Damasco, 18 de mayo de 1965.
La Plaza de los Mártires está llena de gente. Miles de personas que salieron a ver algo que el gobierno sirio quería que todo el mundo viera: una ejecución pública.
El hombre que muere esa mañana se llamaba Eli Cohen. Durante cuatro años había sido Kamel Amin Thaabet, un empresario sirio exitoso, patriota, cercano a la élite política y militar de Damasco. Tan cercano que llegó a ser considerado para el cargo de Ministro de Defensa de Siria.
El problema era que Eli Cohen nunca fue sirio. Era israelí. Y todo lo que escuchó, vio y tocó en esos cuatro años — planos militares, posiciones de tropas, nombres de comandantes, infraestructura estratégica — fue a parar a una sola dirección: Tel Aviv.
Cuando lo descubrieron, los sirios transmitieron su juicio y su ejecución por televisión nacional. Querían demostrar que habían ganado.
Lo que no sabían era cuánto había costado ese triunfo. Ni cuántos más como Eli Cohen seguían operando en ese mismo momento en otros países, con otras identidades, enviando otros secretos.
Bienvenidos al MOSSAD.
QUÉ ES Y DE DÓNDE VIENE
El nombre completo es HaMossad leModiʿin uleTafkidim Meyuḥadim. En hebreo: El Instituto para la Inteligencia y las Operaciones Especiales.
Para el mundo: el MOSSAD.
Fue creado formalmente en 1949, un año después de la fundación del Estado de Israel. Su primer director fue Reuven Shiloah, pero el hombre que realmente le dio forma, carácter e identidad fue su sucesor: Isser Harel, que lo dirigió durante once años y construyó la filosofía que todavía lo define.
Harel entendía algo que muchas agencias de inteligencia tardaron décadas en aprender: un Estado pequeño rodeado de enemigos no puede ganar todas las guerras convencionales. Pero puede ganar la guerra de la información. Puede operar donde los ejércitos no llegan. Puede convertir el engaño en un arma estratégica.
De hecho, el lema oficial del MOSSAD viene directamente del libro de los Proverbios:
«Por el engaño harás la guerra.»
No es una metáfora. Es una doctrina.
ESTRUCTURA: CÓMO FUNCIONA LA MÁQUINA
El MOSSAD es, en su núcleo, una agencia civil. No es parte del ejército israelí — aunque trabaja en coordinación permanente con él y con el AMAN, la inteligencia militar, y el Shin Bet, la inteligencia interior.
Se estima que cuenta con alrededor de 7.000 empleados, aunque el número exacto es, obviamente, clasificado. Sus cuarteles generales están en Tel Aviv.
Internamente se organiza en departamentos especializados: recolección de inteligencia, análisis, ciberespionaje, propaganda y operaciones psicológicas, infiltración, investigación científica y tecnológica, y operaciones especiales — donde vive el KIDON, del que ya hablamos en el video anterior.
Pero la verdadera arquitectura del MOSSAD descansa en tres tipos de operadores:
Los agentes de campo — los que ejecutan sobre el terreno.
Los Katsas — oficiales que dirigen operaciones, manejan redes de contactos y son responsables de casos específicos. Son el núcleo intelectual de cada operación.
Y los Sayanim — quizás el elemento más singular de toda la estructura.
Los Sayanim son judíos no israelíes dispersos por todo el mundo que colaboran voluntariamente con el MOSSAD. No son espías en el sentido tradicional — no recopilan información de inteligencia. Pero facilitan logística: consiguen pisos francos, alquilan autos, proveen documentos, abren puertas. Un médico en Londres que trata a un agente herido sin hacer preguntas. Un hotelero en París que asigna habitaciones discretas. Un contador en Buenos Aires que mueve fondos.
Nadie sabe cuántos Sayanim existen en el mundo. Algunos analistas hablan de decenas de miles.
ELI COHEN: EL ESPÍA PERFECTO
Volvamos a Eli Cohen, porque su historia merece más que una mención.
Eliahu ben Shaul Cohen nació en Alejandría, Egipto, en 1924. Hijo de familia judía siria, criado en Egipto, hablaba árabe con fluidez nativa. En 1957 emigró a Israel. El MOSSAD lo reclutó a principios de los años sesenta y lo entrenó durante meses para una operación de infiltración de largo plazo en Siria.
La identidad que construyeron para él era impecable: Kamel Amin Thaabet, empresario sirio que había emigrado a Argentina de joven y volvía a su país a invertir y contribuir al desarrollo nacional. Una historia que funcionó en parte porque era casi verdadera — Cohen efectivamente vivió en Argentina durante el período de preparación, construyendo relaciones reales en la comunidad siria de Buenos Aires.
Cuando llegó a Damasco en 1961, lo hizo con la historia perfecta y algo más valioso todavía: una personalidad magnética. En meses se convirtió en figura social en los círculos más exclusivos de la capital siria. Generales, ministros, empresarios — todos querían estar cerca de Kamel.
Lo que nadie sabía era que el transmisor de radio que enviaba información a Tel Aviv estaba escondido en su apartamento. Que cada conversación de sobremesa con un general sirio era un informe de inteligencia. Que los planos militares que veía en reuniones privadas llegaban a Israel en horas.
Su contribución más concreta y documentada: convenció a oficiales sirios de plantar eucaliptos en las posiciones de las Alturas del Golán — supuestamente para dar sombra a los soldados. En realidad estaba marcando con precisión las ubicaciones de las instalaciones militares estratégicas. En la Guerra de los Seis Días de 1967, dos años después de su muerte, Israel tomó las Alturas del Golán en horas. Los pilotos y comandantes israelíes sabían exactamente dónde estaba todo.
Eli Cohen fue descubierto en enero de 1965. Los soviéticos ayudaron a los sirios a triangular su señal de radio. Lo arrestaron, lo torturaron, lo juzgaron. Israel intentó todo para salvarlo — presiones diplomáticas, ofertas de intercambio. Siria no cedió.
Murió ahorcado en la Plaza de los Mártires de Damasco. Tenía 40 años.
Israel nunca recuperó su cuerpo. Sigue en Siria.
EL AFFAIRE LAVON: CUANDO TODO SALE MAL
El MOSSAD no es infalible. Y vale la pena decirlo, porque la narrativa del servicio secreto perfecto es exactamente eso: una narrativa cuidadosamente construida.
Egipto, 1954. El gobierno israelí aprueba una operación encubierta para desestabilizar las relaciones entre Egipto y las potencias occidentales — particularmente Estados Unidos y Gran Bretaña. La idea era hacer estallar bombas en instalaciones culturales y comerciales occidentales en El Cairo y Alejandría, haciendo que pareciera obra de extremistas egipcios.
La operación fue un desastre completo. Los agentes fueron capturados. Varios fueron ejecutados. El gobierno israelí intentó encubrirlo internamente y la crisis derivó en uno de los mayores escándalos políticos de la historia temprana del Estado: el Affaire Lavon, llamado así por el ministro de defensa que cayó políticamente como consecuencia.
La lección que el MOSSAD aprendió — o debería haber aprendido — es que las operaciones de falsa bandera en países con los que no estás en guerra abierta pueden crear un desastre diplomático que ninguna cantidad de inteligencia puede resolver.
EL PROGRAMA NUCLEAR ÁRABE Y LA DOCTRINA COMBA
Uno de los grandes ejes estratégicos del MOSSAD desde los años setenta ha sido impedir que cualquier país árabe o adversario regional desarrolle capacidad nuclear.
Esta doctrina — que Israel nunca reconoció oficialmente pero que ejecutó con total consistencia — implicó operaciones en múltiples frentes simultáneos.
Wolfgang Lotz fue un agente del MOSSAD que operó en Egipto en los años sesenta infiltrado en los círculos militares del Cairo, monitoreando el programa de misiles de Nasser y los científicos alemanes que lo asesoraban. Fue arrestado en 1965 pero sobrevivió — fue intercambiado en un canje de prisioneros tras la Guerra de los Seis Días.
En 1981, la inteligencia del MOSSAD proveyó información crítica para la Operación Babilonia: el bombardeo del reactor nuclear iraquí Osirak por la Fuerza Aérea israelí. Una operación quirúrgica que destruyó el programa nuclear de Saddam Hussein antes de que llegara a producir armamento. Fue condenada internacionalmente en ese momento. Décadas después, muchos analistas la consideran uno de los actos de no-proliferación más efectivos de la historia moderna.
Y luego está el caso de Mordechai Vanunu.
Vanunu era un técnico israelí que trabajó en el reactor nuclear secreto de Dimona, en el Desierto del Neguev — la instalación donde Israel desarrolla y mantiene su arsenal nuclear no declarado. En 1986 se fue a Londres con fotografías del interior de la planta y las vendió al diario Sunday Times.
El MOSSAD no podía arrestarlo en suelo británico. Entonces usaron otra herramienta: una agente llamada Cheryl Hanin, operando bajo el alias «Cindy». Se hizo amiga de Vanunu, lo sedujo, y lo convenció de ir a Roma a continuar la relación. En Roma, un equipo del KIDON lo estaba esperando. Lo drogaron y lo sacaron de Italia en barco. Llegó a Israel encadenado.
Vanunu fue juzgado por traición y espionaje. Pasó 18 años en prisión, once de ellos en confinamiento solitario. Salió en 2004 y sigue bajo restricciones de movimiento y comunicación en Israel.
IRÁN: LA GUERRA INVISIBLE
Si hay un frente donde el MOSSAD lleva décadas de operación continua, sostenida e intensa, ese frente es Irán.
Desde la Revolución Islámica de 1979, Israel e Irán pasaron de ser aliados discretos a enemigos declarados. Y el MOSSAD respondió con una campaña que no tiene fecha de cierre.
Los asesinatos de científicos nucleares iraníes en Teherán se volvieron una constante en la primera y segunda década del siglo XXI. La metodología más documentada: motociclistas que se acercaban a los vehículos de las víctimas en el tráfico de Teherán y adherían cargas magnéticas a las puertas. Detonación a distancia. Cero testigos útiles.
En 2021, la operación más audaz: el asesinato de Mohsen Fakhrizadeh, el científico considerado el padre del programa nuclear militar iraní. Murió en una emboscada en la autopista a las afueras de Teherán. Las versiones más detalladas hablan de una ametralladora operada por control remoto desde un camión, disparada con precisión quirúrgica. Sin ningún agente físico en el lugar en el momento del disparo.
Irán acusó a Israel. Israel no confirmó ni desmintió. Como siempre.
Pero el episodio más cinematográfico de toda la guerra entre el MOSSAD e Irán no fue un asesinato. Fue un robo.
Enero de 2018. Un equipo de agentes del MOSSAD entró a un depósito en un barrio industrial de Teherán. Dentro había el archivo nuclear secreto de Irán — 55.000 páginas de documentos y 183 discos compactos con información técnica sobre el programa de armas nucleares iraní. Años de trabajo clasificado.
En una operación que duró menos de seis horas y medio, los agentes abrieron las cajas fuertes ignífugas donde estaba guardado el material, copiaron lo que pudieron y extrajeron físicamente decenas de miles de documentos. Todo antes de que amaneciera.
Semanas después, el Primer Ministro Netanyahu lo mostró en una conferencia de prensa ante el mundo.
DUBÁI 2010: LA OPERACIÓN QUE EL MUNDO VIO EN CÁMARA
Si hay una operación que ilustra tanto la efectividad como la exposición del MOSSAD moderno, es la de Dubái, enero de 2010.
Mahmoud al-Mabhouh era uno de los fundadores de las Brigadas Militares de Hamás y el principal responsable del tráfico de armas iraníes hacia Gaza. Llegó a Dubái en un vuelo comercial. Lo que no sabía era que más de 25 agentes del MOSSAD ya estaban en la ciudad esperándolo.
Al-Mabhouh fue encontrado muerto en su habitación del hotel Al Bustan Rotana. Sin signos de violencia visible. Muerte por causas naturales, dijeron en un primer momento.
Pero Dubái tiene cámaras. Muchas cámaras. Y la policía emiratí reconstruyó toda la operación cuadro a cuadro: llegadas al aeropuerto, seguimientos en el hotel, cambios de ropa y disfraces, coordinación entre equipos. Los agentes usaron pasaportes falsos de Gran Bretaña, Irlanda, Australia y Alemania. Varios de los documentos fueron pasaportes clonados de ciudadanos reales de esos países — lo que generó crisis diplomáticas con todos ellos.
El mundo vio la operación completa en los noticieros. Los agentes ya hacía tiempo que habían desaparecido.
Fue un éxito operacional perfecto y un desastre de exposición pública. El MOSSAD logró su objetivo, pero le costó relaciones diplomáticas, quemó identidades y métodos, y le mostró al mundo exactamente cómo trabaja.
LA UNIDAD 8200 Y LA GUERRA DEL FUTURO
El MOSSAD del siglo XXI no opera solo con agentes físicos. Opera también en una dimensión que en el siglo XX no existía: el ciberespacio.
Aquí hay que mencionar a la Unidad 8200 del ejército israelí — técnicamente no es el MOSSAD, pero trabaja en coordinación directa con él y sus egresados nutren permanentemente la inteligencia israelí, tanto pública como privada.
El ejemplo más famoso de operación cibernética atribuida a Israel es Stuxnet — el malware descubierto en 2010 que saboteó físicamente las centrifugadoras del programa de enriquecimiento de uranio iraní en Natanz. Las centrifugadoras giraban a velocidades que las destruían mientras los sistemas de monitoreo iraníes mostraban que todo funcionaba normalmente.
Fue la primera arma cibernética de la historia con efectos físicos documentados. Y funcionó.
CIERRE
El MOSSAD lleva más de setenta años operando en un mundo que en muchos sentidos construyó a su imagen. Definió qué significa una agencia de inteligencia pequeña que opera con recursos limitados pero doctrina excepcional. Inspiró, aterrorizó e informó a decenas de servicios de inteligencia en todo el mundo.
No es infalible. Tiene fracasos que sus propios analistas estudian internamente con la misma rigurosidad con que estudian sus éxitos. Tiene dilemas éticos que ninguna conferencia de prensa resuelve. Y opera en zonas grises que el derecho internacional todavía no sabe cómo nombrar.
Pero existe. Funciona. Y sigue operando ahora mismo, en este momento, en algún lugar del mundo que ninguno de nosotros conoce.
«Por el engaño harás la guerra.»
No es solo un lema. Es una promesa.
