Análisis — Un concepto global, con ejecución local
«Globalismo»: la palabra que financia una maquinaria real
Desde el «globaloney» de 1943 hasta el libro de Agustín Laje, pasando por Milei ante la ONU: el mismo concepto, con raíces antisemitas documentadas, que hoy sostiene ideológicamente la misma red de operadores, medios y financistas que esta serie viene destapando.
- Un insulto de 1943 que se volvió doctrina de Estado
- El silbato para perros: de los Protocolos a Soros
- Milei y Laje, ya nombrados en la genealogía global
- La ideología necesita máquina: quién la ejecuta en la región
- Dos mitades del mismo fenómeno
En febrero de 1943, la diputada republicana Clare Boothe Luce se burló en la Cámara de Representantes de Estados Unidos del «globaloney» —el globalismo sin sentido, decía ella— del entonces vicepresidente Henry Wallace. Ochenta y un años después, en septiembre de 2024, el presidente argentino Javier Milei subió al mismo tipo de estrado —la Asamblea General de la ONU— para describir a ese organismo como «un modelo de gobierno supranacional de burócratas internacionales que pretenden imponer a los ciudadanos del mundo un modo de vida determinado». Es, casi palabra por palabra, la misma acusación repetida durante ocho décadas. Una investigación de la publicación francesa Le Grand Continent, dentro de su serie «Vocabulario político», reconstruye esa genealogía completa —y termina, sin buscarlo especialmente, señalando directo hacia la región.
Un insulto de 1943 que se volvió doctrina de Estado
El término «globalismo» nunca fue, en ningún momento de su historia, un concepto descriptivo neutral. Nació como insulto de los sectores aislacionistas del Partido Republicano contra Roosevelt, y resucitó recién en los años 90 —cuando se aceleraba la globalización neoliberal— de la mano de sociólogos como Ulrich Beck y Manfred Steger, que lo definieron como «la ideología del reinado del mercado mundial». El propio movimiento antiglobalización de los 2000 (el Foro Social de Porto Alegre) casi ni usaba la palabra: prefería hablar de «globalización» o «capitalismo global». Fue recién tras la crisis de 2008, cuando el propio proceso de globalización empezó a agrietarse, que las derechas radicales se apropiaron del término para canalizar el resentimiento social.
Desde ahí, el concepto se volvió internacional casi de inmediato: Viktor Orbán («rechacemos la ideología del globalismo y apoyemos, en su lugar, la cultura del patriotismo»), Giorgia Meloni y las Tesis de Trieste de Fratelli d’Italia, Marine Le Pen oponiendo «patriotas» a «globalistas» con dos caras —una financiera, otra «yihadista»—. Todos, con variaciones locales, repiten el mismo esqueleto retórico.
El silbato para perros: de los Protocolos a Soros
Lo más incómodo de la investigación de Le Grand Continent es la genealogía que traza hasta las teorías conspirativas más antiguas y más tóxicas del siglo XX. El concepto del «Nuevo Orden Mundial» que hoy circula bajo el paraguas del «globalismo» se remonta al documento de propaganda zarista Los Protocolos de los Sabios de Sión (1903), y resurgió tras la Segunda Guerra Mundial con la teoría del «gobierno de ocupación sionista» (ZOG).
Orbán construyó buena parte de su relato político señalando a «poderes mundiales ocultos y sin rostro» que buscarían «eliminar todo lo que sea singular, autónomo, ancestral y nacional» —identificando después esos poderes, explícitamente, con la Unión Europea y con George Soros, el filántropo judío-húngaro-estadounidense—. Es lo que el propio texto describe como dog whistle: un guiño codificado que solo una parte de la audiencia decodifica como antisemita, mientras el resto lo escucha como una crítica política corriente.
Milei y Laje, ya nombrados en la genealogía global
La investigación francesa no necesita que nadie le señale la conexión latinoamericana: la incluye ella misma, con nombre y apellido. Describe a Milei como la encarnación de una tercera dimensión del globalismo —el rechazo al multilateralismo—, y menciona a Agustín Laje como uno de los «intelectuales de referencia de esta internacional antiglobalista».
Es, punto por punto, la misma lista de enemigos que usan Yoram Hazony (fundador del movimiento nacional-conservador), Rod Dreher, o Kevin Roberts —presidente de la Heritage Foundation, la autora del «Proyecto 2025» que hoy funciona como programa de gobierno de facto de la segunda administración Trump—. Milei, después de su discurso ante la ONU, oficializó la salida de Argentina de la Organización Mundial de la Salud y su retirada de las negociaciones climáticas —siguiendo, casi al pie de la letra, los mismos pasos que ya había dado Estados Unidos—.
La ideología necesita máquina: quién la ejecuta en la región
Pero un discurso, por más coherente que sea a nivel internacional, no se sostiene solo con libros y discursos en la ONU. Necesita financiamiento, medios propios, y operadores dispuestos a instalarlo en cada país —y esa parte de la historia, la de la maquinaria concreta detrás del discurso, es la que esta serie viene documentando en las últimas semanas—.
La misma red ideológica, con nombre y apellido en la región:
— Fernando Cerimedo, hoy detenido en Bolivia, operó campañas digitales en al menos siete países (Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay, Honduras, Brasil, Colombia), con redes de trolls que replican exactamente este vocabulario antiglobalista.
— Ricardo Salinas Pliego y su primo Roberto Salinas León, director regional de Atlas Network —la organización que también financia, en Argentina, a la Fundación Libertad y Progreso y a Atlas para una Sociedad Libre, con figuras del propio gabinete de Milei (Diana Mondino, Eduardo Filgueira Lima) formadas en ese mismo circuito—.
— José Antonio Kast en Chile, con las empresas de trolls Neuroc y Dress vinculadas a Cerimedo.
— El coronel Roque García en Uruguay, con su negacionismo de la dictadura, parte de la misma red internacional de figuras señaladas junto a Milei, Villarruel, Kast y Bolsonaro.
— Javier Negre, socio de Cerimedo en La Derecha Diario, financiado en parte por empresarios españoles vinculados a Vox y la multinacional Eulen, replicando en sus redes el mismo vocabulario sobre «enriquecimiento cultural» y «globalistas».
El festival que copia al festival
El propio Salinas Pliego organizó en México el «Festival de la Libertad», copia directa de «La Derecha Fest» que Laje y Márquez ya realizaban en Argentina —el mismo circuito de eventos, financiamiento y «batalla cultural» que sirve de vehículo para instalar, con formato de show, el mismo vocabulario que Hazony y Dreher discuten en términos académicos en think tanks de Washington.
Dos mitades del mismo fenómeno
Lo que documenta Le Grand Continent es el software: de dónde viene la palabra, qué conspira detrás de ella, quién la teoriza. Lo que esta serie viene documentando, capítulo a capítulo, es el hardware: quién la financia, quién la ejecuta con redes de bots, quién construye los medios que la amplifican, y qué costo humano deja a su paso —desde el atentado contra Nadia Beller hasta el femicidio de Luna Giardina y Mariel Zamudio, vinculado al mismo círculo de «batalla cultural» antifeminista—.
Ninguna de las dos mitades explica el fenómeno completo por sí sola. El discurso sin la maquinaria sería solo un libro más en un think tank; la maquinaria sin el discurso sería una simple operación de trolls sin ningún relato que la sostenga ante la opinión pública. Juntas, son la explicación más completa disponible hoy de por qué el mismo vocabulario —»globalismo», «ingeniería social», «batalla cultural»— aparece, casi sin variación, en la boca de dirigentes de países tan distintos como Hungría, Italia, Argentina y Chile.
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