En julio de 2026, Zelensky destituyó a su ministro de Defensa en medio de un conflicto con la cúpula militar. Lo que siguió fueron protestas masivas, una entrevista explosiva y, semanas después, un reclamo público inédito: elecciones en plena guerra.
Mykhailo Fedorov no era un ministro de Defensa convencional. Llegó al cargo en enero de 2026 después de siete años en el gobierno ucraniano, la mayoría de ellos como viceprimer ministro y ministro de Transformación Digital —el hombre detrás de la modernización digital de Ucrania y del sistema Diia, referencia mundial en gobierno electrónico—. En julio del mismo año, en medio de un conflicto con el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Oleksandr Syrskyi, Zelensky lo destituyó. Lo que siguió fue protestas en las calles de Kiev, una entrevista de página completa con Ukrainska Pravda donde Fedorov rompió buena parte del silencio institucional habitual, y, semanas después, un paso todavía más audaz: un discurso público pidiendo elecciones en plena guerra.
Cómo se enteró de su propia destitución
El relato que da Fedorov de su propio despido tiene algo de deliberadamente frío: dice que se enteró «media hora o una hora antes» de que la facción presidencial en el parlamento se reuniera, cuando le informaron que se presentaría la candidatura de Klymenko para sucederlo. La razón oficial que le dieron fue el conflicto con el Estado Mayor General. Fedorov insiste en que no hubo un conflicto personal con Syrskyi, sino «un conflicto de cosmovisión»: dos formas irreconciliables de entender cómo debía librarse la guerra.
La verdadera razón, según él: la resistencia al dinero
Más allá de la explicación oficial, Fedorov deja caer, con cuidado pero sin ambigüedad, una segunda lectura de su caída. Explica que al reestructurar los procesos de compras y licitaciones del Ministerio de Defensa, generó «gran insatisfacción» entre actores con intereses comerciales establecidos en el mercado de armamento: «Mucha gente en nuestro país está vinculada a los negocios de la industria de defensa», dice, y reconoce que llegó a encontrar personas designadas en puestos clave del ministerio directamente por empresas privadas. No nombra a nadie en particular —»no me gustaría nombrar nombres específicos»—, pero la entrevista sí lo hace: le preguntan directamente si el líder de la facción presidencial, Davyd Arakhamia, representaba los intereses de ciertos fabricantes de armas, pregunta que Fedorov no desmiente, solo evita responder con nombres propios.
Según su relato, desde abril de 2026 la presión fue en aumento sostenido: «los mayores canales de Telegram en Ucrania fueron comprados y empezaron a trabajar únicamente en contra mía y en mi equipo», y «empezaron a aparecer casos penales alrededor de personas que trabajan conmigo». Fedorov sostiene que advirtió a Zelensky con meses de anticipación: «Advertí al presidente: mira, ahora vendrán a ti y dirán que algo va mal conmigo, que tengo ambiciones políticas, que tengo empresas de drones.» La descripción encaja con un patrón clásico de resistencia institucional a cualquier reforma que amenace intereses económicos arraigados dentro del propio aparato del Estado.
El plan de guerra que dice haber estado implementando
Lo más valioso de la entrevista, más allá de la intriga política, es la radiografía que ofrece de cómo se gestionaba en la práctica la estrategia militar ucraniana bajo su gestión. Fedorov describe una visión organizada en cuatro pilares: construir relaciones de confianza con los socios internacionales mostrando resultados concretos semana a semana; derrotar a Rusia en cada ciclo tecnológico —cita el cierre del acceso a Starlink como ejemplo de un golpe que «retrasó a Rusia durante años»—; digitalizar por completo la gestión del campo de batalla, con seguimiento en tiempo real de drones, bajas y efectividad; y luchar contra la corrupción interna, que describe como la condición necesaria para que el resto del plan no colapse.
Las operaciones concretas que reivindica
Fedorov detalla dos operaciones específicas con nombre propio: «Auchan», que destruyó 800 unidades de equipo militar ruso en pocos días a una profundidad de 50-70 kilómetros, dejando a Rusia sin capacidad de ofensiva mecanizada durante seis meses; y «Auchan-2», ya bajo su gestión como ministro, que destruyó 250 piezas de artillería rusa mediante drones económicos desarrollados específicamente para esa misión, reduciendo de inmediato las pérdidas ucranianas por fuego de artillería. También reivindica la compra acelerada de «middlestrikes» desde febrero de 2026 —munición de ataque a profundidad operativa de 40 a 60 kilómetros— y llegó a destinar dinero directamente a unidades militares para que compraran este armamento por cuenta propia, saltando el proceso tradicional de licitación ante lo que describe como «una ventana de oportunidad que puede cerrarse rápidamente».
La reforma de movilización que no llegó a completar
Fedorov reconoce con bastante honestidad las fallas de la reforma de movilización que más críticas públicas le generó. Describe el reclutamiento como «un embudo» donde el objetivo final debe ser un servicio militar digno: con salarios competitivos —anuncia que los soldados de asalto e infantería empezarían a cobrar 7.000 dólares mensuales—, plazos de servicio claros, posibilidad de ascenso y un mercado abierto a soldados extranjeros, llegando a estimar que hasta el 50% de las tropas que combaten del lado ruso en ciertos sectores del frente son, de hecho, mercenarios de países africanos. Admite que el proceso avanzó más lento de lo prometido —había fijado la meta de resolver el problema en septiembre de 2026— y atribuye el retraso a la resistencia interna de «la cultura» institucional del propio ministerio, no a la falta de un plan.
Ante la pregunta directa sobre si alguna empresa recibió un trato desproporcionado durante su gestión, Fedorov responde que, apenas dos semanas después de asumir, cambiaron por completo las reglas del sistema de licitaciones —el mecanismo conocido como «puntos E»— para eliminar la discrecionalidad humana: un sistema de calificación automática que el propio Estado Mayor usa para seleccionar los pedidos, sin intervención de funcionarios de Defensa. Según su versión, esto hizo que ninguna empresa pudiera obtener beneficios por intervención directa durante su paso por el ministerio.
Las protestas y la sospecha de manipulación
Tras su salida, estallaron manifestaciones casi diarias en la plaza Franko de Kiev y en otras ciudades ucranianas, pidiendo su reincorporación y el despido de Syrskyi —este último, finalmente, también fue destituido por Zelensky poco después—. Fedorov rechaza con firmeza la acusación, que según dice circula en ciertos canales de Telegram, de que esas protestas serían pagadas o artificiales: «Esto significa que quienes piensan así no entienden la sociedad ucraniana», responde, y sostiene que «hay millones de ucranianos» que, aunque no salgan a protestar, siguen con atención los detalles técnicos de las reformas que él intentó impulsar.
De la entrevista al reclamo de elecciones en guerra
Apenas tres semanas después de esa entrevista, Fedorov dio un paso que elevó considerablemente la temperatura política: un discurso público reclamando elecciones en Ucrania pese a la guerra en curso. Es un reclamo extraordinariamente delicado en el contexto ucraniano: desde la invasión rusa a gran escala de 2022, la ley marcial suspende constitucionalmente cualquier proceso electoral mientras dure el conflicto, una medida que la mayoría de los analistas internacionales considera razonable dado el riesgo de que Rusia interfiera o aproveche cualquier inestabilidad institucional en plena guerra. Pedir que se reconsidere esa suspensión, viniendo de un exministro recién destituido con alto respaldo popular demostrado en las calles, puede leerse de dos formas opuestas: como un reclamo legítimo de rendición de cuentas democrática ante una sociedad que, según él mismo describe, está mucho más informada y movilizada de lo que el poder político asume; o como una jugada política calculada para capitalizar, en una eventual elección, el capital de popularidad que la crisis de su destitución le generó.
Una entrevista sin libreto
Lo que distingue a esta entrevista de la comunicación institucional habitual es, precisamente, la ausencia de guion protector: Fedorov no esquiva preguntas sobre si su propia declaración pública fue un «paso político», no niega del todo que hubiera un conflicto de intereses económicos detrás de su salida, y deja la puerta explícitamente abierta a un regreso al cargo si la situación lo permite. Esa combinación de franqueza calculada y ambición apenas disimulada —nunca se declara candidato a nada, pero tampoco cierra ninguna puerta— es, probablemente, lo que convirtió este documento en una pieza de referencia para entender, desde adentro y sin filtro institucional, cómo se gestiona realmente una guerra moderna: no solo en el frente, sino en la pelea paralela, igual de feroz, por el control de los contratos, los relatos y el favor del poder político.
Toda guerra se libra, en simultáneo, en dos frentes: el del campo de batalla y el de quién controla los recursos y el relato detrás de ese campo de batalla. Fedorov perdió la segunda pelea, al menos por ahora. Pero la entrevista que dejó, sin libreto preestablecido y con una franqueza poco habitual en cualquier funcionario depuesto, documenta mejor que ningún comunicado oficial cómo se decide, en los hechos, quién vive y quién muere en una guerra que ya lleva más de tres años.
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