2025-2026 — Gaza / Jerusalén / Washington
El plan para vaciar Gaza ya tiene al Mossad y sin consulta
De la retórica electoral a la maquinaria de Estado: Ejército, Shin Bet y servicio de inteligencia ya se reunieron para avanzar el desplazamiento de dos millones de personas. La única voz ausente en cada reunión es la de quienes tendrían que irse.
- De la propuesta de Trump al plan de Ben-Gvir
- «Desvinculación 710»: el proyecto en números
- De la retórica a la institución: el Mossad entra en escena
- Lo que el propio Mossad admite puertas adentro
- La purga que revela las tensiones internas
- Egipto y África: los destinos que nadie aceptó
- La pregunta que nadie hace: ¿y los gazatíes?
- El silencio que vale más que cualquier declaración
El ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben-Gvir, presentó un plan formal para la salida forzada de la totalidad de la población palestina de Gaza —unos dos millones de personas— en un plazo de entre seis y siete años. Lo que en un principio sonó a consigna de campaña, en plena temporada electoral israelí, ya escaló a un proceso institucional real: reuniones interinstitucionales, presupuesto asignado, y al propio Mossad designado para liderar la búsqueda de una vía de implementación.
De la propuesta de Trump al plan de Ben-Gvir
El origen de esta idea se remonta a comienzos de 2025, cuando Donald Trump sugirió que los 2 millones de habitantes de Gaza abandonaran el territorio para que Estados Unidos lo remodelara como destino turístico —una propuesta que generó indignación internacional inmediata y que el propio Trump terminó retirando—. Pero en Israel, la idea nunca murió: en marzo de 2025 el gabinete de seguridad aprobó crear una «dirección para la emigración voluntaria de residentes de Gaza», anunciada por el ministro de Defensa Israel Katz.
«Desvinculación 710»: el proyecto en números
Ben-Gvir presentó su propia versión del plan en rueda de prensa, bautizada «Desvinculación 710», contenida en un documento de 20 páginas con el título eufemístico de «Plan Nacional de Trabajo para la Emigración Voluntaria desde la Franja de Gaza». El nombre es una referencia doble: al desalojo israelí de Gaza de 2005, y al propio 7 de octubre de 2023 —Ben-Gvir culpa parcialmente a aquel retiro por haber abierto la puerta a la masacre—.
El propio Ben-Gvir invocó, sin ninguna sutileza, a una figura histórica asociada abiertamente al transferencismo más extremo del sionismo: Rehavam Ze’evi, el ministro asesinado en 2001, conocido por su apodo «Gandhi», que durante su carrera defendió públicamente la limpieza étnica y el traslado forzoso de palestinos de Cisjordania y Gaza.
El presupuesto contempla una inversión inicial israelí de 10.000 millones de shékels (unos 3.000 millones de dólares), con una expectativa de hasta 50.000 millones de shékels adicionales (15.200 millones de dólares) en fondos de contrapartida, condicionados a la participación económica internacional. Según Otzma Yehudit, los destinos bajo evaluación incluyen Turquía, Etiopía, el Congo, y «países árabes no especificados» —ninguno confirmado formalmente como receptor—.
«De repente, todos se convirtieron en Ben-Gvir»
El propio ministro reivindicó cómo su idea, antes marginal, ganó legitimidad gracias al respaldo indirecto de Trump: «Al principio me trataron de extremista delirante. Después, un día, todo cambió: el presidente Trump declaró públicamente que fomentar la emigración era una solución para el tema de Gaza. De repente, el plan de Ben-Gvir se volvió legítimo. De repente, todos se convirtieron en Ben-Gvir». Es la confirmación, en boca del propio autor del plan, de que la respetabilidad de una idea puede depender enteramente de quién la repite después, no de su contenido real.
De la retórica a la institución: el Mossad entra en escena
Lo que distingue al momento actual de simple ruido electoral es la institucionalización del plan. En junio de 2026, el jefe del Consejo de Seguridad Nacional, Shmuel Ben Ezra, convocó una reunión interinstitucional urgente sobre «fomentar la emigración voluntaria» de Gaza, con representantes del Ejército (IDF), el Ministerio de Defensa, el Shin Bet y el propio Mossad.
El gabinete de seguridad israelí aprueba crear una dirección oficial para la «emigración voluntaria» de Gaza.
Ben Ezra convoca una reunión de urgencia con Ejército, Defensa, Shin Bet y Mossad. Se resuelve que el Mossad, bajo su nuevo director Roman Gofman, liderará la búsqueda de vías de implementación. Se aprueba presupuesto específico.
Ben-Gvir presenta públicamente «Desvinculación 710» como plataforma de campaña de cara a las elecciones de octubre.
Un titular sin eufemismos
El sitio Antiwar.com tituló su cobertura sin ambigüedad: «Head of Israel’s National Security Council Convenes Meeting on Gaza Ethnic Cleansing Plan» —»limpieza étnica», no «emigración voluntaria»—. Es la misma reunión que la prensa israelí describió con el eufemismo oficial, pero que medios internacionales leyeron por lo que implica en los hechos.
Lo que el propio Mossad admite puertas adentro
Aquí aparece la limitación real del plan, confirmada por múltiples fuentes israelíes serias (Haaretz, Times of Israel): en esa misma reunión de junio, los propios representantes del Mossad reconocieron que no habían encontrado ningún país dispuesto a recibir gazatíes, y que no había «ningún desarrollo nuevo» sobre el tema.
Funcionarios de seguridad israelíes llegaron a mostrarse sorprendidos de que el tema volviera a plantearse «con tan poco aviso», dado que ya se había discutido varias veces sin ningún progreso concreto.
La purga que revela las tensiones internas
Un dato adicional sugiere que ni siquiera dentro del propio aparato de seguridad israelí hay consenso sobre este rol: el nuevo director del Mossad, Roman Gofman, despidió a su propio subdirector —identificado solo como «A.»— por estar vinculado a Netanyahu y haber promovido activamente estos mismos planes de traslado poblacional. Analistas del propio Jerusalem Post se preguntaron abiertamente «por qué insisten en meter al Mossad y a Gofman en el problema de Gaza», un terreno donde la agencia de espionaje «tiene poca participación y ninguna experiencia» real.
Egipto y África: los destinos que nadie aceptó
La búsqueda de países receptores no se limitó a una idea abstracta. Israel exploró, en distintos momentos, contactos con Egipto, Sudán, Somalia y Somalilandia. Sudán confirmó públicamente su rechazo. Egipto presionó activamente a Washington para oponerse a cualquier expulsión forzosa. Y aunque en diciembre de 2025 Israel terminó reconociendo formalmente a Somalilandia como Estado —según el propio presidente somalí, a cambio en parte de aceptar el reasentamiento de población palestina—, ni siquiera ese acuerdo garantiza en la práctica que exista hoy un destino real y aceptado para millones de personas.
La pregunta que nadie hace: ¿y los gazatíes?
El vacío de fondo en todo el diseño del plan
En ninguna de las instancias documentadas —ni la reunión de Ben Ezra con el Mossad, ni la presentación de Ben-Gvir, ni los contactos diplomáticos con posibles países receptores— existe registro de que se haya consultado directamente a la población palestina de Gaza sobre su propia voluntad de irse. Todo el diseño institucional del plan se negocia entre gobiernos, ministerios de seguridad y agencias de inteligencia, sin ningún mecanismo que verifique el consentimiento real de quienes, según el eufemismo oficial, «elegirían» abandonar su territorio de forma voluntaria. Es la contradicción que desarma por completo la palabra «voluntario»: no puede serlo un traslado donde la parte que debería decidir libremente ni siquiera está presente en ninguna de las mesas donde se discute su futuro.
El silencio que vale más que cualquier declaración
Pese a que Katz e incluso el propio Ben-Gvir nombraron explícitamente su intención de desplazar a la población de Gaza «por cualquier medio», ni la Casa Blanca ni el Departamento de Estado emitieron jamás una declaración desmintiendo el plan o descartándolo como política posible. La reacción internacional se limitó, en gran medida, a comunicados de condena sin ninguna consecuencia práctica —la declaración conjunta de la Organización para la Cooperación Islámica junto a 21 países calificó movimientos relacionados de «grave violación del derecho internacional», pero no fue acompañada de sanciones, retiro de embajadores, ni ninguna medida que le genere un costo real a Israel o a Washington—.
El patrón que se repite en cada capítulo de esta historia:
— Israel institucionaliza el plan (reuniones, presupuesto, agencia designada).
— El propio aparato de seguridad reconoce, puertas adentro, que no hay condiciones reales para ejecutarlo.
— La comunidad internacional protesta con palabras, sin consecuencias.
— Washington guarda silencio, ni aprueba ni desmiente.
— Los propios gazatíes nunca son consultados en ninguna etapa del proceso.
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