Hay guerras que se libran por territorio. Hay guerras que se libran por ideología. La que se desarrolla en el Golfo Pérsico desde el 28 de febrero de 2026 es, en esencia, una guerra por el instrumento más sofisticado de dominación que ha producido el capitalismo contemporáneo: la moneda en la que se factura el petróleo.

Para entender lo que está ocurriendo en los mercados energéticos, en las bolsas asiáticas y en las salas de crisis de Tokio, Seúl y Riad, hay que retroceder veintiséis años y visitar una decisión que se tomó en Bagdad y que, en aquel momento, pareció apenas una excentricidad diplomática.

Saddam cambió la moneda.
Le costó un país.

A finales del año 2000, Saddam Hussein ordenó que las exportaciones de petróleo iraquí se facturaran en euros en lugar de dólares. El gesto fue leído en Washington como un desafío simbólico. Pero los símbolos, cuando apuntan a la arquitectura financiera del poder, raramente quedan impunes.

Lo que vino después es historia documentada: los atentados del 11 de septiembre abrieron la puerta a una invasión construida sobre inteligencia fabricada. No se encontraron armas de destrucción masiva. El régimen fue destruido, Saddam fue ejecutado, e Irak fue devuelto al redil del petrodólar. El mensaje para el resto de los productores de la región fue cristalino: quien toque la estructura monetaria del petróleo se enfrenta a una presión cuya escala es difícil de anticipar.

La ocupación de Irak no fue solo una guerra. Fue una demostración de coste. Un recordatorio de lo que ocurre cuando un Estado exportador de petróleo decide que el dólar le resulta prescindible.

Durante casi dos décadas, ese recordatorio funcionó. Pero los recordatorios tienen fecha de vencimiento, y la fecha en este caso se fue acercando a medida que el peso relativo de las economías emergentes en el comercio global creció hasta volverse imposible de ignorar.

El yuan entra por la puerta del
petróleo

No fue un anuncio. No hubo cumbres ni declaraciones solemnes. La desdolarización energética llegó de manera gradual, casi quirúrgica, aprovechando cada grieta que las sanciones y la geopolítica abrían en el sistema.

2021 — Irán y China

Teherán firma un acuerdo estratégico de 25 años con Pekín. Hasta el 95% de sus exportaciones de petróleo comienzan a facturarse en yuanes. Washington considera el riesgo manejable: Irán está bajo sanciones, es un caso aislado.

2023 — Arabia Saudita y Sinopec

Aramco y la china Sinopec elevan al 65% las transacciones bilaterales de petróleo denominadas en yuanes. El yuan digital (e-CNY) comienza a procesar operaciones energéticas de escala. El caso ya no es aislado.

2023 — Qatar y PetroChina

Un acuerdo de GNL a largo plazo entre Doha y PetroChina evita el dólar. El Golfo no es ya un bloque monolítico pro-petrodólar.

2025 — Los BRICS se amplían

Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos se incorporan al bloque. Riad se posiciona como «estado clave» entre la Casa Blanca y las potencias emergentes. Ankara y Doha intensifican su cooperación. El CCG firma marcos de cooperación con ASEAN y China.

La lógica de Washington se invirtió: lo que comenzó como presión sobre Irán terminó empujando a los estados del Golfo a buscar alternativas al sistema que Washington había construido para mantenerlos bajo su órbita. Las sanciones habían actuado como un laboratorio involuntario de desdolarización.

28 de febrero.
Comienza la guerra que nadie ganó

Estados Unidos e Israel lanzaron operaciones bajo la premisa de que Irán sería doblegado con rapidez. Al día 25 del conflicto, la premisa era ya insostenible. Los combates se habían extendido por todo el Golfo Pérsico. Irán no había colapsado. Había escalado.

La estrategia de Teherán mostró su lógica con brutal claridad: no intentar ganar el enfrentamiento convencional donde la inferioridad de medios es evidente, sino desplazar el campo de batalla hacia el terreno donde la paridad es posible. Ese terreno es el estrecho de Ormuz.

Dimensión del problema

En 2025, aproximadamente 20 millones de barriles diarios de petróleo crudo y productos refinados transitaron por el estrecho de Ormuz. Casi una quinta parte de los envíos mundiales de GNL siguió la misma ruta. El 12 de marzo de 2026, por primera vez en la historia moderna, ningún petrolero cruzó el estrecho en 24 horas.

No hubo declaración formal de cierre. Irán no necesitó anunciarlo. Bastó con que la percepción de riesgo superara el umbral a partir del cual las aseguradoras cancelan pólizas y los capitanes desvían rutas. El resultado es idéntico al de un bloqueo declarado, con la diferencia de que no genera el casus belli que Washington necesita para responder con escala máxima.

El estrecho de Ormuz ha dejado de ser una vía marítima. Es un amplificador de riesgo sistémico: cada incremento de tensión se traduce en revisiones de precios, ajustes en cadenas de suministro y decisiones de inversión diferidas en todo el planeta.

La guerra de Estados Unidos la están
pagando sus socios

La ironía que ningún modelo estratégico de la Casa Blanca anticipó suficientemente: en las primeras semanas del conflicto, el daño económico más severo no recayó sobre el adversario iraní, sino sobre las economías aliadas que dependen del crudo del Golfo.

Japón
90%
de su petróleo crudo viene de Asia Occidental. La mayoría transita por Ormuz. El Banco Central japonés convocó reunión de emergencia. Se discutió vender más de 600.000 millones en activos estadounidenses.
Corea del Sur
70%
de su petróleo proviene de la región. Más del 95% transita por el estrecho. Los grandes conglomerados chaebol enfrentan incertidumbre sobre la viabilidad de la producción. El KOSPI cayó un 12% en una sola jornada.
India
Alta exposición
Modi recibió críticas internas tras su visita a Tel Aviv antes de la guerra. Solo el incremento de importaciones desde Rusia evitó una crisis más severa. La dependencia del Golfo sigue siendo estructural.
Taiwán / Tailandia
Restricciones
Varios estados del sudeste asiático han comenzado a racionar combustible en gasolineras. Con cadenas de suministro interrumpidas, el factor tiempo se vuelve crítico en economías de manufactura intensiva.

Goldman Sachs advierte que un cierre prolongado del estrecho podría provocar caídas del PIB de Qatar y Kuwait de hasta un 14% en 2026, el peor registro desde la Guerra del Golfo de 1991. Arabia Saudita y los Emiratos enfrentarían contracciones de entre el 3% y el 5%, amortiguadas apenas por rutas alternativas que tampoco están exentas de riesgo.

El oleoducto que nadie quería usar
y ahora todos necesitan

Construido en los años ochenta bajo la sombra de la guerra entre Irán e Irak, el oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita nació como un plan de contingencia que sus constructores esperaban nunca tener que activar. El sistema conecta los yacimientos del este con el puerto de Yanbu en el Mar Rojo, cruzando 1.200 kilómetros de desierto y evitando por completo el estrecho de Ormuz.

En marzo de 2026, ese oleoducto de reserva se convirtió en la única arteria viable para las exportaciones saudíes. La empresa de seguimiento Kpler registró un promedio de 2,2 millones de barriles diarios en Yanbu durante los primeros nueve días de marzo, más del doble de su tasa anterior a la guerra.

El problema de Yanbu

El oleoducto tiene capacidad nominal de 7 millones de barriles diarios. Pero el puerto de Yanbu solo puede cargar hasta 4,5 millones. Y antes de la guerra, el conjunto del Golfo exportaba 20 millones de barriles diarios. La aritmética es despiadada: incluso funcionando al límite, Yanbu cubre apenas una fracción del déficit.

A finales de marzo, una refinería en el propio Yanbu sufrió un ataque con drones. Las operaciones se interrumpieron temporalmente. El mensaje era claro: Irán puede alcanzar el plan B. Y si los Huthis de Yemen deciden cerrar también el estrecho de Bab el Mandeb, los países del Golfo exportadores quedarían efectivamente bloqueados de cualquier acceso al océano Índico.

Irak intentó su propia solución. El ministro de Petróleo anunció el 12 de marzo que podrían redirigirse hasta 200.000 barriles diarios por rutas terrestres hacia Turquía y Jordania. Un alivio marginal para un mercado en shock.

El sueño americano de la
independencia energética choca con la realidad

Desde la revolución del shale, Washington vendió al mundo —y a sí mismo— la narrativa de la autosuficiencia energética. Estados Unidos se convirtió en el mayor productor de petróleo del planeta, y ese logro fue presentado como el fin de la dependencia estratégica del Golfo.

La crisis de Ormuz está revelando los límites estructurales de esa narrativa. El petróleo de esquisto estadounidense no opera en un mercado separado del resto del mundo. Opera en el mismo mercado global donde los precios los fija la oferta agregada, y cuando esa oferta cae en 10 o 15 millones de barriles diarios, el Brent sube para todos, incluyendo para los consumidores y aliados industriales de Washington.

La independencia energética de Estados Unidos es una independencia de producción, no una independencia de precios. Sus aliados en Asia y Europa siguen expuestos a cada variación en el estrecho de Ormuz.

El esquisto tiene además limitaciones físicas que impiden una respuesta rápida. Los pozos de shale se agotan con rapidez y requieren perforación continua para mantener la producción. Aumentar la capacidad extractiva en millones de barriles diarios requiere meses de inversión y equipamiento que no puede desplegarse en semanas. El mercado global necesita volúmenes ahora, y el esquisto no puede proveerlos ahora.

Hay algo más. Los productores de esquisto son, ante todo, actores de mercado. Con el Brent a 104 dólares, sus márgenes son extraordinarios. Tienen pocos incentivos para acelerar la producción más allá de su capacidad óptima cuando el precio elevado los beneficia directamente. La lógica empresarial y la necesidad geopolítica apuntan en direcciones distintas.

Noruega, Canadá, Venezuela y Australia también están en posición de aprovechar el diferencial de precios. Pero ninguno de ellos puede, en el corto plazo, cubrir el hueco que deja el Golfo Pérsico. La recuperación parcial de producción en estas geografías puede suavizar el golpe. No puede eliminarlo.

Helio, urea y semiconductores:
el colapso invisible

Las crisis energéticas se miden en el precio del barril. Pero hay efectos de segunda y tercera ronda que no aparecen en los titulares y que pueden resultar, a largo plazo, más disruptivos que el propio precio del crudo.

Los semiconductores. Los cortes de energía en la central eléctrica de Ras Laffan, en Qatar, han interrumpido aproximadamente un tercio del suministro mundial de helio. Este gas, del que Qatar es uno de los principales exportadores globales, es esencial para la fabricación de chips y para los equipos de imagen médica por resonancia magnética. La crisis energética del Golfo se está filtrando, por esta vía inesperada, hacia la industria tecnológica global.

Los fertilizantes. El Golfo Pérsico es fuente crítica de urea, amoníaco y azufre. La cadena de suministro mundial de fertilizantes se ha reducido en aproximadamente un tercio. Casi la mitad de las 2,1 millones de toneladas de urea destinadas a exportación en las últimas semanas no han llegado a los barcos. Fitch ya ha revisado al alza sus previsiones de precios. Lo que empieza como un problema logístico puede convertirse en una amenaza alimentaria global si la situación se prolonga.

El costo del seguro

Las pólizas de seguro contra riesgos de guerra en la región han sido renegociadas o canceladas. Los costos de transporte marítimo se han disparado. Incluso donde los envíos continúan, el encarecimiento opera como un impuesto invisible sobre toda la cadena de valor, desde las materias primas hasta el producto final en el estante del consumidor.

Cuando los activos refugio
también caen

La primera respuesta de los mercados fue desordenada. El 4 de marzo, las bolsas asiáticas se desplomaron: el Nikkei perdió más de un 3%, el KOSPI coreano más de un 12%. Las lógicas habituales de las crisis geopolíticas —huida hacia el dólar, hacia el oro, hacia los bonos soberanos— no se activaron con claridad.

El oro cayó un 5,5%. La plata más de un 13%. El S&P 500 retrocedió cerca de un 4%. La explicación tiene una capa visible y una capa más profunda. La capa visible: el aumento del precio del petróleo obligó a participantes del mercado a vender posiciones en metales preciosos para cubrir costos energéticos. La capa profunda: la incertidumbre sobre cuán agresivamente responderá la Reserva Federal erosionó la confianza en todos los activos denominados en dólares.

Para los arquitectos de la visión MAGA —tasas bajas, dólar débil, reindustrialización financiada por deuda barata— lo que está ocurriendo es una pesadilla de manual: petróleo caro, dólar fuerte y mercados en caída simultánea.

Los países del Golfo no solo suministran hidrocarburos. Generan la liquidez que impulsa los mercados de bonos desde Nueva York hasta Tokio. El reciclaje de petrodólares ha permitido a las economías occidentales endeudarse con relativa facilidad durante décadas. Esa arquitectura está bajo estrés por primera vez en generaciones.

La deuda pública estadounidense ha alcanzado los 39 billones de dólares y se prevé que crezca en otros 5 billones este año. Si el flujo de petrodólares que recicla parte de esa deuda se interrumpe o se desvía hacia otras monedas, el costo de financiamiento para Washington sube. No dramáticamente, no de inmediato. Pero sube.

Ormuz como arma:
la soberanía que se ejerce sin declararse

Lo que Irán ha demostrado en estas semanas no es solo capacidad militar. Es algo más sofisticado: la capacidad de actuar sobre la percepción de riesgo sin necesidad de escalar a la confrontación directa sostenida. No ha cerrado formalmente el estrecho. No ha declarado el bloqueo. Solo ha mantenido un nivel de incertidumbre suficiente para que los actores económicos —aseguradoras, navieras, operadores financieros— tomen por sí mismos las decisiones que producen el efecto del bloqueo.

Esta es la diferencia entre control territorial y soberanía funcional. Estados Unidos puede desplegar portaaviones. No puede imponer calma percibida. Y sin calma percibida, no hay rutas abiertas que los mercados traten como seguras.

El poder ya no se expresa exclusivamente a través de la coerción militar directa. Depende, en mayor medida, de la capacidad de organizar expectativas en un entorno interdependiente. La incertidumbre no es subproducto del conflicto: es la variable que se gestiona estratégicamente.

La expansión del conflicto al Mar Caspio, con ataques a puertos iraníes en esa zona y la respuesta coordinada de drones ucranianos contra infraestructura energética rusa, añade otra dimensión. Lo que empezó como una operación en el Golfo Pérsico está trazando líneas de estrés a través de toda la arquitectura energética euroasiática.

El fin simbólico de una era

La participación del dólar en las reservas mundiales ha caído del 71% al 59% en los últimos años. Es un proceso gradual, estructural, que precede al conflicto actual. Pero los procesos graduales tienen puntos de inflexión, y el 12 de marzo —el día en que ningún petrolero atravesó Ormuz— puede ser recordado como uno de ellos.

Si el sistema del petrodólar se fractura —no colapsa abruptamente, sino se erosiona hasta el punto de perder su función organizadora del comercio global— las consecuencias irradiarían en múltiples direcciones. La credibilidad del poder militar estadounidense sería sometida a nuevo escrutinio. La capacidad de Washington para financiar déficits estructurales a bajo costo se vería comprometida. Y en Eurasia y el Sur Global, los estados intensificarían la búsqueda de marcos de autonomía estratégica.

No es inevitable. Los sistemas financieros tienen una inercia enorme. El dólar no tiene sustituto inmediato que pueda cumplir sus funciones en escala global. Pero la dirección del movimiento está clara, y el conflicto del Golfo está actuando como acelerador de una tendencia que ya era observable antes de que el primer misil cruzara el estrecho de Ormuz.

Washington calculó que podía controlar el Golfo. Lo que no calculó es que el Golfo ya no es solo una geografía. Es la infraestructura que sostiene la arquitectura del orden financiero que Washington lleva ochenta años construyendo. Y las infraestructuras, cuando fallan, no avisan.

La guerra que iba a durar semanas lleva meses en curso. Los precios del petróleo llevan días estables en 100 dólares por barril, apuntando al alza. Los aliados asiáticos de Estados Unidos están racionando combustible. Los mercados financieros no han recuperado la calma. Y en Teherán, la lectura estratégica es que el tiempo, por primera vez en décadas, no está del lado de Washington.

Samir Amin lo formuló con claridad implacable antes de que nada de esto ocurriera: «El objetivo real y exclusivo del programa militar del Norte sigue siendo el control de los recursos del planeta.» Lo que está cambiando no es el objetivo. Es la capacidad de alcanzarlo.

— · · · —

Análisis elaborado sobre la base de datos de mercado, reportes de seguimiento de petroleros (Kpler), advertencias de Goldman Sachs, declaraciones oficiales de los ministerios de petróleo de Irak, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, y la evolución de las hostilidades en el Golfo Pérsico entre febrero y abril de 2026. Las proyecciones de precios y PIB corresponden a estimaciones vigentes en el momento de publicación y están sujetas a revisión en función de la evolución del conflicto.