. La tecnología de bombardeo de precisión que existía en 1942 era una quimera: los propios estudios de reconocimiento aliados revelaron que solo uno de cada tres aviones lanzaba sus bombas en un radio de ocho kilómetros del objetivo deseado. Si no podías apuntar con precisión, la única alternativa era cubrir un área entera.
El bombardeo de área no buscaba destruir objetivos militares específicos. Buscaba destruir ciudades enteras: las fábricas, las infraestructuras, las viviendas de los trabajadores, la moral de la población civil. La teoría era que una población suficientemente aterrorizada y empobrecida presionaría a su gobierno para rendirse.
La teoría era incorrecta. La moral civil alemana no colapsó. De hecho, los bombardeos tendieron a consolidar el apoyo popular al régimen nazi, que los presentaba como prueba de la brutalidad aliada. La producción industrial alemana no decreció significativamente hasta 1944, y cuando lo hizo, fue por la combinación de bombardeos y el avance terrestre, no por los bombardeos solos.
Harris recibió apoyo desde arriba. Winston Churchill apoyó la estrategia. El jefe del Estado Mayor, sir Charles Portal, también. La responsabilidad del bombardeo de área no fue nunca solo de Harris, aunque Harris fue el único en pagar algún precio reputacional por ella. Esa distribución desigual de la responsabilidad es, en sí misma, parte de la historia que hay que contar.
El precedente que Harris había establecido era brutal en sus dimensiones. El primer ataque de mil bombarderos contra Colonia en 1942 mató a casi 500 civiles y destruyó 45.000 hogares. La Operación Gomorra contra Hamburgo en el verano de 1943 fue aún más devastadora: los bombardeos combinados de la RAF y la USAAF durante varios días crearon una tormenta de fuego que mató a 46.000 personas. Cuarenta y seis mil. En una sola operación.
Primer ataque de mil bombarderos. ~500 civiles muertos, 45.000 hogares destruidos. Considerado un éxito por el mando aliado.
Operación Gomorra. Tormenta ígnea. 46.000 civiles muertos. El mayor ataque aéreo convencional de la guerra hasta ese momento.
Campaña continua de cuatro meses. Miles de muertos. La RAF perdió más de 1.000 aviones. Harris consideró que no había logrado sus objetivos.
~30.000 civiles muertos. La guerra estaba prácticamente ganada. Solo seis bombarderos aliados perdidos. Nadie respondió jurídicamente por ello.
La ciudad que no tenía
por qué estar en la lista.
La elección de Dresde como objetivo de la Operación Trueno fue, desde el principio, controvertida incluso dentro del propio mando aliado. La ciudad no era un centro de industria pesada al nivel de Hamburgo, Essen o Berlín. Había sido atacada solo dos veces durante toda la guerra —en octubre de 1944 y enero de 1945— y ambas veces por razones muy específicas: una refinería de petróleo cercana era el objetivo principal de la USAAF, no la ciudad en sí.
Los defensores del bombardeo señalan, con razón, que Dresde no era una ciudad puramente cultural sin relevancia militar. Tenía fábricas de componentes para cazas Messerschmitt, instalaciones ópticas de Zeiss-Ikon, una fábrica de motores Junkers, refinerías de petróleo en sus afueras. Se calcula que unos 10.000 habitantes trabajaban en instalaciones relacionadas con el esfuerzo de guerra alemán. Y era, indudablemente, un nodo ferroviario importante para el suministro del frente oriental, que en ese momento estaba a menos de 160 kilómetros al este.
Pero hay una diferencia entre tener objetivos militares en una ciudad y convertir toda la ciudad en un objetivo de saturación. Los propios archivos aliados posteriores al bombardeo revelan que los pilotos recibieron instrucciones de atacar la red ferroviaria como objetivo prioritario. Lo que los 796 Lancaster de la RAF lanzaron sobre Dresde en la noche del 13 de febrero no fue precisión quirúrgica sobre estaciones de tren. Fueron 1.478 toneladas de bombas explosivas y 1.182 toneladas de bombas incendiarias sobre la ciudad entera.
Dresde no estaba especialmente bien defendida. La mayoría de sus baterías antiaéreas habían sido trasladadas al frente oriental. Los bombarderos encontraron la ciudad al borde de un río, en una noche sin luna, prácticamente indefensa. Solo perdieron seis aparatos.
La otra razón que se esgrime para justificar el bombardeo es la presión soviética. En la Conferencia de Yalta, que tendría lugar días después, los aliados occidentales querían presentarse ante Stalin con pruebas tangibles de que estaban cumpliendo su compromiso de atacar las comunicaciones alemanas en el este para apoyar el avance del Ejército Rojo. Dresde era, en este sentido, tanto un objetivo militar como una señal política: un gesto hacia el aliado soviético con el que pronto habría que negociar el reparto de Europa.
Lo que nadie discutió en las salas de mando era la presencia en Dresde de una cantidad inusualmente alta de refugiados civiles. La ciudad, que tenía una población habitual de unos 640.000 habitantes, estaba desbordada por el flujo de personas que huían del avance soviético desde el este. Las estimaciones sobre cuántos refugiados había esa noche en la ciudad varían enormemente, pero las cifras más conservadoras hablan de decenas de miles. Muchos dormían en la estación de tren, en los parques, en las aceras.
Cómo se construye
una tormenta de fuego.
La mecánica del bombardeo de Dresde fue, desde el punto de vista estrictamente técnico, una obra maestra de coordinación militar. Harris había refinado durante años las tácticas de la corriente de bombarderos: una formación compacta de toda la fuerza aérea, capaz de abarcar 112 kilómetros de longitud y 1.200 metros de profundidad, diseñada para saturar las defensas antiaéreas enemigas antes de que pudieran reaccionar con eficacia.
Para Dresde añadió una innovación: dividir la fuerza en dos oleadas separadas por un intervalo de tres horas. La primera oleada causaría el daño inicial y atraería a los cazas alemanes de defensa; cuando estos tuvieran que aterrizar a repostar y rearmarse, la segunda oleada llegaría sobre una ciudad ya en llamas y sin defensa aérea operativa. Era, en su perversa lógica, brillante.
La combinación de bombas explosivas e incendiarias era igualmente deliberada. Las explosivas destruían tejados y estructuras internas, creando cámaras abiertas al aire. Las incendiarias, lanzadas después sobre esas ruinas, prendían en condiciones óptimas. El resultado, cuando la escala era suficiente, era una tormenta ígnea: un fenómeno en que el calor generado por miles de incendios simultáneos crea corrientes de aire tan intensas que alimentan los propios fuegos, generando vientos de decenas de kilómetros por hora y temperaturas que podían alcanzar los 1.000 grados centígrados en el centro del área afectada.
En el suelo, la experiencia fue algo para lo que ningún ser humano puede estar preparado. La ciudad que había sobrevivido casi intacta cinco años de guerra se convirtió en pocas horas en un infierno literal. Los refugios antiaéreos, diseñados para proteger contra bombas convencionales, se convirtieron en hornos cuando la tormenta ígnea consumió el oxígeno a su alrededor. Personas que habían logrado llegar a espacios abiertos como el Gran Jardín, el parque central de la ciudad, morían asfixiadas o quemadas mientras los árboles centenarios ardían a su alrededor.
Lo que vieron
quienes estaban abajo.
La historia militar puede medirse en toneladas de bombas y número de aeronaves. La historia humana se mide en testimonios. Y los testimonios de quienes sobrevivieron la noche de Dresde son documentos que ninguna justificación estratégica puede neutralizar del todo.
«Lo único que tenía en mente era dirigirme a un espacio abierto. Para entonces ya había edificios desmoronándose y tenías que pasar por encima de la piedra y los escombros y la gente muerta, pero te daba igual: pisabas donde hiciera falta con tal de escapar. Mientras estábamos allí sentados, lanzaron bombas que iluminaron la ciudad de rojo y verde, y por un momento se produjo una imagen muy extraña. Nunca lo olvidaré: era como las vidrieras de una catedral. Una vez se terminó el ataque, la ciudad era un mar de fuego, miles y miles de personas muertas, muertas al lado nuestro, en torno a nosotros, los gritos y los olores. La imagen más truculenta era la desnudez de las personas que habían muerto en el bombardeo: aparentemente, el tornado o la presión del aire de las bombas les había destrozado las ropas.»
El detalle de la desnudez de los muertos —la ropa literalmente arrancada por la presión de las explosiones y los vientos de la tormenta ígnea— es uno de esos detalles que ninguna estadística puede transmitir. Personas que habían buscado refugio en parques y espacios abiertos aparecieron a la mañana siguiente sin ropa, sin identificación, irreconocibles. Los equipos de recuperación tardaron semanas en retirar los cuerpos de las calles.
Al día siguiente, 14 de febrero, los bombarderos de la USAAF llegaron con la luz del día. Sus objetivos declarados eran las vías de ferrocarril. Pero los cazas de escolta, una vez completado el acompañamiento de los bombarderos, descendieron sobre la ciudad para lo que se había convertido en táctica estándar de la aviación estadounidense: ametrallar las calles.
«El tercer ataque fue de los estadounidenses, y se concentraron en ametrallar a la gente. No había defensa posible, no teníamos ninguna defensa, y se concentraron en abatir a esta gente que estaba intentando salvarse, salir a las afueras y al campo. Toda la gente que se había reunido en las praderas a lo largo del río, fueron allí y los tirotearon a todos, los mataron uno a uno.»
Este detalle —los cazas ametrallando deliberadamente a civiles que huían a campo abierto— es el que más difícilmente puede enmarcarse como daño colateral involuntario. No había objetivos militares en los refugiados que corrían por las praderas del Elba. No había instalaciones industriales en las familias que intentaban alejarse de la ciudad en llamas. La decisión de descender sobre ellos y dispararles fue exactamente eso: una decisión.
«Vimos el bombardeo de Dresde desde el campo satélite de Schlieben, donde trabajábamos con mujeres alemanas fabricando Panzerfausts, cohetes antitanques. El fuego en el cielo, un enorme resplandor rojo: para nosotros era como el cielo. Salimos a mirar y fue glorioso, porque sabíamos que el final de la guerra debía de estar cerca, y con ello nuestra salvación. Yo tenía quince años cuando llegaron los rusos y pesaba 50 kilos. Se me veían todos los huesos.»
El testimonio de Halfgott introduce la dimensión que hace que el debate sobre Dresde sea moralmente tan complejo. Para un prisionero judío que pesaba 50 kilos y podía contar sus propios huesos, el resplandor rojo en el horizonte era literalmente una señal de salvación. El mismo fuego que mataba a 30.000 personas en Dresde anunciaba el fin del régimen que había construido los campos. No hay manera de sostener ambas verdades simultáneamente sin sentir el peso de la contradicción. Y sin embargo, hay que sostenerlas ambas.
¿Cuántos murieron?
La respuesta que la historia nunca cerró.
Una de las dimensiones más persistentemente manipuladas del bombardeo de Dresde es la de las víctimas. La propaganda nazi habló de 200.000 muertos, una cifra diseñada para maximizar el efecto político del ataque. Durante décadas, esa cifra circuló y fue usada tanto por apologistas alemanes de posguerra como, irónicamente, por el propio aparato de propaganda de la Alemania del Este para denunciar el imperialismo occidental.
Los estudios históricos serios, incluida la comisión de historiadores que la ciudad de Dresde encargó en 2004 y que publicó sus conclusiones en 2010, sitúan la cifra de víctimas civiles en aproximadamente 22.700 a 25.000 muertos confirmados, con estimaciones que podrían llegar a 30.000 si se incluyen los refugiados no registrados cuya presencia en la ciudad no pudo documentarse.
La dificultad para establecer una cifra exacta de víctimas reside fundamentalmente en los refugiados. La ciudad estaba desbordada de personas desplazadas que huían del avance soviético, muchas de ellas sin registro de su presencia en Dresde. Cuando una ciudad arde y miles de personas mueren sin documentación previa de que estaban allí, el recuento posterior es necesariamente incompleto.
Lo que sí puede afirmarse con certeza es que incluso la cifra conservadora de 22.000 muertos convierte el bombardeo de Dresde en uno de los episodios más letales para la población civil en la historia de la Segunda Guerra Mundial en el teatro europeo occidental.
Treinta mil muertos. O veintidós mil. O veinticinco mil. En el debate público, estas cifras a menudo se usan como arma: quienes quieren minimizar el bombardeo citan los números más bajos; quienes quieren maximizarlo, los más altos. Lo que se pierde en ese debate es que incluso el número más bajo representa decenas de miles de personas que murieron en pocas horas, en su mayoría civiles que no tenían ningún papel en las decisiones militares que habían llevado al mundo a ese punto.
Churchill se distanció.
Harris quedó solo. Nadie fue juzgado.
La filtración a la prensa de los objetivos de la Operación Trueno desató una controversia que las autoridades aliadas no habían anticipado. Un reportero de la Associated Press describió lo que estaba ocurriendo como «bombardeo de terror», usando exactamente la misma expresión que la máquina de propaganda nazi había empleado durante años para denunciar los ataques aliados. El efecto fue, desde el punto de vista de las relaciones públicas aliadas, desastroso.
La reacción de Churchill fue reveladora. En marzo de 1945, pocas semanas después del ataque que había aprobado, el primer ministro escribió a sus jefes del Estado Mayor con un tono que sonaba más a distanciamiento político que a reflexión moral genuina:
«La destrucción de Dresde sigue siendo un cuestionamiento serio de la conducta de los bombardeos aliados. Opino que, de ahora en adelante, los objetivos militares deben estudiarse más detenidamente por nuestro propio interés más que por el del enemigo.»
Nótese la frase clave: «por nuestro propio interés más que por el del enemigo». No era una condena moral del bombardeo de civiles. Era una preocupación por la imagen aliada en el momento en que la guerra estaba llegando a su fin y empezaba a importar cómo sería recordada. Los jefes del Estado Mayor, ofendidos por el tono del memorándum que parecía descargar sobre ellos una responsabilidad que habían compartido con Churchill, le pidieron que lo retirara. Churchill lo sustituyó por una versión más suave.
Al final de la guerra, Arthur Harris se convirtió en el chivo expiatorio. Mientras otros comandantes del Mando de Bombarderos fueron condecorados, Harris no recibió el título de par del reino que era habitual para oficiales de su rango. Churchill lo omitió llamativamente en su discurso de celebración de la victoria. Los hombres que habían aprobado la estrategia, la habían promovido y se habían beneficiado políticamente de ella, se alejaron discretamente de su arquitecto cuando la opinión pública empezó a cuestionarla.
Harris comentó que no consideraba que «el resto de las ciudades de Alemania valieran los huesos de un granadero británico.» Era un hombre que creía en lo que hacía hasta el final. Lo que no fue, en ningún momento, fue el único responsable de lo que hizo.
Los crímenes que los vencedores
decidieron no juzgar.
Los juicios de Núremberg establecieron principios que, aplicados con consistencia, habrían exigido que los bombardeos de área fueran sometidos a algún tipo de escrutinio jurídico. El Estatuto del Tribunal de Núremberg definía como crimen de guerra los ataques deliberados contra la población civil. La Convención de La Haya de 1907, que seguía siendo derecho internacional vigente, prohibía el bombardeo de ciudades no defendidas y exigía que se distinguiera entre objetivos militares y civiles.
Hamburgo. Colonia. Berlín. Dresde. Y en el Pacífico, Tokio, donde los bombardeos incendiarios estadounidenses del 9 y 10 de marzo de 1945 mataron entre 80.000 y 100.000 personas en una sola noche. Y luego Hiroshima. Y Nagasaki.
Ninguno de estos ataques fue examinado en Núremberg. La razón no fue jurídica sino política: los jueces aliados sabían perfectamente que cualquier proceso que examinara los bombardeos de área podría ser impugnado sobre la base de que los acusados habían hecho exactamente lo que los acusadores también habían hecho. El principio tu quoque —»tú también»— era legalmente débil como defensa, pero políticamente explosivo como argumento.
Núremberg juzgó los crímenes nazis: el Holocausto, la esclavitud, el exterminio de poblaciones civiles en los territorios ocupados, los experimentos médicos con prisioneros. Todos esos juicios eran necesarios y la mayoría de sus veredictos fueron justos.
Lo que Núremberg no juzgó: los bombardeos de área aliados sobre ciudades alemanas y japonesas, las matanzas de civiles en el avance soviético hacia Berlín, la expulsión forzada de entre 12 y 14 millones de alemanes étnicos de Europa del Este tras la guerra con decenas de miles de muertos. Los vencedores escriben la historia. También deciden qué partes de ella se juzgan.
El general Curtis LeMay, responsable de la campaña de bombardeos incendiarios sobre Japón que precedió a las bombas atómicas, fue completamente explícito sobre esta realidad en sus memorias de posguerra: «Si hubiéramos perdido la guerra, habríamos sido juzgados como criminales de guerra.» Era una observación honesta. También era una admisión implícita de que la diferencia entre un crimen de guerra y una operación legítima no era siempre de naturaleza sino de resultado.
¿Era necesario?
¿Importa si lo era?
La pregunta sobre si el bombardeo de Dresde fue un crimen de guerra admite respuestas distintas dependiendo del marco que se use para responderla, y esa pluralidad de respuestas no es un defecto del análisis histórico: es la condición de honestidad que el tema exige.
Desde el punto de vista de la necesidad militar estricta: el bombardeo de Dresde en febrero de 1945 era difícilmente justificable. La guerra estaba prácticamente ganada. Alemania no podía ganar. Los recursos militares de la ciudad eran menores que los de otros objetivos alternativos. Y la masiva presencia de refugiados civiles era conocida por el mando aliado.
Desde el punto de vista del contexto de la guerra total: todas las grandes potencias en conflicto habían atacado deliberadamente a civiles en algún momento. La Luftwaffe había bombardeado Londres, Coventry, Rotterdam. Los japoneses habían masacrado a la población civil de Nanking. La guerra de Hitler era, en su concepción misma, una guerra de exterminio racial. Juzgar los bombardeos aliados sin ese contexto es una distorsión tan grave como ignorarlos.
Desde el punto de vista jurídico: el derecho internacional vigente en 1945 prohibía en principio el ataque deliberado a civiles. Los bombardeos de área, tal como se llevaron a cabo, eran difícilmente reconciliables con esa prohibición, independientemente de que los objetivos declarados fueran industriales. Cuando el resultado previsible y previsto de una operación es la muerte de decenas de miles de civiles, la distinción entre intención y resultado se vuelve jurídicamente tenue.
La pregunta más incómoda no es si Dresde fue un crimen de guerra. Es por qué la misma comunidad internacional que estableció en Núremberg que matar civiles deliberadamente es un crimen nunca aplicó ese principio a sus propias acciones en Dresden, Hamburgo, Tokio, Hiroshima o Nagasaki.
La respuesta, por supuesto, no es misteriosa. Los vencedores construyeron el marco jurídico de Núremberg para juzgar los crímenes del bando derrotado. No lo construyeron para juzgarse a sí mismos. Eso no hace que los crímenes nazis fueran menos reales ni que los juicios de Núremberg fueran ilegítimos. Hace que el sistema de justicia internacional que emergió de la Segunda Guerra Mundial tuviera, desde su nacimiento, una hipocresía estructural que todavía no ha sido resuelta.
Dresde es el nombre que se le da a esa hipocresía cuando toma la forma de 30.000 muertos en una ciudad barroca a orillas del Elba, en la noche del 13 de febrero de 1945, cuando la guerra ya estaba ganada.
Cómo el pasado se convierte
en arma del presente.
El bombardeo de Dresde no solo tiene una historia. Tiene una historia de cómo esa historia ha sido contada, manipulada y weaponizada por distintos actores a lo largo de ochenta años.
La propaganda nazi lo usó inmediatamente para denunciar la brutalidad aliada, inflando las cifras hasta 200.000 muertos y presentando la destrucción como un crimen sin precedente. Era una manipulación cínica, proveniente del mismo régimen que había construido Auschwitz, pero la manipulación no hacía que los hechos fueran falsos.
La Alemania del Este, durante décadas de Guerra Fría, convirtió el aniversario del bombardeo en un ritual de denuncia del imperialismo occidental, aprovechando la culpa aliada para legitimar al régimen comunista como única alternativa al fascismo que los anglosajones habían combatido sin manos limpias.
La extrema derecha alemana y europea ha usado Dresde regularmente para equiparar los crímenes nazis con los crímenes aliados, en un movimiento de relativización histórica que busca disolver la responsabilidad específica del Tercer Reich en una equivalencia moral falsa. Cada aniversario del bombardeo ha sido objeto de marchas de grupos neonazis que presentan a Dresde como una víctima y no como parte de una guerra que Alemania inició y condujo con una crueldad sin precedentes en la historia europea.
Estos usos manipuladores del bombardeo de Dresde no invalidan la legitimidad de la pregunta histórica. Al contrario: el hecho de que el tema haya sido tan sistemáticamente instrumentalizado hace más necesario, no menos, un análisis honesto que no ceda ni a la glorificación de los bombardeos aliados ni a su equiparación con el genocidio nazi.
Dresde arde todavía en la memoria.
No porque la guerra no haya terminado.
Sino porque las preguntas que plantea nunca recibieron respuesta.
La Frauenkirche, la iglesia barroca que se derrumbó en las llamas de febrero de 1945 y cuyas ruinas permanecieron como memorial durante toda la Guerra Fría, fue reconstruida piedra a piedra entre 1994 y 2005. Parte de los fondos vinieron de Gran Bretaña, incluida una donación de la RAF. La cruz que corona su cúpula fue fabricada por el hijo de uno de los pilotos que bombardearon la ciudad aquella noche.
Es un gesto de reconciliación genuino y hermoso. También es una forma de clausura que el análisis histórico honesto no puede permitirse. La reconciliación entre pueblos es necesaria y posible. La impunidad estructural de quienes toman decisiones que matan a decenas de miles de civiles, siempre que sean los vencedores quienes las tomen, es una herida diferente. Y sigue abierta.
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Las cifras de víctimas corresponden al informe de la Comisión Histórica de Dresde (2010). Los testimonios de Ursula Gray y Ben Halfgott son documentos históricos de uso público recogidos en múltiples fuentes de referencia sobre el bombardeo. La cita de Churchill proviene de su memorándum del 28 de marzo de 1945 a los jefes del Estado Mayor. La cita de Curtis LeMay proviene de sus memorias Mission with LeMay (1965). Este artículo no equipara los crímenes nazis con los bombardeos aliados: analiza ambos aplicando los mismos criterios morales y jurídicos.
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