La doctrina Monroe nunca murió
Trump, Venezuela, Cuba. Detrás de cada intervención hay un manual que Washington lleva un siglo aplicando. Se llama Doctrina Monroe y nunca dejó de estar vigente.
Cuba está al borde del precipicio. Tras meses de presión incesante, endurecimiento del bloqueo, amenazas y la reciente imputación de Raúl Castro, Trump quiere lograr lo que él y sus antecesores han buscado durante seis décadas: el fin del régimen castrista y la vuelta de Cuba a la órbita de Estados Unidos. Lo que parece una ofensiva nueva es, en realidad, la reedición de un guión que Washington lleva más de cien años perfeccionando.
La estrategia no es ni un error de cálculo ni una salida en falso. Es, como también lo fue el secuestro de Nicolás Maduro a principios de 2026 en Venezuela, el renacer de una doctrina histórica: la de las injerencias de Estados Unidos en América Latina. Trump no está interesado en una Cuba democrática. Está interesado en una Cuba dócil. El objetivo de fondo es recuperar la Doctrina Monroe. Garantizar que el continente americano vuelva a estar a merced de la gran potencia.
«Trump no está interesado en una Cuba democrática. Está interesado en una Cuba dócil.»
Convertir la región en el patio trasero de Estados Unidos bebe de la herencia que han dejado presidentes como Roosevelt, Eisenhower, Kennedy, Nixon o Reagan: una de invasiones, ataques militares, apoyo a dictaduras e injerencia política por toda América Latina a lo largo del último siglo. En todos estos casos repitieron el mismo mantra: la intervención era necesaria por una cuestión de seguridad nacional. Las más de cincuenta intervenciones del siglo XX sirvieron, en cambio, más a propósitos económicos e ideológicos que a frenar amenaza real alguna.
Las drogas, el comunismo, la democracia. El objetivo, el mismo.
En el caso de Venezuela en enero de 2026, las acusaciones de narcotráfico lanzadas sobre Maduro seguían ese patrón de manual. Los datos apuntan a que el país no jugaba un papel destacado en el tráfico regional de drogas — el 84% de la cocaína que llega a Estados Unidos parte de Colombia y no atraviesa el Caribe, sino el Pacífico — pero servía como pretexto para alcanzar el verdadero objetivo: un Gobierno venezolano alineado con Washington.
La invasión de Panamá de 1989 utilizó la misma excusa. El Gobierno de George H. W. Bush lanzó la Operación Causa Justa contra el país centroamericano el 20 de diciembre de ese año. Sobre el papel, los objetivos eran cuatro: proteger la vida de estadounidenses en Panamá, detener al dictador Manuel Noriega por narcotráfico, defender la democracia y respetar el tratado del canal.
Las conexiones de Noriega con el narcotráfico eran reales, pero la CIA y la DEA habían trabajado y mantenido buenas relaciones con el dictador durante años. Su detención no era tanto una cuestión de moral, sino de conveniencia política: Noriega sabía demasiado y se había vuelto un pasivo para Washington.
Tras estos cuatro propósitos había dos cuestiones de fondo: el control del canal de Panamá y las comprometedoras conexiones del propio aparato de inteligencia estadounidense con el hombre al que decían perseguir. La invasión no trajo prosperidad inmediata. El nuevo Gobierno inició privatizaciones y apertura al capital extranjero, pero la corrupción y el clientelismo siguieron a la orden del día. El país tardó cuatro años en celebrar elecciones.
Granada, Cuba, Nicaragua: el miedo al comunismo como coartada.
En 1983, seis años antes de Panamá, el ejército estadounidense había ocupado militarmente la pequeña isla caribeña de Granada. El país había vivido la llegada al poder de un Gobierno marxista-leninista liderado por Maurice Bishop, el primero y único abiertamente comunista del Caribe anglófono. Ronald Reagan empezó a señalar el peligro para la seguridad nacional que suponía la militarización soviético-cubana de la región.
El pánico de la Casa Blanca con Granada era parte del llamado «efecto dominó»: la creencia de que si un país caía en la órbita soviética, sus vecinos caerían también. El trauma de la Revolución cubana de 1959 seguía muy presente. Durante años, Estados Unidos trató de acabar con el Gobierno castrista por todos los medios disponibles.
Estados Unidos armó y entrenó a más de mil exiliados cubanos en Guatemala para que tomaran la isla. La invasión fue un fracaso y deterioró las relaciones de Washington con toda América Latina. Un año después, la URSS desplegó ojivas nucleares en Cuba y desató la crisis de los misiles.
El Gobierno de Jacobo Árbenz impulsó una reforma agraria que perjudicaba a la United Fruit Company, que controlaba el 90% del mercado mundial de bananas. Eisenhower, cuyos funcionarios poseían acciones en la empresa, armó un «ejército de Liberación» que tumbó a Árbenz. Siguió una dictadura militar, una guerra civil y décadas de inestabilidad.
Estados Unidos brindó apoyo militar, logístico y económico a los contras en su lucha contra el Gobierno sandinista. The New York Times la llamó «la operación paramilitar más ambiciosa de la CIA en casi una década». Los grupos paramilitares cometieron asesinatos, torturas y destrucción sistemática de infraestructura civil.
Con apoyo económico y militar de Washington, las dictaduras de Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay coordinaron la represión de miles de opositores, periodistas, docentes y activistas. Fue el momento en que Estados Unidos extendió su puño hacia el sur del continente.
El Caribe como laboratorio. El siglo XX empieza antes de lo que parece.
El Caribe había sido el laboratorio intervencionista de la Casa Blanca desde casi la propia independencia de Estados Unidos, sobre todo tras adquirir nuevas colonias en la región con su victoria en la guerra contra España de 1898. Durante los primeros años del siglo XX, Estados Unidos intervino en Panamá, Honduras, Nicaragua, República Dominicana, Cuba, Haití y México.
Buena parte de estas operaciones se enmarcan en las llamadas guerras bananeras, destinadas a sofocar disidencias latinoamericanas opuestas al control estadounidense de sus recursos. Nicaragua fue ocupada entre 1912 y 1933. Haití, entre 1915 y 1934, cuando Woodrow Wilson mandó a los marines para proteger activos estadounidenses, impuso un tratado que daba control total de las finanzas haitianas a Washington y modificó la Constitución de la isla para permitir la propiedad extranjera de tierras, prohibida desde la Revolución haitiana.
«Ninguna de las intervenciones condujo a la estabilidad a largo plazo. Todas condujeron a un Gobierno títere.»
De acuerdo con la investigadora Lindsey A. O’Rourke, que ha estudiado las últimas décadas de injerencia de Estados Unidos en América Latina, golpes de Estado encubiertos como el de Guatemala fueron exitosos a la hora de colocar a un Gobierno títere en el país, pero ninguno condujo a la estabilidad a largo plazo. El patrón se repite con una regularidad que ya no puede atribuirse a la casualidad.
Para cerrar
Pese a las promesas de Trump de paz y estabilidad, la historia intervencionista de Estados Unidos demuestra que esa paz a través de la fuerza pocas veces ha acabado bien para alguien que no sea la propia Casa Blanca. El manual no ha cambiado. Cambian los pretextos — el comunismo, las drogas, la democracia — pero el objetivo permanece: garantizar que América Latina siga siendo el patio trasero de la gran potencia.
Cuba es hoy el capítulo más visible de esa historia. Pero no es el único que se está escribiendo.
Fuentes y referencias: Lindsey A. O’Rourke, investigadora especializada en intervenciones encubiertas de Estados Unidos; The New York Times (1982), sobre la operación paramilitar en Nicaragua; documentación histórica sobre la Operación Causa Justa (Panamá, 1989), la invasión de Granada (1983), Bahía de Cochinos (1961), el golpe en Guatemala (1954) y la Operación Cóndor (1975–1980s); datos sobre rutas de tráfico de cocaína hacia Estados Unidos (DEA, informes públicos).
Nota editorial: Este artículo es un análisis histórico. Las referencias a eventos de 2026 corresponden al contexto político vigente al momento de su publicación.
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