El río de whisky ardiente que incendió Dublín

18 de junio de 1875 — Dublín, Irlanda

El río de whisky ardiente que incendió Dublín

Un almacén con 1,2 millones de litros de whisky estalló y convirtió las calles de Liberties en un torrente de fuego líquido. Las llamas no mataron a nadie. La bebida, sí.

Hacia las ocho de la noche del 18 de junio de 1875, un incendio comenzó en el almacén de whisky de Laurence Malone, en Liberties, uno de los barrios más antiguos y humildes de Dublín. Lo que parecía un fuego urbano más se transformó en pocos minutos en un infierno líquido: en el interior reposaban 5.000 toneles, unos 1,2 millones de litros de alcohol altamente inflamable. El fuego prendió en los barriles, la presión creció, y el depósito se convirtió en un volcán a punto de escupir su interior sobre las calles adoquinadas.

Dublín ya era entonces un centro urbano densamente poblado, con cerca de 275.000 habitantes según el último censo. Era de noche y la mayoría de la gente estaba en su casa, muchos ya acostados, por lo que el costo en vidas pudo haber sido muchísimo mayor de no mediar un aviso que nada tuvo de humano: la mayoría de los vecinos fueron alertados a tiempo por los chillidos desesperados de los cerdos de los criaderos que abundaban en la zona.

«El tiempo de evacuación en algunos lugares durante el avance del incendio fue tan breve que temí que algunas personas quedaran en peligro en los desvanes y sótanos del distrito. Pero al preguntar, me alegró saber que no hubo víctimas mortales durante el gran incendio.» Peter Paul McSwiney, alcalde de Dublín, al día siguiente del incendio

Los dichos del alcalde no eran del todo ciertos. Ningún dublinés murió quemado por el fuego ni asfixiado por el humo, pero sí hubo muertes como consecuencia de las llamas que devoraron el almacén e hicieron estallar los barriles. Porque en medio de la confusión, hubo quienes en lugar de escapar del desastre aprovecharon la ocasión para recoger la bebida que bajaba por las calles y aún no había sido tomada por el fuego.

Un río de fuego por las calles de Liberties

El estallido de los toneles liberó de golpe un torrente de licor ardiente. Los cronistas de la época lo describieron como un río de fuego que descendía por Ardee Street, bajaba hacia Cork Street y se extendía por Mill Street, avanzando con la inexorabilidad de una corriente de lava. Tenía unos quince centímetros de profundidad y varios metros de ancho. Las llamas corrían sobre la superficie del whisky derramado, devorando casas, establos y tabernas a su paso: una imagen fascinante y aterradora a la vez.

En ese paisaje surrealista se produjeron escenas memorables. Una familia que velaba a un difunto tuvo que cargar con el ataúd a toda prisa para que el fuego no consumiera también al muerto. Los animales huyeron despavoridos. El aire se llenó de un olor difícil de describir: mezcla de alcohol, cuero y carne quemada.

Estiércol contra las llamas

Los bomberos de la ciudad, liderados por James Robert Ingram, llegaron pronto, pero no tardaron en darse cuenta de que enfrentaban a un enemigo inédito. La reacción instintiva de los vecinos había sido arrojar cubos de agua, lo que solo sirvió para extender las llamas, ya que el alcohol flotaba y ardía sobre la superficie acuosa. Ingram tuvo que convencerlos de desistir de esa práctica y buscar un remedio insólito: ordenó traer carretas cargadas de estiércol animal para levantar diques y absorber el flujo.

Aquel improvisado muro orgánico se convirtió en la primera línea de defensa contra el río incendiado. Poco heroico a los ojos del público, pero eficaz: con arena, grava y montones de excremento, se logró contener finalmente la riada etílica.

La sed que mató

Mientras tanto, lejos de huir del desastre, muchos vecinos corrieron a recoger el whisky que se escapaba del almacén. Hombres y mujeres se agachaban con sombreros, botas y jarras. Algunos no dudaron en beber directamente del suelo. El Illustrated London Times relató que cuatro cadáveres aparecieron con los zapatos llenos de whisky, y que otros tantos se desmayaron tras intentar aprovechar la ocasión.

24Intoxicados atendidos
13Muertos por el whisky
0Muertos por el fuego
35Casas destruidas

Al Meath Hospital llegaron ocho hombres en estado crítico; al Jervis Street, doce más; otros tres fueron admitidos en el Stevens’ y uno en el Mercer’s Hospital. En total, unas veinticuatro personas fueron atendidas por lo que la prensa llamó sin rodeos «embriaguez letal». Trece murieron en las horas siguientes, no por las llamas ni por el humo, sino por el consumo excesivo de whisky recogido en medio del desastre. Fue una tragedia paradójica: el fuego no mató a nadie; la bebida, sí.

El costo y el legado

El valor material de la pérdida fue descomunal: las 54.000 libras que representaban los barriles equivaldrían hoy a unos seis o siete millones de euros, dentro de un daño total estimado en más de 100.000 libras esterlinas de la época. El barrio de Liberties quedó marcado por aquella noche en que la sed, la imprudencia y el azar se unieron en un relato casi bíblico: un río que no era de agua ni de sangre, sino de whisky ardiendo.

Para los bomberos, el incendio fue un punto de inflexión. Hasta entonces, el cuerpo era una institución marginal, con escasa financiación y poca consideración social. La actuación de Ingram y sus hombres frente a un enemigo líquido les valió un respeto hasta entonces inexistente, y la ciudad, que antes se resistía por el costo, aprobó poco después la creación de un cuerpo de bomberos para toda la ciudad. Las destilerías, por su parte, mejoraron sus medidas de seguridad y crearon sus propias unidades.

Con los años, el hecho de que las únicas trece víctimas fatales murieran por intoxicación y no por las llamas dio lugar a canciones tragicómicas que aún se cantan en tabernas irlandesas, como Whiskey Fire (The Great Fire of Dublin), de Enda Reilly, Enda Patrick Cullen y Aisling Kavanagh, o Dublin Whiskey Fire, del grupo O’McPub Band. El incendio de Dublín no alcanzó la magnitud destructiva de otros grandes desastres ni cambió el rumbo de la ciudad, pero quedó grabado en el imaginario por lo improbable de sus imágenes: calles convertidas en ríos ardientes, vecinos bebiendo hasta morir, bomberos alzando muros de estiércol contra las llamas.


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