Estanflación es la peor combinación posible para cualquier economía: inflación alta, crecimiento estancado y desempleo en aumento, todo al mismo tiempo. Estados Unidos no está ahí todavía, en el sentido técnico y estricto del término —el crecimiento sigue siendo positivo, el desempleo no alcanza niveles históricamente altos—. Pero los indicadores de julio de 2026 muestran una economía entrando, con claridad, en zona de alerta.
Los tres síntomas, uno por uno
Inflación: repuntando, con un culpable identificable
El IPC de julio marcó 3,5% interanual, con alivio momentáneo por la caída del precio de la nafta (-9,7% desde mayo). Pero la OCDE ya había proyectado en marzo que la inflación estadounidense treparía a un pico de 4,2% en 2026 —muy por encima de lo anticipado—, señalando explícitamente al conflicto en Medio Oriente como uno de los motores de esa revisión al alza.
Crecimiento: desacelerando con fuerza
El PBI creció apenas 0,7% trimestral en el primer trimestre de 2026, muy por debajo del ritmo de trimestres anteriores (algunos llegaron a 3,8-4,4% anualizado). Las proyecciones de crecimiento anual para 2026 rondan el 2,2-2,3%, bajando desde el 2,8% de 2024. No es contracción —todavía—, pero sí una frenada clara.
Empleo y confianza: la señal más preocupante
El desempleo subió a 4,3-4,4%, y la creación de empleo se derrumbó: de 369.000 puestos creados hasta marzo a lecturas directamente negativas en algunos meses (-92.000 en febrero). La confianza del consumidor, según FactCheck.org, tocó un mínimo histórico.
Por qué es tan difícil de combatir
La estanflación es, probablemente, el problema económico más incómodo de resolver que existe, porque las herramientas clásicas de política monetaria se contradicen entre sí frente a esta combinación específica. Para bajar la inflación, la Reserva Federal necesita subir tasas de interés —encarecer el crédito, enfriar el consumo—. Pero subir tasas empeora justamente el crecimiento y el empleo, las dos variables que ya vienen débiles. Bajar tasas, en cambio, reactivaría el crecimiento a costa de acelerar la inflación.
Y hay un agravante que complica todavía más el panorama actual: buena parte de la presión inflacionaria de hoy no es monetaria, es geopolítica —la guerra empujando el petróleo, los aranceles encareciendo importaciones—. Contra ese tipo de shock, ni subir ni bajar tasas hace demasiado: son decisiones políticas, no de banca central, las que están generando el problema.
Lo que empujó hacia la estanflación
Encarecer las importaciones sube los precios internos casi automáticamente. Es política inflacionaria por diseño, más allá del objetivo declarado de proteger industria local o presionar geopolíticamente a otros países.
Doble golpe: dispara el precio de la energía a través de la inestabilidad en el Estrecho de Ormuz y los ataques a infraestructura, y suma un gasto militar de emergencia de al menos 37.500 millones de dólares reconocidos ante el Senado —más otros 35.000 millones para reponer interceptores THAAD—. Es exactamente el tipo de shock de oferta combinado con gasto fiscal masivo y no planificado que empuja precios sin generar producción real a cambio.
Reducir de golpe la oferta de mano de obra —sobre todo en construcción, agro y servicios, sectores que dependen fuertemente de trabajadores migrantes— genera presión salarial al alza y frena la producción en esos rubros.
Restó cerca de un punto porcentual al crecimiento del último trimestre de 2025, con una caída del 24% en el gasto público no vinculado a defensa —freno directo al crecimiento, la otra pata del cuadro estanflacionario—.
Lo que va en sentido exactamente contrario
Trump insiste públicamente en que la Reserva Federal recorte tasas para reactivar el crecimiento. Pero bajar tasas con la inflación en 3,5% y en camino a un pico proyectado de 4,2% es, literalmente, echarle combustible al fuego que habría que apagar. Es la receta de manual del populismo monetario: priorizar el crecimiento de corto plazo —que ayuda en las encuestas— a costa de dejar que la inflación se afiance.
Bajar impuestos mientras el déficit fiscal ronda el 6% del PBI y la deuda pública está en el 124% del PBI es estímulo de demanda justo cuando la economía necesitaría enfriarse, no acelerarse. Es gasto expansivo compitiendo directamente contra el objetivo de contener la inflación.
Lo que dicen las encuestas: la economía ya es el problema político central
No hace falta interpretar el humor social — las encuestas de julio de 2026 lo dicen con números concretos, y coinciden entre sí pese a venir de institutos distintos.
La encuesta de CNBC (8-12 de julio) marcó el dato más contundente: la aprobación económica de Trump quedó en 38% contra 60% de desaprobación, un índice neto de -22 puntos, calificado por la propia encuestadora como su peor resultado en materia económica de toda su carrera política. El 61% de los consultados se declaró pesimista sobre el estado de la economía —el porcentaje más alto desde diciembre de 2023—, y el 48% no cree que la economía vaya a mejorar el año próximo.
Según Pew Research, la economía es hoy la principal preocupación de los votantes de cara a las elecciones de medio término (29%, seguida por el costo de vida con 15%), y en la boleta general los demócratas ya aventajan 43% a 37%. La caída no es pareja: Emerson College (19-20 de julio) ubicó la desaprobación en 57%, con los demócratas 11 puntos arriba en la intención de voto legislativa.
El propio deterioro tiene un origen que las encuestas también identifican con precisión: según Reuters/Ipsos, la aprobación de Trump cayó a un mínimo de 36% el 23 de marzo, impulsada específicamente por el rechazo a la guerra contra Irán y la suba de precios de la nafta tras los ataques del 28 de febrero. Es la conexión directa, medida en encuestas y no solo en teoría, entre la guerra que analizamos en profundidad en otro artículo y el desplome político que hoy enfrenta.
No es solo Estados Unidos: el mundo entero entra en la misma trampa
El fenómeno que describimos no es un caso aislado — es la versión más visible de un choque estanflacionario global, con ese nombre técnico usado explícitamente por analistas como Credicorp Capital: la guerra en Medio Oriente y la inestabilidad en el Estrecho de Ormuz reordenaron a la vez el equilibrio entre crecimiento, inflación y política monetaria en todo el planeta.
Un mapa desigual, pero golpeado en todos lados
China arrastra un enfriamiento estructural —crisis inmobiliaria, consumo débil, caída demográfica— agravado por una deflación ya instalada: el índice de precios promedio de 2025 fue del 0%, y los precios industriales llevan más de dos años en terreno negativo. Europa se mantiene en crecimiento modesto (1,2-1,3% en la eurozona), con Alemania apenas saliendo de cinco años de estancamiento casi total. Y los mercados emergentes y economías en desarrollo son, según el Banco Mundial, los más golpeados de todos: registrarán el menor crecimiento del ingreso per cápita desde la pandemia, con la región de Medio Oriente, Norte de África, Afganistán y Pakistán como la más afectada por el propio shock energético.
Es la clave que explica por qué «todo se potencia»: los aranceles de Trump, las sanciones, la guerra de Irán y las tensiones comerciales con China no son fenómenos que ocurren y después se compensan solos — son decisiones políticas que se retroalimentan entre sí, amplificando el efecto conjunto en vez de neutralizarse. El propio FMI advierte que, si el conflicto se prolonga o se profundiza la fragmentación geopolítica, el crecimiento y la estabilidad de los mercados podrían debilitarse todavía más —justo cuando la deuda pública alta deja muy poco margen de maniobra a la mayoría de los países para amortiguar el golpe—.
El resumen incómodo
Trump generó buena parte de las causas del problema —aranceles, guerra, deportaciones masivas, el cierre de gobierno más largo de la historia— y al mismo tiempo reclama exactamente las políticas monetarias y fiscales opuestas a las que se necesitarían para controlar esas mismas causas. No es que falte una solución técnica: la Reserva Federal sabe cómo se combate la inflación, y el propio caso de Paul Volcker en los años 80 (subir tasas agresivamente, aun a costa de una recesión dura) es el manual de referencia. El problema es que buena parte de la solución real —bajar la guerra, bajar los aranceles— depende de decisiones políticas de la misma Casa Blanca que generó el desequilibrio, no de instrumentos que la Fed pueda mover por su cuenta.
Con la aprobación de Trump en mínimos, una guerra que ya lleva cinco meses sin salida clara, y una economía que empieza a mostrar los tres síntomas del cuadro más temido en macroeconomía, la pregunta que se viene no es solo si Estados Unidos entra o no en estanflación técnica. Es si el propio gobierno está dispuesto a pagar el costo político de corregir el rumbo —bajar la guerra, revisar los aranceles, dejar de presionar a la Fed— antes de que los indicadores mixtos de hoy se conviertan en algo mucho más difícil de revertir.
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