Usó su propio chatbot para pedir instrucciones sobre cómo ocultar el dispositivo. Volvió a la sala a revisarlo frente a las cámaras. Y un miembro no identificado de la familia real saudí le escribió: «Arabia Saudita te necesita más que Estados Unidos».
El FBI arrestó el 9 de octubre a Abdulrahman Alfozan, de 35 años, ciudadano saudí e ingeniero de OpenAI desde julio de 2025, acusado de esconder un dispositivo de grabación encubierto en la sala de conferencias ejecutiva de la empresa en San Francisco. Lo detuvieron apenas tres días antes de que él, su esposa y su hijo de tres meses abordaran un vuelo de ida a Riad. El caso, que el gobierno de EE.UU. enmarcó directamente como una cuestión de seguridad nacional en la carrera por la superinteligencia, combina vigilancia de alta tecnología con errores de novato y una posible conexión con la monarquía saudí que todavía no terminó de aclararse.
Cómo se armó el caso en su contra
Alrededor del 30 de septiembre, personal de OpenAI descubrió un dispositivo de grabación de audio oculto —insertado en un puerto USB detrás de un televisor, dentro de papel higiénico, en una sala de conferencias ejecutiva— cuyo contenido estaba cifrado. La compañía determinó que había sido instalado el 28 de septiembre. Las cámaras de seguridad mostraron a Alfozan apareciendo cerca de esa sala en varias fechas previas, sin tener autorización para acceder ni participar de las reuniones que ahí se realizaban —reuniones que, según la denuncia, solían tratar investigación propietaria, planes de producto, decisiones estratégicas, compromisos gubernamentales y relaciones comerciales de la empresa.

El error que lo delató: usar su propio chatbot para planificar el espionaje
Antes del 28 de septiembre, Alfozan utilizó una herramienta de productividad para hacer múltiples consultas sobre direcciones de edificios, salas de reuniones, calendarios, ubicaciones de «liderazgo y ejecutivos» y reuniones con socios externos. Más revelador todavía: una cuenta de chatbot asociada a su pareja —que compartía múltiples identificadores y atributos con la cuenta del propio Alfozan— envió, entre el 24 y el 30 de septiembre, consultas sobre cómo «construir una grabadora de audio continua», «personalizar conectividad Wi-Fi», «mejorar el audio y la escucha en vivo» y «cifrar la tarjeta SD». Esa misma cuenta, entre el 27 y 28 de septiembre, hizo consultas específicamente relacionadas con el dispositivo hallado, incluyendo su cabecera personalizada y dirección MAC única —es decir, quedó un registro escrito y con marca de tiempo de toda la planificación técnica del espionaje.
El 5 de octubre, Alfozan entró a la sala de conferencias y las cámaras lo mostraron mirando detrás del televisor donde había escondido el dispositivo. Ese mismo día, dejó sin vigilancia una bolsa en otra habitación del edificio; el personal de seguridad la encontró y, al abrirla, halló —junto a su cartera y su documento de identidad— un segundo dispositivo de grabación, similar al primero. Los investigadores además hallaron evidencia de que habría considerado instalar aparatos adicionales en otras áreas de las oficinas.

El mensaje de la familia real: «Arabia Saudita te necesita más que Estados Unidos»
Según documentos judiciales, Alfozan mantenía conversaciones frecuentes por WhatsApp con un integrante no identificado de la familia real saudí, que le habría insistido en regresar al reino para incorporarse a una iniciativa relacionada con inteligencia artificial. Entre los mensajes recuperados figura una frase atribuida a ese miembro de la realeza: «Arabia Saudita te necesita más que Estados Unidos». La fiscalía sostiene que Alfozan había manifestado interés en volver una vez que consolidara ciertos beneficios económicos derivados de sus acciones en la empresa —es decir, cobrar primero su parte de OpenAI, y después irse.
La pista de RAED Ventures y el príncipe Khalid bin Bader Al Saud
Ni la denuncia original ni los medios que investigaron el caso identificaron por nombre a ese miembro de la familia real. Pero hay un dato conexo que vale la pena dejar registrado, sin forzar la conclusión: desde 2025, Alfozan era uno de los 20 «venture partners» de RAED Ventures, una firma de capital de riesgo con sede en Riad. El príncipe Khalid bin Bader Al Saud, miembro de la familia real, se incorporó a esa misma firma como socio el 6 de febrero de 2025 —apenas dos días antes de que RAED anunciara públicamente la llegada de Alfozan—. Ningún documento judicial conocido vincula directamente a ese príncipe con los mensajes de WhatsApp citados en la denuncia; es una coincidencia de calendario y de firma, no una identificación confirmada. Alfozan mismo había contado en un pódcast en árabe que él, junto a otros profesionales tecnológicos saudíes en Silicon Valley, formaba un grupo informal que asesoraba a organizaciones del reino, incluida su agencia de seguridad social. Ni RAED, ni la embajada saudí en Washington, ni el abogado de Alfozan respondieron las consultas de los periodistas sobre estos vínculos.
El vuelo que no llegó a tomar
Según los fiscales, tras su detención, su familia abandonó Estados Unidos usando boletos de clase ejecutiva presuntamente adquiridos por un oficial militar saudí. En una audiencia posterior, el juez magistrado Alex Tse rechazó la solicitud de la defensa para que Alfozan afrontara el proceso en arresto domiciliario: la fiscalía argumentó que su situación económica, sus contactos internacionales y el presunto apoyo recibido desde Arabia Saudita representaban un riesgo significativo de fuga.
Por qué Washington lo trata como un asunto de seguridad nacional, no solo corporativo
La reacción oficial estadounidense fue, en magnitud, la de un caso de espionaje de estado. El director de Inteligencia Nacional, Jay Clayton —al frente también de la recién creada «Super Intelligence Force» de la Casa Blanca—, declaró que «ganar la carrera global de la superinteligencia es una prerrogativa de seguridad nacional». El director del FBI, Kash Patel, calificó la protección de la innovación en IA como «una de nuestras máximas prioridades de contrainteligencia». El propio comunicado vincula la acusación al Memorando Presidencial de Seguridad Nacional 11 (NSPM-11), diseñado específicamente para sostener la superioridad estadounidense en tecnología de superinteligencia.
La empresa informó que utilizó sus propios modelos de IA para analizar el dispositivo, investigar su procedencia y determinar que había sido colocado por Alfozan días antes de su descubrimiento. También buscó dar tranquilidad respecto al alcance del daño: hasta el momento, no hay indicios de que el exempleado haya accedido indebidamente o extraído los parámetros de los modelos de IA, el código fuente o datos de clientes de la compañía.
El perfil de Alfozan —MIT, Berkeley, pasado en Meta, socio de una firma de capital de riesgo saudí, asesor informal de organismos del reino— no es el de alguien empujado por necesidad económica. Es el de alguien con una carrera sólida y bien remunerada en el centro mismo de la industria que hoy EE.UU. declara zona de seguridad nacional, que decidió arriesgarla toda por una lealtad, una promesa o una ambición que, para él, pesaba más que todo lo que ya tenía construido en Silicon Valley.
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