El patrón que Washington nunca aprende
Cada veinte años, más o menos, Estados Unidos encuentra una nueva amenaza para exagerar, una nueva guerra sin objetivo claro, y el mismo final: ni victoria ni salida.
Este año se cumplen cinco años de la caótica retirada de las fuerzas estadounidenses de Kabul. Aquellas imágenes —afganos colgados del fuselaje de un avión de carga en la pista del aeropuerto— cerraron veinte años de ocupación con la misma escena que, medio siglo antes, había cerrado Vietnam: helicópteros despegando de un techo mientras la ciudad caía. Estados Unidos juró, otra vez, que aquello no iba a repetirse.
Y sin embargo, aquí estamos. Con una nueva guerra en curso contra Irán que ya lleva más de medio año, que empezó siendo descrita por la Casa Blanca como una operación breve y terminó escalando semana tras semana, sin un objetivo final claro ni una estrategia de salida visible. El patrón, otra vez, es reconocible casi línea por línea.
Expediente 01La lección que se aprendió mal
La invasión y ocupación de Afganistán, lanzada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington, es hoy ampliamente reconocida como un fracaso estratégico. Costó la vida a más de 2.400 militares estadounidenses y 450 británicos, además de decenas de miles de civiles afganos —la cifra exacta nunca se estableció con precisión—. Al Qaeda fue derrotada en el terreno. Pero sus antiguos anfitriones talibanes reconquistaron el poder en 2021 e impusieron, otra vez, el mismo régimen represivo que la invasión decía haber desplazado.
Carter Malkasian —académico del National War College que trabajó como asesor civil de las fuerzas estadounidenses en Helmand y Kabul durante buena parte de la ocupación— llegó a una conclusión incómoda al revisar dos décadas de guerra: la premisa que justificó mantener tropas en Afganistán durante veinte años, la idea de que el país volvería a convertirse en refugio seguro para el terrorismo internacional apenas Washington se retirara, resultó exagerada desde el principio. Según datos del proyecto Costs of War de la Universidad de Brown, la guerra le costó a Washington más de un billón de dólares y el despliegue de más de 775.000 militares a lo largo de dos décadas.
El mayor peligro, cinco años después, no es que renazca un refugio terrorista. Es el olvido colectivo de por qué se fue a la guerra en primer lugar.
Expediente 02Irak: la misma suposición, otro desierto
Si Afganistán se libró sobre una premisa exagerada, la invasión de Irak en 2003 se construyó directamente sobre una premisa falsa. La afirmación de George W. Bush de que el régimen de Saddam Hussein poseía arsenales químicos y biológicos operativos, y que buscaba activamente una bomba nuclear, resultó no tener sustento real. También resultó falsa la acusación del entonces vicepresidente Dick Cheney de que Irak protegía y financiaba a Al Qaeda.
La ocupación y la insurgencia que siguieron pasaron a integrar una guerra todavía mayor: la «guerra global contra el terrorismo» declarada por la Casa Blanca tras el 11-S. Según el mismo proyecto Costs of War, se estima que 940.000 personas murieron por violencia directa en Irak, Afganistán, Siria, Yemen y Pakistán entre 2001 y 2023. La cifra de muertes indirectas —por colapso sanitario, desplazamiento y destrucción de infraestructura en esas mismas zonas de guerra— podría llegar hasta 3,8 millones de personas.
Ninguna guerra prolongada se sostiene únicamente sobre el motivo que se declara en público. Estados Unidos justificó Vietnam como defensa de la democracia frente al comunismo —la hoy desacreditada «teoría del dominó»—, pero detrás operaba, con la misma fuerza, la voluntad de sostener el excepcionalismo estadounidense y la hegemonía global de posguerra. En ese sentido puntual, poco cambió en sesenta años.
Expediente 03Irán, 2026: el mismo guion, otro reparto
Lo que hoy se libra contra Irán replica el patrón con una fidelidad casi incómoda. La operación que la administración Trump describió inicialmente como una «pequeña excursión» militar entra ya en su sexto mes, y en lugar de reducirse, escaló de forma sostenida. Igual que ocurrió con Irak en 2003, no existe evidencia firme de que Irán posea un arsenal nuclear operativo, ni de que esté desarrollando uno de forma inminente. Y sin embargo, tanto Washington como el gobierno de Benjamin Netanyahu en Israel construyeron el caso público sobre la inmediatez y el carácter existencial de esa amenaza.
Es la misma paradoja que se repite generación tras generación: el país militarmente más poderoso del planeta, otra vez, reaccionando con miedo desproporcionado frente a una sombra.
- La hostilidad de la administración Trump hacia vecinos regionales más débiles —Venezuela, Cuba, Colombia, Panamá, incluso Groenlandia— repite el mismo mito fundacional: la idea de que Estados Unidos tiene una misión, casi un derecho natural, de supervisar primero su propio hemisferio y luego el resto del planeta.
- El foco puesto sobre el estrecho de Ormuz, ruta obligada de buena parte del petróleo mundial, muestra otra vez cómo la seguridad nacional y los intereses comerciales y financieros terminan entrelazados de manera casi indistinguible.
- El vaciamiento progresivo del cuerpo diplomático estadounidense —acelerado bajo la actual conducción del Departamento de Estado— deja cada vez menos herramientas disponibles fuera de la opción militar.
Expediente 04Por qué el patrón nunca se rompe
Es fácil, en retrospectiva, cuestionar decisiones de guerra tomadas bajo la presión de un evento traumático. Es más difícil de justificar la manipulación deliberada de inteligencia y opinión pública para sostener una agenda ya decidida de antemano. Pero conviene hacer la pregunta incómoda con honestidad: ¿alguna guerra prolongada de la historia se inició alguna vez sin motivos ocultos además de los declarados públicamente?
La respuesta, casi siempre, combina los mismos tres ingredientes: miedo exagerado a una amenaza cuyo tamaño real rara vez se corresponde con el tamaño de la respuesta militar; negativa a aceptar lo militarmente inevitable una vez que el conflicto se estanca sin victoria posible; y una tercera variable menos estratégica y más humana —el costo político personal de admitir, en público, que la decisión inicial fue un error.
Esa combinación —miedo, orgullo y ausencia de una salida diplomática construida a tiempo— es la que convierte, una y otra vez, un conflicto que empezó con un objetivo declarado en algo mucho más difícil de cerrar: una guerra sin fecha de finalización visible, sostenida menos por una estrategia que por la incapacidad de reconocer que la estrategia original ya fracasó.
Expediente 05El costo que no figura en ningún comunicado
Vietnam. Afganistán. Irak. Irán. Cuatro expedientes, cuatro generaciones distintas de estrategas convencidos de que esta vez sería diferente. Cuatro veces el mismo cierre: ni la victoria prometida en el discurso inicial, ni una salida ordenada cuando la guerra deja de tener sentido estratégico.
El patrón no se rompe porque no hay, en el sistema político estadounidense, un mecanismo real que obligue a reconocer el error a tiempo, antes de que el costo humano y financiero se vuelva demasiado alto para admitirlo sin consecuencias políticas. Y mientras ese mecanismo no exista, cada veinte años, aproximadamente, va a aparecer una nueva amenaza exagerada, un nuevo objetivo mal definido, y la misma pregunta que hoy vuelve a repetirse en Washington: ¿cuándo termina esto, y con qué se lo puede llamar victoria?
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