El régimen de Franco construyó la fábula de que salvó a miles de judíos del Holocausto. La documentación dice otra cosa: Franco cerró las fronteras, abandonó a los sefardíes a las cámaras de gas y castigó a los diplomáticos que se atrevieron a salvarlos por cuenta propia.
Berlín, verano de 1943. Los diplomáticos franquistas en la embajada española saben perfectamente lo que está ocurriendo. Saben que sus aliados nazis están exterminando a la población judía. Saben también que tienen en sus manos la posibilidad de salvar a miles de ellos — bastaría con extenderles un documento que los reconociera como ciudadanos españoles.
No lo hacen. Las órdenes de Madrid son claras: solo proteger a los judíos de «indiscutible nacionalidad española». En plena deportación masiva, con hombres, mujeres y niños siendo conducidos a los trenes de la muerte, no hay tiempo para investigaciones. Y sin la protección española, su destino es Auschwitz.
«Mal profeta seré si no llega el día en que se nos critique acertadamente el que, sabiendo lo que iba a ocurrir, nos hayamos lavado las manos como Pilatos y abandonado a su triste suerte a estos, al fin y al cabo, compatriotas.» — Federico Oliván, secretario de la embajada española en Berlín, carta a sus superiores, 1943
Esta carta, rescatada por el historiador Manu Valentín, es una de las muchas huellas documentales que demuestran la complicidad pasiva del régimen franquista con el Holocausto. Una complicidad que comenzó desde el primer día de la invasión nazi de Europa occidental.
Las fronteras cerradas
Franco mantuvo la frontera de los Pirineos cerrada a quienes trataban de huir de las tropas alemanas. Los judíos que intentaban escapar de una muerte segura se encontraban con una muralla infranqueable en todos y cada uno de los pasos fronterizos españoles. Solo podían pasar quienes disponían de un visado de tránsito hacia Portugal u otros países.
Se calcula que entre 40.000 y 50.000 judíos lograron acceder a uno de esos salvoconductos y escapar de Francia a través de España. El resto intentó cruzar clandestinamente por las montañas — o acabó en manos de los nazis.

Mientras tanto, toda la prensa del régimen alababa la persecución. El semanario El Español celebraba en su portada «Europa sin judíos». La hemeroteca de ABC está repleta de artículos antisemitas. El corresponsal en París describió así una de las operaciones más criminales de los nazis en la ciudad: «El barrio judío de París Saint Antoine ha sido fumigado, desinfectado mediante la eliminación del censo israelita, el cual acaba de ser conducido a campos de concentración.»
El propio Franco justificó su actitud en sus alocuciones públicas: «Por la gracia de Dios y la clara visión de los Reyes Católicos, hace siglos nos liberamos de tan pesada carga.»
El negocio de los bienes abandonados
Mientras los judíos españoles eran deportados a guetos y campos de concentración, las sedes diplomáticas franquistas en Europa tenían una instrucción concreta de Madrid: actuar como administradoras de los bienes que dejaban atrás.
No mediaban ante las autoridades alemanas para salvar vidas. Mediaban para quedarse con las propiedades. La documentación que lo prueba es abundante.

Los telegramas que condenaron a familias enteras
La burocracia del abandono quedó registrada en la correspondencia diplomática. El cónsul en París, Alfonso Fiscowitz, explicó al ministro de Asuntos Exteriores en diciembre de 1943 cómo aplicaba las instrucciones recibidas:
«De acuerdo con telegrama VE, intervengo tan solo a favor liberación sefarditas indiscutible nacionalidad española (…) Ha quedado demarcada totalmente diferencia entre los que están condición ser breve plazo repatriados (pocos casos) y aquellos cuya eventual repatriación puede ser objeto estudio.»
Los que quedaban en la categoría de «estudio» eran enviados a Auschwitz mientras se estudiaba su caso.
Otro telegrama del mismo cónsul, del 10 de marzo de 1944, documentó el destino concreto de dos familias:
«Familias Mayo y Abastado después de larga detención han sido deportadas Alemania (…) Ambas han sufrido consecuencias señaladas en mi telegrama n.º 44.»
La familia Abastado fue deportada porque «no había cumplido todos los requisitos exigidos para considerar su nacionalidad como indiscutible.» La familia Mayo fue deportada siendo plenamente española — pero demasiado tarde. Ya estaban en el tren.
Enero de 1943: la oferta que Franco rechazó
En enero de 1943, en plena Solución Final, el Reich cursó una circular a todas sus naciones aliadas ofreciéndoles repatriar a «sus judíos». Era una oportunidad concreta de salvar miles de vidas. La respuesta franquista quedó documentada por el periodista Eduardo Martín de Pozuelo:
«El Gobierno español ha decidido no permitir en ningún caso la vuelta a España a los españoles de raza judía que viven en territorios bajo jurisdicción alemana (…) Si no se da esta circunstancia, el Gobierno español abandonará los judíos de nacionalidad española a su destino.»
Esa decisión condenó a miles de sefardíes de origen español a morir en las cámaras de gas. Solo desde Salónica fueron deportados cerca de 50.000.
Los que desobedecieron — y pagaron
En ese contexto de abandono institucional, algunos diplomáticos actuaron por cuenta propia.
Los diplomáticos que desobedecieron
Eduardo Propper de Callejón — cónsul en Burdeos, expidió centenares de visados de tránsito incumpliendo las órdenes de Madrid. Serrano Suñer lo cesó, lo trasladó a Marruecos y le manchó el expediente para siempre.
Ángel Sanz Briz — salvó a unos 5.000 judíos en Budapest desoyendo las órdenes de Madrid. Declarado «Justo entre las Naciones.»
Sebastián Romero Radigales — cónsul en Atenas, informó a Madrid del exterminio de los sefardíes e intentó evitar deportaciones. Recibió como respuesta una orden que limitaba su intervención al momento exacto de la deportación — cuando ya era demasiado tarde.
Bernardo Rolland de Miota — cónsul en París, intentó salvar sefardíes de Drancy contra órdenes expresas. Castigado con destino africano.
Todos fueron declarados posteriormente «Justos entre las Naciones.» Actuaron contra el régimen, no en su nombre.
El tren olvidado en la frontera
En la fase final de la guerra, cuando Franco intentaba congraciarse con los Aliados vencedores, España permitió la repatriación de dos convoyes de sefardíes procedentes de Salónica. Pero incluso en ese momento, el desprecio fue evidente.
Uno de los trenes fue literalmente olvidado en la frontera hispano-francesa. Solo un telegrama urgente desde Berlín evitó la catástrofe:
«Lleva 36 horas en frontera hispano-francesa sin ser recibidos por autoridades españolas y que servicio competente alemán le hace saber la imposibilidad de continuar haciéndose cargo de ellos como hasta el presente, por haber expirado hace meses plazo concedido para repatriación de judíos extranjeros, y procederá a su inmediato transporte a campos de concentración en Polonia, de donde no podrán salir en ningún caso ni en manera alguna.»

Los 700 sefardíes que llegaron en esos dos convoyes salvaron la vida gracias al pragmatismo de un dictador que cambiaba de chaqueta según soplara el viento — no por misericordia.
El historiador Manu Valentín lo concluye con precisión: «La afirmación que define a Franco como un ‘salvador de judíos’ no es más que una aberración, un insulto a los hechos y a las víctimas que se derivan de la inacción del régimen franquista durante su persecución.»
Fuentes: Manu Valentín, historiador, citado en elDiario.es. Eduardo Martín de Pozuelo, El franquismo cómplice del Holocausto. Archivo diplomático español, telegramas del Consulado General en París (1943-1944). Carta de Federico Oliván, secretario de la embajada española en Berlín. Comunicado de la embajada alemana en Madrid (enero 1943). Hemeroteca de ABC y El Español.
Este artículo tiene propósito histórico e informativo y se basa en documentación primaria verificada.
