La caída de Assad en Siria no fue solo el fin de una dictadura. Fue el desplome de la última ficha de dominó en un tablero de ajedrez que se había estado armando durante décadas. Para entender realmente qué está pasando en Medio Oriente, hay que rastrear los orígenes de cada uno de los actores de este drama sectario.
Todo comenzó en el año 632, cuando murió el profeta Mahoma sin designar claramente a su sucesor. Los que pensaban que debía liderar Ali (primo y yerno del profeta) se convirtieron en chiitas. Los que creían que la comunidad debía elegir se volvieron sunitas. Los sunitas ganaron esa primera batalla, y desde entonces representan el 90% de los musulmanes del mundo.
Pero aquí está la clave: esa minoría chiita del 10% nunca se resignó a ser minoría. Y cuando encontraron una oportunidad histórica para proyectar poder – la revolución iraní de 1979 – la aprovecharon al máximo.
El ayatolá Jomeini no solo quería revolucionar Irán; quería exportar su revolución chiita a todo el mundo musulmán. Su plan era simple pero ambicioso: crear una red de grupos aliados que contrarrestara la influencia de Estados Unidos e Israel en la región. Así nació el concepto del «Eje de Resistencia», aunque el nombre vendría después.
Hezbollah – El Prototipo Perfecto (Líbano, 1982)
El primer gran éxito de Irán fue Hezbollah. Cuando Israel invadió Líbano en 1982, los iraníes vieron la oportunidad perfecta. Enviaron 1000-2000 miembros de la Guardia Revolucionaria al valle de Bekaa, donde entrenaron a miles de jóvenes combatientes chiitas.
Hezbollah se formó del caos de la guerra civil libanesa (1975-1990), aprovechando que los chiitas libaneses se sentían marginalizados por la elite cristiana y sunita. La comunidad chiita representaba alrededor del 31% de la población libanesa, concentrada principalmente en el sur del país, Beirut y el valle de Bekaa.
Irán no solo proporcionó armas y entrenamiento. Exportó su ideología revolucionaria a través de una red de clérigos que se conocían desde los seminarios de Najaf en Irak. El ayatolá Jomeini se reunió personalmente con clérigos chiitas militantes libaneses en agosto de 1982 en la «Primera Conferencia de los Desposeídos».
El modelo funcionó a la perfección. Hezbollah no solo resistió a Israel; se convirtió en un «estado dentro del estado» en Líbano, con su propio ejército, servicios sociales, y partido político. Era la prueba de concepto de lo que Irán podía lograr: usar el sectarismo chiita para proyectar poder geográficamente.
Los Hutíes – La Venganza de los Reyes Perdidos (Yemen, 1990s)
Los hutíes tienen una historia completamente diferente. Son zaydíes, una rama del chiismo muy diferente al chiismo iraní, pero con una historia imperial: durante 1.000 años, hasta 1962, un imanato zaydí gobernó Yemen.
El movimiento hutí moderno comenzó en los 1990s como «Juventud Creyente» (Believing Youth), fundado originalmente para revivir la educación e identidad religiosa zaydí después de que se sintieran marginalizados tras la unificación de Yemen en 1990.
El líder clave fue Hussein Badr al-Din al-Houthi, un político y activista zaydí que inicialmente trabajó dentro del sistema. Pero todo cambió en 2003, cuando Estados Unidos invadió Irak. Ese fue el momento de radicalización: los hutíes adoptaron el eslogan «Dios es grande, muerte a Estados Unidos, muerte a Israel, malditos sean los judíos, victoria para el Islam».
Irán vio una oportunidad. Aunque los zaydíes son teológicamente diferentes a los chiitas iraníes, ambos compartían enemigos comunes: Arabia Saudí y la influencia estadounidense. Cuando Hussein al-Houthi fue asesinado en 2004 por orden del presidente yemení Ali Abdullah Saleh, el movimiento se radicalizó completamente.
Los hutíes se inspiraron directamente en Hezbollah. Sus discursos televisados están modelados según los de Hassan Nasrallah, el líder de Hezbollah. Irán les proporcionó entrenamiento, armas y dinero, creando otro proxy en la puerta trasera de Arabia Saudí.
Las Milicias Chiitas de Irak – Hijos de la Invasión Americana (2003-2014)
El tercer gran proyecto iraní fue resultado directo de la invasión estadounidense de Irak en 2003. Cuando Estados Unidos derrocó a Saddam Hussein (que era sunita), y entregó el poder a la mayoría chiita iraquí, Irán no podía creer su suerte.
Las Fuerzas de Movilización Popular (PMF) se formaron oficialmente en junio de 2014, después de que ISIS capturara Mosul y una tercera parte de Irak. El gran ayatolá Ali al-Sistani emitió una fatwa llamando a la movilización nacional para defender el país.
Pero aquí está el truco: muchas de estas milicias ya existían desde la resistencia a la ocupación estadounidense. Grupos como la Organización Badr, Asaib Ahl al-Haq, y Kataib Hezbollah llevaban años luchando contra las fuerzas estadounidenses con apoyo iraní.
Hoy las PMF son oficialmente parte de las fuerzas armadas iraquíes, con 165.000 miembros (110.000 chiitas, 45.000 sunitas, 10.000 minorías). Pero en realidad, las facciones más poderosas responden directamente al líder supremo iraní Ali Jamenei, no al primer ministro iraquí.
Hamas – La Paradoja Sunita (Gaza, 1987)
Hamas es el caso más extraño de todos. Es un grupo sunita fundamentalista, rama de la Hermandad Musulmana egipcia, que surgió en Gaza en 1987 durante la Primera Intifada. Su fundador, el sheikh Ahmed Yassin, había establecido al-Mujama al-Islamiya en 1973, una organización caritativa que Israel toleró y a veces alentó como contrapeso al PLO secular.
Aquí está la ironía histórica: Israel inicialmente apoyó discretamente a Hamas para debilitar a la OLP y Fatah. Era la clásica estrategia de «divide y vencerás» que terminó por estallarles en la cara.
¿Cómo terminó un grupo sunita siendo parte del «Eje de Resistencia» chiita? Simple: pragmatismo geopolítico. Hamas necesitaba dinero y armas para resistir a Israel. Irán necesitaba aliados contra Israel y Estados Unidos. Las diferencias teológicas pasaron a segundo plano ante enemigos comunes.
La relación tuvo sus altibajos. Cuando Hamas apoyó a los rebeldes sirios contra Assad en 2011, Irán les cortó el financiamiento. Pero cuando Israel y Hamas entraron en guerra nuevamente, Irán volvió a abrir los grifos de dinero.
El Gran Tablero – Cómo Todo Se Conecta
Lo genial del proyecto iraní es cómo convirtió reclamaciones locales en una red geopolítica coherente:
- En Líbano: Los chiitas marginalizados se convirtieron en Hezbollah, el brazo militar más poderoso de Irán.
- En Yemen: Los zaydíes que perdieron su reino milenario se convirtieron en los hutíes, la pesadilla de Arabia Saudí.
- En Irak: La invasión americana entregó el país en bandeja de plata a las milicias chiitas respaldadas por Irán.
- En Gaza: La resistencia palestina encontró un patrón chiita dispuesto a financiar su lucha contra Israel.
La «media luna chiita» estaba completa: desde Irán, pasando por Irak y Siria, hasta Líbano y el Mediterráneo, con tentáculos hacia Yemen y Gaza.
Los Contraataques Sunitas
Por supuesto, los sunitas no se quedaron de brazos cruzados. Arabia Saudí respondió exportando wahhabismo radical por todo el mundo musulmán, financiando mezquitas y madrazas desde Afganistán hasta Nigeria.
El resultado fue predecible: cada movimiento chiita generó una reacción sunita, y viceversa. Yemen se convirtió en una guerra proxy entre Arabia Saudí (apoyando al gobierno sunita) e Irán (apoyando a los hutíes). Siria se volvió el campo de batalla entre el régimen alauita respaldado por Irán y los rebeldes sunitas financiados por los saudíes.
Incluso ISIS surgió parcialmente como reacción sunita extrema al ascenso chiita en Irak después de 2003. Su objetivo declarado era crear un califato sunita que contrarrestara la «media luna chiita» iraní.
La Caída del Dominó Assad
Y aquí llegamos al presente. La caída de Assad en diciembre de 2024 no fue solo el fin de una dictadura; fue el colapso del eslabón central del «Eje de Resistencia». Sin Siria, Irán perdió:
- Su conexión terrestre con Hezbollah en Líbano
- Su plataforma para proyectar poder hacia el Mediterráneo
- Su socio estatal más importante después de décadas de inversión
Hezbollah quedó aislado. Los hutíes siguen luchando en Yemen pero sin el respaldo sirio. Las milicias iraquíes mantienen su poder pero perdieron a su aliado regional clave. Hamas sigue en Gaza pero con una red de apoyo fracturada.
Conclusión: El Tablero Sigue en Juego
La historia de estos «líos» muestra que los conflictos de Medio Oriente no son simplemente sobre territorio o recursos. Son sobre una rivalidad sectaria de 1400 años que encontró nuevas formas de expresarse en el siglo XXI.
Cada grupo tiene sus propias quejas locales genuinas: los chiitas libaneses realmente estaban marginalizados, los zaydíes yemeníes efectivamente perdieron su poder histórico, los palestinos de Gaza viven bajo ocupación real. Pero Irán logró brillantemente tejer estas quejas individuales en una gran estrategia geopolítica.
El problema es que ahora, con Assad caído, toda esa arquitectura está en crisis. ¿Qué pasa con Hezbollah sin el corredor sirio? ¿Pueden los hutíes sostener su guerra sin apoyo externo completo? ¿Las milicias iraquíes se nacionalizarán realmente o seguirán siendo proxies iraníes?
La respuesta definirá si Medio Oriente entra en una nueva fase de conflictos sectarios o si finalmente encuentra una forma de convivir con sus diferencias de 1400 años.
Una cosa es segura, siguen teniendo más problemas. Y desafortunadamente, esta historia está lejos de terminar.
