1918 y después — Europa y el mundo
Las consecuencias de la Primera Guerra Mundial
Diez millones de muertos, cuatro imperios desintegrados, una hiperinflación que multiplicó los precios por mil millones, y una paz tan dura que sembró la próxima guerra veinte años antes de que empezara.
- Pérdidas humanas y materiales
- El costo económico del esfuerzo bélico
- El Tratado de Versalles
- La hiperinflación alemana y la ocupación del Ruhr
- La caída de los imperios y los países nuevos
- Los conflictos que la paz no resolvió
- La Sociedad de Naciones: éxito breve, fracaso estructural
- El breve período de concordia (1924-1929)
- El camino hacia el totalitarismo
La Primera Guerra Mundial enfrentó, entre 1914 y 1918, a la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia, aunque esta última terminó cambiando de bando) contra la Triple Entente (Francia, Gran Bretaña y Rusia, con Estados Unidos sumándose en 1917). Los frentes se concentraron en Europa, pero también hubo combates en Medio Oriente y el norte de África, disputando los territorios coloniales de las potencias involucradas. El conflicto terminó con el armisticio alemán de noviembre de 1918 —pero sus consecuencias, lejos de cerrarse ahí, definieron el curso del siglo XX entero.
Pérdidas humanas y materiales
La guerra alcanzó una escala nunca antes vista: más de cuatro años de combate, millones de efectivos movilizados, y el estreno bélico de cañones de gran calibre, ametralladoras, armas químicas, aviones, tanques y submarinos. El costo humano rondó los diez millones de muertos y el doble de heridos —cifras que superan a las de todas las guerras del siglo XIX combinadas—.
Contando las pérdidas civiles —incluido el déficit de nacimientos, la pandemia de gripe española y los genocidios del período— Europa, sin contar a Rusia, perdió cerca del 10% de sus aproximadamente 250 millones de habitantes previos a la guerra. En Rusia, la Revolución bolchevique y la guerra civil posterior elevaron esa factura demográfica muy por encima de ese porcentaje. Entre los países con mayor esfuerzo bélico, la mortalidad de adultos en edad laboral fue devastadora: 7,2% en Francia, 6,8% en Turquía y Bulgaria, 6,3% en Alemania. El 3,5% de todo el capital físico existente en 1914 —maquinaria, infraestructura, fábricas— había desaparecido hacia el final de la guerra, con porcentajes mucho mayores en Bélgica, Polonia, Serbia y el norte de Francia.
El costo económico del esfuerzo bélico
Hacia el final de la guerra, los gobiernos que apoyaban a los Aliados —colonias incluidas— representaban el 64% del PIB mundial, frente a recursos mucho más limitados de los Imperios Centrales. Los costos directos del conflicto se estimaron en unos 300.000 millones de dólares de la época —el equivalente a más de seis veces la deuda acumulada por todos los Estados europeos entre finales del siglo XVIII y comienzos del XX—.
El gasto bélico, financiado sobre todo con deuda pública y emisión monetaria, generó una inflación significativa en casi todos los países beligerantes. La destrucción de infraestructura y la interrupción del comercio internacional redujeron la producción, muchas empresas cerraron o achicaron su actividad, y el desempleo creció justo cuando millones de excombatientes intentaban reintegrarse a la vida civil. Esa combinación de crisis económica y descontento social resultó, con los años, terreno fértil para movimientos políticos extremistas de distinto signo.
El Tratado de Versalles
Firmado el 28 de junio de 1919, el Tratado de Versalles fue el acuerdo que puso fin formalmente a la guerra con Alemania —a él se sumaron después los tratados de Saint-Germain, Trianon, Sèvres y Neuilly con el resto de las potencias derrotadas—. Impuso condiciones muy duras, sostenidas en la llamada «cláusula de culpabilidad de guerra», que responsabilizaba a Alemania y sus aliados del conflicto entero.
Las condiciones centrales impuestas a Alemania:
— Pérdida de territorio: Alsacia y Lorena volvieron a Francia; se cedió territorio para la creación de Polonia y otros nuevos países de Europa central y oriental.
— Desmilitarización: límites estrictos al tamaño del ejército alemán, prohibición de fabricar armamento pesado, y una reducción drástica de su flota de guerra.
— Reparaciones económicas: pagos obligatorios a los países vencedores, fijados en 1921 en 132.000 millones de marcos-oro.
— Humillación política: la cláusula de culpabilidad fue percibida en Alemania como una imposición injusta, alimentando un resentimiento nacionalista que, años después, allanaría el camino al nazismo.
La hiperinflación alemana y la ocupación del Ruhr
Sin contar las incautaciones de barcos, ganado, materias primas y activos en el exterior, las sanciones impuestas a Alemania ascendieron a unos 33.000 millones de dólares, a pagarse en 42 años. Cada cuota anual equivalía, en un principio, al 5% del PIB alemán —una carga que el país intentó financiar emitiendo dinero, con consecuencias devastadoras—.
Los precios alemanes, tomando 1914 como base 100, suben a 304 en 1918 y a 1.301 en 1921 —ya una inflación seria, pero todavía manejable—.
Los precios saltan a 14.600. A mediados de año, un dólar se cambia por una cantidad de marcos más de cien veces mayor que en 1914.
Alemania pide una moratoria en los pagos. Francia y Bélgica, bajo el gobierno de Poincaré, responden ocupando militarmente la cuenca del Ruhr —el corazón minero e industrial alemán— para cobrar las reparaciones explotando directamente sus recursos.
El gabinete alemán decreta la resistencia pasiva: las fábricas cierran, y Berlín paga a los huelguistas emitiendo todavía más dinero. La hiperinflación se dispara sin control.
Los precios se multiplican por mil millones en un solo año. Un dólar llega a cambiarse por 4.200.000.000.000 (más de cuatro billones) de marcos.
La salida llegó con un plan de estabilización alemán en el otoño de 1923, y sobre todo con el Plan Dawes de 1924: amplió los plazos de pago de las reparaciones, redujo las cuotas iniciales, y facilitó el acceso alemán al mercado de capitales estadounidense —el primer paso hacia el breve respiro internacional que vendría después—.
La caída de los imperios y los países nuevos
La Primera Guerra Mundial desintegró cuatro imperios centenarios de un solo golpe: el Austrohúngaro, el Otomano, el Ruso y el Alemán. De sus restos surgieron numerosos países nuevos, con fronteras trazadas apuradamente y, en muchos casos, disputadas desde el primer día.
Algunos de los países nacidos de esa desintegración:
— Austria: república parlamentaria desde 1919, independiente hasta la anexión nazi de 1938.
— Checoslovaquia: unión de territorios checos y eslovacos, república democrática hasta su separación pacífica en 1993.
— Yugoslavia: monarquía que agrupó a Serbia, Montenegro, Croacia, Eslovenia y Macedonia desde 1918, hasta su violento desmembramiento en la década de 1990.
— Polonia: restauró su independencia en 1918 tras más de un siglo repartida entre Rusia, Prusia y Austria, hasta la doble ocupación nazi-soviética de 1939.
— Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania: aprovecharon la debilidad del imperio ruso colapsado para independizarse.
— Turquía, Irak, Siria y Líbano: emergieron de la disolución del Imperio Otomano.
Los conflictos que la paz no resolvió
Lejos de cerrar las tensiones, los tratados de posguerra abrieron varios frentes de conflicto inmediato:
Italia y Yugoslavia por Fiume: la disputa por esa región del ex Imperio Austrohúngaro alimentó un nacionalismo italiano que contribuyó directamente al ascenso del fascismo al poder en 1922.
La guerra greco-turca (1919-1922): tras la disolución otomana, la revolución nacional liderada por Atatürk anuló las condiciones del Tratado de Sèvres y expulsó al ejército griego de Anatolia. La guerra fue enormemente cruel —más del 20% de la población masculina de Anatolia murió— y terminó con la deportación de más de un millón de griegos. Gran Bretaña y Francia, mientras tanto, se repartieron Medio Oriente siguiendo, a grandes rasgos, el Acuerdo Sykes-Picot.
Polonia contra la Rusia comunista: la guerra concluyó con el Tratado de Riga de 1921, pero los soviéticos nunca aceptaron esas pérdidas territoriales —una tensión que reapareció, con consecuencias mucho más graves, veinte años después.
El ascenso naval japonés: pese a su participación menor en la guerra, Japón salió del conflicto convertido en la tercera potencia naval del mundo, una nueva realidad regulada en la Conferencia de Washington de 1921-1922.
La Sociedad de Naciones: éxito breve, fracaso estructural
En abril de 1919, la Conferencia de París aprobó el Pacto de la Sociedad de Naciones, con sede en Ginebra y el objetivo declarado de sostener la paz mediante un sistema de seguridad colectiva que protegiera a los países pequeños frente a las grandes potencias. Tuvo una época dorada entre 1924 y 1929, con el Tratado de Locarno (1925), el ingreso de Alemania (1926) y el Pacto Briand-Kellogg de renuncia a la guerra (1928).
Por qué fracasó
Las potencias clave del orden mundial nunca terminaron de participar: Estados Unidos se negó a entrar en 1920 y jamás lo hizo. La URSS fue vetada al principio, y solo integró la Sociedad entre 1934 y 1939. Alemania no ingresó hasta 1926 y, ya con Hitler en el poder, se retiró en 1933. Japón se fue ese mismo año, e Italia en 1936. Sin esas potencias, y sin medios militares o económicos propios para hacer cumplir sus resoluciones, la Sociedad quedó totalmente incapaz de sostener la paz apenas la crisis de 1929 golpeó al mundo.
El breve período de concordia (1924-1929)
Tras el colapso económico que dejó la ocupación del Ruhr, se fue imponiendo la idea de que la cooperación convenía más que el enfrentamiento. En febrero de 1924, el canciller alemán Gustav Stresemann le comunicó a Francia que Alemania estaba dispuesta a garantizar formalmente las fronteras occidentales fijadas en Versalles. Ese gesto abrió un período breve pero real de acercamiento internacional: el Tratado de Locarno (1925), el ingreso alemán a la Sociedad de Naciones (1926) y el Pacto Briand-Kellogg (1928) hicieron pensar, por un momento, que la paz duradera era posible.
La Gran Depresión de 1929 arrasó con esa esperanza en cuestión de meses, y reabrió el camino hacia un conflicto de escala mundial.
El camino hacia el totalitarismo
La combinación de crisis económica sostenida, humillación nacional y descontento social generalizado resultó terreno fértil para el ascenso de líderes que prometían restaurar el orgullo y el poder perdido de sus naciones. En Alemania, Adolf Hitler capitalizó el resentimiento acumulado desde Versalles para construir el nazismo. En Italia, Benito Mussolini aprovechó la desilusión con el sistema democrático y las tensiones nacionalistas de la posguerra (incluida la propia disputa por Fiume) para instalar el fascismo.
Dos décadas después de que se firmara la paz que debía ponerle fin a «la guerra que terminaría con todas las guerras», el mundo volvía a estar en conflicto general —esta vez a una escala todavía mayor—.
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